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Iniciada en religión. Futura Mãe de Santo.
El dificil camino de la mujer
En estos momentos de evolución por los que pasamos y ante la mirada inadvertida de muchos, e incluso de toda la sociedad, vamos a intentar dar un punto de atención sobre una figura muy importante dentro de la vida de cada uno de nosotros. Esta figura es la de la mujer, esa triste incomprendida a lo largo de la historia de la humanidad que siempre ha sido vejada, maltratada y colocada tras la figura del hombre. Pero también hemos de reconocer que tras la figura de un gran hombre siempre hay escondida una gran mujer. Reconozcamos pues su labor. Abordemos entonces, el tema de la religión y la mujer. En nuestra sociedad religiosa, la mujer siempre ha ocupado, como sucede en la vida laica, un papel lateral en el comando. No escapan a la regla las religiones africanas (Batuque, Candomblé,...) que ante determinados estados fisiológicos (menstruación como ejemplo) queda impedida de la entrada a las ceremonias por que el ritual así lo exige. De todas formas, veamos el papel de la mujer desde otro punto de vista. La mujer siempre ha sido la fiel, la ayudante que desde un principio se ha entregado profundamente a su vocación religiosa, incluso más que muchos individuos del sexo opuesto. La mujer, cuando entra en una casa de religión pone al servicio de la casa todo su aprendizaje desde la niñez, por que no ha sido educada en un plano equitativo con el hombre (afortunadamente, hoy en día se está tendiendo a equiparar las figuras de ambos sexos enseñándoles las mismas tareas). La mujer, dentro de la casa de religión, rápidamente se integra dentro de grupos de trabajo, comisiones, subcomisiones, .... que le absorben cantidad de tiempo que en realidad no es tiempo libre para ella, sino que hace huecos y acelera su ritmo para darle seis horas más de duración al día.. Incluso cuando ingresa dentro de la corriente espiritual, la mujer es más lenta en recibir determinados «axés», como lo dijéramos anteriormente por circunstancias propias de su sexo. La mayoría de ellas llega a asumir los altos cargos religiosos de sus casas cuando ya cuentan con una evolución teórica y práctica dentro de la fe. Desde aquí, creemos que el problema de la mujer no es otro sino la sociedad machista, esa sociedad que la oprime y establece que sus obligaciones, o mejor dicho, prioridades, son las de atender a su marido (no amigo ni compañero), a sus hijos (llámense «grandes señores») y a todo el que llega un domingo a ver un partido de football en TV. Estamos en los albores no sólo de un nuevo siglo, sino también de un nuevo milenio. Venimos viendo cambios desde que comenzó esta centuria. La mujer comenzó a votar y de esta manera a expresar libremente sus ideas políticas, comenzó a liberarse en sociedad, pero esto no es nada con el camino que se ha recorrido desde aquellos tiempos hasta los nuestros, por que hoy en día, lo que nuestra sociedad (la no machista) busca implantar, es la igualdad entre ambos sexos para, de esta manera, encontrar el punto de equilibrio que necesita la mujer de hoy, balanceándose entre la servidumbre total y el «hacerse pasar por un hombre en todo». Creemos que todo el mundo es igual, y que las parejas de estas mujeres que forman nuestra sociedad han de comportarse de forma que hagan posible esa reconversión mental que necesitan las féminas actuales, ya que en otros tiempos, las mujeres tenían asignado un rol desde que nacían hasta que desencarnaban. Está intentando buscar una posición en la sociedad, tanto en su medio laboral como en su medio espiritual para de esta forma, equipararse a la figura del hombre. De la misma manera lo está intentando con la religión y los mismos problemas que padece la mujer dentro de su casa familiar los padece dentro de la casa de religión. Pensemos por un momento en un matrimonio convencional. Si en él, el hombre trabaja fuera y la mujer en su casa (limpiar, lavar, cocinar, atender los niños, si los hay, atender al marido, es decir, por una libreta llamada matrimonial, contratada para todo servicio), el matrimonio va sobre ruedas. Si el y ella trabajan, ella tiene que ocuparse, además de su trabajo, de la casa. Si la mujer trabaja y posee un rango superior al del marido, entonces ahí se levanta una ola de crispación y tensión hogareña, por que el marido tiende a exigir (dentro de nuestra sociedad machista, ejemplo la sociedad uruguaya) que ella deje su lugar de trabajo para ocuparse de la casa. La función religiosa de la mujer dentro de los Batuques o Candomblés o dentro mismo de la propia Umbanda hace que se le dedique a su tarea religiosa menos tiempo por que tiene que dedicarle más a su hogar, pero si la mujer es jefa de un templo y ese templo está en su propio hogar, el marido verá con malos ojos el tiempo que ella le dedica al mundo espiritual y a la explicación de fundamentos para con sus hijos. Esto traerá más tirantez. Si el marido es un amigo o compañero, esposo, hermano, ... y acepta y comparte y la ayuda, el equilibrio será perfecto, pero la gran mayoría de los hombres dicen no creer y le restan importancia a la fe espiritual de la mujer. La mujer iniciada, o años después, Mae de Santo, reacciona invocando o pidiendo a sus protectores. Estos le responderán y la conclusión final es la siguiente.: «La gente dice.: Iemanjá les quita el marido, o Iemanjá las deja solas». No es real, Iemanjá no acepta que los maridos sojuzgen a las mujeres. Iemanjá acepta a aquellos maridos que son amigos, hermanos, compañeros, esposos y amantes fieles. Por eso vemos los grandes matriarcados en los Candomblés y en los Batuques donde la Mae de Santo demuestra su condición de multiplicidad.