cuentario

La fila

Duilio Luraschi

Me desperté de madrugada, como siempre, lleno de miedos y expectativas. Poco a poco iba tomando todo como una triste costumbre.Me vestí, comí algo, tomé café negro sin azúcar, me alisé cuidadosamente el cuello del saco y los hombros, luego verifiqué, antes de salir, que llevaba la carta.El tranvía me dejó en la esquina.
La casa, inmensa, tenía una puerta cancel, con vidrios biselados y cortinas de brocato, que estaba completamente abierta, y sobre el marco de la puerta, enorme, un escudo Nacional, con el nombre de la Dependencia.

Observé hacia adentro, y mis ojos no pudieron llegar más allá del primer patio, con zócalos verde agua, labrados con flores que semejaban girasoles, paredes tristes y blancas, altísimas, y una mesa de caoba en el centro. De allí en adelante todo se volvía vago. Podría intuir una serie de habitaciones por un dilatado corredor, que se perdía en la oscuridad de mi propia perspectiva.

De la mesa de caoba hacia la puerta de entrada, y de la puerta hacia la avenida principal, se sucedían no menos de cien personas, con trajes grises y pardos, muchas veces remendados en algún codo o en el borde de la manga. Hombres de edad media, tan viejos como para no acceder a un puesto de mandadero, y tan jóvenes como para no corresponderles una pensión del Estado.

Luego de observar, como todos los días, hacia adentro, seguí con la vista la fila, y junto a mis ojos fueron mis pasos, y me coloqué al final de ella, frente a un comercio de venta de medias para caballeros. Era algo así como las siete y veinte. No hacía un frío cruel, aunque estábamos a mediados de junio, pero la vereda estaba totalmente a la sombra que en un buen día recién se iría a eso de las dos, muchos de los presentes se balanceaban o movían sus piernas, en un gesto de encogerlas y estirarlas, como lo hacen los jugadores de fútbol antes de comenzar los partidos, muchas veces inconcientemente, no reparando que otros lo hacían, a veces copiando a su compañero de fila más cercano.

Con el correr del tiempo podía reconocer a muchos de ellos: el más alto de todos, que debería pasar el metro noventa, siempre con su diario doblado en la página de turf, remarcado con lápiz rojo o naranja intenso; el canoso, sin duda uno de los más veteranos, que traía el cabello pegado con gomina, formándosele remolinitos en las puntas, dejando dos enormes orejas descubiertas por completo, por donde brotaban mechones de vello oscuro y tupido; el hombre de zapatos de charol, que a pesar de los años aún brillaban, tornasolados, y aquel que se pasaba insistentemente la mano por la nariz y la boca, como si tuviese gripe o alergia, o, quizás, una gran tristeza. Eran, en su mayoría, hombres callados, humildes, que formaban a diario la larga fila frente a la dependencia, temprano en la mañana.

A eso de las once ya estaba a pocos metros de la puerta. Once y media en la puerta de cancel, y doce menos diez (había observado mi reloj cada quince, luego cada diez, y luego minuto a minuto) estaba frente al burócrata, con mi carta en la mano.

Esto sucedía cada día hábil, desde que salió el anuncio en el diario. El empleado alzó un instante la vista de su libro de actas y tomó mi carta. La selló y rellenó los espacios que quedaban en blanco con fecha, hora y número correlativo.
- Bien -dijo.
Yo me quedé un instante observando el borde del cuello de su camisa. Un pequeño roce grisáceo descendía solo uno o dos milímetros. Era una camisa de cuello pequeño, de esas que acostumbran a usar los boticarios bajo sus guardapolvos, para realizar su tarea diaria. Una camisa planchada y almidonada, pero con una fina línea de roce gris claro.
El empleado alzó una vez más la vista de la mesa y yo me puse algo nervioso.
- ¿Y bien? -preguntó él.
- Hasta mañana -respondí.
Él asintió con la cabeza.
Dejé la dependencia a mis espaldas y crucé la avenida, con descuido, producto de mi propia indecisión, y me paré, con los brazos cruzados a la altura del cuello, en la primera esquina que encontré, para tomar el tranvía que me llevaría a casa.
Esa misma tarde, la encargada llegó hasta mi pieza, golpeó dos o tres veces, en forma excesivamente violenta, como solía hacerlo, y, a través de la puerta cerrada, gritó:
- Tiene una llamada. Es urgente.
Me vestí como pude, ya que me había recostado un rato en la cama para oír el programa de Sancho Trujillo, por lo que me había quitado los zapatos, el suéter y la camisa, que había colgado de la única silla de la pieza.
En el apuro abroché ojal con botón equivocado, formándose una pequeña joroba sobre mi hombro izquierdo, unido esto a que estaba despeinado por completo y con cara de preocupación, hacía de mí un cuadro bastante patético a la vista de todos mis vecinos. Salí medio descalzo, desencajado, y llegué hasta la sala, donde estaba el teléfono.
Me llamaban de la dependencia. Debería presentarme al otro día, por la tarde.
- Quince y treinta. Sea puntual.
- Quince y treinta -repetí. Estaré en la puerta a esa hora.
- No se quede en la puerta, entre. El portero le indicará cuál es la oficina.
- ¿Por quién pregunto?
- Solo anúnciese al portero.
Colgué el teléfono y fui nuevamente a la pieza. Esta vez me quité los zapatos y me senté en la cama, con las piernas en cruz. Quedé así, pensando, largo rato, como si no pudiese creer lo que mis oídos habían escuchado hacía solo unos instantes.
Al día siguiente me desperté muy temprano. Estuve dando vueltas y más vueltas, de la sala principal a mi pieza, y de allí hasta la cocina. Almorcé algo ligero, y me dirigí a la dependencia.
El tranvía estaba lleno, y yo cuidaba, en cada vaivén, que nadie pisara mis zapatos recién lustrados.
Llegué a la esquina. Eran no más de la una y cuarto. Pensé en hacer tiempo caminando, pero luego de recorrer tres o cuatro calles me detuve frente a un bar, y que quedé parado. Revisé insistentemente los bolsillos de mi pantalón, y encontré un par de billetes de poca cuantía.
Compré un diario cualquiera, el primero que tuve a mano, que tomé de una mesa verde, de hierro, que habían instalado a un lado de la puerta, y entré al bar, que ocupaba toda la esquina, que, a diferencia de las más cercanas, tenía mucho movimiento y un buen sol, que caía sobre sus ventanales.
Elegí una mesa apartada, y pedí un café cargado y un cenicero.
A cada rato observaba mi reloj. El tiempo parecía haber quedado estancado.
Quince y veinticuatro minutos me levanté, pagué, y me dirigí a la dependencia.
Llegué en hora.
El portero me franqueó la puerta con un ademán. Le di mi nombre.
- Me esperan ¿sabe?
Él no dijo palabra. Solo extendió su brazo derecho y señaló el pasillo. Yo comencé a caminar sin saber muy bien hacia dónde. No había terminado de dar cuatro o cinco pasos, cuando el portero se me adelantó, en su andar rápido y nervioso, y me señaló el camino, que culminó tras un codo pronunciado, en la octava puerta.
Golpeó y se retiró.
Una voz grave y segura, desde dentro de la pieza, solicitó que pasara.
La habitación era diminuta. Tenía un escritorio en el centro y dos sillas, una a cada lado, un cuadro, y una pila de libros alineados en una biblioteca que ocupaban tres de los seis estantes, los más altos, y dejaban, así, a los inferiores completamente vacíos.
- Tome asiento.
Me acerqué hasta la silla que estaba libre, la alejé un poco de la mesa y me senté, lentamente.
Me pareció, en un primer momento, que desde allí se veía todo un poco más oscuro. Una pequeña banderola esmerilada, enfrente y arriba, proporcionaba la mínima luz que disponía la pieza.
El hombre alzó la vista, y me dijo:
- Déme una definición de gerundio.
- El gerundio es una forma no conjugada de un verbo, que además, puede desempeñar la función de adverbio. El gerundio tiene dos formas: una simple, ej: "transitando", y otra compuesta, que en este caso sería: "habiendo transitado".
El hombre hizo silencio. Revisó insistentemente mi carta, releyéndola una y otra vez, mientras balanceaba la cabeza. Era la misma carta de tres páginas completas que traía a diario, cada vez que formaba la fila, por las mañanas, desde la fecha en que salió el anuncio en el diario.
Dobló la carta en cuatro, ordenó los papeles, levantó, lentamente, la vista de su escritorio, y me dijo:
- Le daremos el cargo a usted. Por razones presupuestales esta dependencia solo tiene una vacante de auxiliar, la remuneración es bastante baja…
- No se preocupe -le dije.
- Preséntese mañana mismo. El horario es de 7 a 12. Llegue en hora, ya que siete y media comienza la atención al público.
Entonces descubrí cuál sería mi función: recibiría a la gente que formaba, a diario, la fila.

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