Nietzsche,
crítico.
Lectura en el presente
Enrique Puchet C.
Será conveniente empezar por declarar que el lector de hoy no puede menos que hallarse, respecto de Federico Nietzsche (1844-1900), en una posición incómoda; y esto será ya introducirnos en el tema. Con alguien extremoso, buscador de “verdades que sangran”, los extremos son fáciles.
“Confidencialmente: considero que la Prusia actual [que en esos momentos sumaba victorias sobre Francia] es la potencia más peligrosa para la cultura. Pronto desnudaré públicamente su sistema escolar”. (Nietzsche, al barón de Gersdorff, 7.XI.1870).
Sería fácil repetir los encomios que varias generaciones -no las últimas- han depositado, que van de la exaltación a la mera ingenuidad; porque ingenuidad es, en efecto, hablar de Nietzsche como si gozara de incuestionable actualidad: las suyas serían entonces, según la frase socorrida, “palabras que parecen escritas para hoy”, lo que es aplicable, con igual gratuidad, a muchos casos diferentes. Poco trabajo daría, también, retomar las diatribas no menos acostumbradas: Nietzsche antecesor del nazismo, avalador de procacidades antisemitas, belicista… Más ponderado se mostró en esto, en la década de los 30, alguien que no era filósofo sino historiador (¡precisamente, una dicotomía nietzscheana!), M. Baumont, cuando observó que la leyenda negra anti-nietzscheana responde a la mala fama de “seguidores apresurados” que hicieron remontar al supuesto inspirador lo que solo a ellos mismos cuadraba (el racismo y el nacionalsocialismo son los destinatarios de esta aclaración, a nuestro juicio necesaria.)(1)
Sin embargo, es previsible que, llegados al centenario (1900-2000), devotos y detractores, ambos imprudentes, se dividan el campo -un campo reducido, ya que no es de esperar que cunda el interés por el asunto: ¿en qué se reflejaría entre nosotros, puesto que hace décadas que el nombre embarazoso no se pronuncia? Por haber venido creyendo en las bondades de la democracia o por pretender tener asidas las leyes de la Historia, Nietzsche ha llegado a ser para nosotros un díscolo turbador.
Mejor óptica proporciona, como decimos, ponernos en la postura de incomodidad, haciendo tantas afirmaciones nietzscheanas -y ahora se tratará casi exclusivamente de ideas sobre educación-, que generan malestar en educadores, ante todo en éstos, pero también en educandos: ¿no dijo de los estudiantes universitarios que son “delincuentes inocentes”, y esto, varias veces repetido en el mismo texto?(2) Así, una cosa es decir que todavía aprendemos de Nietzsche, lo que implica -cualquiera sea el éxito- repensar tópicos y ensayar evaluaciones (la expresión gustaba al juez severo que había en el autor): para aprender de Nietzsche basta con reconocer que abordó cuestiones que todavía nos preocupan, sin que por eso comprometamos nuestro asentimiento. Pero otra cosa es apurarnos a declarar que se puede dar una adopción “natural” de sus tesis, como si no hubiéramos heredado tradiciones y hecho experiencias (entre las que las ha habido, y las hay, pavorosas) que obligan a proceder con cautela, a echar cuentas con parsimonia, por más que tengamos que llamar a esto “filisteísmo”… Nietzsche no puede ser adoptado sin precauciones, precisamente, porque, habiendo existido, nos ha habituado a juzgar con severidad. Después de todo, media un abismo entre un errante genio solitario de la segunda mitad del siglo XIX y las generaciones razonablemente “gregarias” de la segunda mitad del siglo XX, hijos e impulsores de la escolarización obligatoria. Si aun así quedan gemas rescatables -siempre, claro está, a la medida de la agudeza de cada uno-, no será sin haber tenido que verter “sudor y lágrimas”.
Para sobresalto de enseñantes
Primer malestar, experimentable especialmente en países como el nuestro: Nietzsche ha censurado la educación popular que llega a todos para implantar una visión racionalista del mundo. Le reprocha arrasamiento de las peculiaridades locales, hostilidad a las raíces que alimentan al “pueblo profundo”: sus costumbres, su arte, su religión. El pasaje más elocuente, que muchos de nosotros estaríamos tentados de calificar de reaccionario, pertenece a la 3ª conferencia de El porvenir de nuestros establecimientos de enseñanza, y reza así en la difundida versión española de E. Ovejero y Maury:
“Nuestro ideal no puede ser la instrucción de la masa, sino la ilustración de individuos elegidos, de hombres pertrechados para la creación de obras grandes y eternas…
“Lo que se llama instrucción de la masa es una cosa puramente exterior, conseguida por medios directos; por ejemplo: por una enseñanza elemental obligatoria; las profundas regiones en que la masa entra en contacto con la cultura, allí donde el pueblo ejercita sus instintos religiosos, donde rinde culto a sus imágenes míticas, donde permanece fiel a sus costumbres, a su derecho, a su suelo natal, a su lenguaje, todas estas regiones apenas son afectadas por los medios directos, y en todo caso, lo son de un modo violento y perturbador; y tratándose de estas cosas tan serias, fomentar la instrucción del pueblo no puede ser más que librarle de esta violencia y mantenerla en aquella sana inconciencia, en aquel saludable sueño, sin cuyo contraefecto, sin cuya benéfica influencia, ninguna cultura puede existir, dada la tensión febril y la excitación que supone”.
Es como para dejarlo a uno “descolocado”… Luego, ningún subterfugio conseguirá convertir a Nietzsche en partidario de la escuela obligatoria, en adalid de la alfabetización como tarea primaria de los Estados; siendo cierto, además, que el intervencionismo estatal, sin más, le provocaba un rechazo -como entonces se decía- instintivo (en estos días preferimos escribir visceral, no sabemos si con ganancia en claridad acerca del fenómeno de las resistencias invencibles).
Ningún disfraz benévolo logrará que en tierras de democratismo igualitario se vuelva aceptable la idea de que es función de la educación -y no resultado involuntario- fomentar la manifestación del “genio”, concepto que retorna siempre en estas páginas irritantes; apenas menos molesta es la variante que hemos omitido en la transcripción anterior: “…una posteridad justa juzgará de la cultura de un pueblo sola y únicamente por aquellos héroes del pensamiento de una época, que marchan solitarios”, etc. Y, sin embargo, tan corto fragmento contiene aspectos que merecen atención, aunque ni cada uno ni todos juntos conseguirían hacer de un objetor acre un partidario o, menos, un adalid. Sin el ánimo de prestidigitación, helos aquí desglosados.
Se habrá notado
que la prevención se origina en la sospecha de que la ilustración desarraiga
a los seres de su medio ricamente dotado y representa, así, un acto de
“violencia”, una “perturbación” indebida. Leída en esta clave, la
tesis no solo no es inaceptable, sino que se vuelve recuperable en estos
días (acabamos de oír: “trabajar con las comunidades africanas,
no contra ellas”). El respeto reclamado por Nietzsche está en la
base de reclamos -frecuentísimos- en el sentido de conservar todo lo
posible los usos y las creencias autóctonos. ¿Qué otra cosa se quiere
expresar con el mensaje: “derecho a vivir de acuerdo con sus propios
valores”, que precisamente la UNICEF difunde a estas horas para
contrastar, dibujo animado mediante, escuela acogedora y escuela
arrasadora? Si hubiera en esto un error, sería un error muy extendido.
Para insistir: todos hemos escuchado reprochar, por de pronto a los
liberales de la revolución hispanoamericana, su nula comprensión de la
razón de ser de los modos de vida aborígenes o meramente “atrasados”;
ni siquiera el “socialismo científico” del siglo pasado escapó a esta
limitación. Inclusive con un agregado molesto para librepensadores: la
Iglesia como barrera protectora contra el desconocimiento al que expusieron
la economía y la sociedad nuevas -la modernidad, ni más ni menos. (Por
otra parte, la idea de un Nietzsche crítico de la modernidad, que podría
ser evocada aquí, es un tópico consabido.)
Esta generalizada percepción no resuelve ipso facto las graves cuestiones
de la integración del Otro en la civilización dominante, pero sí hace ver
que la puntualización nietzscheana incide de verdad en un asunto que ha
estado planteado y sigue presente. Sirve para ejemplificar, en modesta
medida, lo que tantas veces se ha asegurado: eso de que de alguna manera se
las arregló Nietzsche para captar fenómenos de conflicto -realmente,
husmeaba las duplicidades y las guerras no declaradas-, destinados a
permanecer como heridas abiertas en el cuerpo de la mundialización en
estilo occidental. La hipótesis máxima establece que tal es la condición
de los profetas; la mínima, que nos basta, apunta a las ventajas de opinar
con independencia, arte no usual.
Se advertirá asimismo que de cultura se habla dos veces: la primera en sentido, quizás, antropológico: prácticas de vida y valoraciones implicadas en ellas; la segunda, faena de minorías, para aludir a las instancias inventivas, fuertemente individualizadas, que se manifiestan -admitamos las designaciones acostumbradas- en el arte, la explicación del mundo, el pensamiento abstracto. Según el trozo que glosamos, Nietzsche no creyó que estas últimas formas se construyeran de espaldas al sustento que la masa anónima proporciona a los selectos. Afirmó, sí, el principio aristocrático. Pero, distinguidos los individuos excepcionales, por un lado, y por otro los “muchos” despersonalizados, consideró a éstos el suelo nutricio, el “contraefecto de benéfica influencia” para la intensidad del esfuerzo inaudito de artistas y de pensadores. El hombre excepcional no puede -no debe- sentir como los demás, no tiene que sacrificar sus raptos de hiperestesia espiritual. Sí encuentra en el promedio los carriles cotidianos que preparan el salto a lo nuevo: el ensueño innovador descansa en el sueño de lo admitido ordinariamente. Probablemente sea el caso del idioma el que mejor ayuda a pensar al respecto: la espléndida hazaña de los creadores se alimenta de la vitalidad del lenguaje común.
Nos consta que es una interpretación teñida de un democratismo conciliador que acentúa el lado de complementación que el texto sólo sugiere. Porque, si ha de tratarse de una exégesis sin concesiones, será fácil encontrar en Nietzsche declaraciones como la que va a leerse, tomada de un escrito de 1871, El Estado griego, publicado póstumamente: “La mayoría de los individuos debe ponerse al servicio de una minoría. Esta mayoría debe ser esclavizada, subordinando sus necesidades individuales a fines más altos. A su costa, por su ímprobo trabajo, aquella clase privilegiada se sustrae a la lucha por la existencia para engendrar y dar cima a un nuevo mundo y a nuevas necesidades.” Es suficiente para recibir la airada censura de igualitaristas de nuestro tiempo. Solo que, antes de tirar la primera piedra, habrá que cuestionar las condiciones que sostienen la provechosa división en intelectuales y manuales, sin que conste que aquéllos hayan alumbrado un mundo nuevo.
Fragilidad de lo selecto
Tampoco las relaciones cultura-masa son siempre amigables o de mutua tolerancia. A la historia la entienden (tal vez) los meditadores, pero es seguro que no son ellos los que la hacen; Kant reflexionó sobre una revolución, la Francesa, con la que únicamente se había encontrado. A Nietzsche le fue dado participar como enfermero en la guerra entre Francia y Prusia (declarada por Francia, querida por los dos países): despertó en él un pasajero entusiasmo filogermánico. Asistió, por tanto, entre ilusiones y desengaños, al nacimiento del Imperio alemán, vigorosa afirmación de la política del poderío nacional entonces -¿solo entonces?- en auge (no olvidar que en esos años, o poco después, encontraba buena prensa la tesis de que Inglaterra es el gran benefactor de este mundo… después de la Providencia). Y, asunto ahora de nuestro interés, le llegaron noticias, ya reintegrado a Basilea, lugar de su docencia universitaria, del conmocionante episodio de la Comuna: producida la derrota francesa, una (breve) insurrección parisiense de republicanos radicales y de socialistas de variada estirpe, amenazó por algunas semanas el poder de monárquicos y republicanos burgueses, de los que Thiers fue el símbolo. Los últimos, constituidos en gobierno en Versalles, sitiaron París y luego, durante una semana sangrienta de mayo de 1871, reprimieron brutalmente a los insurrectos.
(Corta digresión). El hecho que hemos contado con poca destreza, parece no haber sido asimilado del todo por el mundo de la cultura letrada. Por ejemplo, aquel que puede representar el Petit Larousse Illustré, diccionario que, por lo menos hasta la edición de 1956, continuaba ignorando en su prolijo registro de nombres a “comuneros” notables: Hankel, Varlin… Sobre el carácter del levantamiento, empero, informaba seriamente, hacia 1950, el difundidísimo manual de Isaac-Béjean, que no dejaba dudas sobre la penuria material del pueblo de París.
Si, por otra parte, intentamos reconstruir la ideología de los insurrectos, servirá una manifestación de Rossel, jefe militar que, contándose entre los “duros”, acabó decepcionado del movimiento y sus líderes. La reproduce A. Ollivier, en un estudio lleno de enseñanzas y nada apologético (La Commune [1939], cap. 9: Paris combatiente; hay edición en español [Alianza Ed., 1967]): “El odio hacia quienes entregaron mi patria, el odio al viejo sistema social, es lo que me ha impulsado a alistarme bajo las banderas de los obreros de París. No sé cómo será el nuevo socialismo; tengo, sin embargo, confianza en él: siempre será mejor que lo anterior”. Las palabras traducen el descontento y la incertidumbre que habrían sido la nota dominante(3).
Da que pensar…
Ahora bien: reveladora es, por de pronto, la actitud de Nietzsche ante el furor popular al que se le atribuía -era inexacto- la destrucción de las colecciones del Louvre.
Lo que el filósofo llegó a pensar en lo inmediato se halla en su carta al barón de Gersdorff, de 21.VI.1871. Por un momento, asoma el orgullo germánico, destinado a extinguirse luego: el ejército prusiano ha dado una muestra reconfortante de energía y de disciplina, buenos cimientos con que levantar, algún día, una nueva forma de vida alejada por igual de la codicia mercantil de los “modernos” y de la frivolidad “franco-judía” (fea mención, sin futuro en la obra posterior). Es, hasta aquí, una versión idealizada del consabido tema del “soldado del deber” (o al revés), que, con frecuencia, con demasiada frecuencia asociamos con todo lo que creemos identificar con germanismo.
De mayor alcance es la observación de que la acción de los comuneros, cabeza visible de la “hidra internacional” (sic), tiene que ser encuadrada en los rasgos de una civilización, la cristiano-latina y su Estado declinante, que ha desembocado en un nuevo tipo de luchas (¿las guerras sociales?). Vale decir (así interpretamos): no es cuestión de una turba de bandoleros, sino de exasperados -a quienes no hay que elogiar- que ejecutan rehenes e incendian para demoler ciegamente el antiguo orden ya inservible (pero tampoco es cuestión de confiar en que lo reemplazarán por un orden preferible: Nietzsche es un anti-socialista consecuente). Y el furor se ha vuelto contra la cultura: se pudo creer que habían ardido los tesoros acumulados de arte, ciencia, filosofía. Pero Nietzsche no habría sido quien fue si no hubiera advertido los puntos débiles de la represión pura y simple; si no hubiera sido capaz de evocar una responsabilidad colectiva e histórica -puesto que se trata de un orden de civilización perpetuándose-, a la que ningún individuo alerta puede sustraerse. La “hidra” tiene muchas cabezas horribles… y condiciones de existencia que no son míticas; tema, también este, de indudable interés presente.
Vacilantes, sinuosas o escapistas -Nietzsche fue maestro en frases “abiertas”-, queremos citar sus palabras en carta a Gersdorff, que tienen por resultante, nos parece, la que acabamos de esbozar.
“Hemos de reconocer que todos nosotros, con nuestro pasado, somos responsables [único subrayado en el original] de los horrores que han ocurrido. Abstengámonos, pues, de la altanería de hacer pesar exclusivamente sobre estos desgraciados el crimen de desencadenar la guerra contra la cultura humana. (…)
“La noticia del incendio de las Tullerías me ha trastornado completamente. Pasé varios días sumido en dudas (sic) y en lágrimas… Me aferré con todas las energías de mi convicción a la idea del valor metafísico del arte, que no existe solo para esos pobres humanos sino que tiene misiones más altas. Sin embargo, incluso en lo más intenso de mi dolor, me era imposible tirar piedras a los sacrílegos. Me parecía que no eran más que instrumentos de una culpabilidad universal que debe darnos mucho que pensar.”(4)
Es bien claro que F. Nietzsche no puede ser contado entre los instigadores de la matanza. Nadie exhorta a pensar si todo se reduce a reprimir. A lo sumo, se incitaría a estar más vigilantes la próxima vez.
Condena del Estado educador
“Hay que considerar siempre al profesor como un mal necesario. (…) Podemos ver una de las razones de la miseria de las condiciones intelectuales en el número exagerado de profesores; por ellos se aprende tan poco y tan mal.”
(El viajero y su sombra, af. 282)
A la altura del siglo en que escribe el joven Nietzsche era imposible desconocer la gravitación de las políticas públicas de educación y de cultura, y esto, en “ambos mundos”. En particular, Prusia, conducida por Bismarck, revalidaba la tradición ilustrada de Federico el Grande (de quien Kant se enorgullecía de ser súbdito) y exhibía los logros de su régimen fuertemente centralizado -ejército y sistema escolar- que no dejaron de provocar admiración también en nuestras tierras. No sin sostener una ardua batalla anti-eclesiástica, toda una “lucha por la cultura” que no se liquidará -narra la historia- hasta la década de los 80. El Imperio protestante, firme marco de avances económicos sustanciales, inseparables de los logros científicos, se estrenó con una fiera postulación de Estado-de-cultura.
El joven Nietzsche, cualesquiera hayan sido sus iniciales simpatías pro-germánicas, -que sí existieron, pero, evaluadas hoy, muestran desde qué raíces llegó a formarse un pensamiento cosmopolita, original y fuerte-, abandonó pronto, o estaba haciéndolo ya, la aceptación de un régimen altamente burocrático, saturado de nacionalismo conquistador, que ha considerado la tarea de educar como un fin estatal básico (muy pronto dirá que la manera auténtica de ser alemán es dejar de serlo). Más brevemente: criticó con vehemencia el encuadramiento estatal de la formación de adolescentes y universitarios. (Ciento treinta años después, habría que aclarar que el régimen que rechaza distaba mucho del aherrojamiento de las conciencias que se conoció bajo el nazismo: ¿es arbitrario conjeturar que las objeciones de 1873 se habrían repetido centuplicadas en 1933?)
A la vista de la enorme extensión de los sistemas, de entonces a acá, se comprende que haya interés en recoger los trazos esenciales de los argumentos nietzscheanos; los que, digámoslo también, no escapan al mal de los espíritus brillantes: la sobrecarga de sarcasmo.
El juicio definitivo
Se sabe que la opinión final de Nietzsche acerca del Estado y de su pretensión educadora ha sido francamente negativa; y que ha escrito al respecto páginas tales como para disgustar duraderamente a liberales y a socialistas (no menos a unos que a otros). Buena parte de lo que ha venido escribiéndose -sea en nombre del (vagamente) llamado “anarquismo”, sea (en Pedagogía) a cuenta de la “teoría de la reproducción”, de amplia difusión entre nosotros-, puede leerse ya, con regocijo o con alarma, en obras que nos llegan, candentes, de los últimos años de la década de 1870. Y hoy, ¿cabe alarmarse o regocijarse?
Ninguna de las dos cosas. De un crítico penetrante, dueño de sus recursos ideológicos y verbales, afiebrado y sin responsabilidades “orgánicas” -esto es: tan distante de esos intermediarios que somos, nosotros, portadores del “mal necesario”-, de un francotirador así, es ciertamente posible recibir advertencias útiles, no municiones para repetir una agresión memorable, por naturaleza irrepetible. Nietzsche es un componente discorde -no un abanderado- de la cultura moderna -expresado con palabras que casi seguramente lo indispondrían. Qué más remedio: el nuestro es, según lo vemos, un tiempo para hacer balances, no para demoler a la espera del reemplazante.
A alguien que se ha singularizado por el estilo chispeante, hay que concederle que emplee sus propios términos para exteriorizar, y con cuánta elocuencia, sus ásperos disentimientos. En la base se encuentra una grave incompatibilidad que es típicamente moderna: mediante el poder del Estado las naciones dedican sus energías a políticas de bienestar y de dominio que obstruyen la libre creación de la cultura en su acepción más exigente (esa acepción aplicable, por ej., a Goethe y a Heine y no al autor de estas líneas). Los grandes Estados conciben grandes números, e ignoran la excepcionalidad, la selección. Uno de los instrumentos para realizar la anti-cultura es la enseñanza uniforme; el otro, los ejércitos. De ambos cuidan los presupuestos fiscales y los procedimientos de designación y de promoción.
Remitiéndonos a la obra en su temprana madurez, casi todo queda enunciado en algunos aforismos de Humano, demasiado humano (af. 320: “Llevar mochuelos a Atenas”) y de El crepúsculo de los ídolos (4-5, parte que tiene por título “Lo que los alemanes pueden perder”). Citados muchas veces, al menos en las épocas en que se estimaba su estilo, bastará con reunir fragmentos de una y otra fuente; consultando los originales -a lo que exhortamos sin dudar- cada cual decidirá si las omisiones son mutilaciones(5).
“No solo es evidente que la cultura alemana está en decadencia, sino que están a la vista las razones suficientes para que así sea. Al fin y al cabo, nadie puede gastar más de lo que tiene: ni los individuos ni los pueblos. Si se gasta para el poderío, la gran política, el comercio internacional, el parlamentarismo, los intereses militares, si se dilapida en esto la dosis disponible de razón, de seriedad, de voluntad, de autodominio, entonces lo restante se resentirá.
“A no engañarse: Cultura y Estado son antagónicos; ‘Estado de cultura’ no es más que una idea moderna. Uno vive y prospera a costa de la otra.
“Todas las grandes épocas culturales han sido épocas de decadencia política; lo grande en el plano cultural ha sido no-político e, inclusive, anti-político… El corazón de Goethe se abrió ante el fenómeno Napoleón, y permaneció cerrado ante las ‘guerras de liberación’…
“Lo esencial en la enseñanza superior de Alemania se ha perdido, tanto el fin como el medio para alcanzarlo. Hemos olvidado que la educación, la propia cultura, son el objetivo -y no lo es ‘el Imperio’-, y que para ello se necesitan educadores, no profesores de liceo ni doctos universitarios… Se necesitarían educadores que sean, ellos mismos, educados; seres de cultura madura y amable…”
El crepúsculo de los ídolos(4-5)
Es ya bastante decir, con tal de no pretender repetirlo literalmente. Sin perjuicio, además, de que un lector actual podría encontrar, sensatamente, que todo suena aquí enérgico y poco “operacionable”. Una “cultura amable y madura” ¿cómo se obtiene, cómo se comprueba? Aunque sí es cierto, por otro lado, que la embestida nietzscheana impide contentarse con saberes disecados que se trasmiten con una dureza ajena a matices y reexámenes, paráfrasis para aludir al educador no-educado. Nos parece que esto define una constante: son páginas que deben su intensidad a la aptitud para remover, no para poner en marcha con segura orientación. Análogamente, propondríamos adoptar como imagen válida del pedagogo práctico la que se desprende de palabras en las que habría que neutralizar, si ello es posible, la intención irónica: “Yo no prometo nuevas leyes ni planes de enseñanza para los Institutos [liceo superior, como el IAVA] y demás escuelas; antes bien admiro las poderosas facultades de aquellos que se encuentran en situación de recorrer todo el camino que, partiendo de la más elemental empiria, conduce a las alturas del problema cultural, y desde allí desciende otra vez a las llanuras de los más estériles reglamentos y de las leyes más detalladas” (El porvenir…, prólogo).
Todavía más explícito e incisivo es el aforismo 320 de Humano, demasiado humano. De su vigor acaso irritante dará idea la transcripción que sigue:
“Los gobiernos de los grandes Estados tienen en su mano dos medios para tener sometido al pueblo, para hacerse temer y obedecer; un medio más grosero, el ejército; un medio más sutil, la escuela. Por medio del primero ponen de su parte la ambición de las clases ‘superiores’ y la ‘fuerza’ de las clases inferiores… Con ayuda del otro resorte se ganan la pobreza ‘dotada’ y sobre todo la semipobreza de pretensiones intelectuales de la clase media. Se crea ante todo, en los profesores de todas las categorías, una corte intelectual que aspira a ‘subir’; acumulando obstáculo sobre obstáculo contra la escuela privada o la educación particular que el Estado odia especialmente, se asegura la disponibilidad de un gran número de plazas…
“Por medio de este cuerpo docente llevado de las narices tanto corporal como espiritualmente, se eleva entonces, bien o mal, a toda la juventud de un país a un cierto nivel de instrucción útil al Estado, y graduada según la necesidad; ante todo se trasmite casi imperceptiblemente a los espíritus débiles, a los ambiciosos de todas clases, la idea de que solo una dirección de vida reconocida y estampillada por el Estado los conduce inmediatamente a desempeñar un papel en la sociedad. (…) Por último, el Estado asocia el nombramiento de los mil y mil funcionarios y plazas retribuidas que dependen de él a la ‘obligación’ de hacerse educar y estampillar por los establecimientos del Estado; de lo contrario, esta puerta les permanecerá cerrada siempre. Etc.”
Y, todavía: como una gran maquinaria necesita ser empleada, todo va a dar a la preparación de una gran guerra, provocada, eso sí, con entera tranquilidad de conciencia: ¿cómo no la tendría el patriotismo incontrastable diseminado literalmente ex-cathedra?
Balance tentativo
Ahora, en tono más apacible, vale la pena plantearse la eventual adecuación de esta imagen animada y sombría. Cabe preguntarse cuánta razón puede haber en denunciar el exceso burocrático de las sociedades contemporáneas; su culto de lo oficial; su favorecimiento inconsiderado de títulos, acreditaciones y diplomas; la desconfianza instintiva ante cualesquiera empeños innovadores.
En estos sentidos nada desdeñables apuntan los textos que hemos querido comentar sin ambición erudita. Para encontrar apreciaciones parecidas en la época, tendríamos que referirnos, por ej., a estos dos coetáneos de Nietzsche: P. Kropotkin, el militante anarquista, y el siempre valioso J. Stuart Mill discurriendo Sobre la libertad. Sugestivo paralelo: ¿la década final del siglo XX se asemejaría a las finales del XIX también en la necesidad de elaborar una visión crítica del burocratismo, un examen desprejuiciado de la práctica de conglomerarlo todo: finanzas, conductas, ocupaciones, asuntos de cerca o de lejos relevantes para las tareas de la formación humana?
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Referencias
Es sabido que F. Engels (1891) asignó a la
Comuna un perfil mucho más definido: “El carácter de clase del
movimiento de París… resalta con trazos netos y enérgicos desde
el 18 de marzo en adelante.” Puede verse también: K. Marx, La
guerra civil en Francia, que constituye la declaración del
Consejo de la Internacional, de 30.V.1871. Conocemos la versión de G. Walz, en La vie de
F.N. d’après sa correspondance (Paris, Rieder, 1932). De nuevo, es de justicia reconocer que en esta relectura finisecular el citado trabajo de F. C. Lange, bien documentado en lo textual, ha servido para llamarnos la atención sobre puntos importantes que aparecen habitualmente descuidados; lo que no significa que todos sus comentarios nos resulten pertinentes. |
| Pensamiento Artículos publicados en esta serie: (I) Supratemporalidad de las Humanidades (María Noel Lapoujade, Nº 148) |
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