dicciones

Do(s)cientos

Héctor Balsas


relaciones alcanzó el número 200. Es una verdadera proeza del periodismo cultural en este país. La gran celebración es seguir adelante la tarea informativa y de opinión como la que una revista de su carácter y categoría se propuso desde el principio.

Hecho singularísimo: relaciones cumple doscientos números y, al mismo tiempo, inicia un siglo (el XXI d.C. y un milenio (el tercero de la era cristiana).

En esta oportunidad, el número 200 y la palabra doscientos merecen algunas reflexiones sencillas y útiles.

 

Primera reflexión

Para empezar, hay que decir que 200 es un número redondo. Tal denominación puede dar lugar a dudas con respecto a su contenido. Según el DRAE (última edición: 1992), “número redondo” es “el que con unidades completas de cierto orden expresa una cantidad con aproximación y no exactamente”. Para el Diccionario del español actual de Manuel Seco, Olimpia Andrés y Gabino Santos (Aguilar. Madrid, 1999), es una “cantidad numérica que resulta de suprimir en otra las unidades de orden inferior”. Aclara luego que generalmente se emplea en la construcción preposicional “en números redondos”.

Como se ve, no es eso lo que aquí se quiso expresar. Al decir que “doscientos es un número redondo” se dejó establecido que es una cantidad exacta de unidades, pero no como lo son, por ejemplo, 188 y 425 (que indican también e indudablemente cantidades exactas), sino que es redonda por terminar en cero y señalar decenas, centenas, miles, etc. justos, precisos, sin un poco de más ni un poco de menos. Esta acepción no se encuentra en ningún diccionario consultado, pero se oye por aquí y por allá.

 

Segunda reflexión

 

El DRAE, como dato etimológico de la palabra doscientos, dice: “De docientos, influido por dos”. Se advierte, pues, que no hay una adición inicial del numeral “dos” al numeral “cientos”, sino una influencia de “dos” en el étimo “docientos”.

¿Y “docientos”, así sin “s”? Está registrado en el DRAE con esta acepción: “docientos,tas. (Del lat. Ducenti, doscientos). ad. pl. desus. doscientos”.

La marca desus. no es un obstáculo para que se vuelva a usar el término, si se desea. En los hechos, aunque muchos hablantes no escriben el vocablo sin “s”, lo pronuncian sin ella.

En la pronunciación rápida, que suele ser descuidada o borrosa, el término doscientos pierde la “s” y queda en docientos. El esfuerzo prosódico que se exige favorece la supresión o el asordinamiento de la “s”. Como sucede con muchas dicciones en español, lo que se dice no coincide con lo que se escribe. Véase, sino: “verdá” (verdad), “reló” (reloj), “mojcas” (moscas), “dotor” (doctor), “companía” (compañía), “aceso” (acceso) y así con muchísimas voces más. Hay una gama de pronunciaciones que van desde la más rústica hasta la más refinada, desde la más inadecuada hasta la exacta. El diccionario no registra estas variantes prosódicas, pues su función, entre otras, es unificadora y, por ello, anota lo que vale como normativo.

 

Tercera reflexión

 

Doscientos es un término cuyo valor gramatical cambia de acuerdo con la función que cumple. Integra el segmento semántico de los numerales y, dentro de ellos, el de los cardinales. Suele ser denominado numeral cardinal y, en español, surge la relación con respecto a otros numerales: ordinales (primero, quinto), multiplicativos (doble, cuádruple), partitivos (un tercio, tres octavos), y distributivos (sendos, cada).

El numeral cardinal doscientos vale como adjetivo cuando funciona como término adjunto o secundario: “Doscientos pesos me costó este libro”; “para doscientas personas no hubo localidades”. Se nota la concordancia en género con el sustantivo nuclear: doscientos pesos, doscientas personas.

Vale como sustantivo cuando, solo o acompañado de un adjunto, funciona como lo hace un sustantivo corriente: “Llegaron doscientos al lugar de la reunión” (función de sujeto); “en el espectáculo había doscientos con banderines” (función de objeto directo); “hay sitio reservado para doscientos” (función de término de preposición); “el número doscientos tiene tres cifras” (función de aposición).

El femenino doscientas muestra que la variación genérica es posible, como ocurre con gran cantidad de sustantivos: “No concurrieron muchas personas; apenas doscientas”. Se justifica el femenino porque la remisión hacia atrás en el texto (anáfora) asocia el numeral con el vocablo femenino “personas”. Otro ejemplo lo refirma: “De la infinidad de piedras recogidas, solamente doscientas fueron conservadas”.

 

Cuarta reflexión

 

Doscientos, como cualquier cardinal, tiene su correspondiente ordinal. El numeral ordinal establece a qué lugar se refiere el hablante o escribiente que nombra un objeto situándolo dentro de un ordenamiento natural o preestablecido. Así, “la cuarta silla”, el “vigésimo tomo”, “la trigésimo primera edición” presentan tres ordinales (cuarta, vigésimo, trigésimo primera) con valor adjetivo y en función de adjunto de sustantivo.

El numeral ordinal que corresponde a doscientos es ducentésimo; por lo tanto, “Relaciones” llegó a su ducentésimo número o a su número ducentésimo. La colocación del adjetivo con respecto a su sustantivo es indiferente tratándose de los ordinales.

Hasta el momento en esta nota no se utilizó tal numeral porque se prefirió emplear la construcción usual: “número doscientos”. Es decir: se propuso eñ cardinal dándole sentido de ordinal. Así lo anotan varias gramáticas importantes, aunque puede interpretarse también el caso como un ejemplo de la palabra “doscientos” (como sustantivo) en aposición a otro sustantivo, como “número” o el que fuere. Lo que importa destacar es que rara vez se utiliza el ordinal “ducentésimo”, así como muchísimos otros ordinales. Se prefiere la comodidad de invertir el orden de sustantivo y adjetivo y decir “la sala cuatro”, “la ley ciento cuarenta y siete”, “el año mil novecientos noventa y nueve”, en vez de “la cuarta sala” (muy simple y empleado, por cierto), “la centésima cuadragésima séptima ley” (no tan simple ni empleado) y “el milésimo noningentésimo nonagésimo noveno año” (bastante más complejo e impensable como construcción usual).

Esta facilidad de inversión de sustantivo y adjetivo numeral -hecho comprobable diariamente en cualquier publicación o conversación- permite rechazar construcciones como “el doscientos número de la revista”, “el ciento cincuenta y dos año de la creación de la ciudad”, “la noventa y una exposición rural”, tan a mano para muchos hablantes y escribientes, pero que no condicen con la historia y el espíritu de la lengua española.

 

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