La comunicación de las ideas psicoanalíticas.
Gladys Franco
•TODO EL PLACER ES MIO, por Monique David-Menard. Barcelona 2001. Ed. Paidós, 130 pp.
•LA BESTIA EN LA GUARDERIA, por Adam Phillips. Barcelona 2001. Editorial Aanagrama, 179 pp.
Dos libros de aparición reciente vuelven a poner sobre el tapete una cuestión que en poco más de un siglo de existencia del psicoanálisis ha sido -y continúa siendo- motivo de debate en las diferentes comunidades psicoanalíticas.
El debate, explícito o soterrado, atañe a la conveniencia o no, oportunidad o no, de trasmitir parte de lo que conforma el corpus teórico psicoanalítico a los legos.
Algunos casos históricos de esta discutida práctica, podrían tener sus comienzos en el propio Freud, con las "Conferencias introductorias al Picoanálisis", redactadas en un lenguaje claro y didáctico, porque -precisamente- Freud quería acceder a un amplio público que se familiarizara con las nuevas ideas.
Otro ejemplo posible serían las audiciones radiales de Donald Winnicott, quien lograba acercar a padres, educadores y público en general, conceptos útiles para favorecer la salud mental de los niños. La base conceptual eran los descubrimientos del psicoanálisis de niños, que Winnicott lograba retrasmitir como principios de sentido común. En esta línea se encuentran también los "Diálogos con las madres de niños normales" de Bettelheim, charlas informales de una gran frescura en las que es posible pesquisar el pensamiento del coordinador, sólidamente asentado en las teorizaciones psicoanalíticas. Sin duda hay más ejemplos, pero me ceñiré a estos por la razón de que ellos son coherentes con una intencionalidad manifiesta. Freud quería que sus ideas se difundieran, circularan y se expandieran "como la peste". Podía ser sumamente complejo en sus escritos cuando la intención era que los iniciados los discutieran (o los aceptaran), pero las "Conferencias" pretendían ampliar el campo de los adeptos y, para ello, debían ceñirse a un lenguaje accesible, aun para describir fenómenos especulativos y series de complejas interrelaciones. La finalidad está totalmente lograda en esa serie de textos que siguen constituyendo una verdadera puerta de entrada para la introducción de los estudiantes que quieren acercarse a la teoría freudiana, o tener de ella un panorama general, o aun para aquellas personas que sólo por curiosidad se asoman al conocimiento teórico del psicoanálisis.
Siguiendo con Freud, podría decirse algo similar a propósito de "Psicopatología de la vida cotidiana" y de algunos capítulos de "La interpretación de los sueños", en los que la finalidad didáctica y de difusión está sostenida en un lenguaje minuciosamente específico a la vez que seductoramente sencillo.
La finalidad, en los ejemplos de Winnicott y Bettelheim, es la prevención o psicoprofilaxis, no específicamente la difusión del pensamiento psicoanalítico, aunque esto se dé por añadidura, en razón de la investidura de psicoanalistas reconocidos de ambos expositores.
Este planteo de situación viene a propósito de dos libros de reciente aparición, de diferente origen, en los cuales encontramos la intención -expresa o implícita- de acercar el pensamiento psicoanalítico a un público "lego" potencialmente interesado en el tema.
La presentación explícita es la del libro de Monique David-Menard, psicoanalista y filósofa según la solapa del libro,. La autora y sus editores (ya que la responsabilidad de tapa y título suele ser compartida) nos entregan en un libro preparado como un regalito, la promesa de acceso a algo, que solo con la carátula no nos queda claro si será al psicoanálisis o, más sencillamente -ya que el "lego" no tiene por qué buscarle cuatro patas al gato llamado Placer-, al "placer". Se hace preciso describir, para quienes aún no han sido convocados por él desde alguna vidriera, que la tapa del libro presenta un encantador diseño de coloridos caramelos sobre fondo blanco; el título se apoya, subrayado, sobre la tentación propuesta, y, para completar, la contratapa reproduce una recomendación de Francoise Baldé, que reza así: "Este libro, tan riguroso como bien escrito, propone un itinerario que da qué pensar. Invitamos al lector a aventurarse en él y extraer todo el placer que le sea posible." (Uno puede quedarse con la impresión de que tal invitación contiene una ironía o empezar a dudar de las capacidades personales para encontrar placer.)
Salteemos entonces la desconcertante tapa, título incluído, más propios -ambos- de un libro de auto-ayuda que de lo que se trata y pasemos a la declaración de intenciones propuesta con claridad por la autora en el capítulo introductorio. Allí dice, en la página 12: "...se puede presentar el psicoanálisis al público cultivado, tras un siglo de existencia de esta práctica, sin confundirlo con la medicina o la psicología, pero con el cuidado de dejar claro que se sitúa entre terapia y cultura." Y, más adelante: "Yo limitaré las nociones clave (del psicoanálisis) a las de esta lista: placer, displacer, angustia, pulsión, repetición" (...) "Digamos que este planteamiento apuesta por lo siguiente: se puede decir lo que es el psicoanálisis refiriéndose al "Proyecto de psicología científica", "La interpretación de los sueños", "Las pulsiones y sus destinos", "Más allá del principio del placer", el artículo sobre "La negación" y el seminario de Lacan sobre los "Cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis" llamado Seminario XI".
Desde esta presentación de David-Menard (que marca un derrotero personal en su manera de comprender e intentar hacer trasmisible el psicoanálisis) aparentemente sencilla, el libro parte y se despliega en senderos que se complejizan por momentos de manera excesiva (pensando en un lector no iniciado). El derrotero es irregular y la autora, en varias ocasiones, pierde el rumbo de la intencionalidad, desviándose, por ejemplo, en consideraciones epistemológicas que, aunque acertadas, tornan más árida la lectura. También parecen poco felices -quizás innecesarias-las presentaciones de casos clínicos, expuestos como ilustración de teoría. Fulgura, en cambio, la descripción de la Emma del Proyecto, en una inintencionada demostración de la actualidad de la clínica freudiana. La autora utiliza a Emma (páginas 66-67) para ilustrar la funcionalidad económica del aparato psíquico y la emergencia de la angustia ligada a lo reprimido. Llama la atención que no haga rendir el ejemplo en el análisis de la resignificación, concepto tan caro al psicoanálisis y tan buen ilustrador de las engañosas dinámicas de la memoria y el recuerdo. La autora se desvía, en cambio, al cuestionamiento del término "representación", embarcándose allí en una imaginaria discusión con los colegas y -de paso- dejando al lego fuera del asunto. Esta sensación se tiene también con la lectura del último capítulo: "¿No hay relación sexual?", en directa relación con la polémica expresión de Lacan.
La frase con que inicia el capítulo "Conclusión" (página 125): "El psicoanálisis no es una filosofía", confirma que la autora no ha logrado mantenerse en la línea programada durante la redacción de este libro. Ha dado vueltas en torno al deseo de aproximar el psicoanálisis a los legos, pero se ha enredado en hilos que a ella le resultan acuciantes, como el problema del estatuto científico del psicoanálisis. Esto no hace de "Todo el placer es mío" un mal libro. Es un libro que presenta muchas aristas para propiciar la discusión entre los psicoanalistas.
Ahora faltará ver si el libro se vende por la carátula o por el contenido.
El segundo libro-problema a que hacía referencia al principio es un texto de Adam Phillips, editado por Anagrama con otro título por lo menos desconcertante: "La bestia en la guardería" . Como en el caso del libro de David-Menard, la traducción es ajustada al original: "The Beast in the Nursery" (las mayúsculas lo tornan más sugerente aun), aunque en este caso el subtítulo ayuda en algo a la ubicación del potencial lector. Allí dice: "Sobre la curiosidad y otros apetitos". Y si el lector se remite al apretado texto de la contratapa encontrará esta frase: "Phillips ha inventado virtualmente el ensayo como forma adecuada para una penetrante investigación psicoanalítica", lo que puede ser una exageración, pero al menos da cuenta de que algo tiene que ver con el psicoanálisis.
Adam Phillips es un escritor original y erudito. Hace trabajar las ideas psicoanalíticas junto a la poesía de Wordsworth y Yeats y a la ética de Wittgenstein, viaja por el universo del conocimiento occidental con gran soltura y en -casi- asociación libre. No dice en ningún momento que su intención sea hacer difusión de ideas psicoanalíticas, pero, naturalmente, cualquier lector no interiorizado en la teoría psicoanalítica despertará a la curiosidad por tal modo de pensar el mundo.
Como la finalidad del libro parece ser advertir sobre la necesidad de no ahogar en el humano "la curiosidad y otros apetitos", quizás la forma de organizar este libro sea algo así como una prueba para que el lector redescubra algo de sus infantiles afanes de saber. Así pensado, el texto está bien logrado. Pero se arriesga a que el lector posmoderno, urgido por urgencias, abandone antes de arribar al final, donde llega -aunque en el transcurso parezca que eso no sucederá- a la definitiva apuesta de conservar la identificación con el niño (página 152): "Sospechar de la claridad y valorar lo que atrapa nuestra atención. Encontrar lo verosímil siempre ligeramente absurdo. Y sentir respeto y veneración por las pasiones..."
Dos libros, en suma, de psicoanalistas. Explícito o implícito en ambos, el propósito de alcanzar a un público más vasto. ¿Posible o imposible? ¿Conveniente o inconveniente? La discusión seguirá vigente y libros como estos ayudarán a promoverla, aunque no a lograr acuerdos.
Gladys Franco
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