¿Hacia una nueva intelectualidad?
René Lourau
Lourau nos dice acerca del artículo que sigue, que "ha sido extraído de una especie de diario personal 'en caliente', redactado entre agosto y octubre de 1980, a partir de informaciones dadas por los medios de co,comunicación y algunas otras, más directas." Quizá, precisamente el que se trate de una "impresión general y provisoria" y no de una síntesis elaborada, le agrega interés al texto.
A fines de agosto y comienzos de setiembre de 1980 el movimiento de huelgas y de nuevas reivindicaciones se extiende hacia amplios sectores de la industria polaca. En algunos lugares, la aceleración es tal que los huelguistas obtienen en muy pocos días más de lo que los obreros de los astilleros Lenin de Gdansk habían obtenido en quince días.
Un poco por todas partes, se ha recurrido a los expertos para negociar más rápida y seguramente con los especialistas gubernamentales. Las cosas marchan tan rápidas que en los medios de comunicación ya no se tiene el cuidado de indicarnos quiénes son esos expertos y cómo son reclutados. Por último, aumentan los «asesores» improvisados e inmediatamente parecen volver al anonimato del cual los habían sacado los requerimientos de los comités de huelga interempresariales (M.K.S.).
Otro punto característico (entre muchos otros que no vienen al caso): el modelo de Gdansk es más o menos utilizado en toda Polonia. Este sistema representativo es una mezcla de democracia directa (asambleas generales permanentes, control de las resoluciones tomadas «a puertas cerradas» por la invasión de los lugares, relaciones incesantes de los negociadores M.K.S. con la base social que espera afuera, etc.) y de concertación a la manera occidental (encuentros en la cumbre entre dirigentes del movimiento y ministros, comisiones de expertos, etc.). En relación con los acuerdos Matignon de 1936 o con los acuerdos de Grenelle de 1968, establecidos con las burocracias sindicales, por hacer una comparación con Francia, las cosas son muy diferentes. El clima libertario que reina y todo lo arrastra indudablemente se hace posible por el hundimiento del sindicato estatal y por una especie de «abandonismo» que se adueñó del partido a medida que el movimiento adquiría ímpetu.
Aunque este movimiento aún pueda presentar derivaciones imprevisibles (es ya imprevisible la efervescencia que se apodera del mundo obrero, de los intelectuales, de los artistas, de profesiones diversas como los arquitectos, etc.), y sea casi imposible hacerlo detenerse como para una fotografía, algunos problemas comienzan a esbozarse con más claridad que en los primeros días.
Uno de estos problemas, que se vio asomar desde la firma del protocolo final de Gdansk, es el de la institucionalización de los nuevos procedimientos de representación. Otro problema, estrechamente ligado al anterior, es la significación que puede asumir en este contexto dinámico -pero que ya soporta la poderosa presión de los frenos estatales-, el florecimiento de sindicatos «autogestionados». Y en el cruce de estos dos problemas surge, mencionado mucho más discretamente, el de la implicación de la clase intelectual en la crisis que se reitera, así como en la estabilización que tarde o temprano le seguirá.
La suerte de autodisolución larvada que ha conocido el Partido Comunista polaco en algunas semanas, de la cual la crisis cardíaca y la recuperación del primer secretario Gierek marca una etapa decisiva (6 de setiembre), lleva a un proceso de institucionalización «salvaje» de los nuevos sindicatos y del derecho de huelga. La primavera de Praga está ampliamente superada. Más bien se sueña con la España republicana de julio y agosto del 36, con cantidad de colectividades en la agricultura, en la industria y en los servicios.
La multiplicación de los clubes en 1848 en Francia, o la de las Asambleas generales con ocupación en 1968, ofrece también una comparación formal con la Polonia actual. Pero las fuerzas sociales en acción en Polonia (esencialmente, el mundo obrero en el papel de detonador) no son comparables a aquellas que provocaron las agitaciones de 1848 o de 1968. Estas fuerzas engloban, en su proyecto permanentemente en vías de constituirse, el programa liberal o libertario de los clubes y de las Asambleas generales, colocando también en primer lugar la voluntad de transformación de las relaciones de trabajo, un poco a la manera de las colectivizaciones de Cataluña y Aragón en el 36. En el aspecto que las acerca más a lo que ocurrió en Francia, en el mundo obrero, en el 36 y en el 68 (huelgas de brazos caídos, ocupación de fábricas), la orientación y la potencia del movimiento polaco son, de otra manera, impresionantes.
Por cierto, la situación inicial no era la misma, y los períodos históricos son demasiado lejanos (en particular con 1848 o con 1936) como para dedicarse a un trabajo comparativo, ni siquiera en el terreno de las formas sociales nuevas. La presencia y la vigilancia de Rusia, la existencia de un partido único, forzosamente tuercen el lenguaje empleado por la revolución polaca. Pero nos equivocaríamos si concluyéramos que la plataforma de los M.K.S. y otros comités está limitada por su repetida afirmación de apoliticismo. Desde hace algunas semanas, la política en Polonia se hace en los astilleros, en las fábricas, en las minas, y muy poco en las oficinas, en las salas de sesiones y en los corredores del Partido Comunista. La presencia de ese partido y el reconocimiento de su «rol dirigente» influye solamente (pero no significa nada) en la velocidad de institucionalización del movimiento, obligado a ir rápido, pues el partido y su garante, la Unión Soviética, en cualquier momento pueden decir: «La fiesta se acabó».
La introducción del concepto de autogestión asume aquí su significado completo. Sin que sea posible actualmente liberar el contenido de ese concepto hasta hace poco tiempo abandonado a los anarquistas y a los marxistas desviacionistas (Yugoslavia), su uso, ampliamente «mass-mediatizado», lo hace flamear como una bandera. Bandera de colores confusos: la autogestión, en un país de dirección staliniana, limítrofe de Rusia, y el extraño clima mantenido por un catolicismo muy retrógrado para nosotros, hacen de este fenómeno algo muy curioso. Un monstruo, sin duda, a los ojos de sociólogos y politólogos que «saben», entre nosotros, lo que es y lo que no es la autogestión. O incluso historiadores que no han olvidado que en España, en el 36, la autogestión generalizada iba acompañada por la liquidación de los curas y el incendio de las iglesias.
CONTRAINSTITUCIONES Y CONTRAPODERES
No hay dudas de que en estos dos temas (institucionalización y autogestión) va a tener alguna influencia la actitud activa o pasiva de la clase intelectual polaca. Por otra parte, la dificultad es grande si se piensa que el primero de esos temas no está integrado como tal en un discurso (se crean sindicatos libres sin que se considere necesario una teoría de los sindicatos libres). En cambio, el segundo de estos temas, la autogestión, no sólo es proclamado como parte totalmente integrante del discurso revolucionario, sino que también se beneficia, si se puede decir, de por lo menos veinte años de teorización en la intelectualidad no comunista de los países no comunistas, Argelia incluida, y de Yugoslavia. Y se puede confiar en los intelectuales moderadamente comprometidos, como Jan Szczepanski, vicepresidente de la academia de ciencias y diputado de la Dieta (Parlamento N. de R.), para dar un viraje y abandonar un pasado de sociología americanizada en favor de la teorización de la autogestión... Por otra parte, varios expertos de Gdansk forman parte de un grupo de oposición, el D.I.P. («Experiencia y porvenir»), cercano a hombres políticos moderados que acceden a los primeros puestos después de los acontecimientos recientes. También ellos están bien ubicados y descubren repentinamente que están altamente especializados en la práctica del sindicalismo independiente y autogestionario.
Con este análisis institucional generalizado, y también esta especie de socioanálisis general (acarreando un cuasi requerimiento socioanalítico salido de las masas y ya no de un minúsculo equipo técnico), asistimos naturalmente a una explosión del saber social, durante mucho tiempo aprisionado. La puesta en juego, aparentemente polarizada contra lugares comunes como «el rol dirigente del partido», es decir la despolitización de todo lo que produce el movimiento, en realidad reside por completo en la apropiación del saber susceptible de controlar la crisis y, por lo tanto, de fundar un nuevo poder. Walesa habló de «contrapoder» a propósito de los sindicatos no estatales. Pero el poder es indivisible: son los elementos que componen su equilibrio los que son divisibles al infinito. Los sindicatos libres intervienen en un nuevo equilibrio de poder, como contra-instituciones con relación al sindicato estatal, al partido y al gobierno. En cambio, se puede decir en rigor que la Iglesia constituye en Polonia un «contrapoder» ideológico, sin ser, a diferencia de los sindicatos libres, una contrainstitución, ya que los católicos no son representados como tales en las estructuras del poder, ni poseen en el sistema formas institucionalizadas de vida política, sino sólo formas culturales y grupos de presión.
Partido, gobierno, iglesia, sindicato oficial, sindicatos libres: en el juego de estos elementos, desde ahora transformado, la clase intelectual, gracias a esta transformación de la cual ella es también uno de los motores, va a intervenir de manera sensiblemente modificada. Sería «ubuesco», especialmente al tratarse de la patria del Padre Ubu (Referencia al escritor W. Gombrowicz, N. de R.), prever en qué dirección dominante se va a comprometer. Conformémonos pues, desde el lugar donde se escribe este texto, con hipótesis utópicas, lo que no necesariamente quiere decir fantasiosas.
HIPOTESIS UTOPICAS
En el proceso de institucionalización, la lucha contra la representación es por el momento muy difícil, ya que nos encontramos en plena construcción de nuevos órganos representativos. El riesgo de normalización es grande, desde los primeros pasos de un movimiento que se institucionaliza. Si el primer sindicato independiente y autogestionado de Gdansk se instala, como es el caso, en un barrio alejado de los astilleros; si Walesa se convierte inmediatamente en el secretario permanente en este local, que enseguida ha decorado con un crucifijo de buen tamaño; y si, como lo indica una información bastante contradictoria de la anterior, el mismo Walesa cambia su minúsculo apartamento de Gdansk por un apartamento más grande en Varsovia, tenemos derecho de preguntarnos por el pasaje ultrarrápido de la democracia directa al sistema representativo tradicional. Es cierto que sólo la vuelta al trabajo ha modificado ya todas las relaciones entabladas y más o menos aceptadas durante la huelga. En particular, la aceptación sin conflictos (aparte de asuntos como las horas suplementarias, el trabajo de los sábados o los domingos) de las anteriores condiciones de trabajo, amenaza con influir decisivamente en el proceso de normalización.
Cuando las autoridades gubernamentales (y a menudo también los dirigentes sindicales y políticos de oposición) insisten, al dirigirse a las masas, en que retomen el trabajo lo más rápido posible, no es sólo ni principalmente por la finalidad proclamada de salvar la producción: es igualmente, y en especial, con el fin de reintroducir a las masas en el dispositivo social, espacio-temporal, ideológico, político, de relaciones de trabajo «normales», de la vida «normal», de la explotación habitual, interiorizada. De golpe, las actividades y también los pensamientos orientados hacia la liberación, hacia la revolución, son remitidos a otra temporalidad y a otro espacio, lo que atenúa fuertemente su energía. La disciplina del trabajo en la gran industria, tan cercana a la militarización, es proyectada más que nunca como modelo supremo, incluso (y en primer lugar) en el campo de la actividad militante. Ya no es cuestión de invadir las sesiones en lo que se juega el destino de las masas. ¡Seriedad, camaradas! ¡Cuidado con los provocadores! Déjennos cumplir nuestro trabajo tranquilamente y hagan concientemente el suyo, etc.
¿AUTODISOLVER LOS COMITES DE EXPERTOS?
Un clima tal es a priori poco propicio para una intervención verdaderamente activa de los consultores; ya es mucho que tengan ganas y medios para ello. Para mí, la misma es también una de las pocas acciones de las cuales ellos pueden esperar un resultado útil, después del período de consulta propiamente dicho, en la decisión de autodisolver los comités de expertos que permanecerían aun después del establecimiento de los nuevos sindicatos.
Si a esa proposición se la tacha de «irresponsable» es porque la dialéctica del movimiento social en general y del movimiento intelectual en o con el anterior, no es fácil de entender, especialmente desde lejos. Después de haber coadyuvado con el proceso de institucionalización, los intelectuales que no desean la burocratización, ni para el movimiento obrero ni para ellos mismos, no tienen otra función que contribuir al deterioro de todo aquello que se burocratice en favor de la institucionalización. Haciendo esto, ellos siguen siendo o vuelven a ser de «oposición», con las desventajas que esto acarrea, en especial cuando se han probado, aunque fuese sólo por un instante, las satisfacciones del intelectual orgánico. Que se aseguren, pues: ¡otros tomarán rápidamente sus lugares vacíos!
Pero, si se considera Francia, un intelectual casi «orgánico» del sindicato CFDT (Confederación Francesa de Trabajadores, de orientación cristiana de izquierda, una de las varias organizaciones sindicales de Francia, junto a la CGT (comunista), FO (Fuerza Obrera centrista y otras minoritarias, N. de R.), como lo es, por ejemplo, A. Gorz, ¿no es más útil a la CFDT cuando toma distancia de la línea de este sindicato, como sucede actualmente a propósito de la autogestión, sea cual fuese la certeza (para mí muy discutible) de sus concepciones? ¿A nivel de los partidos, un intelectual de oposición como Ellenstein no es mil veces más útil al Partido Comunista que cincuenta intelectuales de chaleco rayado, al servicio de su papa y de su curia?
A propósito de la autogestión, puesto que se trata de otro tema esencial, es evidente que los consultores no tienen el menor «consejo» para darles a los obreros, agremiados o no. Cuando los famosos pieds rouges (Referencia por oposición a los "pieds noirs", apelación que daban los campesinos argelinos (fellahs) a los colonizadores franceses, por sus botas negras. N. de R.),. se metieron a dárselos a los argelinos, al comienzo de la experiencia autogestionaria (1961-62), se situaban inmediatamente como intelectuales orgánicos de Estado, consejeros del nuevo príncipe, y no como asesores de los fellahs. Es cierto que los obreros agremiados de Polonia, salidos de los M.K.S., no son ni fellahs iletrados ni hombres de gobierno, sino algo intermedio. En nuestros días, el número de obreros fuertemente cultivados por la práctica sindical sin duda es más grande que antes. Precisamente, es una razón para que los intelectuales «expertos» se retiren en puntas de pies, a propósito de la autogestión y la institucionalización.
Si debe haber autogestión (en el sentido de lucha contra todas las formas y fuerzas de institucionalización), la misma exige, de hecho, un final de la intervención, en el sentido socioanalítico del término. Pues aquí, de nuevo, intervención significa representación de un saber, y por tanto de un poder exterior, trascendente.
La trascendencia del intelectual puede encontrarse ejerciéndose en otras partes, o más bien en el aquí y el ahora de la casta intelectual, que en países como Polonia tiende a identificarse con la clase que detenta el poder. Desarrollar su propia «autogestión», tal puede ser el objetivo de la clase intelectual. Lo que significa que se lleva el análisis y la acción a las relaciones de obediencia y a las implicaciones más ocultas que ligan la clase intelectual al Estado, al Partido, a la Iglesia, y también al sindicato.
Una información señala que el viejo cardenal Wyszynski, a quien Walesa visitó, habría «bendecido los sindicatos libres». Solamente esta información merecería un poderoso esfuerzo de reflexión por parte de la clase intelectual que, desde Gdansk, se ha implicado directamente en las luchas obreras bajo la forma de asesoramiento, o se ha comprometido con los huelguistas en forma de solidaridad proclamada.
La última hipótesis utópica propuesta con toda inocencia, aunque no con toda responsabilidad, consiste en que la clase intelectual polaca, tan brillante y ejemplar en estos tiempos, debería sin embargo plantearse el problema de las implicaciones religiosas que la atraviesan, como si se tratase de algo natural. Y también, las implicaciones nacionalistas que la fe, la religión y la institución eclesiástica toman en Polonia, de muy buena gana, como soporte popular y cultural.
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