Historias siamesas
Sarmiento y Martínez Estrada
Christian Ferrer
Un hombre del siglo XX medita y sopesa la obra, vida y personalidad de un compatriota del anterior. Sus biografías difieren, sus temperamentos y sus apetitos no se superponen, sus actuaciones públicas se asemejan y repelen a la vez; uno se corresponde con la época de la organización nacional y el otro con la de la opulencia sin fin y la vacilación inicial; el primero estaba poseído por una confianza inabatible en sí mismo y en las posibilidades de trastocar el desierto en vergel industrial, y el más cercano a nosotros respondía a los mandamientos de un genio amargo y escéptico.
No obstante, Domingo Faustino Sarmiento y Ezequiel Martínez Estrada son figuras homologables: infancias transcurridas en provincia que culminan en las cimas públicas de la gran ciudad, lapsos vitales asolados por diversas formas del exilio, autores dotados para la prosa y la polémica, seres incapaces de fallar a la sinceridad en los numerosos géneros literarios que abarcaron y, fundamentalmente, hombres impulsados por el amor tumultuoso que los enlazaba a la Argentina, esa horma que tanto daba forma a sus desvelos como a la conciencia de una misión. Se diría que son dos almas alejadas por cien años que se nutren de los latidos de un mismo cuerpo. Si hubieran nacido en un punto intermedio de la historia argentina, habrían sido siameses separados a destiempo, el uno colosal y esperanzado, el otro más taciturno y suspicaz.
Los tiempos difíciles que les tocaron en suerte no son inmediatamente equiparables. Sin embargo, más troqueles biográficos pueden ser encastrados. Ambos eran autodidactas, tanto en lo que atañe al saber como a la forja de la personalidad: no sólo fueron autores de obras perdurables, también hombres que se autorizaron a sí mismos a escribir y a luchar. La pedagogía y el carácter, es decir, el cultivo de la conciencia y del sí mismo, son armas fundamentales para huérfanos y aprendices solitarios, y en cierta medida fueron esas condiciones sus puntos de partida. De allí su avidez de conocimientos, la tendencia a la indisciplina fértil de sus mentes, la pujanza de sus actividades públicas y la frondosidad de sus escrituras.
Por ser autodidactas en grado sumo ninguno necesitó responder en exceso a las cortesías y cánones que malograban a tantos escritores de sus épocas, y por ser encarnaciones personales de saberes arborescentes a nadie más responsabilizaron de sus palabras. El autodidactismo es una condición difícil de apreciar por quienes se hayan acostumbrado a fiarse de la lección universitaria y del autor seminal de moda; además, la historia de los que se han enseñado a sí mismos, y la de sus espacios de asilo y de sus logros, aún no ha sido contada.
También compartieron el tono profético, cuyo uso vaticinante Martínez Estrada administra mejor, pues la diferencia temporal le permitió asumir que el mensaje agorero o la prédica censora de los males nacionales, aún cuando se los arroje a fin de abrir cauce a fuerzas regenerativas, supone inevitablemente "la crucifixión, la hoguera o la cicuta". O, ya más cercanamente, la ausencia voluntaria de audibilidad.
HISTORIAS SIAMESAS
Estas historias siamesas pueden ser consideradas hazañas de la subjetividad, pues los hombres favorecidos por el genio pero de origen humilde necesariamente deben luchar para hacerse escuchar. También sus vidas son indicadores del modo en que la Argentina trata a sus grandes hombres: obstaculizándoles la tarea, intentando evitar que se eleven más aun, y al fin, como última posibilidad, cincelándoles una máscara mortuoria en mármol o bien haciendo viruta del bronce caído. Esa fue una experiencia compartida: ser furores andantes importunados por mosquitos. Indudablemente, la pasión narrativa de Sarmiento es semejante a la del autor de estas tres meditaciones, pero el primero estaba predispuesto a la acción y tenía de soldado lo que el otro de trabajador solitario. El autor del Facundo solía concluir sus misivas firmando "general Sarmiento, ex–presidente", y quien lo relee un siglo después era corredor de fondo acostumbrado a macerar sus libros durante años, y sólo hubiese podido confesar en su curriculum su afición por el ajedrez y el violín. Ambas, pasiones estáticas y pasiones pugilísticas, se fundieron en el magma histórico argentino.
Quizás Sarmiento y Martínez Estrada hayan sido las mejores manifestaciones argentinas de un oficio artesanal moderno: el del librepensador, cuya mente funciona a la manera de los músculos que reaccionan en cadena.
Ezequiel Martínez Estrada dedicó su vida intelectual a desentrañar los enigmas nacionales, y restan como testimonios del esfuerzo realizado Radiografía de la Pampa; Muerte y transfiguración del Martín Fierro; su análisis de Buenos Aires titulado La cabeza de Goliat; y su exploración del fenómeno peronista en ¿Qué es esto? También fue notable retratista de hombres que él mismo conoció, como Leopoldo Lugones u Horacio Quiroga; y un analista de primera agua de autores a quienes leía y admiraba, a los que dedicó libros, entre otros a Hudson, Martí, Balzac, Montaigne y Nietzsche. Y a Paganini, músico de su devoción. Encontraba de inmediato la veta fina del autor, sus virtudes estilísticas, su vinculo moral con la verdad, las causas de sus singularidades emergidas de un ecosistema étnico–espiritual del cual nadie puede arrancarse a sí mismo del todo. En estas tres obras reunidas apreciamos un ingreso polifacético a la obra, estilo y personalidad de Sarmiento; un análisis del latido de su prosa y de la fuente de sus ideas tanto cuando las difundió en calidad de desterrado como cuando las defendió desde la cúspide del poder político; una apreciación del modo en que el ensayista sanjuanino localizó la raíz de los dramas argentinos y de cómo eludió –en lo posible– comprometerse con falsas soluciones o con respuestas convenientes. Martínez Estrada veía en Sarmiento a un gigante, un "Sócrates guerrero", pero también a un centauro, un hombre dotado para todos los géneros y rara cruza de hombre de letras y de acción. Bien razona el autor cuando lo define como a un "místico de la acción" y lo compara –no de modo excéntrico sino ajustadamente– con Huss, Bakunin y Lenin. Al promediar estas páginas, descubrimos que todo nos interesa de Sarmiento, pues Martínez Estrada transmite pasión por su antecesor, que es en verdad un desdoblamiento del amor turbulento que él mismo también sintió por el país.
Lo "facúndico"
En 1845 Civilización y barbarie se publica por entregas en El Progreso; en 1946, Martínez Estrada escribe su Sarmiento; un año después publica las dos conferencias leídas en la librería Viau sobre el Facundo, título final del libro a partir de su cuarta edición de 1874. Han transcurrido cien años y Argentina es otro país y el mismo a la vez. La perspectiva que abre el transcurrir temporal mueve a Martínez Estrada a medir sus propias ideas sobre el país con las de Sarmiento, y a éste mismo con el país al que había radiografiado y diagnosticado en su famoso ensayo. Por entonces, se acostumbraba exhumarlo una vez al año en las escuelas bajo la figura fúnebre de prócer de la patria, pero Sarmiento se le aparece a Martínez Estrada como un índice sintomal del país. Pues el Facundo es un milagro. Sarmiento nació en el medio ambiente de los caudillos y nada impide imaginar que él hubiera podido ser uno de ellos, de no haberse preparado para ser su antídoto.
Por eso mismo, las contradicciones tectónicas que dan forma a los dramas argentinos son las suyas propias, lo que es decir que la conciencia de Sarmiento abarcaba todos los problemas del país porque él era el país. Y a la vez que se percibía como fruto sietemesino de la nación –después de todo, había nacido a nueve meses del 25 de mayo de 1810–, confiaba en devenir él mismo su contrapeso.
Era un vástago de San Juan, pero su cuerpo absorbía de la cepa nacional entera los efectos de inmediatos sucesos perentorios tanto como los mensajes crípticos que emanaban de la vida histórica que él mismo experimentaba, y que todavía un siglo después eran transmitidos, como por un tendido secreto de redes telegráficas, acumulados y amplificados por déficit de resolución, hasta llegar a Martínez Estrada a modo de estremecimientos enigmáticos que clamaban por un acuse de recibo y un esfuerzo de desciframiento. Martínez Estrada pasa revista a la enorme obra de Sarmiento, lo relee, identifica lo que era fruto del talento pensativo y de la buena vista y desestima lo que había sido fruto de la obcecación estéril y, consecuentemente, fenómeno desfigurado. Justamente, por no estimar al bronce bruñido puede poner a prueba la obra sarmientina o, lo que es igual, puede analizar a contrapelo a la Argentina de mitad del siglo XX, continuando lógicamente la tarea iniciada con Radiografía de la Pampa. El respeto consiste justamente en saber escuchar el sonido del buen metal.
Facundo no es la piedra basal de la tradición ensayística nacional ni cabe ser considerado como buen ejemplo sietemesino de la prehistoria de los estudios sociales. Es, en sí mismo, una reserva activa de saberes sobre la Argentina. En vez de buen navío a velamen destinado a ser superado por buques alimentados por el vapor o el petroleo, resulta ser un rompehielos que aún nos abre caminos sólidos. Construido con la técnica del tapiz a partir de distintos saberes y diversas estrategias narrativas, Facundo es un prisma atravesado por todas las líneas de tensión de la Argentina de entonces. Y la subsecuente luz proyectada es fantasmal, una "sombra terrible", es decir, la mitad enigmática del cuerpo nacional. Sarmiento confiaba en iluminar el cono de ignorancia anclado en la tradición, lastrado de hispanismo residual y de absolutismo institucional, a través de procedimientos pedagógicos e introduciendo un arsenal industrial. En este sentido, los opuestos civilización y barbarie robustecían la explicación, sin embargo simple, de las causas del continuado desastre. Pero Martínez Estrada percibe que la fuerza de la percepción sarmientina no reside en la identificación de los contrarios sino en la conjunción de ambos en un solo monstruo quimérico. Lo "facúndico", y no Facundo Quiroga, constituiría el cimiento simbólico del estado de cosas permanente en la argentina.
No son fuerzas opuestas, sino en tensión, dos platillos de una balanza cuyo fiel está desestabilizándose todo el tiempo. De vez en vez la tensión asume la forma resolutiva del fratricidio, desatándose las diversas guerras civiles –sonoras y sangrientas algunas, sordas y pugnantes las otras– que han desencuadrado y degradado la vida histórica de la nación. Son, sin duda, momentos épicos, cuyos desenlaces instauran, momentáneamente, una o dos décadas de paz, pero el invariante no cambia de esencia, aunque a veces sí de fisonomía. Al proponer que sendas fuerzas del problema sarmientino se anudaban en una doble alianza helicoidal, inarrancables una de la otra, también Martínez Estrada asume que la barbarie y la sofisticación urbana podían convivir, e incluso maridarse, una con la otra. Pero porque Sarmiento entendió esa potencia "facúndica" que alimentaba el drama argentino, necesitó imaginar a un país futuro cuyo espíritu semejara un giróscopo alentado por molinos escolares. Su pasión pedagógica no era otra cosa que intensa conciencia de la única defensa posible ante la latente y cerril tendencia al incivilismo que anida en la retícula de la historia argentina.
La idea de "invariante" recorre la lectura estradiana del Facundo. Sarmiento había relevado la topografía anímica, antropológica y política que se había establecido en Argentina tras la separación partenogenética de la Casa de Borbón, y diagnosticado la supervivencia de las viejas instituciones coloniales encarnadas en el eje facundo–rosista, pero ya había previsto sus continuidades, confirmadas y extendidas por Martínez Estrada, en el liberalismo y populismo del siglo XX. Es este descubrimiento, la invariancia del "ámbito de destino", lo que interesa a Estrada, como si conformara una red nerviosa que secretamente irriga a las instituciones y a las conductas de los hombres públicos del país.
Se diría que se trata de una fuerza espiritual negativa, fuente de males que afloran a veces en una sola de las laderas de la orografía nacional, o –como es el caso actual– en todas ellas juntas. Facundo Quiroga, Rosas, Roca o, si se quiere, más recientemente, Videla o Menem, no serían alias del espíritu absolutista del pasado hispánico o emergencias necesarias luego de las guerras civiles o la desorientación cívica, sino encarnaciones de un estado de cosas irresueltas, rostros de una hidra de mil cabezas cuyas tres primeras vértebras que la mantienen enhiesta se llamaron ejército, iglesia y burocracia pública. Son órganos palpitantes a los que de vez en vez se transplanta una nueva piel y un nuevo rostro, que se transmiten funciones uno al otro y cuyas potestades políticas se balancean según las épocas, pero que fundamentalmente se metamorfosean a fin de sobrevivirse a sí mismos e impedir la emergencia de nuevas redes arteriales y de una nueva amplitud pulmonar. Su personal dramático y sus elencos subalternos –que a veces intercambian sus posiciones– pueden mudar de ropaje, de bando y a veces, incluso, de ideas, pero nunca dejan de adecuarse al funcionamiento defectuoso de todo el aparato.
Si se atiende cuidadosamente a la noción de "invariancia", entonces los atributos de Facundo, aunque suavizados y sutilizados, se habrían desperdigado, como esquirlas aún incandescentes, entre las conductas y la imaginación de los funcionarios, magistrados, políticos y empresarios de la actualidad. Esas continuidades entre el antiguo caudillo y el funcionario moderno; entre el magistrado colonial y los jueces supremos actuales; entre la mazorca y el grupo de tareas; entre el lema de la montonera y la propaganda partidaria moderna; entre la arbitrariedad colonial y los pactos de impunidad de nuestras castas políticas; confluyen en movimiento centrípeto a fortalecer a los poderes de la ilegalidad, que son constitutivos de la relación entre Estado e intereses de grupo. En Argentina formatean lo político en desmedro de lo social. En suma, las fuerzas tectónicas del "desierto", condición geográfica y anímica de donde emanaba el caudal político del caudillaje y a las que tanto temía Sarmiento, se transmutan, para Martínez Estrada, en creciente desertificación moral del país.
Pedagogía, historia y nación
No es el aula, para Sarmiento, una función, sino una estadía temporal en la gracia. Argentina era el nombre de una maraña y la escuela podía ser la rueca capaz de iniciar el proceso de desenredamiento. Piedra de toque, surco nutricio, rasero igualador de las diferencias sociales; en fin, el espacio arquitectónico –antípoda del laberinto– en donde todo problema científico y moral se correspondería con una respuesta y una responsabilidad, y donde el cultivo de una sensibilidad ciudadana se prodigaría tarde o temprano en virtud política. Establecer una estación de ferrocarril y poner la piedra basal de una escuela: esos eran sus milagros laicos, con ellos pretendía multiplicar los bienes. ¿Cómo no conmoverse ante tamaña dosis de fe?
Sarmiento fue un "hombre representativo" que llegó al poder para luchar en favor de sus ideales pedagógicos y en contra de las injusticias que se arrastraban desde las viejas raíces hispánicas, pero no fue un hombre movido por apetitos de poder. El país, cabría decir, le quedaba chico a su estatura moral e intelectual. Si llegó al poder fue por causa de haber luchado contra demonios y para seguir combatiéndolos, sin comprender muy bien que en buena medida esos demonios constituían el "genio" de la nación. Observa Martínez Estrada que todos las espacios arquitectónicos desplegados por la labor sarmientina, observatorios, escuelas, sociedades protectoras de animales, jardines públicos, caminos para el ferrocarril, museos y tantas otras, continuaban en pie aún, pero antes siquiera de llegar al estadio de ruinas, es decir, el actual, ya les había sido sustraída su vitalidad. Pues esas paredes y esos rieles y esas arboledas eran ideas vivas antes que especificaciones de las partidas presupuestarias anuales.
Los monstruos del fanatismo, la irresponsabilidad y el escolasticismo ingresaron a las aulas apenas Sarmiento deja de ser hombre protagónico de la vida política, pues los intereses de los que comandaban y comandan el país siempre han requerido de un analfabetismo funcional o, lo que es lo mismo, de una alfabetización mecánica y desespiritualizada. La barbarie también se nutre del alfabeto y del teorema aprendidos por fuera de toda sensibilidad moral. Es entonces, Sarmiento, el eterno desterrado en su propio país, trabajando denodadamente para instalar en cada lugar escaques significativos –jardines zoológicos o escuelas rurales– mientras la "canalla de frac" que lo rodeaba, tal cual la llama Martínez Estrada, ya pactaba con las viejas disposiciones y estados de ánimo virreinales.
La galera y el miriñaque de la dama de sociedad han sido hoy sustituidos por el saco de marca del técnico al servicio del Estado y el trajecito sastre de la funcionaria, pero es lo mismo. Sin duda, siempre quedarán sus escritos, insobornables, pero conviene no estimarlos por la prosa lograda, sino por constituir obras proféticas de los males nacionales y asimismo programáticas culturales y pedagógicas destinadas a erradicarlos.
No está exento de dureza el juicio de Martínez Estrada sobre algunas ideas de Sarmiento y en especial sobre algunas de sus actuaciones, lo que en su momento –1946– pesó negativamente en la recepción de estos escritos. Pero fue dureza restauradora, interesada en la cepa fuerte de su obra y no en el homenaje académico, que desbrozaba lo aún vivo en ella de lo anecdótico o lo olvidable. Esa dureza es otro nombre por amor de lector. Martínez Estrada juzgó que la imagen de civilización de que dispuso Sarmiento era simplificadora de las complejidades del problema. Los males que Sarmiento atribuía a España, entendiéndose por España un estado de ánimo aún arraigado en Argentina, a saber, atraso, despotismo, colonia, ignorancia, los encuentra Martínez Estrada, ya en mitad del siglo XX, atribuibles a Inglaterra: progreso sin espíritu, bienes materiales que no se acompañan de desarrollo moral.
Cabe extender ese juicio al día de hoy, cuando se reitera machaconamente el llamado a obedecer los mandamientos de la "globalización" del mismo modo en que hace dos décadas se reiteraba la palabra de orden vinculada a la "informatización" y "telematización" de la cultura. Escribe Martínez Estrada: "sin un plan social de justicia, el progreso es una maldición". Palabras publicadas en 1946, tan validas entonces, cuando estimaba falaz la mera disposición a oponer civilización a barbarie, como ahora. Pues ninguna importación de novísimo confort o ultimísima tecnología puede transferir "alma" a las vidas maltratadas de los argentinos y a sus acontecimientos colectivos, ya intensamente dañados por la forma monstruosa que asume de vez en cuando la historia nacional. Historia que en otras épocas fue vehementemente épica, cuando Facundo Quiroga o Juan Manuel de Rosas, afloraciones del desierto y la ciudad respectivamente, amplificaron el drama argentino a fuerza de cuchillo; historia que en el siglo XX se continuó en distintas evoluciones metamorfóticas bajo el ritmo de la turbulencia política permanente.
En el siglo XX, la persecución a los constructores de gremios, la censura, la batida y el inevitable exilio, la expulsión a través de la ley de residencia, el desbaratamiento de derechos laborales y el remate de los bienes públicos, se constituyeron en la panoplia "civilizada" de poderes siempre poco dispuestos a compartir ganancias y privilegios.
Facundo Quiroga no significó, para Sarmiento, el nombre propio de un caudillo muerto sino el apodo fantasmal del cimiento secreto de la nación y, más aún, la clave de los problemas irresueltos que una época legaría a las siguientes y a los posteriores. Facundo, en suma, era el nombre secreto de la Argentina. A su vez, Domingo Faustino Sarmiento no era, para Ezequiel Martínez Estrada, consigna edificante o prohombre dotado –además– para las letras, sino la condensación personal de todas las facetas y contradicciones de nuestra nacionalidad.
Tanto Sarmiento como Martínez Estrada fueron seres desajustados de su medio ambiente, al cual jamás podrían haber renunciado, pues a él estaban unidos en carne viva y por inclinaciones sentidas como deber: por voluntad de sus cuerpos y de sus conciencias.
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