Serie: Tributo a Derrida (IV)

¿Filosofía sin filosofía?

María Luisa Pfeiffer

Derrida vive en el tiempo en que se pregona el fin de la metafísica. Sus referentes, Nietzsche, Marx y Freud, compartían un mismo diagnóstico: es imposible pensar el ser como un principio único a partir del cual todo lo que se manifiesta podría devenir transparente e inteligible.

La idea que un texto pueda ser definitivo

procede de la religión o la fatiga.

J. L. Borges

Ese diagnóstico significa que no solo hay que rechazar la ciencia, tal cual lo hacen los posmodernos, apuntando todos los cañones sobre ese tipo de racionalidad atada al a priori y portadora de la evidencia, sino que es preciso cuestionar todo saber al modo en que lo concebimos los occidentales: munido de una lógica, respondiendo a una finalidad, generando transformaciones en la realidad. El pensamiento no girará sobre lo que es, sino sobre la falta al sí mismo como plenitud de sí, estará por consiguiente descentrado, corrido espacialmente respecto de una hipotética unidad de sí. El pensamiento se ejercerá sobre lo diferido de toda presencia de sí a sí que resulta en el fundamento de la verdad. Por supuesto que junto al saber queda descalificada toda institución que esté sostenida sobre él: el maestro, la academia, la jerarquía apoyada sobre los saberes, la educación, el experto, la certeza de la verdad.

Sin embargo, si de algo se precia Derrida es de defender la filosofía por la filosofía misma. Es más, la consideraba un derecho no solo perteneciente a algunos privilegiados, sino también a aquellos que militaban en la trinchera o en la huelga. Baste para reafirmar esto su propuesta de crear el Colegio Internacional de Filosofía en 1983, secundado por filósofos franceses como François Châtelet, Pierre-Jean Labarrière, Patrice Vermeren y Dominique Lecourt, entre otros.

La cuestión que acusa Derrida junto con la filosofía del presente es la del absoluto, la del universal, de lo único, que son las que están sosteniendo desde sus comienzos la aventura del pensar filosófico. Derrida pretende acercarse a lo que hay, como un juego, mediante un pensamiento que "tiene juego", como una puerta que no cierra. Este será un pensamiento que no cierre en que hay un espaciamiento, un "entre" como posibilidad de articulación. El modo de hacerlo será desde el lenguaje que deja de ser logos para transformarse en palabra viva.

La pregunta a que nos lleva la propuesta derridiana es: ¿cómo hacer filosofía sin hacer filosofía? ¿Cómo enseñar filosofía sin enseñar filosofía? Él reconoce este problema recuperando la vieja idea kantiana de las antinomias, en el prefacio a un panfleto, "La grève des philosophes", que tituló "Les antinomies de la discipline philosophique". También Kant plantea antinomias a la razón, que desde su pretensión de trascendentalidad la envuelven en un juego de argumentos irreconciliables. Parecería que aquí se repite la historia, solo que ya no están en juego "verdades" que afectan al saber científico, sino la misma filosofía.

Esta sospecha de la filosofía sobre sí misma, preguntándose por su función, no es nueva en el siglo XX, pero lo que sí es nuevo es asociarla a la destrucción, o de-construcción, del sustento de toda filosofía occidental, que es la identidad del ser consigo mismo. Derrida renuncia a descubrir, interpretar, imaginar, cualquier sentido o verdad trascendente, y lo hace usando la lengua, expresión de la filosofía, como un entretejido de diferencias en que toda significación es un trazo que reenvía a otros trazos. El discurso es un trazado de interrelaciones, vías de comunicación, acomodo de derivaciones y atravesamientos en que se mezclan palabras reinventadas, como suplemento, pharmakon, hymen, parergon, con conceptos que de-construyen, articulando el texto de otra manera, generando un sistema no cerrado, en que el funcionamiento y la existencia reposan sobre el principio mismo del inacabamiento. De allí lo absurdo que resultan muchas veces los "derridianos", hablando un lenguaje críptico, sectario, con que elaboran discursos escabrosos, enroscados sobre sí mismos, que no llevan a ninguna parte. El inacabamiento no significa algo sin sentido ni extravagante, sino un nuevo proceso para alcanzar el sentido. Derrida pretende un logos vivo, pero logos al fin de cuestiones que indudablemente tienen que ver con la vida y la muerte, la verdad y el error, el bien y el mal, que no han dejado de tener vigencia y son los que nos empujan a pensar.

Frente a esta filosofía que se deconstruye a sí misma, Vermeren la califica en su homenaje al maestro como: «una filosofía que se sostiene sobre los bordes de lo que no es ella y no impide a nadie, por consiguiente autoriza a todos, a contribuir a los debates de esta escena filosófica inédita". Una filosofía a punto de dejar de serlo, llevada a cabo por cualquiera vale decir por no filósofos, ¿Por científicos, por ejemplo? ¿Por religiosos? ¿Por ignorantes? ¿Por improvisados? Quizá no nos chocaría tanto pensar una filosofía hecha por literatos, artistas, poetas, rememorando el sueño romántico de Heidegger, pero ¿por qué sería filosofía y no poesía o literatura? Y si la pregunta no es pertinente, porque hacerla me zambulle en el reino de la identidad del ser y de la metafísica ¿de qué estamos hablando? ¿Y qué lenguaje usar si queremos decir otra cosa?

Reconocemos la vocación de Derrida para ir más allá de la negación de la metafísica, su esfuerzo para no quedarse en la diferencia, en la pura falta de sí mismo y caer tal vez en la náusea sartreana. Pero lo complejo, lo diferente exige finalmente un enunciado para poder ser dicho, relatado. Creo que Derrida puso todo el acento en el destino trágico de la representación, pero ese reconocimiento no puede evitar que la representación continúe, como él mismo lo reconoce. ¿Cómo afirmar lo presente, si debemos desapropiarnos de toda presencia? ¿Cómo afirmar una idea, un concepto, un deseo, un mandato, si son insostenibles? Un pensamiento como el de Derrida empuja al vértigo de lo insostenible; es inhabitable, según su propia expresión, por consiguiente ni siquiera podría hablarse de él.

Es verdad que la filosofía se nos ha vuelto, a lo largo de los siglos, hueca la palabra, vacía, repetitiva, a la que debemos llenar de contenido y permitirle, en la sugerencia más que en el decir, la apertura al misterio de la vida, pero será casi imposible hacerlo si solo somos testigos de la deconstrucción que se va operando y no optamos por algún tipo de construcción. Los hombres han constituido siempre sus mundos, como si fueran indestructibles, y tal vez nuestra falta es no atrevernos a hacerlo. Es indeseable, además de imposible, construir la vida sobre la nada, sobre la duda, sobre la ausencia, contra toda apropiación. Todo juego construye primero sus reglas y solo que estas tengan validez, aunque sea limitada, permite que llevemos adelante el juego de la vida y que reflexionemos sobre él.

El lenguaje filosófico se ha convertido para los filósofos en un impedimento para filosofar. Tenemos muchos ejemplos además de Derrida: Heidegger, Levinas, Blanchot, entre otros, son un claro ejemplo de ello. Pero buscar otro lenguaje, uno que permita filosofar a la altura de nuestro tiempo, no impide hacer filosofía, sino que más bien es ocasión de ello. Si "Derrida nunca dejó de reiterar el imperativo del derecho a la filosofía a partir de una interrogación sobre los espacios, asignados o asignables, para el despliegue de la pregunta -desde la ciudad obrera en huelga de Le Creusot hasta la tribuna de la UNESCO- y para la afirmación de su actualidad", entonces para replantear incesantemente la interpelación por una filosofía viviente cuyo destino estará dado en la pregunta por la emancipación", [1] no podemos permitirnos de-construir ese imperativo, porque será el que acceda a construir una filosofía que nos permita, como se lo permitió a Derrida, por ejemplo, rechazar todas las formas de totalitarismo, de autoritarismo social y de exclusión.

Todos los filósofos buscaron en la filosofía respuestas a la injusticia, al mal y la muerte, que son especies del absoluto; también Derrida.

REFERENCIAS

[1] Vermeren, Patrice, Homenaje a Derrida

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