Serie: Memoranda (XCIV)

Diálogos en la historia:

Isaiah Berlin y Anna Ajmatova

Pablo Ney Ferreira

El siglo XX ha sido un privilegiado campo de pruebas de varias doctrinas político-filosóficas, que se percibían a sí mismas como acendradas redentoras de una humanidad oprimida por la libre iniciativa individual.

Se cuenta que en los años más negros de Europa, un gran poeta estaba preso en un campo nazi de concentración y que a pesar de todo el horror y las torturas que veía y padecía, continuaba escribiendo sin pausa. Necesitaba contar lo que sucedía; para esto ideó un sistema para engañar a sus carceleros y mediante el cual fuese posible salvar su dramático testimonio. El poeta escribía su obra en la oscuridad, introducía poco a poco los papeles en botellas y las enterraba en el campo de sufrimiento, allí donde estaba recluida su peligrosa voluntad poética. Se ignora de quien se trataba: quizás nunca existió. No importa demasiado su identidad; ni siquiera si se trata era un ser existente o imaginario.

De lo que se trata, sin embargo, es de pensar que ese episodio conmovedor, trágico, es solo un ejemplo, tal vez meramente literario, de numerosos casos iguales, o peores, de los que el siglo XX es desgraciadamente un productor inigualable. Hay un punto extremo, un lugar al que parece imposible acercarse con el lenguaje. Como si el lenguaje tuviera un borde, como si fuera un territorio con una frontera, después del cual está el silencio. ¿Cómo narrar el horror? ¿Cómo transmitir la experiencia del horror y no solo informar sobre él? Muchos escritores del siglo XX han enfrentado esta cuestión: Beckett, Kafka, Primo Levi, Anna Ajmátova, Marina Tzvetaieva, Paul Celan. Al abordar la experiencia de los campos de concentración, la experiencia del Gulag, la experiencia del genocidio, la literatura demuestra que hay acontecimientos que son demasiado difíciles, cuando no imposibles de transmitir.

Estas páginas pretenden rememorar las consecuencias de lo que fue quizás uno de los encuentros más ejemplares de lo que puede lograr un estado totalitario en su afán represivo contra la cultura: la noche del 20 de noviembre de 1945, cuando se encontraban en Leningrado Isaiah Berlin y Anna Andreevna Ajmátova.

UNA ATMOSFERA

Isaiah Berlin ya conocía Leningrado; durante su infancia, en esa ciudad estuvo su hogar, antes de emigrar a Inglaterra, donde transcurrió la mayor parte de su intensa y brillante vida académica. Además, Berlin hablaba ruso a la perfección y constituía, junto a su amigo Maurice Bowra -un viejo profesor de estudios clásicos de Oxford y uno de los mayores especialistas en literatura rusa del Reino Unido - y a Oliver Elton, los tres pilares del estudio de la literatura y el pensamiento ruso en Inglaterra. Fue precisamente Bowra quien entusiasmó a Berlin con respecto a la figura de Ajmátova.

Berlin había sido enviado en misión diplomática a Rusia, hecho que lo lleva primero a Moscú, y más tarde a visitar la ciudad de Leningrado, atraído tanto por su afición a los libros antiguos como por la literatura rusa pre-bolchevique, que todavía era posible encontrar en las viejas librerías que proliferaban en la ciudad. Así, pues, fueron los libros más que la nostalgia los que atrajeron a Berlin a Leningrado .(1)

Así pues, acudió a la ciudad desde Moscú; llegó a ella un día gris, de finales de noviembre, acompañado por Brenda Tripp, una joven química que representaba al British Council, y ambos se alojaron en el viejo hotel Astoria, en habitaciones separadas.

Al día siguiente, y luego de visitar la antigua casa de Berlin, acudieron a una librería de viejo en el centro de Leningrado, en la avenida Nevsky, donde encontraron a numerosos y entusiasmados escritores que, un tanto escondidos, husmeaban entre los viejos libros e intercambiaban ideas animadamente.

Dentro de esta librería, Berlin inició una conversación ocasional con el crítico e historiador Vladimir Orlov, a quien le preguntó acerca de los escritores de la ciudad, mencionándole dos nombres: Mihjaíl Zoschenko y Anna Ajmátova, una poetisa de la era prerrevolucionaria, a quien el régimen soviético no le había permitido publicar nada desde 1925. El primero de ellos casualmente estaba en esos momentos en la librería, pero en un estado tan deplorable que Berlin no se animó sino a darle la mano simplemente. La otra persona, Ana Ajmátova, estaba aún con vida, y vivía a pocas manzanas de la librería, en Fontanny Dom (la casa de la fuente); esto resulaba algo problemático, dado que Berlin no había leído nada de Ajmátova: desconocía totalmente su obra. Para él no era sino un nombre mítico de la intelectualidad rusa, que solo conocía porque su amigo Bowra había traducido algunos de sus primeros poemas para una publicación de antología de la poesía rusa.

Superando Berlin por tal situación, le preguntó a Orlov si era posible visitar a aquella leyenda viviente, a lo que su ocasional contertulio contestó que no habría dificultad alguna y, procedió a efectuar una llamada telefónica para concretar una cita, que fue concedida inmediatamente,

Al llegar, Berlin y Orlov subieron una oscura escalera empinada, hasta encontrar al humilde domicilio de la poetisa. El mismo constaba de un ambiente con una mesa pequeña, tres sillas, un arcón de madera, un sofá y una cama. Las paredes y los pisos estaban descubiertos, si bien podía verse perfectamente, sobre una estufa apagada, un retrato de Ajmátova que su amigo Amedeo Modigliani le había dibujado y regalado en 1911, cuando se encontraron en París.

La mujer se incorporó lentamente para saludar al primer visitante (2) llegado de aquel admirado mundo que era Occidente; parecía un enviado de una civilización, tan distante como venerada, que le despertaba hermosos recuerdos de su lejana juventud.

Tenía veinte años más que Berlin; había sido muy hermosa, pero ahora estaba muy venida a menos, con algunos quilos de más, el cabello gris y notorias sombras bajo sus ojos, que continuaban sin embargo siendo muy intensos; poseía además un inmenso aire de reina trágica que Berlin no había comprendido muy bien hasta ese momento. Su legendaria belleza formaba parte de su historia, pero su porte continuaba siendo arrogante y su expresión de una dignidad distante y magnífica; gestos suaves y severos, una noble cabeza, y una expresión de gran tristeza que bañaba visiblemente todo su semblante.

Anna Andreevna Ajmátova sacudió de manera cuidadosa y pausada el chal blanco que caía sobre sus hombros y les saludó amablemente. Se sentaron en el viejo mobiliario, ubicándose cada uno de ellos en una esquina de la pieza, y dieron comienzo a un intenso diálogo que surcaba el frío aire de la oscura habitación. Berlin solo sabía de ella que en sus tiempos de gloria había sido muy hermosa; musa inspiradora de los círculos poéticos de la Rusia prerevolucionaria, más precisamente el de los Acmeístas, y que había sido una asidua visitante del "Café del Perro Vagabundo", centro de reuniones de la "avant-garde" de San Petersburgo. Pero nada sabía Berlin de los agitados y dramáticos acontecimientos que le había tocado vivir después de la revolución.

Las Vicisitudes Anna Ajmátora

Su aire trágico no era fingido ni actuado; por el contrario, Ajmátova había sido víctima de horribles apremios por su condición de escritora, aunque apenas si había tenido alguna participación en política. Su primer marido, Nikolai Gumilyov, fue asesinado (ejecutado) en 1921 tras ser acusado de participar en una conspiración monárquica contra Lenin. Los años difíciles para Ana Ajmátova comenzaban de una manera por demás expresiva y cruel.

El régimen stalinista aplicó a Ajmátova una de las peores penas que se le pueden imponer a un escritor: no publicar absolutamente nada de su frondosa creación poética entre 1925 y 1940, y la obligó a trabajar en una biblioteca de un instituto agrario para poder sobrevivir; allí traducía y hacía estudios críticos sobre diversos autores.

Como si todo esto fuera poco, en marzo de 1938, su hijo Lev Gumilyov fue detenido por la dictadura stalinista, y por diecisiete meses ella no supo absolutamente nada de él. Esto provocó un cambio en las actitudes poéticas de Ajmátova, quien pasó a convertirse en poeta de la desesperación, mientras peregrinaba sin cesar, dada la persistente postura negativa de los carceleros de su hijo.

Pero la amargura de Ajmátova, su vívida tragedia, no radicaba en estos temas, que pueden ser catalogados de alguna manera como personales; le resultaba también doloroso,- como lo recuerda su querida amiga Lydia Chukoskaya- la lúgubre ceremonia con que la poetisa solía concluir la lectura pública, susurrada, de algunos poemas: estas reuniones casi prohibidas terminaban invariablemente con la conmovedora imagen de Ajmátova sujetando sus manuscritos encima de un cenicero, mientras la silenciosa audiencia observaba, atónita y con resignación, cómo el producto de aquel genio poético se incendiaba entre las manos de su propia creadora, quien observaba impasible el tremendo ritual con una mezcla de altivez y tristeza, que dignificaba de alguna manera el insostenible atentado a la literatura que se estaba perpetrando en esos oscuros salones. (3)

Luego de un breve transcurso de su vida, en el que vivió en Tashkent (1941-44), junto a Lydia Chukovskaya y a su siempre fiel amiga Nadezhda Mandelstam, esposa de Osip Mandelstam, y durante el cual se le permitió publicar un censurado libro denominado "Poemas escogidos", regresó a la desolada ciudad de Leningrado, a esta altura completamente destruida por la guerra, y con un vago resplandor de su otrora glorioso pasado.

A finales del verano de 1945, su hijo Lev regresó a su casa. Es posible que la liberación de su hijo haya tenido alguna influencia en la respuesta afirmativa de Anna para que un desconocido funcionario de la embajada británica le visitara en ese momento; exponerse por esos años a la visita de Berlin bien podía haberle complicado aun más su vida, aunque, como veremos, esta presunción no estaba demasiado desacertada.

La interrupción de Churchill

El primero de los encuentros entre los dos personajes tuvo algo de emotivo y algo de cómico; Vladimir Orlov, el crítico literario al que Berlin había conocido en la librería de antiguos, y una "dama universitaria" de cierta índole, estuvieron presentes en esta primera aproximación entre los dos.

Costó romper el hielo. Berlin, bastante nervioso, inició una conversación protocolar y cortés, preguntándole amablemente -no sin antes darle las gracias por su amabilidad al recibirlo- por su estado de salud, dado que "no se había sabido nada de ella durante muchos años". Isaiah comienza a preocuparse por su absoluta falta de conocimiento acerca de la trayectoria intelectual de Ajmátova; simplemente la conocía como quien conoce a un mito tan legendario como distante. Ante la afirmación de Berlin, ella apresuradamente lo corrige, diciéndole que se había publicado un artículo suyo en "The Dublin Review", y además -poniendo un gesto de majestuosidad intelectual-, que se estaba escribiendo una tesis doctoral sobre su obra en la Universidad de Bolonia. Tratando de continuar la conversación, ella le preguntó cómo estaba Londres luego de los bombardeos alemanes de la segunda guerra, a lo que Berlin contestó lo mejor que pudo, pero sin saber que la poetisa había escrito "A los londinenses" en 1940, expresando el terror que le producía saber que Londres era bombardeada.

En este preciso momento, interrumpe la conversación un grito potente y extraño que viene de la calle. En un primer momento Isaiah pensó que estaba soñando. No era posible que eso estuviese sucediendo: una fuerte voz repetía incesantemente su nombre desde el patio: ¡Isaiah! ¡Isaiah! Interrumpiendo nerviosamente la conversación, Berlin se asomó por la ventana para ver qué sucedía, y ante su estupor observó claramente y con sorpresa a un hombre de pie en medio del patio inferior: se trataba de Randolph Churchill, hijo de Sir Winston Churchill, que vociferaba desde el patio como si fuera un estudiante que, habiendo bebido algunas copas de más en un día de fiesta en los jardines de Christ Church- lugar donde había conocido a Berlin en sus días de estudiante en Oxford-, clamara insistentemente por su presencia.

Berlin se disculpó nerviosamente y bajó corriendo, seguido por Orlov. Llegados al patio, vino el momento de las presentaciones. En ese preciso momento se firmaba la publicidad del encuentro; Orlov, luego de saludar al hijo de Churchill, cambió de pronto su expresión de sorpresa por un visible y súbito pánico, y se retiró apresuradamente. A partir de este momento se empezaron a correr rumores sobre la presencia de Winston Churchill en Leningrado y un posible "rescate" de Ajmátova con intenciones de trasladarla a Occidente. En realidad, lo único que sucedía era que Randolph Churchill estaba en Leningrado como periodista, en nombre de la Alianza de Publicaciones Norteamericanas, y, habiendo llegado al Hotel Astoria luego de perder a su intérprete ruso, protestaba por la incomprensión idiomática que estaba viviendo en el hall del hotel; sus gritos llamaron la atención de miss Brenda Tripp, quien le informó de la presencia de Berlin en la ciudad, comentándole casi con exactitud en qué lugar se hallaba. En realidad, el problema central de Churchill consistía en lo siguiente: quería que Berlin volviera al hotel y explicara a los recepcionistas que el caviar que había comprado en una tienda cercana había que conservarlo en hielo; esta era la única y absurda finalidad de la interrupción.

Berlin regresó entonces al Hotel Astoria, y luego de cumplir con su papel de intérprete entre Churchill y los recepcionistas del hotel decidió llamar a Ajmátova para disculparse por el incidente y acordar una nueva cita: "Lo espero esta noche a las nueve" fue la respuesta de Ajmátova.

Por sus propios versos sabemos que la poetisa esperó su llegada con impaciencia: Contento oí sus pasos / En la escalera, su toque en el timbre / Tímido como las yemas de los dedos de un joven / Que tocan por primera vez a una muchacha. (4)

 

EL PRIMER ENCUENTRO

Cuando Ajmátova abrió la puerta, Berlin percibió con una mirada rápida que su anfitriona no estaba sola; había otra señora, una especialista en arte asirio, que resultó ser una de las discípulas de su segundo esposo –el asiriólogo Shileiko-, quien comenzó rápidamente a interrogar a Berlin acerca de la vida y las características generales de la educación universitaria británica, mientras Ajmátova permanecía en silencio escuchando con respeto, pero demostrando no tener demasiado interés en la conversación. Permanecieron así, conversando los tres hasta la medianoche, en ese momento la estudiosa de los asirios decidió retirarse del lugar, despidiéndose amablemente.

Cuando la asirióloga se retiró, cambió mágicamente el clima de la conversación. La atmósfera de la habitación se alteró completamente, se tornó súbitamente más personal y confidencial. La habitación estaba mal iluminada, casi en penumbras. Ella estaba sentada en una esquina de la habitación, y él en la opuesta, calmando sus nervios mientras fumaba unos pequeños puros suizos con boquilla de plástico. Entre el humo de los puros de Berlin y la oscuridad reinante en la habitación, se hacía extremadamente difícil percibir con claridad los detalles de los rostros, además de crearse un extraño clima, sombrío pero íntimo.

Ajmátova rompió finalmente el silencio y comenzó a preguntarle sobre antiguos amigos de su época gloriosa, casi todos emigrados a Europa occidental luego del triunfo de la Revolución.

Berlin, para la sorpresa de Ajmátova, respondía a cada pregunta con algún dato interesante y novedoso. Parecía conocer a todas sus antiguas amistades.

Estas respuestas emocionaban a una Ajmátova que se preguntaba cómo era posible que este joven que venía de tan lejos le trajera tantas noticias de su vida pasada; a su manera, este joven estaba haciendo de mensajero entre las dos culturas rusas: una en el destierro exterior, la otra en una suerte de exilio interior, severamente reprimida y temerosa, ambas separadas trágicamente por los acontecimientos revolucionarios.

En ese tema Ajmátova se mostraba categórica y no dudaba; si bien comprendía la decisión de sus colegas, jamás la imitaría. Su autoasignado lugar estaba entre su gente y su inspiración poética continuaría expresándose en su lengua madre; ni siquiera imaginaba una alternativa; se entendía a sí misma como una musa omnipresente de su lengua nativa.

En un momento dado, Ajmátova le comenzó a hablar sobre su infancia en la costa del Mar Negro, "una tierra pagana, sin bautizar", y de su perenne afinidad con "la cultura ancestral, mitad griega y mitad bárbara, profundamente no rusa", del litoral meridional de Rusia. Recordó la Odessa que había conocido de joven, el bullanguero puerto marítimo de las historias de Isaac Babel, un lugar de encuentro de judíos y besarabios, turcos y ucranianos. Él le contó episodios de su infancia en Riga, sus primeros años en Petrogrado, y que, cuando ella era ya una poetisa tan famosa que sus admiradores recitaban todos sus últimos versos de memoria, él era aún un niño que leía ávidamente historias del Oeste.

Acto seguido ella comenzó a hablar de su antiguo matrimonio con Gumilyov, y cuando comenzó a describir las circunstancias particulares de su ejecución en 1921, se le llenaron los ojos de lágrimas. Esto no era habitual en Ajmátova; muy pocos la vieron llorar en alguna ocasión; sin embargo, en el transcurso de estas conversaciones, a menudo mostró sus lágrimas sin pudor alguno.

Posteriormente, y ante la sorpresa de Berlin, le preguntó, luego de un pausado y calmo silencio, si le gustaría escuchar alguna de sus poesías, pero antes le manifestó que deseaba entonar los versos del Don Juan de Byron. Cerró los ojos y comenzó. Su pronunciación era sumamente extraña, casi incomprensible, pero recitaba con tanta emoción que Berlin tuvo que levantarse y mirar por la ventana para intentar ocultar una visible conmoción.

Al poco rato, comenzó a recitar sus propios poemas de Anno Domini, La bandada blanca, De seis libros y también de Cleopatra, escrito en 1940 en un momento de profunda crisis personal.

Pronto comenzó a serenarse, y empezó a recitar el todavía inconcluso Poema sin héroe, comenzado en Tashkent en 1943; al escucharla, Berlin nunca podía saber que en esa obra, que ella continuaría mejorando hasta 1962, aparecería él mismo como un misterioso "Invitado del Futuro", "el invitado del otro lado del espejo". Luego de esto pasó a leer partes de un ejemplar manuscrito de Réquiem, un homenaje a los escritores e intelectuales en general, caídos, torturados y desaparecidos de su generación.

Se interrumpió y le habló de los años de 1937-38, cuando su esposo y su hijo habían sido arrestados y enviados a campos de prisión, y de las penurias que tuvo que pasar para saber algo de ellos. Hablaba con una voz seca, objetiva, interrumpiéndose en muchas ocasiones con un "No, no puedo, no está bien, viene usted de una sociedad de seres humanos, mientras que aquí estamos divididos en seres humanos y…"; aquí se interrumpía y realizaba un largo silencio. Le preguntó por Mandelstam. Guardó silencio, sus ojos se llenaron de lágrimas, y le rogó no hablar de él: "Después de que abofeteó a Aleksey Tolstoi, todo acabó…". Necesitó cierto tiempo para dominarse; luego en una voz muy cambiada, dijo: "Yo le agradaba a Aleksey Tolstoi: se ponía camisas de color lila, a la rusa, cuando estábamos en Tashkent, y hablábamos del maravilloso tiempo que pasaríamos juntos al regresar. Era un escritor muy talentoso e interesante, un canalla lleno de encanto, y un hombre de temperamento tempestuoso; ahora ha muerto; era capaz de todo, de todo; era abominablemente antisemita; era un bárbaro aventurero, un mal amigo, solo le gustaban la juventud, el poder, la vitalidad, y no terminó su Pedro Primero porque dijo que sólo podía tratar de Pedro siendo joven: ¿qué podía hacer con toda aquella gente cuando envejecía? Era una especie de Dolójov, me llamaba Annushka, pero me gustaba, aunque causó la muerte del mejor poeta de nuestros tiempos, al que yo amaba y que también me amó". En ese momento Berlin, profundamente conmovido por el discurso de Ajmátova escuchó que la puerta se abría.

Se trataba del hijo, Lev Gumilyov. El joven Lev se manejaba cómodamente entre Proust y Joyce, incluso en su lengua original, aunque nunca había salido de la Unión Soviética. Su único error vital fue ser hijo de quien era. Esto le costó largos años de prisión.

Compartieron los tres casi en silencio algunas patatas hervidas en una ceremonia calma, mientras el hijo de Ajmátova, con una voz suave, rompía el silencio y contaba sus desventuras entre las cárceles soviéticas y la guerra en el frente alemán.

Cuando finalmente el hijo de Ajmátova se retiró, Isaiah pidió a Ajmátova que le dejara apuntar Poema sin héroe y Réquiem; Ajmátova se negó a tal propuesta, pero le prometió que pronto le enviaría un ejemplar de su obra completa, que supuestamente se estaba por publicar.

Enseguida pasaron a revisar mutuamente sus lecturas predilectas, conversando animadamente acerca de sus autores preferidos y confrontando opiniones sobre su particular interpretación de los textos; Isaiah compartía su reverencia por Pushkin, pero no podía acompañar su predilección por Dostoievski; a su vez, Ajmátova era incapaz de sentir el profundo afecto que Isaiah profesaba por Turguénev.

Estas desavenencias no eran casuales, marcaban cuidadosamente los límites de sus mundos emocionales: a Isaiah le atraían la levedad, delicadeza e ironía de Turguénev y le repelían la violencia, el tenebrismo y la intensidad emotiva de Dostoievsky; Ajmátova se identificaba profundamente con la correcta descripción de estados de ánimo y no podía soportar las gráciles sutilezas de Turguénev.

Estas diferencias de gusto moral se correspondían claramente con las divergencias de las circunstancias de cada persona. La delicadeza de la prosa de Turguénev era una vibración fácilmente compatible y acorde con el apacible Oxford de Isaiah, pero parece difícil que se volviera popular en el Leningrado de Soviético. Los escritores preferidos de Berlin habían forjado su obra en el exilio, mientras que a Ajmátova le atraían los escritores que habían construido su estilo literario en el suelo ruso.

A lo largo de este intercambio de opiniones, Isaiah pudo percibir una vertiente un tanto más humana y una imagen menos estudiada, en la que Ajmátova se mostraba más atenta a las bromas y más distendida y animada, llegando incluso a hablar divertidamente sobre la pasión recurrente de Pasternak por ella, describiendo los ataques de pasión que el escritor había demostrado repetidamente en los años veinte, frente a una cierta indiferencia suya. Le comentó acerca de su soledad, sin dejar de contar cosas de sus amores pasados, en un tono casi confesional; Isaiah también le comentó que estaba enamorado –en este momento parece claro que se refiere a Patricia Douglas, amiga desde hace tiempo- pero en ningún momento lo manifestó concretamente.

También conversaron extensamente de música. Ajmátova le comentó acerca de la sublimidad y belleza de las tres últimas sonatas para piano de Beethoven, que Pasternak, su entrañable amigo, consideraba más grandes que los cuartetos póstumos. Expresó su resignación frente a un aislamiento progresivo, tanto en lo personal como en lo cultural: Leningrado, luego de la guerra, era para ella solo un inmenso cementerio, la tumba de sus amigos.

Estos diálogos tienen una doble versión. La primera es la de Berlin, que es la que estabamos comentando; pero hay otra versión, la que Ajmátova le comentó a Korney Chukovsky, y en cuyas memorias es posible encontrar a Berlin casi como un Don Juan que en Leningrado buscaba agregar una conquista más a su "extenso rosario" de trofeos femeninos. Esta versión es absolutamente ridícula, tanto más si se conoce la biografía de Berlin, aunque es cierto que nadie que lea Cinque, poemas que la poetisa dedicara al encuentro, creería que no se acostaran.

Lo que realmente parece ser que sucedió es que apenas se rozaron. Ajmátova estaba revistiendo su encuentro de mística significación histórica y erótica, mientras él se resistía a esta corriente subyacente y mantenía una prudente distancia intelectual. Al tiempo que ella le confiaba la historia de su vida, él la comparaba con la Doña Anna de Don Giovanni y, moviendo adelante y atrás la mano con la que sostenía sus puros – un gesto que ella captaría en un verso- describía el ritmo de la melodía de Mozart en el espacio que les separaba. (5)

Luego de esto, ya comenzando a clarear, y con una persistente y fina lluvia bañando los restos de la aún hermosa ciudad de Leningrado, Berlin se levantó, besó lenta y atentamente la mano de Ajmátova y salió rumbo a su hotel. Observó su reloj: eran casi las once de la mañana.

UNA VEZ MAS

Luego de permanecer una semana más en Leningrado y cumpliendo con todas sus obligaciones, Berlin presentó su informe en diciembre de 1945, terminando su compromiso de trabajo.

Sin embargo, Berlin decidió volver a Leningrado para verla una vez más. El 3 de enero de 1946 tomó el Flecha Roja nocturno y se alojó nuevamente en el antiguo Hotel Astoria. Por la tarde volvió a visitar el número 44 del Fontanny Dom, donde esta vez sí, Ajmátova le esperaba en la más absoluta soledad, tan majestuosa como siempre.

Él le regaló un ejemplar de El Castillo de Kafka en inglés –uno de los escritores predilectos de Ajmátova-, y una antología de la poesía de los Sitwell; ella le entregó amablemente unos ejemplares de su poesía, dedicados a Berlin de su propio puño y letra.

Se despidieron sin siquiera rozarse.

Luego de una breve estancia en Inglaterra, Berlin volvió a Washington. Sin embargo no podía dejar de pensar en Ajmátova, aunque según los detalles que constan en todas las descripciones de sus experiencias, no parece ser que sea un caso de enamoramiento súbito, sino más bien una impresión intelectual bastante fuerte, que sin duda marcó gran parte de sus impresiones personales acerca del desarrollo de la poesía, la narrativa rusa, y del propio régimen soviético en el siglo XX.

Describió una vez su visita como "la cosa más emocionante, creo, que me ha ocurrido jamás"; pero no hay nada en los escritos ni en las opiniones verbales descritas por Berlin que siquiera se asemejen a las expresadas por la poetisa en sus versos; posiblemente se deba a que el lenguaje poético suele ser más expresivo. (6)

En numerosos encuentros con amigos y amigas, entre otros Boris Pasternak, la poetisa no dejó jamas de hablar de este "visitante del futuro", y de la mágica conversación de aquella noche de noviembre de 1945. Quizás este encuentro sea, como dijo alguna vez Borges refiriéndose a la lectura de los libros clásicos, uno de esos sucesos históricos que no terminan nunca de suceder, que siempre tienen nuevas interpretaciones y cuya lectura siempre es provocativa.

Su hijo Lev fue arrestado otra vez en 1949, nuevamente por reincidir en el delito anterior: ser hijo de Ajmátova; ella aseguraba que todas esas calamidades que le sucedían eran la consecuencia de la visita de Berlin, quizás porque los únicos visitantes del otro lado del mundo, luego de la primera guerra mundial, fueron Berlin y el conde Joseph Czaspski, un famoso crítico polaco. (7) Jamás lo culpó por nada. La poetisa pensaba que este era su destino y lo asumía con hidalguía, y además estaba convencida de que la visita de Berlin, y la subsiguiente condena de su obra, representaron el comienzo de la guerra fría, el final de la cooperación con los aliados occidentales y la reanudación de la guerra ideológica moral y política entre dos universos culturales irreconciliables. (8)

 

LAS REPERCUSIONES

Hace solo algunos años, las obras de seis escritores rusos secuestradas durante el estalinismo fueron presentadas en Madrid por el poeta Vitali Shentalinski, que las rescató de los archivos de la KGB tras diez años de investigación. El poeta removió en los sótanos de Lubianka (sede de la ex KGB) la memoria documental de los escritores; "En los años del poder soviético –afirmó Shentalinski – fueron reprimidos alrededor de 2.000 escritores y de ellos 1.500 fueron fusilados y murieron en cárceles y campos de concentración".

Hoy en día la poetisa Ana Andreevna Ajmátova, figura mayor de la poesía rusa del siglo XX, perseguida por el régimen soviético, posee un monumento esculpido por el artista Vladimir Surovstsev a partir de un esbozo de Amedeo Modigliani; la obra se encuentra en el patio de un edificio del centro de Moscú que la poetisa habitó durante sus estadías en Moscú entre 1934 y 1963.

Poco antes de morir, en 1965, le fue entregado un Doctorado Honoris Causa por la Universidad de Oxford, en una ceremonia celebrada en el Sheldonian Theatre que fue compartida con el poeta Siegfried Sassoon, precisamente a iniciativa de Sir Isaiah Berlin.

1. Quisiera nombrarlos a todos por su nombre,
Pero la lista ha sido confiscada y no se encuentra.
He tejido un ancho manto para ellos
Con sus exiguas palabras oídas al azar.
Los recordaré siempre y en todas partes,
No les olvidaré nunca, venga lo que venga.

2. No será un amante esposo para mí
pero lo que nosotros, él y yo, logramos,
inquietará al siglo XX.

"The complete poems of Anna Ajmátova"

Anna Andreevna Ajmátova murió el 5 de marzo de 1966, en un sanatorio de las afueras de Moscú. Sir Isaiah Berlin terminó su existencia luego de una brillante carrera académica, en 1997, y permanece enterrado en su querida Oxford.

Pretender, como pensaba Ajmátova, que este encuentro fue el hecho desencadenante de la guerra fría, y que ellos habían sido los protagonistas de una escena crucial de la historia, es un poco ingenuo. Amanda Haight, en su libro, estaba totalmente convencida de esto, y los veía como personajes de una historia mundial elegidos por el destino para desatar un conflicto de estas características. (9)

No se procura afirmar aquí que el encuentro tuvo semejante importancia; el objetivo de este trabajo es el de denunciar las atrocidades que se pueden cometer cuando se pretende cercenar la libertad creativa y de expresión de los escritores y los intelectuales en general.

Esto suele estar acompañado del aterrador espectáculo de un inmenso cementerio habitado por un sinnúmero de escritores, poetas, críticos, pintores, víctimas de la intolerancia de las ideologías totalitarias de turno; un verdadero monumento al horror y a la falta de libertad de expresión que la historia no debería olvidar fácilmente.

 

REFERENCIAS

(1) De todos modos Berlin dice que "debía hacer todo lo posible por ir a Leningrado, pues estaba ávido por ver la ciudad en que había pasado cuatro años de mi niñez". Berlin, Isaiah "Impresiones personales". FCE, México, 1984. P. 346
(2) En realidad era el primero que hablaba ruso, porque, como veremos, solamente la había visitado un crítico polaco, unos años antes.
(3) Lydia Chucovskaya, "The Akhmatova Journals I (1938-41)", trad. al inglés de M. Michalski, S. Rubashova, Londres, 1994, pp. 6-7 vid. También Lydia Chukovskaya, "Sofía Petrovna", trad. al inglés de D. Floyd, Londres, 1989.
(4) Jon Stallworthy, "The guest from the future: a triptych, 1940-1988", Oxford Magazine, 48, 1989
(5) Jon Stallworthy, "The guest from the future: a triptych, 1940-1988, Oxford Magazine, 48, 1989. "y su mano sosteniendo un puro / y dirigiendo algo de Mozart".
(6) Isaiah Berlin a Frank Roberts (carta personal). 20/2/46. Citado por Ignatieff, Michel. "Isaiah Berlin: su vida ", Taurus, Madrid, 1999. P. 429. cit. 41.
(7) Isaiah Berlin. "Impresiones Personales". México, FCE, 1984. P. 365.
(8) Es de resaltar que mientras que a Pasternak se le dejaba trabajar tranquilamente en su novela, a Ajmátova se le retiró el carnet del Sindicato de Escritores y se la condenó a una situación de miseria.
(9) Amanda Haight, Anna Akhmatova: A poetic Pilgrimage. Oxford, 1976, p. 146.

 

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