Serie: Acontece (XXXIX)

La era de la información, ¿fin o radicalización de 'viejas' contradicciones?

Anabel Rieiro

Manuel Castells analiza la dinámica social, política y cultural asociada a la formación de nuevas identidades en interacción con la red, en lo que interpreta como crisis de dos instituciones centrales de la sociedad industrial: la familia patriarcal y el Estado nacional.

Castells habla de la sociedad-red [1] y su primer diagnóstico es que, en la era informacional, una crisis de legitimidad vacía de significado y función a las instituciones de la era industrial. El autor utiliza una formulación muy sugerente para referirse a esta transición: el paso de las banderas al viento a las redes multiformes.

LA CRISIS DEL SISTEMA

"No nos falta comunicación, al contrario, tenemos demasiada. Nos falta creación. Nos falta resistencia al presente." (G. Deleuze/ F. Guattari)

"Sean sujetos, es el nuevo mandato que repica en las sociedades: hay que expresarse, hay que hablar, hay que comunicar, hay que cooperar [pero] la relación de comunicación está completamente predeterminada, tanto en su contenido como en su forma". (Maurizio Lazzarato)

Las identidades legitimadoras que se habían construido en la era industrial sobre luchas con base en el capital y el trabajo, se convertirían en 'caparazones vacíos' incapaces de relacionarse con las vidas y valores de la gente, dejando de ser una fuente importante de cohesión social y representación.

"El reto al patriarcado y la crisis de la familia patriarcal alteran la secuencia de transmisión ordenada de los códigos culturales de generación en generación (…) Las ideologías políticas que emanan de las instituciones y organizaciones industriales, del liberalismo democrático basado en el estado-nación al socialismo basado en el trabajo, se ven privados de significado real en el nuevo contexto social. Por lo tanto, pierden su atractivo y, para tratar de sobrevivir, se embarcan en una serie de adaptaciones interminables, corriendo detrás de la nueva sociedad enarbolando banderas polvorientas de guerras olvidadas." (Castells, 1998 :394)

¿Significa esta crisis del sistema social significativo anterior -basado en el movimiento obrero y partidos políticos-, el triunfo de la racionalidad individualista estratégico-racional? Castells contesta negativamente, proponiendo la aparición de identidades de explícita resistencia al nuevo orden global, como 'embriones de una nueva sociedad'.

Las nuevas identidades-proyecto (que trascienden la resistencia para convertirse en propositivas) no surgirían de las antiguas identidades de la sociedad civil de la era industrial, sino de las identidades de resistencia que nacen desde los "callejones traseros" de la sociedad, ya sea en redes electrónicas alternativas o en redes populares de resistencia comunal.

De esta manera, ecologistas, feministas, fundamentalistas religiosos, nacionalistas y localistas representan la resistencia comunal en la era de la información, quienes ya no se dirigen contra la lógica del capital y el trabajo, sino contra la del nuevo orden global.

REPENSANDO LA ERA DE LA INFORMACION

¿Dispersión del poder o mayor concentración? En la concepción de Manuel Castells, en la era de la información el poder 'ya no se concentra en las instituciones (el Estado), en las organizaciones (empresas capitalistas) o en los controladores simbólicos (empresas mediáticas, iglesias). Se difunde en redes globales de riqueza, información e imágenes, que circulan y se trasmutan en un sistema de geometría variable y geografía desmaterializada' (Castells, 1998 :399).

Pero, ¿acaso no existen 'controladores' que concentran el poder dentro de esas redes globales? Desde el análisis marxista se podría proponer superar las lecturas distributivas de la era de la información por teorías productivas, es decir, observar la circulación acelerada de mercancías y valores simbólicos pero sin perder de vista los sistemas que los producen. [2]

Como dice Francisco Sierra, si la globalización informativa es el principal vector de los radicales cambios que hoy organizan las formas hegemónicas de poder, pensar sus territorios, el espacio del mercado, de las marcas y marcos políticos de producción cultural que organizan y atraviesan el capital es, inevitablemente, la condición de todo saber sobre la comunicación (Sierra, F, 2000 :5).

De esta manera, 'aparecen' en la era de la información los viejos actores: instituciones estatales, empresas capitalistas y mediáticas.

Pongamos dos ejemplos: Internet y la imagen (fotografía). En Internet -el medio más nombrado por su 'potencial democratizador' en la era de la información- la administración de los recursos de direcció de la red (números IP, nombres de dominio y protocolos de transporte de datos) es llevada a cabo por una sola identidad: la Corporación Internet para Nombres y Números (ICANN, su sigla en inglés, Internet Corporation for Names and Numbers), creada en 1998 por el gobierno de Estados Unidos como sociedad civil sin fines de lucro con sede en California. Es reiterado el pedido y el debate, en los foros mundiales de comunicación, acerca de que esta administración pase a la órbita de las Naciones Unidas y no de una corporación estadounidense.

Otro ejemplo es el de la imagen. Tres agencias dominan la distribución mundial de fotografías de prensa: la norteamericana Associated Press, la inglesa Reuters y en menor medida EPA, el consorcio de agencias europeas en el cual France Press ocupa un lugar principal. (Baeza, , 2001) Así, nos encontramos con que buena parte del acervo fotográfico que documenta la historia del siglo XX se concentra en tan solo tres grandes bancos: Corbis (propiedad de Bill Gates), Getty Images (propiedad del hijo del magnate petrolero Mark Getty) y un tercer emporio del grupo francés Hachette Filipacchi.

El tamaño de esos archivos, cada uno de los cuales reúne decenas de millones de valiosas fotografías, refleja la acumulación del poder económico que los hegemonizó. Entonces, ¿como construir desde el Sur una identidad basada en nuestra imagen? ¿Cómo mostrarnos y vernos con nuestros propios ojos ante los oligopolios comunicacionales? En este trabajo se mantiene que, contrariamente a lo que dice Castells, en la nueva red de información persisten instituciones, organizaciones y controladores simbólicos que concentran el poder.

En la comunicación internacional se están imponiendo nuevas formas de dominación y desequilibrios que favorecen el control de los nodos y flujos de información en base a formas de dependencia absoluta por las que países enteros, regiones y la mayoría de la población se convierten, como lo critica Wallerstein, en más interdependientes que otros, dentro de las redes de desterritorialización y reterritorialización del capital, verdadera sede del poder y del control social.

El capital, a través de la expansión cultural, garantiza su reproducción material, e intrínsecamente desigual, a través del control en los medios de comunicación, los que mediante la publicidad implantan un modelo de consumo que garantiza la internalización masiva del modelo, capaz de ser sostenido por los individuos y las bases populares (a las que aún la mayoría de los movimientos sociales no logran representar).

Si la gente no encuentra espontáneamente un libre valor de uso, es porque ha sido acostumbrada a la autorrepresión y al hábito capitalista, es porque ha interiorizado tan profundamente la ley del valor de cambio que ya no pueden ni siquiera desear otra cosa que la que se les repite hasta el cansancio (Baudrillard, 1978).

Entonces, no es que no existan 'resistencias' culturales, sino que la industria cultural garantiza englobarlas en un código que hace que la propia gente las rechace cuando se les ofrece, por no ser parte del 'sentido común'. Sentido común que ha sido impuesto por una minoría dominante. "El deseo no tiene en absoluto vocación a realizarse en libertad, sino en la opacidad del código del valor" (Zizek, S., 2001).

La única manera de que las personas las 'sintieran parte' parte de sí porque en definitiva forman parte de su cotidianeidad, era hacer que esas luchas se masificaran. Sin embargo, para alcanzar ese poder (que da la influencia a través de los medios), es necesario competir contra los grandes oligopolios comunicacionales. ¿Qué industria cultural que construya resistencias ha logrado enfrentárseles? ¿Existe hoy una alternativa para aquellos cuyas condiciones materiales no les permite formar parte de "la" red (pero que incluyen otro tipo de redes, por lo común orientadas a la sobrevivencia), excluidos del mercado de bienes y mayormente del de consumo?

De esta manera, se mantiene que la nueva manipulación se apoya en la producción de sentido e imposición de la diferencia, desestructurando la simbología de todas las relaciones sociales, basadas en el dominio del código pero sólo a través de la propiedad de los medios que lo producen, y con el fin de reproducir las relaciones desiguales con las cuales siguen beneficiándose unos pocos.

El discurso de descentralización del poder que la era de la información propone puede terminar haciendo invisibles los mecanismos que permiten que algunos sigan siendo más beneficiados que otros, y que el poder se siga concentrando. Si bien es cierto que la libertad de prensa permite múltiples formas de opinión, iniciativas ciudadanas y movimientos de protesta, no podemos olvidar la concentración de los medios de comunicación masiva, la represión y la criminalización sistemática de los movimientos de protesta. "El poder consiste en el monopolio de la palabra. La palabra ya no se intercambia [se impone] (...) La información es liberada, pero para ser mejor encuadrada y modelada por los medios de comunicación [o mejor dicho quienes los controlan]" (Baudrillard :38)

 

¿Fin del capitalismo o fase de radicalización? Trascendiendo el idealismo pancomunicacional y el determinismo tecnológico, se observa una radical revolución capitalista en el campo de la cultura. Para ello se hace importante vincular las actuales formas de desarrollo informacional con la gramática del capital, la lógica del valor y la subsunción real de los mundos de vida por el capital.

Marx propuso tres etapas para estudiar el sistema del valor de cambio: en la primera, se intercambia lo superfluo de la producción (formación feudal); nace el capitalismo en la segunda etapa, donde toda la producción material 'industrial' se aliena en el intercambio (economía política capitalista) y, por último, se habla de un cambio tomado por el marxismo como una especie de efecto extensivo 'superestructural' en el dominio de los valores 'inmateriales', donde aun lo considerado inalienable -conciencia, saber, amor, etc.- cae en la esfera del valor de cambio.

Siguiendo con este análisis, para Zizek el fetichismo nace en la segunda etapa, cuando se deja de entender las relaciones sociales como de amo-siervo, pasando al capitalismo, donde supuestamente las relaciones entre personas no son de dominación y servidumbre, sino un contrato libre entre iguales. "Las relaciones sociales cruciales se disfrazan bajo la forma de relaciones sociales entre cosas, entre productos de trabajo. Se reprime el dominio y la servidumbre proponiendo de manera formal sujetos libres que se relacionan interpersonalmente, sin fetichismo"(Zizek, S, 2003 :343).

Es a partir de la segunda revolución, considerada por Baudrillard de igual importancia que la revolución industrial, cuando habría una total radicalización de la economía política, comenzando, más que la 'superación', una nueva fase estructural más desarrollada del capital, que cambia las relaciones sociales sobre una 'sociedad del espectáculo'. Esta mutación se daría a través del paso de la forma/mercancía a la forma/signo, de la abstracción del intercambio de productos materiales bajo la ley de la equivalencia general, a la operativización de todos los intercambios bajo la ley del código. 'La economía política del signo [sería] el pase de todos los valores al valor de cambio/signo bajo la hegemonía del código, es decir, de una estructura de control y poder mucho más sutil y totalitaria que la explotación en la producción.' (Baudrillard, J. 1983 :130).

Desde esta concepción la era de la información, más que inaugurar una nueva economía postindustrial, informacional, simbólica, tejida a base de flujos e interacciones inmateriales, debe ser observada como parte del proceso transversal y totalizador del sometimiento de la sociedad entera por el capital.

¿MAYOR LIBERTAD O MAYOR CONTROL SOBRE LAS NUEVAS IDENTIDADES?

La era de la información no puede entenderse como la abstracción del universo cultural, comunicacional, de las identidades con respecto a sus condiciones históricas. Los nuevos dispositivos mediáticos son, además de una forma de saber y transformación, (sobre todo) una herramienta de poder y control de la mediación social, de la cual se sigue excluyendo a la mayoría de la población.

"El dominio económico de la comunicación es, en efecto, la base y la condición de las nuevas formas de desigualdad y control social (…). Así, por ejemplo, hoy junto a las redes emergentes de descentralización y cooperación social subsisten y se refuerzan redes formales de administración y control mucho más eficaces" (Sierra F. 2000 :4).

Según Baudrillard la forma signo abarca todo el proceso social, de manera ampliamente inconciente, y re-crea la explotación (como estado ulterior a la explotación basada en el trabajo productivo manual).

Manuel Castells dice que, por una parte, las elites globales dominantes que habitan el espacio de los flujos tienden a estar formadas por individuos sin identidad conocida (ciudadanos del mundo); mientras que, por otra parte, la gente que se resiste a la privación de derechos económicos, culturales y políticos tiende a sentirse atraída hacia la identidad comunal. (Castells, 1998 :396)

Estas construcciones ideológicas que una elite 'particular' es capaz de 'instalar' como 'universal' (ciudadano del mundo) es una herramienta (altamente potenciada por los medios masivos de comunicación) para mantener relaciones de dominación y que solo pueden ser confrontadas por otras construcciones globales, es decir, la de exigir el derecho a ser parte de esa ciudadanía mundial, incorporando el derecho a ejercerla desde la propia territorialidad y cultura.

En una sociedad de la información verdaderamente democrática, nos llegarían múltiples enunciados y visiones -realidades 'fracasadas'- frente a los mismos hechos que suceden en nuestra actualidad; sin embargo, encontramos que los medios de comunicación muchas veces filtran, masifican, des-informan, imponiendo un 'pensamiento único', una única matriz generativa ideológica. Las promesas de una cercana 'sociedad de la información', que priorizaría una civilización basada en el conocimiento y que produciría ganancias nunca vistas para la educación, la salud, el desarrollo, la democracia y más, queda así en el estadio de sueño más que lejano. Ciertamente, esta visión puede ser una pantalla ideológica a la inclaudicable expansión del control corporativo que ahoga las voces disidentes y fabrica el consenso.

Desde la teoría crítica podríamos decir: si la sociedad-red es una sociedad flexible y abierta, global e informada, que multiplica los espacios de interlocución, descentralizando tanto la producción como las formas de ejercicio de la soberanía, es solo al objetivo básico, de producir nuevos territorios de mercado y nuevas marcas, físicas y simbólicas, de sujeción social.

Foucault analiza este punto interpretando la red de información y conocimiento como sistema de sujeción y domesticación social en forma de flujo circular de control y rotación flexible, sobre el cual se posibilita un nuevo mecanismo de disciplinamiento social (Foucault, 1998).

¿QUE IDENTIDADES DE RESISTENCIA?

Del análisis precedente se traduce que los nuevos movimientos sociales tendrán que encontrar nuevas formas de lucha para enfrentar, más que a la globalización -como propone Castells-, a los que continúan perpetuando, con ella, relaciones de explotación.

La ética reflexiva de análisis e interrogación sobre las operaciones discursivas y prácticas del poder, apuntada en la obra de Foucault, es sin duda la base para un modelo y proyecto de vida que confronta a las formas de dominación informacional, al permitir a los colectivos y sujetos sociales descubrir – como advierte Mattelart – en nuestro presente inmediato, las lógicas sociales, el sentido de ciertas continuidades históricas imperceptibles y los cambios aparentemente radicales que hoy vive la sociedad mediática.

Para ser 'ecologista', para ser 'feminista', para ser 'algo', primero, simplemente hay que ser. Hoy, bajo este sistema mundial -y la era de la información-, millones de niños y adultos son impedidos de mantener su existencia, quedan silenciados y en el olvido en continentes aplastados por las diferencias históricas, donde hubo históricas relaciones de dominio y explotación. A estas personas excluidas, antes de ganárselas a través de 'la mente' simplemente se las aplasta, se las desaparece corporal y físicamente. [3]

Los cuerpos de esas personas hablan, pero no por la red informacional, a la que nunca llegan, a no ser como un número ilustrativo de determinadas investigaciones.

Las estructuras y lógicas de poder en el mundo contemporáneo son absolutamente inmunes a las armas liberadoras de las políticas de diferencias posmodernistas. De hecho, también el Imperio está decidido a eliminar aquellas formas modernas de soberanía y poner las diferencias en juego por encima de las fronteras. Por ello, pese a sus buenas intenciones, las políticas posmodernistas de las diferencias no solo son ineficaces contra el mundo imperial, sino que incluso [pueden terminar] apoyando y coincidendo con sus funciones y prácticas. [4] (Negri/Hardt, 2000 : 84).

Si las viejas instituciones de la sociedad industrial han quedado 'vacías' no es porque la lógica del capital haya dejado de actuar, sino que ha radicalizado su fuerza y ha englobado en un sistema mundo las organizaciones de resistencia. [5] Buscar nuevas formas de identidad se hace necesario, pero siempre teniendo clara las raíces e inconsecuencias de la lógica del capital, que se expande a la esfera de la cultura.

La "gran transformación" que sobrevino hace una veintena de años no es, como hemos visto, que haya menos asalariados, sino -y esta transformación es decisiva- que haya muchísimos asalariados precarios, amenazados por la desocupación. Renunciar hoy al trabajo como lucha estratégica sería un error estratégico, dada la presencia del mercado y el problema fundamental que plantea su hegemonía desde el punto de vista de la cohesión social. (Castel, R., 2002 :71)

Concebir la era de la información como un rasgo universal contemporáneo podría llevar a ocultar la raíz socioeconómica concreta de los problemas de desigualdad, despolitizando las relaciones de mercado y capitalismo, que lejos de desaparecer se transforman en anónimas y se presentan como neutrales, garantizando su reproducción.

Como lo manifiesta Slavoj Zizek, mientras se admita esta despolitización de la esfera ecónomica, todo lo que se diga sobre la ciudadanía activa, la discusión pública orientada hacia la toma de decisiones colectivas responsables, etc. tendrá que ver con cuestiones 'culturales', sin intervenir en el nivel en que se toman las decisiones para el largo plazo. El único modo es un debate público sobre la limitación radical de la libertad del capital, subordinación del proceso de producción al control social: la repolitización radical de la economía.

"Se trata de un 'retorno a la primacía de la economía', no en detrimento de las cuestiones planteadas por las formas posmodernas de la politización, sino precisamente para crear las condiciones que permitan una satisfacción más efectiva de las demandas feministas, ecológicas, etcétera". (Zizek, 2001 :380).

REFERENCIAS

[1] La sociedad-red es definida, según Castells, por la preeminencia de la morfología social sobre la acción como conjunto de nodos interconectados, en los que la conexión anula la distancia, esto es, que la intensidad y frecuencia de la interacción entre dos puntos o posiciones sociales se ve radicalmente alterada. La idea de la red, el enredo de la red, es de este modo un factor constituyente, como metacategoría, de los cambios políticoeconómicos, sociales, urbanos y, lógicamente, comunicativos, que emergen con el desarrollo del proceso globalizador (Sierra Caballero :3).
[2] A pesar del potencial democratizador que las nuevas tecnologías podrían significar, como dice Ernest Mandel: "No es la máquina, ni ninguna compulsión tecnológica, lo que transforma inevitablemente a los trabajadores, a los hombres y mujeres en general, en apéndices y esclavos de un equipo monstruoso. El principio capitalista de la maximización de las ganancias es el que desencadena esta terrible tendencia. Se pueden concebir perfectamente otros tipos de tecnología y de maquinaria, siempre que el principio que guíe la inversión no sea ´reducir el costo` en las empresas individuales en competencia, sino el desarrollo óptimo de todos los seres humanos."
[3] Desde el siglo pasado, las grandes luchas que ponen en tela de juicio el sistema general del poder ya no se hacen en nombre del reconocimiento de antiguos derechos ni en función del sueño milenario de un ciclo de tiempos y una edad de oro. Ya no se espera más al emperador de los pobres, ni el reino de los últimos días, ni siquiera el restablecimiento de justicias consideradas como ancestrales; lo que se reivindica y sirve de objetivo es la vida, entendida como un conjunto de necesidades fundamentales, esencia concreta del hombre, cumplimiento de sus virtualidades, plenitud de lo posible. Poco importa si se trata o no de utopía; tenemos ahí un proceso de lucha muy real. La vida como objeto fue en cierto modo tomada al pie de la letra y vuelta contra el sistema que pretendía controlarla. (Foucault, 1987, 175).
[4] "Abandonar el frente del trabajo es arriesgarse a renunciar a la posiblidad de regular el mercado y a no encontrarnos ya en una sociedad de mercado, sino en una sociedad devenida mercado de lado a lado, enteramente atravesada por exigencias asociales del mercado." (Castel R., 2002 :72)
[5] La tesis de la desaparición de la clase no tiene base científica si observamos, por ejemplo, a nuestro país. "El mito de que los asalariados iban en descenso y que había aumentado mucho el trabajo por la cuenta y la microempresa, no es así. En Uruguay hay, en 1.400.000 activos, 907.000 asalariados. (…) Es decir, el nuevo modelo de desarrollo social y económico del Uruguay en el marco del Cono Sur capitalista, ha generado una expansión de la fuerza de trabajo asalariado, bajo nuevas condiciones de trabajo y organización" (Olesker, 2004 :76).
Baeza, Pepe. Por una función crítica de la fotografía de prensa. Editorial Gustavo Gili. Barcelona, 2001.
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Baudrillard, Jean: El espejo de la producción. Gedisa. Barcelona. España, 1983. Original francés, 1973. Pág. 117-178.
Baudrillard, Jean: Cultura y Simulacro. Kairós. Barcelona, España. 1978. Original francés, mismo año. Págs. 9-80 y 123-181.
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Castells, Manuel. La Era de la Información. Economía, Sociedad y Cultura. Volumen II: El Poder de la Identidad. Alianza Editorial. Madrid, 1998.
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Foucault, Michel (1987) Historia de la sexualidad. 1. La voluntad de saber. Siglo XXI, México,.
Foucault, Michel (1998) : Estrategias de poder. Paidós,.Barcelona
Negri, Antonio y Hardt, Michael (2000) : Empire, Cambridge : Harvard University Press.
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Zizek, Slavoj (1998) "Estudios culturas, reflexiones sobre el multiculturalismo". Ed Paidós, Buenos Aires.
Zizek, Slavoj. (2001) El espinoso sujeto. El centro ausente de la ontología política. Ed. Paidós, Buenos Aires.
Zizek, Slavoj (2003) "Ideología-Un mapa de la cuestión". FCE, México 2003.

 

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