De dictadura y de después
Paulo Ravecca
Una vía para reflexionar sobre la dictadura es tematizar la(s) manera(s) en que la pensamos, la(s) forma(s) en que la pudimos o necesitamos "construir".
"Sí: uno debe perdonar a sus enemigos, pero no antes de que sean ahorcados"
(Heine)
La producción y circulación de significantes y significados en torno a lo que hemos vivido y estamos viviendo en tanto contexto societal concreto, es una cuestión cultural y una cuestión política: en las nociones a las que se apela para entender se juega la definición de los parámetros en que los individuos y los conglomerados humanos piensan, dicen y hacen; lo que "somos", lo que podemos "ser". Lo que sigue es un ejercicio cuasi-aforístico de producción tentativa de sentido: metáfora pura e inesencial.
Un punteo desconexo
Se ha montado toda una red de circulación de discursos –avalados muchos de ellos por las credenciales de la ciencia- que no está exenta de racionalidad estratégica sino que asesta golpes constantemente a ese otro amenazante que es el poder militar, construyéndolo simbólicamente como un "otro-radical". Se constata, pues, un redireccionamiento del vector del hostigamiento simbólico: si "antes" (léase en "la dictadura") la lógica de la singularización descendente (o sea la que captura al "débil circunstancial" en una identidad heterónoma, en una caracterología impuesta, y que surge como efecto de relaciones de poder) encerró a las personas en esas cárceles real-imaginarias que fueron las letras A, B y C, si se extranjerizó a los opositores, hoy, desde distintos lugares, se ‘patologiza’ a los militares golpistas.
Hay una guerra simbólica donde se juega (la manera de experimentar) el pasado y, por lo tanto, (la manera de experimentar) el presente, la construcción de sujetos con sus responsabilidades y culpas específicas. La épica del héroe democrático sedimenta un otro nauseabundo . (1)
Militar es el verbo que designa la actividad que define al militante. Pero militar es también un sustantivo que, de alguna manera en nuestro contexto simbólico, representa la antítesis de aquella. El militar persiguió al militante impidiéndole militar. El militante milita en contra del militarismo. (2) El militar mata al militante si insiste en militar. ¿De dónde viene este enredo de significantes que se anteponen, se complementan, luchan y se ‘con-funden’?
En alguna ocasión Foucault habló de dos modalidades de fascismo igualmente relevantes: el fascismo histórico (que, de alguna manera, "está afuera") y el fascismo "de adentro", habitante de nuestro mundo interno (y nuestro cuerpo) que nos hace amar el poder y desear aquellas cosas que nos dominan y nos explotan. El atractivo que despiertan a muchos los ‘uni-formados’ y los ‘uni-formes’ es innegable. Ellos ‘re-presentan’ el poder ordenador, el orden minucioso y capilar. ¿Cuántos de "nosotros" habremos deseado la dictadura? ¿Qué significa eso?
Ahora bien, ¿qué pasa cuando el control se descontrola?, ¿y cuando los guardianes del orden son quienes lo rompen? Irrumpe el horror. Emerge lo inexplicado o, peor aun, lo inexplicable. La Seguridad Nacional se transforma en Inseguridad Absoluta. ¿Qué ocurre con esos deseos de orden que miraban hacia esos hombres fuertes, invencibles, que torturan y matan?
Los uni-formes producen multi-formes (contrapoder). No existe orden sin desvío ni poder sin resistencia. Sin embargo, hay desvíos que, en el sector de (lo que experimentamos como la) realidad que dominan, terminan siendo tan tiránicos como el poder oficial.
Las coordenadas de análisis que propongo no apuntan a calidades éticas diferenciables (no niegan ni afirman su existencia) sino a simples asimetrías de fuerza. El desvío de hoy puede ser el orden del mañana; cuando esto ocurre el ciclo recomienza. El uniforme uniformiza y despierta heterogeneidades uniformizantes. El contrapoder también puede erigir cámaras de gas o, quizá, enviarte a Siberia... Se habita un "lo mismo" irreparable, lo que no significa que sea conveniente renunciar a impugnar los distintos componentes, instancias y momentos de ese "lo mismo": las luchas por un mundo diferente sirven, cuando menos, a la causa de impedir que el que habitamos se vuelva más horrible aun. Aunque, pensándolo bien, si "la utopía sirve para caminar", más de una vez nos ha conducido al terror y la muerte.
Para muchos el Estado moderno sueña con el genocidio, pero –generalmente- son los autoritarismos los que lo practican en plena vigilia. Los horrores de los autoritarismos y los totalitarismos modernos encarnan la radicalización de esas tendencias latentes en tanto la "democracia" controla al control.
Los poderes modernos vigilan, contabilizan, clasifican. Generan seres. El gobierno militar creó sujetos "sujetados" a las letras A, B y C, los cuales eran portadores de grados distintos de patología y peligrosidad. Estamos, entonces, ante una tipología construida a partir de distintas variables que cumplían la función de ordenar y jerarquizar el espacio social. (3)
Por otra parte, no es conveniente esencializar al Estado: atacarlo es funcional, en el contexto actual, a los distintos dispositivos generadores de daño legitimados por el neoliberalismo.
La única realidad impoluta, perfecta, sin fisuras, es la muerte. La realización suprema del orden no se da en el campo de concentración sino en la mismísima cámara de gas, reino de la asepsia. Hay que tener cuidado con los obsesos por "la(s) limpieza(s)": la mugre, el desorden, la melena desprolija, los espacios coloridos y abigarrados comparecen, según las premisas de las que parto, en tanto lugares de creación de mundo. Los niños nacen sucios. Y el exceso de "limpieza" mata.
La lógica del panóptico funcionó, en el marco de la última dictadura, en dos ámbitos bien contrastantes y oscuramente conectados; a nivel macro, a través de lo que podríamos denominar como cuartelización de la sociedad, esto es, la expansión de las dinámicas militares en todas las direcciones posibles (piénsese en el sistema educativo como un caso paradigmático). La práctica de la delación (panoptismo por excelencia) funcionaba como un surtidor de miedo. Pero había otros panópticos, más sombríos aun, que eran la fuente modélica del régimen de "cuadricualización antinómada" que se instaló en el registro global: las tecnologías de los centros de detención clandestinos y las cárceles, donde los impactos disciplinarios, ya con fines disolutivos, estaban hiperlocalizados pero tendían sus tentáculos hacia "afuera" por medio del silencio impuesto y el rumor incentivado (la tortura está y no está: "no es cierto" pero sabes que te puede pasar).
El sustento de estos artefactos es el sadismo sadiano y no el sadismo-pasión. En este aspecto impera una profunda confusión. Para el Marqués de Sade toda pasión es falsa, porque la vida es una amalgama de decorados. Su sistema filosófico está lejos de ser conducido por influjo del pathos. En la guerra que se despliega (no me refiero a una guerra entre ejércitos, sino a lógicas bélicas presentes en los más diversos espacios y registros) hay subjetividades en juego y "pasiones" en circulación, pero las armas se usan racionalmente. La tortura no fue un exceso ni la manifestación de un poder enloquecido: fue una herramienta en un conjunto estratégico.
La disociación del par ver-ser visto (capucha mediante) expresa la "victoria" del verdugo. (4) El detenido no ve los ojos que lo ven y que, de una manera perversa, miran por él: mirada que todo lo tuerce (tortura). Pero el torturador es capturado por su condición. Viola leyes: tarde o temprano eso lo torturará, y no me refiero a posibles sentimientos de culpa, sino a la presencia fantasmagórica del ser que construyó y al que está anclado. El torturador torturó y eso lo vuelve un torturador: de la acción al sustantivo intrínsecamente adjetivado.
Se confina al detenido en un mundo de incertidumbre. Inseguridad, miedo al ataque, caos, humillación, violación física y simbólica, dolor puro y duro; en suma, destrucción introyectada constantemente a través de diversas modalidades de tortura que todo lo tuercen, todas ellas psicofísicas: desde el ‘plantón’ o la ‘picana’ hasta las requisas, donde se arranca a los detenidos las escasas cosas que los objetivan y a las que, comprensiblemente, se aferran (una fotografía, una carta), dejando siempre un espacio abierto para poder ‘apretar’ más. Ese horror es inexpresable por la palabra: ¿cómo leer lo ilegible?
En el horizonte teórico no existe reducto del propio ser (individual y social) ni de la propia historia (personal y colectiva) donde el poder no alcance. No hay donde esconderse.
"¿Acaso se pueden atravesar tiempos de horror sin ser atravesados por eso?" (5)
Las armas del contrapoder simbólico
La diferencia en cuanto a "nivel cultural" operó y opera como un arma del militante o exmilitante izquierdista. (6) Ese elemento se visualiza, por ejemplo, en el arte dramático montevideano. Lo militar se construye como brutal, torpe y "lumpen". No es disparatado pensar en la existencia de un desprecio de clase ejercido desde la "clase media culta de izquierda" por "los pardos ignorantes y bestias". Lucha de clases radicalmente paradójica y perversa: en los centros de reclusión de la década del setenta los carceleros (muchos de ellos de origen humilde) nombraban a los reclusos (muchos de ellos de la clase media culta) con el adjetivo "pichi".
Propongo aplicar la regla de la polivalencia táctica de los discursos de Foucault al discurso de los "Derechos Humanos". Una lectura materialista repara en que los derechos humanos son una invención. Todo constructo ideal se inserta en los sistemas transdiscursivos y en las dinámicas de relaciones de fuerza bien concretas. Todo es instrumento. Así los derechos humanos provienen del conflicto, constituyen un arma más. El Bien es construido por instancias parciales e interesadas: se trata de usarlo "bien". Es posible visualizar la regla de la polivalencia táctica de los discursos en funcionamiento en el tratamiento que se hace del gobierno cubano cuando el mismo incurre en prácticas que atentan contra los denominados derechos humanos: aquellos que esgrimen la espada de los derechos humanos aquí en Uruguay la envainan rápidamente cuando de la isla se trata, mientras que los focos emisores de discursos que ‘periferizan’ la cuestión en el ámbito nacional, la desenvainan y blanden furiosamente.
La Marcha del Silencio (7) resemantiza estratégicamente esta palabra. Se pasa de un silencio silenciado a un silencio parlante. Un silencio que revela oscuros vacíos. "Lo mismo" aparece como esencialmente diferente. Ese silencio es roto solamente por los nombres de las "víctimas" de la dictadura, las cuales ‘re-aparecen’ al grito de "¡presente!". El himno nacional (que se canta al final) ‘re-ciudadaniza’ a los extranjerizados. El poder dictatorial trató de atomizar al enemigo, que ahora aparece como una multitud inmensa que, para peor, no está detenida: marcha.
Los "escraches" no están dirigidos a las "víctimas" sino a los "verdugos", quienes son encerrados en su condición. Se delimita precisamente el lugar donde viven, se territorializan como objeto de poder. Hay el intento, entonces, de desarrollar una estigmatización ghettizante. La patria que "defendieron" se avergüenza de ellos. Los delincuentes y subversivos cambian de sitio. Sus "actos valerosos" se transforman en "crímenes" que se re-actualizan en una memoria dramática. El escrache es un contra-panóptico. "Los muchos" ven al centro ejecutor del control pasado, que es "uno". El centro ya no es centro. Los espacios se trastocan. La espada cambia de manos. Es conveniente reparar en el potencial teórico de esta práctica (su fuerza simbólica, el horizonte al que tiende) y no en su realidad actual y efectiva: piénsese en los escraches argentinos, donde la violencia (simbólica y física) es "des-atada" con mayor ímpetu.
Siguiendo a Nietzsche, los humanismos y los moralismos fáciles comparecen en tanto límites del pensamiento: decir cosas lindas, repartir juicios ampliamente compartidos para quedar bien... que los indiecitos, que los gays, que las víctimas de esto y aquello... y todos contentos.
Fin heraclitiano: no-fin. Los términos que designan fenómenos sociales no son ajenos a las relaciones de fuerza que estos entrañan. Este aserto es especialmente válido cuando los itinerarios de los cuales se habla son recientes cronológicamente y cercanos espacialmente.
Por tanto, un artículo que se intitula Ejercicio: "Sobre la dictadura y después" forma parte del escenario que trata de interpretar. Digo "dictadura" (no "proceso"): creo pasado y presente junto a la comunidad de interpretación que analizo. Formo parte -en tanto sujeto que enuncia- de las relaciones de fuerza que describo -mientras las co-genero. La autorreferencia potencia la mirada hacia fuera. Permite (nada menos que) la propia problematización colocar lo propio en tanto cuestión analíticamente abierta, en tanto pregunta; desarrollar líneas de indagación, reflexión y creación "más allá del bien y del mal"; y una captación del otro (no propongo una suerte de onanismo epistemológico) con menos ruido e interferencias (inconcientes).
Para mirar bien hay que mirarse mejor.
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