Serie: Memoranda (XLIX)

Lo rutinario y lo heorico de la vida cotidana

Alfredo Alpini

En las últimas décadas, nuestra cultura por un lado, y la historiografía acompañándola, han exaltado y legitimado la intimidad, la cotidianidad y la esfera privada, expresiones en última instancia, de la subjetividad. Desde la “Historia de la sensibilidad” de José Pedro Barrán hasta la presente “Escenas de la vida cotidiana” de Silvia Rodríguez Villamil, domina un leitmotiv: una historia del interior del hombre.

“Por su parte Cora Ferri, en una inédita fase de sí misma, pulverizó al
Idilio en su licuadora mecánica, degolló y desplumó a la Lírica junto
a sus asaderas y narcotizó a la Libertad entre sartenes oleosas y artefactos
eléctricos. En resumen (...) forjaron para mí esa especie de gallinero
confortable que se ha dado en llamar “la Vida Ordinaria”.
Leopoldo Marechal, “El Banquete de Severo Arcángelo”.

Cuando en el Uruguay de los años 60 los historiadores estaban abocados a comprender las estructuras sociales y económicas del siglo XIX -que de alguna manera explicaban su presente- se publicó una obra que hablaba de las “mentalidades”. Silvia Rodríguez Villamil (1939-2003), en sintonía con la “nueva historia” de la escuela francesa de “Annales”, publicaba una investigación sobre los hábitos y prácticas culturales de las clases altas en el Uruguay. “Las mentalidades dominantes en Montevideo (1850-1900)” fue el primer estudio hecho en el país para abordar el ángulo mental de nuestra sociedad. Por aquellos tiempos José Pedro Barrán y Benjamín Nahum estaban embarcados en la monumental historia rural de la modernización. Faltaban veinte años para la aparición de la “Historia de la sensibilidad en el Uruguay”, ensayo clave que marcaría un antes y un después en la historiografía nacional.

Rodríguez Villamil estudió, en aquella obra, dos expresiones de la mentalidad dominante: “la mentalidad criolla tradicional” y “la mentalidad culta y europeizada”. La historiadora intentaba rastrear “la actitud frente a lo `extranjero, la actitud ante lo `nacional, un sondeo sobre “cómo se ve el porvenir, cómo se ve el pasado, la moral, las creencias religiosas, la concepción jerárquica de la sociedad, cómo se entiende la función política, la actitud frente a la cultura europea, los gustos y las formas de sociabilidad y el estilo de relaciones de persona a persona”. (“Las mentalidades dominantes en Montevideo”, E.B.O, 1968, p.40).

En la reciente “Escenas de la vida cotidiana. La antesala del siglo XX (1890-1910)” (E.B.O., 2006), el interés está puesto no sólo en las prácticas culturales, privadas y públicas, de las clases altas, sino también en la realidad cotidiana de los sectores medios y populares. En los hábitos diarios se expresan, señala la historiadora, las “mentalidades y las costumbres, las normas y valores vigentes, las formas de dominación y las rebeldías, las relaciones entre las distintas clases y grupos sociales”(pp.25-26). A continuación agrega que “la vida cotidiana presenta rasgos diferentes en cada clase o grupo social, en las distintas etnias o nacionalidades” (p.26).

En torno a la sociedad y la cultura de fines del siglo XIX y principios del XX se ha escrito mucho y, tal vez, demasiado desde una perspectiva particular. Historiadores, ensayistas, críticos literarios y cronistas de las cosas de antaño han ensalzado al Novecientos, convirtiéndolo en un mito. Es la edad dorada para que la sociedad uruguaya -la montevideana, para ser más exactos- se ufane de un tiempo glorioso, culto y estético. De ese pasado nos llega un reflejo monocorde e insistente. Era el Montevideo del art-nouveau, de las familias de alcurnia que se paseaban por la calle Sarandí y se bañaban en las playas Ramírez o de Los Pocitos. Sin embargo, existía otro Novecientos, geográficamente más extenso y, sobre todo, más populoso y abigarrado. Incluso un disidente de la moral de la época, como Roberto de las Carreras, consideraba incivilizado el Montevideo que se expandía más allá de la Plaza Cagancha. Es que allá lejos había un olor que no era francés... los barrios olían a pueblo.

Al respecto podemos agregar que es escaso el conocimiento que tenemos acerca de la vida popular urbana y su diversidad cultural. Apenas conocemos algo del “bajo” -todo un mito de la crónica costumbrista-, un poco más de la vida de los inmigrantes y otro tanto de los obreros. Pero la población urbana en todas sus dimensiones y niveles nos es todavía desconocida. Carlos Reyes escribió en “Del empaque y el desenfado corporal en el Novecientos” que esa abigarrada vida popular estaba compuesta por una “masa informe de difícil estudio”, que comprendía a vagos, mendigos, vendedores ambulantes, vividores de toda calaña, ladrones, feriantes, prostitutas y mujeres de vida múltiple, artesanos y un largo etcétera popular y marginal, alejado de la vida burguesa. (“Historias de la vida privada en el Uruguay”, tomo 2, Mdeo., Taurus, 1996) Con la ciudad moderna nacen, observó Ezequiel Martínez Estrada en “La cabeza de Goliat” refiriéndose a Buenos Aires, individuos parasitarios de la urbe que viven sobre o en su piel. De su vida real sabemos todavía muy poco.

Los historiadores de la cultura y, en general, de los espacios privados e íntimos, se han topado con ciertas limitaciones propias del oficio de historiar. “øCómo reconstruir esas vidas cotidianas, cuya presencia percibimos difusamente, en toda su diversidad?” (p.27) se pregunta en este sentido Rodríguez Villamil. Los historiadores franceses postularon por los años 60 que “todo podía ser objeto de estudio de la historia” (Georges Duby). Sin embargo, esta máxima tan ambiciosa comportaba en sí misma el problema: las huellas que dejaron los hombres del pasado. Un historiador puede rastrear e interpretar de un modo interesante esos vestigios y crear un discurso convincente y original. O, de lo contrario, ser un chapucero de la ficción y convertirse en un pésimo novelista.

Con respecto a las huellas que nos legaron las clases altas no existe mayor problema. Allí están sus casas, verdaderos testimonios culturales, por distinguirse en su presente y en su posteridad. Perviven sus objetos y artículos, símbolos de un derroche ostensible: los automóviles, los cubiertos de plata, la tapicería, las joyas y los vestidos. Leemos, también, sus memorias y diarios íntimos, justificaciones de su prestigio social, afán de perdurar y alinear su historia privada con la historia del país.

Pocos fueron, sin embargo, los que salidos del pueblo hablaron sobre sí mismos y sobre su condición. Al respecto, Rodríguez Villamil afirma que toda investigación histórica se enfrenta a “la escasez de fuentes referidas a los sectores populares -esa mayoría `sin voz, como se la ha calificado- y de la cual el sector letrado casi no se ocupa”. (p.28) O que cuando se ocupa, podemos agregar, lo hace con tales anteojeras que de lo único que nos enteramos es de cómo ellos percibían la vida y el mundo.

Para desgracia de los cronistas de las “cosas de antaño”, la “belle époque” uruguaya tenía su lado oscuro. José Pedro Barrán y Benjamín Nahum afirman que “esos años fueron algo más que la crónica del paseo de la clase alta y media por la calle Sarandí y las playas de Ramírez y Pocitos”. Y agregan: “del otro lado la realidad mostraba que uno de cada tres niños moría antes de su primer año, que casi un quinto de la mano de obra empleada en el comercio y la industria era menor de edad y que el 11% de la población capitalina vivía en conventillos”. (“Batlle, los estancieros y el imperio británico, Tomo 4, Mdeo., E.B.O., pp.11-12).

En aquel Montevideo las clases altas constituían una minoría, representaban tan solo el 5% la población. Los sectores populares eran la amplia mayoría y conformaban el 55% de la sociedad montevideana. Los sectores medios con niveles diferentes de ingresos, representaban para algunos historiadores el 40% de los montevideanos.

Al caracterizar la sociedad del Novecientos, Rodríguez Villamil cuestiona esa imagen mítica de la “belle Époque”. “En el imaginario colectivo -dice- perdura posiblemente esa visión del 900 centrada en las formas de sociabilidad y esparcimiento de la clase alta. Ese universo, aunque real, no constituyó toda la realidad, dada la mayoritaria presencia de los sectores populares y la coexistencia de valores e ideales de vida contrapuestos, aun dentro de cada estrato social” (p.36).

El tono de la sociedad uruguaya era su heterogeneidad. En primer lugar, una heterogeneidad marcada por las desigualdades sociales. Luego, se debe destacar el enorme peso de la población extranjera, que hacía de nuestro país una verdadera sociedad multinacional. En 1889, Montevideo tenía 215.000 habitantes. De ellos, 53% eran uruguayos, 47% extranjeros. De estos, 22% eran italianos, seguidos por los españoles (15%) y los franceses (4%). La fuerte presencia de inmigrantes daba a la época una diversidad cultural que Uruguay iría perdiendo con los años.

La celebración del 14 de julio de los franceses reunía a orientales y extranjeros, encuentros que por lo general culminaban con bailes galantes en el teatro Cibils, donde se congregaba la flor y nata de las clases altas, la “jeunesse dorée” y los diplomáticos extranjeros. El 20 de setiembre, aniversario de la unificación italiana, reunía a los inmigrantes, así como a políticos colorados, masones, e incluso a los anarquistas. Pero era en las fiestas españolas, realizadas en el Prado, donde se armaban los verdaderos bailongos populares. Según cuenta el cronista Sansón Carrasco, estas celebraciones “dejaban a Montevideo huérfano de la mitad de sus habitantes”.

La importancia de llamarse...

La clase alta fue la primera en autopercibirse como una clase social autónoma. “Las familias conocidas” comprendían al antiguo patriciado, a los estancieros, a los banqueros, a los grandes comerciantes y a los gerentes y abogados de las empresas extranjeras radicadas en el país. Su imagen se reflejó en una literatura de folletín creada a su medida y semejanza. En “La Crónica Elegante” (1884) y “El Correo de los Salones” (1889) nos enteramos, por ejemplo, que “la familia Arocena regresará de París en el mes de diciembre”, que “el lujoso palacete de los esposos Howard ofrecía el lunes, ese aspecto soberbio que caracteriza a los grandes reuniones de una corte”. (p.56)

Como han señalado Carlos Real de Azúa, J. P. Barrán y B. Nahum, en torno a 1870 se consolidó en el país una clase alta que tendió lazos de amistad y matrimoniales con la clase política. De la mano de ambas nació una vida ociosa y de ostentación que estas publicaciones no hacían más que exhibir públicamente. La ociosidad pasó a ser el sello distintivo de pertenecer a este sector.

“Un ingrediente imprescindible para integrar este grupo privilegiado -entiende la historiadora- era el poseer cierta cultura literaria y especialmente musical” (p.57). El conocimiento de tales saberes demostraba que uno no se había pasado la vida ocupado en trabajar. Además, la práctica de los buenos modales y el conocimiento de las normas de cortesía eran signos de respetabilidad que el pueblo no manejaba. Nuestras clases altas emulaban tales usos cortesanos de los nobles europeos. Es así que la aristocracia local se instruía y practicaba leyendo el libro de la baronesa de Staffe,“De la necesidad y los medios de agradar”, publicado por Barreiro y Ramos en 1896, y tomaba nota de cómo comportarse en los salones en la obra de Marcelo Vignoli “Salón de baile y guía del trato social”, publicada en 1901.

El lector interesado en los hábitos culturales de las clases privilegiadas puede acudir a la obra de Thorstein Veblen (1875-1929), un verdadero maldito tanto en un sentido existencial como desde un punto de vista teórico. En la “Teoría de la clase ociosa” (1899) intentó demostrar que la clase alta manifestaba su superioridad por medio del consumo ostensible y el derroche de bienes, actitudes reñidas con el trabajo y el ahorro. Esta conducta de los privilegiados no era sino la marca de su distinción: una vida de ociosidad.

No obstante, en el seno de la aristocracia nativa existía un sector disidente. Los descendientes del antiguo patriciado, observa Rodríguez Villamil, “añoraban el estilo de vida tradicional -más austero y menos rumboso- así como otros valores identificados con la tradición criolla”(p.110). El patriciado empobrecido y la Iglesia católica aunaron fuerzas y apuntaron sus críticas contra el “progreso” y sus símbolos. La jerarquía de la Iglesia condenó “los goces materiales” y “el comportamiento de los ricos y avarientos”. Por su parte, la mentalidad criolla tradicional fustigó el espíritu advenedizo de los inmigrantes y los valores foráneos de los “gringos”. Este sentimiento hostil al extranjero también estaba diseminado a nivel popular, principalmente entre la población del interior que emigraba a Montevideo. “-Che napolitroques, a cómo vendés las naranjas?” -preguntaba un criollo en alguna feria montevideana al frutero italiano. “-Cosé? -Cosé vos, pedazo e bruto, si andás por aprender pa sastre, que a mí me remienda la chica...”(p.122)

Una avanzada del progreso

La modernidad, que nació de la mano de las innovaciones tecnológicas, llegó al Uruguay con los ferrocarriles, los tranvías eléctricos, el telégrafo, el teléfono, el gas y la electricidad de uso doméstico. Sin embargo, aclara Rodríguez Villamil, estas novedades se extendieron en forma muy lenta. Los sectores populares y medios seguieron utilizando “las cocinas a leña y la iluminación con faroles de kerosene o velas (...) y el teléfono parecía un lujo exótico”.(p.135).

Tanto la Compañía del Gas como la Compañía Nacional Luz Eléctrica se encargaron de promocionar las ventajas y comodidades que ofrecían sus empresas. Cocinar, calefaccionar, alumbrar o planchar usando energía eléctrica o el gas era más limpio y económico y hacía la vida más grata. A pesar de la propaganda a favor del “confort”, las clases altas continuaron utilizando cocinas a carbón o leña, las que “requerían todo un trabajoso proceso para ser encendidas y alimentadas, y transformaban en verdaderos hornos a las reducidas cocinas tal como se construían entonces”. (p.156). De todos modos, de ese trabajo se encargaban los sirvientes. La cocina era el espacio más sucio de la casa, y tendrían que pasar años para que se transformara en un lugar funcional e higiénico, tan parecido a un laboratorio, ambición y orgullo del ama de casa.

Por su parte, el ferrocarril expresó como ningún otro avance tecnológico, la idea de progreso, verdadera religión del siglo XIX. El ferrocarril le abría el paso a la civilización, al comercio y a las inversiones, la tríada que componía el espíritu santo de la raza anglosajona. Y fueron los británicos, por aquellos años, los abanderados de los adelantos civilizatorios que experimentó el Uruguay. Si bien el ferrocarril fue utilizado con un fin comercial, al servir como medio de transporte de mercancías, también modificó la percepción del tiempo y de las distancias. El espacio fue derrotado. Con las líneas férreas se construyeron puentes sobre los ríos y arroyos, y se acercaron pueblos y ciudades. En definitiva, el país se hizo más pequeño.

En Montevideo, el tranvía a tracción a sangre, como el tranvía eléctrico, fueron los responsables de reducir las distancias entre el centro de la ciudad y los numerosos barrios que surgieron a partir de 1880. Hacia fines del siglo XIX, Montevideo se estaba expandiendo hacia el norte y hacia el oeste, dando lugar al nacimiento de lo que se denominó “Ciudad Novísima”.

Historia de dos ciudades: el rioba y el trocén

Dos hombres estaban estrechamente vinculados con este crecimiento urbano: Francisco Piria y Emilio Reus. Ambos fueron especuladores de oficio y perspicaces a la hora de captar la mentalidad del inmigrante popular. Nadie como Piria, escribió Sansón Carrasco, “para despertar en el obrero el amor a la propiedad”. Su actividad empresarial comenzó como vendedor de prendas para vestir y terminó fundando más de 70 barrios montevideanos y varios pueblos en el interior del país.

La carrera meteórica de Emilio Reus se redujo por sus 32 años de vida, los que le alcanzaron para ser abogado, doctor en Filosofía y Letras, director de la Revista de Legislación y Jurisprudencia, fundar el Banco Nacional -antecedente del República-, estrenar dos piezas de teatro y traducir a Spinoza. Montevideo recuerda su nombre por ser el responsable de la construcción de dos barrios: Reus al Sur -hoy desaparecido- y Reus al Norte. Este fue levantado en 1889 sobre 18 manzanas que en total constituían 531 casas accesibles para los sectores menos pudientes. Los grandes pabellones estaban coronados por buhardillas, “un aderezo aristocrático, un pedazo de París puesto en el barrio, un desafío a los altos edificios del centro”, escribirá el periodista Gualberto Fernández, quien evocó al barrio que lo vio nacer en unas crónicas acerca de los años 20.

La mayoría de los montevideanos -70%- vivían en los barrios alejados del centro. En 1889 los límites de la planta urbana eran, aproximadamente, por el norte la calle La Paz y por el este la calle Ejido. Más allá se extendían las barriadas donde vivían los inmigrantes, los obreros, los pequeños comerciantes y los empleados más modestos. Cómo vivían y qué vivencia tenían los habitantes del suburbio?, se pregunta Rodríguez Villamil. Los testimonios directos escritos por los propios protagonistas son escasos. Sin embargo, algo nos han legado. Gualberto Fernández recordó su infancia y adolescencia de vida barrial en unas crónicas que le dedicó al Barrio Reus al Norte. También conocemos el origen y evolución de Goes y la Aguada a través de las historias y anécdotas que escribió Juan Carlos Patrón en “Goes y el Viejo Café Vaccaro”. Pero la historiadora no los menciona.

Para acercarse a la cultura popular, Rodríguez Villamil toma como referencia las crónicas de Máximo Torres (seudónimo de Carlos M. Maeso), Arturo Giménez Pastor y Josefina Lerena Acevedo que son miradas pertenecientes a los sectores ilustrados.

Tomemos algunos pasajes de esas memorias. Un día a Máximo Torres se le ocurrió adentrarse en las barriadas. Y qué vio? Vio a los “hijos del pueblo”. Cuando es “oriental -dice- sale generalmente compadre”, proclive a “la pendencia”, compañero de los “vermouth de los pobres” y de la “caña con limonada”. Entre milonga y milonga, remata el día enfilando para el “prostíbulo entre los pestilentes lodazales del vicio” (p.171). Por otro lado, Máximo Torres nos aclara que La Aguada, Villa Muñoz, el Cordón, Capurro, el Cerro “son los cuarteles generales del pueblo”. En verano, el interior de las casas se vacía a la calle, y a continuación exclama, sorprendido, “

Qué barbaridad, °que hay mujeres y niños en Montevideo! Creo que por cada hombre se ven en la calle media docena de mujeres y una gruesa de chiquillos” (p.172).

Por los mismos años, José M. Ramos Mejías opinaba, también, que los niños porteños vivían más en la calle que en ninguna otra ciudad del mundo. (Ver al respecto “La niñez en los espacios urbanos (1890-1920)” de J. C. Ríos y A. M. Talak. En: “Historia de la vida privada en la Argentina”, Bs. As., Taurus, 1999). Es que en las zonas del sur de Buenos Aires, como en las más pobres de aquel Montevideo, el juego callejero era -y sigue siendo- la norma. Las viviendas de los suburbios o las piezas de los conventillos no ofrecían comodidades ni espacio para contener a tantos niños. La calle es la extensión del ámbito doméstico.

Pero los cronistas de las clases altas ven otro hábito que los sorprende. Era la costumbre, en las noches veraniegas, de sacar “las sillas a las veredas para conversar con los vecinos mientras los niños corrían como si se tratara del patio de la casa”. (Josefina Lerena Acevedo: “Novecientos”, p.173). El hábito de sentarse en la vereda forma parte de las costumbres que los inmigrantes españoles e italianos trasladaron al Río de la Plata. Pero, además, es el modo en que los vecinos de los barrios alejados de la costa, con habitaciones ciegas o con claraboyas, pasan las tardes de verano.

Las sillas en las veredas cumplían -y cumplen- otra función. Eran un ámbito de sociabilidad vecinal hasta bien entrada la noche. El porteño Roberto Arlt -un “reo” letrado que conocía de primera mano de lo que hablaba, vio en las barriadas de Buenos Aires muchos tipos de sillas. Ahí estaba la “silla de la amistad”, la “silla conventillera”, la “silla donde hacen filosofía barata exbarrenderos y peones municipales”. Pero, sobre todo, existía una “silla engrupidora, silla atrapadora, sirena de nuestros barrios”. “Porque usted pasaba, pasaba para verla, nada más, pero se detuvo. Quién no se para a saludar? (...) Y se quedó un rato charlando. Qué mal hay en hablar? Y, de pronto, le ofrecen una silla (...) Ya fue volando la nena a traerle la silla. (...) Usted se sentó y siguió charlando. Y sabe, amigo, dónde terminan a veces esas conversaciones? En el Registro Civil. (...) °Y usted que pasaba para saludar! Tenga cuidado. Por ahí se empieza”. (“Aguafuertes porteñas”, pp.90-91. En: Obras Completas, Ediciones Omeba, 1981). Entre el ámbito privado -la casa- y la calle, las sillas en la vereda constituían un espacio de encuentros, más público que las tertulias cerradas que realizaban los sectores superiores.

Los barrios y el centro de la ciudad convivían como escenarios separados e independientes. “Si quisiéramos evocar -sugiere la autora- cuál era la percepción de la ciudad para los habitantes de las zonas periféricas, posiblemente encontraremos que la imaginaban en forma fragmentada” (p.178). Por esos años, los barrios comienzan a adoptar una identidad y autonomía propias. Para quien vivía en los suburbios, el traslado al centro era un acontecimiento extraordinario y excepcional. Al viajero se le encomendaban cartas, paquetes y listas de compras. “El que partía para el centro -escribe Josefina Lerena- hasta llevaba saludos y recuerdos, como si fuera de viaje a las tierras gallegas” (p.172).

La Ciudad Vieja era la zona de los comercios de lujo y el lugar privilegiado de sociabilidad de las familias conocidas. El paseo a pie por la calle Sarandí era su preferido; por allí caminaban para “ver y ser vistas”. Cada tanto se aventuraban a franquear la Plaza Independencia y caminar a lo largo de 18 de Julio. En ese itinerario, recordaba Giménez Pastor, “uno está seguro de encontrar a aquellas personas que desea ver” (p.228). Los temerarios que llegaban hasta la Plaza Cagancha podían sentir, anota Josefina Lerena, que “era distinta y tenía como un tono de experiencia social... era el lugar de las niñeras, de los chicos y de los vagabundos” (p.247).

Otras zonas de la ciudad que los sectores altos utilizaron de manera casi exclusiva fueron el Parque del Prado, el Hipódromo de Maroñas y el balneario de Los Pocitos. Eran sitios alejados de la ciudad, lo que los hacía de difícil acceso para la mayoría de la población debido a las dificultades y los costos del transporte. En este sentido, todavía a fines del siglo XIX el Prado constituía un ámbito cerrado, donde solo accedían los propietarios de las quintas a través de caminos trazados por ellos mismos. Solo en la década del 10 se avanzará hacia una democratización de los parques públicos.

Otros historiadores, otras historias

La obra contiene el aporte de otros autores que, a modo de separatas, se intercalan en el texto central. El primero -“La extensión de una nueva práctica cultural: el niño lector”- es una síntesis de una investigación mayor de Elina Rostan. El estudio versa sobre la expansión de la alfabetización y cómo ésta influyó en la aparición de un nuevo grupo de lectores y de nuevas modalidades de lectura. La autora entiende que en este período el público lector se multiplicó como consecuencia de las políticas pedagógicas, de la gran oferta de publicaciones -107 diarios y revistas en el Montevideo de 1908-, la creación de nuevas bibliotecas públicas y la aparición de las bibliotecas populares. De este modo, a la lectura disciplinada ligada a la instrucción y el estudio, se sumó una lectura para el entretenimiento y el placer. Rostan concluye afirmando que si bien el discurso pedagógico, en general, “prescribió tanto a niños y familias qué era lo deseable y permitido”, habilitó y permitió una lectura vinculada al placer y la diversión. (p.107)

Hay un tema que Rostan roza colateralmente: el autodidactismo. Como la lectura, es un acto individual y escapa al canon aceptado de la instrucción útil y disciplinada. La profesora y ensayista Luce Fabbri ha propuesto el tema en varios artículos y entrevistas, especialmente en referencia al autodidactismo obrero. Sin embargo, continúa siendo una veta a investigar.

Susana Antola estudia en “Huellas urbanas del trabajo femenino” el oficio del lavado de ropas. Como han señalado numerosos cronistas -entre ellos Isidoro de María- sus orígenes se remontan al trabajo que las esclavas realizaban en los extramuros de la ciudad. En aquel Montevideo expandido de fines del siglo XIX,las lavanderas realizaban su trabajo en tres lugares. En su propia vivienda, principalmente en los conventillos, donde existían numerosas piletas. En los cursos de agua, que todavía en el Montevideo finisecular abundaban: el arroyo de los Pocitos, el arroyo Seco y sus afluentes -que bañaban los barrios de la Aguada, La Comercial y Goes- el arroyo Pantanoso y el Miguelete. Hacia el este, las zonas de dunas amparaban a la “Laguna Malvín”, donde Francisco Piria no perdió la oportunidad de fundar el barrio “Lavaderos del Este”. Por su parte, otras mujeres lavanderas habían construido en las orillas de los cursos de agua instalaciones que servían precariamente al lavado de ropas.

Como siempre acontece, al origen libre del oficio de las lavanderas se le superpuso su contracara, el infatigable control médico. Esos establecimientos eran, a los ojos del poder público, focos infecciosos y “distribuidores de microbios surtidos a domicilio”. En este sentido, los médicos concluyeron que “hay que salvar a la población del peligro inminente que constituyen los malos lavaderos” (p.184).

En “Cambios y permanencias: la ciudad y los olores”, Silvana Harriet se ocupa de la conciencia olfativa y cómo esta percepción sensorial fue modificándose a principios del siglo XX. Era cotidiano sentir en ciertos lugares del Casco Antiguo como de la Ciudad Novísima unos vahos penetrantes que ocasionaban que algo oliera mal en Montevideo. Esquinas, calles oscuras y terrenos baldíos servían para que el transeúnte apurado que pasaba por allí pudiese orinar o defecara con tranquilidad.

Pero en una ciudad todavía no domesticada totalmente había otros “vahos envolventes”. Ahí estaban las caballerizas, los saladeros, las tenerías y las carnicerías ambulantes tiradas por bueyes. A estos olores de carne y desechos de animales, había que sumarle los olores que despedían los humanos. El poder político y médico no perdieron oportunidad de apuntar contra los pobres y las viviendas populares: los conventillos. Recomendaron, primero, bañarse todos los días; luego, evitar el hacinamiento de la pieza. Los comerciantes y las revistas preferidas por las mujeres hicieron otro tanto. Aconsejaron perfumes, jabones y cosméticos, según fuera la ocasión -paseos al aire libre o reuniones íntimas-, o según fuera la condición de la mujer: soltera o casada.

En suma øa qué olía Montevideo? Los olores típicos de otros tiempos se hacían sentir con fuerza, pero los montevideanos “los recibían con un margen de tolerancia mucho más acotado”(p.227). Es que el olfato y los olores se iban perdiendo a medida que los montevideanos se hacían más burgueses.

Por último, David Telias se ocupa en “Higiene y vida cotidiana” de la medicalización de la sociedad y de la extensión del discurso higienista -que hoy llamaríamos medicina preventiva-. En el Novecientos la “higiene” tuvo tal fuerza que médicos y maestros incluyeron numerosos consejos en los manuales escolares. Los niños aprendían que la piel “debe hallarse siempre limpia, para lo cual es necesario lavarse todos los días la cara y el cuello” (p.299). Otros consejos versaban sobre el lavado del pelo, de los oídos y de la nariz, y recomendaban, además, cuándo y cómo comer: “es preciso comer hasta que se calme el apetito y nada más.” (p.299).

De las recomendaciones sobre la comida, que más se parecían a normas, el discurso médico pasó a esculpir el cuerpo. Los médicos y los maestros argumentaron y concluyeron que un “niño delgado está siempre en peligro” y que “deben estar siempre gruesos”, porque “esa es su naturaleza”. (p.301). Luego le llegó el turno a las féminas. El cuerpo ideal de mujer, sentenciaron, era el rollizo y macizo, con pechos opulentos, buenas caderas y hermosos muslos.

Más allá de los consejos sobre la higiene y la salud, la discusión sobre la prevención se hizo carne cuando desde los poderes públicos se intentó declarar obligatoria la vacuna contra la viruela. Tanto los políticos como los médicos se abrieron en dos frentes de lucha. La lucha fue ideológica, entiende Telias, y se “entabló entre higienistas, los que estaban a favor de la medicina preventiva, y naturistas, que pretendían una ciencia médica más natural”. Pero el debate incluyó otros tópicos, tales como “el derecho social sobre el individual o viceversa, el carácter democrático o autoritario de la medida, la libertad individual o el control personal del propio cuerpo” (p.307).

 

El triunfo de la subjetividad

“....la observación de los hombres, que logran casi siempre ocultarnos

sus secretos o hacernos creer que los tienen...”

Marguerite Yourcenar; “Memorias de Adriano”.

 

En la vida cotidiana, los hombres son “héroes oscuros de lo efímero” (Michel de Certau) y sus comportamientos, por insignificantes que parezcan, merecen atención y ser contados. En el mismo sentido, otros historiadores entienden que “hoy lo cotidiano pide el derecho de la existencia histórica” (Franco Ferraroti). Por su parte, las prologuistas de la obra que hoy abordamos que “la incursión en los rituales y rutinas de la vida cotidiana proporciona una cantera inagotable (...) para la exploración (...) de lo individual, para la focalización del sujeto y (...) la recuperación de los lenguajes y universos mentales anónimos o periféricos”. (Prólogo de M.Alfaro, D. Bouret, M. Maronna, S. Rodríguez Villamil e Y. Trochon, p.16).

Hace tiempo, los historiadores pensaban de un modo muy diverso. He aquí las palabras de uno muy influyente. “La historia universal, el relato de lo que ha hecho el hombre en el mundo, es en el fondo, la historia de los grandes hombres que aquí trabajaron”. Más adelante escribe que “hoy es corriente creer que el Culto del Héroe (...) ha decaído, desaparecido finalmente”. “Nuestra época”, dice el autor ,-que podría ser nuestro presente- “parece negar la existencia de grandes hombres. (...) Mostrad a nuestros críticos un gran hombre” y afirmarán “fue hijo de su …poca”, esta “fue quien le llamó, la que hizo todo”.(“De los héroes”, Bs. As., W. M. Jackson Inc., p.3 y 13.) Estas fueron palabras de Thomas Carlyle, un autor que casi ningún historiador actual se toma con la debida profundidad.

De la historia de los grandes hombres a la vida de los “héroes oscuros de lo efímero”. Un cambio espectacular ha ocurrido en nuestra cultura y en los historiadores. Hoy la historia de la gente común, sus pequeños rituales íntimos, parecen interesar más que las acciones de los “héroes”. “Los señores están liquidados”, escribió Nietzsche en la “Genealogía de la moral”, y sentenció: “la moral del hombre vulgar ha vencido”.

En las últimas décadas, nuestra cultura por un lado, y la historiografía acompañándola, han exaltado y legitimado la intimidad, la cotidianidad y la esfera privada, expresiones en última instancia, de la subjetividad. Desde la “Historia de la sensibilidad en el Uruguay” de José Pedro Barrán -obra que sobrevuela como un fantasma a lo largo y ancho de la última historiografía nacional- hasta la presente “Escenas de la vida cotidiana”, domina un leitmotiv: una historia de la interioridad. O, en palabras de Barrán: “una historia de lo que pasa adentro del sujeto, considerado siempre como ser social”.(Entrevista de “El País Cultural”, 4 de julio de 1997, p.1).

El héroe, por definición, actuaba. A nuestra época, carente de acción, le preocupan los intersticios del alma, las intenciones, el interior de los hombres y sus dobleces. Sin embargo, los historiadores han aprendido que la conciencia es siempre ambigua y poco diáfana, que la acción, muchas veces, disimula una intención opuesta. En definitiva, la genealogía de la moral, la historia de la cultura, es siempre gris.

REFERENCIAS

Rodríguez Villamil, Silvia: Las mentalidades dominantes en Montevideo (1850-1900). Ed. Banda Oriental.
Rodríguez Villamil, Silvia: Escenas del la vida cotidiana. La antesala del siglo XX (1890-1910). Ed. Banda Oriental.

 

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