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Exiliados: como la gente misma

 

Para cualquiera que eluda la tentación de idealizar, hubo abismales diferencias entre los migrantes que, por distintas causas de asfixia, en los años 70 fueron lanzados fuera del país. Y a veces también diferencias entre la vida que supieron llevar en sus lares propios y la que tejieron allá lejos.

No sólo por la mentalidad con que zarparon, sino por la forma como aceptaron insertarse en la tierra que los recibía sin entusiasmo, y por la sustitución de principios, lo que renueva en algunos sus deseos de descubrir nuevas experiencias.

Ese exilio no se componía, por la propia diversidad de situaciones, caracteres, sufrimentos y esperanzas, sólo en un padecimiento y en la vivencia de circunstancias degradantes o la pauperización de muchos. La fantasía operó en algunos personajes como una negación de la realidad, en otros como una respuesta válida.

El tema de la identificación y el rechazo, los esbozos de la proyeccción de culpablidad, la sensación de ser excluidos o vigilados, es en muchos un elemento predominante; y para ellos la conformación de un ghetto constituye una respuesta posible y provisional. La materialidad de lo cotidiano para otros es inapresable, en tanto que hay quienes adoptando nuevas conductas desbordan las inhibiciones que su formación les impusiera.

Lejana Tierra Mía, la novela de Claudio Trobo en vías de aparecer, no interesa solo como alegoría del exilio, sino que el trabajo del tema y la forma como es abordado, necesariamente inducen a otras lecturas. Toma un período crítico de nuestra historia más reciente, como fue la diáspora que acompañó al proceso represivo que se impusiera en el país, y hace convivir en una invernal Barcelona a exiliados, militantes, aventureros y policías uruguayos. El mundo de estos personajes constituye una incursión en algunos de los tantos y tan diferentes éxodos que nos afectaron en los años recién pasados.

Valga como adelanto, la reproducción de algunos pasajes de Lejana Tierra Mía. Seguramente el juego de la picaresca y del absurdo presente en tantos pasajes de la novela, alimentará en el lector el interés por introducirse de una nueva manera en esta peripecia colectiva.

 

Carlos y Gloria

Carlos Buitrago conoció en la calle a Gloria, ella hablaba desde un teléfono público y él escuchó la conversación, oyó su acento y cuando terminó la comunicación la abordó. Gloria parecía muy segura de sí, con su tapado verde oscuro y un pañuelo blanco al cuello, maquillada con inusual prolijidad. Mientras paseaban por la calle él dijo que no se confundiera, no vivía en Barcelona, sino que estaba de paso. No, no era rico pero tenía su pasar. Le gustaban las buenas cosas. Era piloto de Pluna y eso no estaba mal. Claro que al otro día se iba para Montevideo, pero en una semana estaría de vuelta. Almorzaron juntos, en un restaurante excelente, él parecía no tener prisa con Gloria, todo era muy amigable y placentero. Ella se sintió confiada y le dijo:

- Yo no soy exiliada. Me vine de idiota nomás. Por seguir a mi novio, y a él tuve que dejarlo. Es un babieca, incapaz de conseguir ningún trabajo. Ahora estoy viviendo en una pensión.

- ¿Y no pensaste en volver?

- Es difícil, para serte franca, yo soy casada. Mi marido es dentista. Tiene un consultorio modelo en San Martín y Boulevard.

- Y dejaste a tu marido por éste...

- Sí, claro. El cuento de viajar. Entonces, volver ahora sería reconocer mi derrota. Y eso no quiero. Además después de haber salido de allá, más vale quedarse en Europa. En Uruguay tenía a los viejos y había que bancarlos todos los fines de semana. ¿Sabés lo qué es eso?

- Te entiendo, pese a que yo tengo la suerte de que los míos se murieron hace rato.

- Yo ahora los maté, pero si vuelvo los desentierro.

- Aquí, cuando te acomodás, está todo bien.

- Pero lo que me preocupa es que ni tengo papeles. Y está difícil.

El dijo que sí, sabía los problemas de la residencia, y en eso creía poder ayudarla. Después del almuerzo la acompañó a una oficina, allí él se adelantó y estuvo hablando con la funcionaria que atendía, luego llamó a Gloria y le anunció que enseguida los recibiría el encargado. Cuando se abrió la puerta del despacho salió un hombre que hizo señas a Buitrago. Parecían muy amigos, corrían algunas aventuras juntos, conversaban en un lenguaje incomprensible para los demás; el encargado reconoció que claro, era un pésimo momento, pero sí, el caso de ella podía arreglarse. Sobre todo que era una hermosa chica y que no había nada político en el camino. Le dijo qué papeles necesitaba, y si ella podía regresar en un par de días, él con gusto le solucionaría la documentación, y podía quedarse sin angustias cuanto tiempo desease.

- ¿Así de fácil? -dijo ella cuando bajaban.

- Las dificultades muchas veces las inventamos nosotros. Todo tiene su vuelta y hay que saberla encontrar.

Carlos Buitrago la invitó a acompañarlo a su hotel, ella pareció dudar y él se rió de lo tonta y prejuiciada que parecía. Claro, si le había contado que era la mujer de un dentista, no se podía esperar otra cosa. Al fin ella se percató de su bobería, cedió y se sintió sorprendida al llegar al Ritz y encontrarse con el lujo del recibo. Arriba, Maite le abrió la puerta y ella quedó aún más extrañada. La otra pareció no inmutarse, más bien al contrario. Pasaron, comenzaron a beber y en algún momento, ella no sabía cómo, las cosas habían sucedido. Quizá la coca y la simpática franqueza de los dos, la confianza que parecía hacer vieja su amistad, permitió que todo fuera tan grato. En realidad cuánto había que aprender en la vida, qué cálidos eran ambos y cómo las cosas son en el momento y sin más vueltas que las que uno quiera darles. Maite era una mujer hermosa, qué cuerpo tenía, y esa piel tan suave, y él, un hombre con estilo. Era raro, como en ningún momento se sintió cohibida, su propio cuerpo le gustó más que otras veces. Sí, naturalmente, quizá volviera a verlos, de todos modos lo de la residencia no era cuento. Eso estaba en buenas manos y habría seguramente de salir.

- Es mágico descubrirse -le había dicho Maite al secarle la espalda.

Ella la miró a los ojos con alegría:

- Me probé que es mejor ser libre.

- Es bueno que lo sientas.

La ayudó a maquillarse, le pareció una mujer de exquisito gusto.

- ¿Precisás algo de Montevideo? -le preguntó todavía Carlos Buitrago cuando la despidieron junto al ascensor, haciendo pensar que efectivamente el contacto podía renovarse.

- No, no quiero saber nada de allá. Quiero estar bien lejos. Mi vida recién la estoy inventando.

 

¿Qué hacés aquí?

En el pabellón lleno de plantas, flores blancas y rojas, las personas reían ante él; eran rostros distendidos, amables, parecían de un tiempo calmo y templado; tal vez bebían algo fresco, con sabor grato, que dejaba un gusto resinoso en el paladar. Alguien hablaba de un almuerzo, un concierto más tarde, gente que llegaba en un barco, el paseo por alguna playa, las garzas junto al lago.

Y ese momento surgió la muchacha; tenía algo de Botticelli, pero era quizá menos esplendorosa, con un cuerpo adolescente y los ojos grandes y húmedos, y la boca roja y el cabello largo, y la sonrisa; se parecía indudablemente a alguien más cercano, más real, pero no conseguía desentrañar a quién; ella lo miró, puso las manos encima de los hombros de un anciano y lo observó de frente, llena de alegría. Estaba comunicativa, próxima; él dejó de oír a los demás, no vio las flores, ni la mesa que estaban sirviendo. La muchacha llegó junto a él, lo saludó amable, rápidamente la sintió muy próxima y ella le tendió las manos y lo invitó a incorporarse. El dudó un instante:

- ¿Qué van a decir?

- Nadie dirá nada.

- Pero tu padre... Nos están viendo todos.

- A nadie le interesa.

- ¿Ni a tu marido?

- Yo no tengo marido. Soy libre y deseo hacer lo que me place. Quiero salir contigo, estar juntos.

El se dejó llevar -y cosa extraña- rápidamente se olvidó de que la gente observaba, que los demás podían estar pendientes; por otra parte, cuando ellos aún no habían terminado de salir, ya nadie los miraba. Atravesaron unas lomas con hierbas tiernas y bien cortadas, había árboles a lo lejos, un lago, y en el cielo dos o tres pequeñas nubes. Caminaban con alegría impar, era como si siempre hubiesen sido felices, como si nunca hubiesen sido felices, la juventud en todos los poros, en el paso que con naturalidad se acompasaba y se convertía en un vagar de singular liviandad. Llegaron a una empalizada violeta. El contemplaba a la muchacha, le acarició el cabello largo, y la veía sonriente, alegre, sin preocupaciones, feliz de estar juntos; tal vez se habían visto tantas veces antes y nunca habían sido conscientes de su atracción, de que un encuentro así, entusiasta, nuevo, lleno de sonrisas y perfumes, podría ocurrirles.

Esperaron el tranvía junto a la calle, para que los llevase al teatro al aire libre; había un espectáculo en el parque, y la noche seguramente sería hermosa y cálida; juntos podrían pasar el resto del día y todo el tiempo que quedaba por delante; era un momento en que la vida se sentía entusiasta, ilusionada, plena, radiante, sin ningún obstáculo que pudiera interponerse y dificultarla.

Repentinamente el día dejó de ser claro y se convirtió en un atardecer lleno de gente, todos estaban eufóricos, iban al fútbol, había un encuentro importante y los comentarios eran esperanzadores y entusiastas. En vez de tranvías se veían pequeños carros abiertos, guiados por larguísimas barras de hierro verde que llevaban a la gente al estadio. Ella le tendió la mano y propuso:

- Vamos en éste.

- No nos sirve.

- No importa. Bajamos antes.

Gratificado subió y se sentó junto a ella, se apretaron entre los pasajeros, y el vehículo remontó sobre los árboles oscuros del anochecer, pasó por encima de un estanque y de la gente que reía y hablaba en el parque. Ellos muy próximos, sentían un contento particular, indestructible.

Bajaron y comenzaron a caminar por una calle adoquinada; era extraño, se habían perdido por lugares que debieran serle conocidos; allí estaba la ciudad de todas sus vidas jóvenes, y sin embargo he aquí que no sabían cómo continuar. Hablaron con algunas personas, vecinos amables asomaban a las ventanas, los miraban con ojos alegres y ellos siguieron trepando por una empinada cuesta. Luego entraron a una casa; había una escalera de piedra y en la mitad de los escalones una enorme ventana por la que se veían el atardecer, fuentes decoradas y un umbroso jardín. Allí se detuvieron y él sintió el contacto de la muchacha; aquella cabeza realmente hermosa que reposó en su hombro, la voz que era un canto y daba una incontenible fe en la mujer, en la juventud, en todo lo que traía el mundo.

- Nunca pensé que me quisieras.

- Mi amor ¿cómo no quererte?

- No quiero escuchar. Tengo miedo.

- ¡Qué extraño! Mi voz no te alcanza. Pero te habla mi sangre, mi contento. Aquí, contigo, me quedaría por siempre.

- Quedémonos.

- No te librarás de mí en ningún momento. Ahora que estás, no dejaré que te escapes.

- Yo tampoco te dejaré.

Y la apretó más y más contra sí; era extraño su sentimiento, algo tan alegre, tan entusiasta, tan lleno de armonía, que lo hacía respirar intensa y placenteramente. Recorrieron lentos la vieja casona y volvieron a la calle y salieron a una avenida en la que se habían encendido los redondos carteles de naranja urreta encima de las columnas; pararon un viejo taxi que se fue deslizando por las calles penumbrosas y los condujo a la playa. El taxista pacientemente les explicó el valor de las monedas, las bellezas de la costa. Y él nuevamente estrechó a la muchacha y echaron a andar. En algún momento recordó el teatro y la gente reunida en el pabellón de las plantas y el padre de ella y sus propios familiares que estarían aguardando.

- Tendríamos que volver.

- ¿Para qué pides volver?

- Nos esperan.

- No, mi amor, olvídalo.

- Yo diría que regresáramos.

- Pero no me niegues si retornamos. No renuncies a mí cuando lleguemos adonde están todos.

- No sé si ya lo dije. Siempre te he querido. Siempre esperé este momento.

- Juegos de tu imaginación. Me quisiste como a tantas cosas, porque soy hermosa, porque soy joven.

- No, esto es distinto.

- ¿Y por qué jamás me lo dijiste? ¿Por qué no hiciste nada por estar cerca?

- Es que te esperaba.

Ella se había separado y retrocedía, estaba a dos o tres metros suyo. Era cada vez más hermosa, y las palabras que le había dicho no eran un reproche sino solamente un deseo de proximidad, un acercamiento también hacia el pasado. Entonces López estiró la mano para alcanzarla; llevó adelante el brazo entero, sus dedos no llegaban e hizo un esfuerzo hasta el límite más lejano de sus posibilidades. Abrió los ojos sorprendido, confuso, y Yuya le preguntó:

- ¿De qué hablabas, papi?

Se sobresaltó y gruñó indignado:

- ¿Vos qué hacés aquí? ¡Dormite, carajo!

 

No tengo cuatro manos

Algún día voy a ligar -decía Tabaré a Juan, mientras caminaban en el frío mediodía- Este laburito de mozo va a ser el principio. Después voy a agarrar mangos y salir de perdedor. Te aseguro que te voy a pagar todo. Vos sabés que yo estoy tranquilo. ¡Si me viera mi vieja! ¡Ahora hasta me lavo la ropa!

- Yo nunca me preocupé por tus atrasos.

- Lo sé, pero para que veas, yo sí estuve preocupado.

- Si alguna vez no me pagás, mala suerte. La pelea la estamos dando juntos ¿no?

- Te digo como siempre: estoy agradecido -caminaron unos pasos y agregó:- Conversando y sin darme cuenta ya estamos en el cuchitril. Es aquí enfrente. Te dejo, Juan.

- Mucha suerte, loco.

Tabaré sin volverse cruzó la calle moviendo exageradamente los brazos a ambos lados del cuerpo. Se metió en una vieja casona. Unas campanillas sonaron cuando abrió la puerta en medio del pasillo y tuvo al frente las mesas del salón, a las personas comiendo y a la cajera que levantó los ojos para mirarlo. El se le acercó pestañando, sus pasos fueron progresivamente más cortos. Cuando llegó ante ella la saludó muy compuesto.

- Hola, no lo había conocido -respondió la mujer- Es que se ha retrasado -y tras una pausa:- ¿Usted me ha dicho que tiene experiencia?

- No soy un profesional. Pero esto lo manejo.

La mujer se interrumpió y atendió a otros camareros que la informaban de los pedidos. Fue entonces que la duda se instaló en Tabaré; los números de las mesas, la rapidez con que hablaban, la habilidad con que servían le pareció admirable y se sintió acobardado. Lo acompañaron a un cuartucho en donde se quitó el sobretodo y la chaqueta y los dejó sobre una silla cubierta de abrigos. Eligió entre todos los sacos blancos el que le pareció adecuado y se lo abotonó indeciso. Le quedaba enorme. Salió y se dirigió a la cajera. Se desplazaba como un bloque, ella lo recibió:

- Las cuatro últimas mesas son suyas. Aquellas del fondo. De la veintidos a la veinticinco.

- ¿Cuál es la veintidos?

- La que está al frente. La veintitrés es la de al lado y así sucesivamente. ¿Ha comprendido?

- La señora que está esperando ¿está en la veinticuatro?

- Pues sí, y nadie la está atendiendo.

- ¿No tiene una bandeja?

- ¿Una bandeja?

- Sí, una bandeja redonda. Para llevar las cosas, sabe.

- Aquí se llevan a mano.

- ¿Y una carta?

- Cójala de otra mesa y ofrézcasela a la señora. La cocina está ahí. ¿Ya la vio?

- Es lo primero que olí al entrar -afirmó sonriente.

- No se retrase. Le aguardan.

Se acercó a la vieja con paso solemne; a mitad de camino miró a dos clientes conversando; sin perder tiempo observó una carta encima de la mesa y la tomó en silencio. Los otros quedaron protestando y Tabaré siguió hasta la mujer y le tendió la carta:

- Buenas tardes, señora. ¿Tiempo feo, no?

La mujer lo miró inexpresivamente y preguntó con voz neutra cómo estaba el caldo gallego.

- Muy bueno. Mejor que ayer.

No tuvo tropiezos con el pedido, se repetía constantemente que era la mesa veinticuatro. Cuando la mujer estaba en el postre se ocuparon las dos mesas contiguas. Se acercó con cierto temor y en el camino manoteó una carta.

- Todavía no ordenamos -reclamó el cliente.

- Ya se la devuelvo.

Y como trofeo la llevó a quienes estaban más lejos.

- A nosotros nos ha olvidado -protestaron de otra mesa.

- De a uno. No tengo cuatro manos.

Anotaba los pedidos con letra clara; con ponderable esfuerzo llevó cuatro platos bien servidos sin que hubiese dificultades; para mostrar su pericia, y ganar tiempo, apretó las desteñidas servilletas con los dientes. Los clientes le observaron con sorpresa pero no se amilanó. En algún momento, no sabía como, tenía sus cuatro mesas ocupadas; anotó con más rapidez, gritó entusiasta ante la cocina y habló con cuidadoso respeto a la comanda; se iba sintiendo progresivamente reconfortado. Alguien le preguntó qué tenía la tortilla verde.

- Lo de siempre.

- ¿Y qué es lo de siempre? Yo jamás he venido aquí.

Pensó antes de decir con voz ahogada:

- Espinacas.

- Vale.

Sonrió feliz cuando pidió en la cocina; al llevarla a la mesa el hombre miró con desconfianza. Tabaré a atendió a otros clientes y el de la tortilla lo llamó:

- ¿Qué me ha traído?

- Su pedido.

- Pero esto no tiene espinaca sino perejil, hinojo y guisantes.

- ¿Quién le dijo que tenía espinacas?

- Pues, usted.

Tuvo que cambiarla y la cajera lo llamó, le dijo que había visto todo y que tuviese más cuidado. Contestó que la culpa no era suya, y ella respondió que ahí no se discutía. Se sintió avergonzado, le pareció que la gente lo miraba, se dirigió a la veinticuatro y guardó las siete pesetas de su propina. Lo hizo con dignidad.

El segundo problema lo tuvo con un bacalao, lo habían pedido provenzal y lo sirvió con patatas; no se entendía sus propias anotaciones. Un cliente le recriminó:

- ¿Es que nos quieren servir los que les da en gana?

- La cocina tiene muchos pedidos.

- Pero el bacalao era provenzal.

Esa vez la cajera se acercó a la mesa a disculparse; él había salido de la cocina con cuatro platos rebosantes de lentejas y no la halló en su sitio. La mujer iba hacia él para reconvenirlo. Y Tabaré giró en el preciso instante. Seguramente no tuvo la culpa, pero con el golpe salieron disparados los platos; uno cayó sobre una mesa y los otros se deshicieron en el piso tras teñir la túnica de la cajera, que pegó un grito, mezcla de dolor y sorpresa.

Tabaré vio que todos los miraban y que sus propios colegas parecían tener las peores intenciones hacia él. Y con decisión abandonó el salón y salió en busca de su saco y sobretodo. Se los puso velozmente y regresó al comedor. Estaba serio, patético. Caminó sin detenerse, firme, hacia donde los otros camareros limpiaban. Hubo un momento de expectativa. Un hombre pequeño, quizá el concesionario, tampoco atinó a decir nada. Los cocineros contemplaban asomados el desenlace del episodio.

Casi sobre la calle Tabaré avistó al de la tortilla verde y se dirigió hacia él. El otro, al verlo llegar como exhalación, abrió la puerta y salió detrás suyo. Después de una indecisión corrió hasta alcanzarlo.

- No se aflija -lo consoló.

Tabaré dio dos pasos antes de volverse furioso:

- ¿Qué quiere decir? -preguntó desafiante.

- Lo vi todo. Usted no es para esto -le comentó cordial.

- ¿Qué le importa? ¿Qué quiere?

- Lo digo por su bien -empezó el hombre calmándolo- Mi nombre es Aribau. Tal vez pueda ayudarlo. No es grave lo que pasó. Más bien al contrario. No me mire así, por favor, sólo deseo ayudarle. Me siento algo culpable. Por lo de la tortilla... ¿sabe?

 

Sofía

En la penumbra los dos viajeros dormían, sus cabezas se agitaban monótonamente; era de noche, el tren avanzaba por el campo oscuro, a lo lejos se veía un punto de luz, seguramente un coche solitario adelantando por un camino; un resplandor iluminó la cara insomne de Sofía y ella encendió un cigarrillo; el punto anaranjado bajó hasta sus rodillas y luego nuevamente fue hacia los labios, al rostro que se iluminó tenue y rojizamente cuando ella aspiró el humo. El ruido rítmico del desplazamiento se oía particularmente claro; el chirrido de la carrocería, algo que no ajustaba bien. Sofía se incorporó y se dirigió hacia la puerta corrediza; sorteó las piernas del gordo que dormía respirando trabajosamente. Corrió la puerta, caminó unos metros por el pasillo, y juntando ambas manos contra la cara, miró hacia afuera. Una nube tapaba a medias la luna. Estuvo un momento atenta y luego se dirigió al baño. Abrió la puerta y entró. Estaba pensativa, los ojos fijos en sus manos. Estuvo mirándose el rostro cansado en el espejo penumbroso y sucio; se arregló el pelo con las manos, estiró los labios y quedó observándose los dientes parejos, limpios, regulares, brillantes.

Al salir vio a dos hombres de oscuro que estaban en el pasillo. Murmuraban y se quedaron en silencio cuando ella se acercó. El que estaba de espaldas tenía una gorra negra encasquetada, una bufanda a cuadros, un sobretodo gris que le llegaba casi a los pies. La cara del otro quedó atenta cuando la vio aproximarse. Ella desvió instintivamente la mirada y siguió hacia su compartimiento. Debía pasar junto a ellos, y había algo no confiable en su actitud, en la forma de estar parados allí a esa hora. El que estaba de frente masculló algo; Sofía inclinó la cabeza a un costado, los ojos fijos en ellos, los brazos tensos, los puños cerrados.

Se detuvo, los tenía allí, a tres o cuatro metros. Tal vez a menos. El que la miraba llevó un caramelo a la boca y dejó caer el papel que lo envolvía. Se encontraron sus ojos con los de Sofía y desvió la vista y se volvió hacia afuera, a los vidrios empañados, a la noche. Ella instintivamente también tornó a mirar por el vidrio que tenía al lado, el tren pasaba por un caserío; algunas luces, un muro de ladrillos, una callejuela, la estación, nuevas luces y de inmediato el oscuro campo. La actitud estática de los hombres.

Sofía reinició la marcha; había recobrado la decisión, su rostro alerta se había tensado. Caminó con paso firme, dijo:

- Con permiso.

Y el que estaba de espaldas se volvió. Los ojos fríos; una mueca parecida a una sonrisa en sus labios fijos. Ella lo miró con sorpresa, con terror. Se le escapó una exclamación. Era Otero.

- ¿Qué pasa? -preguntó él sonriente.

Ambos la observaron con detenimiento, con una fijeza inusual, como agazapados. Ella recomponía su semblante, parecía querer reaccionar, trataba de escabullirse hacia atrás. Pero los hombres rápidamente se le abalanzaron. Uno la tomó de cada brazo. Ella quiso gritar y no pudo. La mueca de su boca denotó la intención, pero el grito se ahogó en algún lugar. Intentó defenderse, golpear con el pie, con el brazo, contra la puerta del reservado que tenía enfrente, pero fue en vano. Estaba paralizada.

Todo ocurrió rápidamente. Una mano, como garra, le aplastó la cara, el mentón, la frente, la inmovilizó. Intentó abrir la boca, morder, pero resultó imposible. Las lágrimas asomaron en sus ojos abiertos entre los dedos del hombre. Estaba en el aire, la arrastraban. Se sentía oprimida, pequeña, dominada, perdida. No había defensa posible.

Se oyó por un instante el ruido monótono del tren y de pronto la puerta exterior del vagón cedió y una ráfaga de viento frío los envolvió. Fue un remolino que los sacudió y ella consiguió golpear con la pierna a Otero que trastabilló, pero se recompuso de inmediato y la apretó con mayor violencia. La mano de Coral le había soltado la cara y era un puño que se estrellaba una y otra vez contra su rostro. Sintió inmenso dolor. La sangre salía de su nariz, de su boca.

El ruido machacante del tren que avanzaba a gran velocidad, que se inclinaba en una curva. El viento helado. Las manos de ellos le doblaron los brazos, las muñecas. Sofía se zafó y quiso golpear a Otero, su brazo rozó apenas la cabeza del hombre, y le sacó la gorra que cayó al suelo.

- Hija de puta -dijo él con odio.

Y comenzó a castigarla descontroladamente. Los ojos se encontraron un instante, los golpes arreciaron. Ellos trataban de deshacerse de la mujer, de tirarla del tren. Sofía buscaba aferrarse. Era impotente para luchar. Cada vez sus esfuerzos fueron más débiles. Trataba de trancar una pierna. La otra. Todo le dolía.

Y de pronto estuvo en el aire, suspendida.

Fue un empujón preciso, concertado.

Los cabellos al viento, los ojos enormes, el rostro sangrante.

El cuerpo pegó contra los escalones al caer y el grito angustioso de Sofía se perdió al instante. Ellos se arreglaron rápidamente la ropa, se acomodaron los abrigos. Otero juntó la gorra pisoteada y la puso en el bolsillo. Se miraron un momento con seriedad y trancaron la puerta que daba al espacio abierto.

- Vamos -urgió Coral.

Entraron al pasillo y cerraron la otra portezuela. Ya en el corredor, Coral dijo:

- Tenés sangre en la manga.

- Ahora me limpio.

- Te pueden ver.

- Ya voy.

- Metete en el baño y lavate eso. Te espero en el vagón de nosotros.

Otero obedeció y Coral, con su paso elástico, se perdió en el extremo del pasillo, en la vuelta que conducía a la salida.

 

¿Qué desea, señora?

El pequeño, morado de frío, echado sobre el hombro de Dora, respiraba trabajosamente, oscilaba por el movimiento de la mujer que avanzaba abstraída, lenta, asomándole una túnica oscura debajo del tapado a cuadros. Ella tenía la mirada fija al frente, atisbaba por encima de los caminantes que andaban por Paseo de Gracia. A su lado, Yuya, prendida tenazmente de su tapado. El viento movía los toldos alineados de los kioscos. El ruido del tráfico, el sonido de las voces, una frenada en medio de la calle. Ellas se detuvieron ante un escaparate, Dora admiraba la hilera de libros viejos; la niña detrás suyo jugaba con su hermano que abría sus ojos legañosos. Yuya saltaba y decía:

- Mi chiquito ¿cómo estás?

Y él enarcó las cejas y comenzó a llorar. Instintivamente Dora movió el hombro, zarandeó al pequeño para que se calmase. Al tiempo se volvió y trató de golpear a Yuya, que rápidamente se refugió tras una pareja que observaba curiosa.

Dora, ojos desolados, tomó al niño con ambas manos y lo lanzó al aire, lo atrapó para volver a lanzarlo. El pequeño pareció calmarse, pero cuando ella lo volvió al hombro, recomenzó con su llanto. Entonces Dora lo sacudió con frenesí y apuraron el paso. Cruzaron Aragón y ella desvió y atravesó la calle entre los autos detenidos por el semáforo. Los coches empezaron a moverse y la mujer con gran atención buscó sortearlos; la niña la tomó nuevamente del tapado y trabajosamente llegaron a la acera.

Siguieron trotando.

En ese momento un hombre cargado de hormas de queso bajó de una camioneta; al hacer un movimiento repentino, se le cayó una moneda que comenzó a rodar por la vereda. Yuya se lanzó decidida tras los cinco duros que giraban vertiginosamente, y con gran habilidad estiró el pie e inmovilizó la moneda. Luego se agachó y la agarró. Los paseantes observaban en silencio. El de los quesos se había detenido. La niña retrocedía, protegía la moneda que apretaba en su puño fuertemente cerrado. El repartidor dijo:

- Alcánzamela, chavala.

Dora estaba entre ambos, la niña aguardaba indicaciones. El quesero insistió:

- Pónmela en el bolsillo.

Dora apoyó su mano en la cabeza de su hija y la empujó hacia adelante; la niña, de cara al quesero, comenzó a avanzar para donde su madre la conducía. El repartidor hablaba a los transeúntes que se habían detenido. Alguien decía en voz alta:

- ¡Estas madres de hoy!

- Deben ser sudacas.

- Deténganla -pidió el hombre.

Ellas empezaron a correr. Cuando doblaron la esquina Dora indicó a Yuya que le entregase la moneda. Sin dejar de adelantar, la niña abrió la mano y mostró los relucientes cinco duros. Se los tendió a la madre que los tomó ávidamente. Siguieron hasta un comercio que estaba en la esquina. Entraron cautelosas. Era una panadería, no había nadie; sólo un empleado tras el mostrador, que se acercó a preguntar:

- ¿Qué desea, señora?

Dora mostró la moneda y señaló con el índice una vitrina llena de panes. El comerciante la miraba sin entender. Dora continuaba monótonamente reiterando su gesto. El panadero pidió:

- Explíquese, no comprendo.

Dora lo miró, ojos ausentes, repentinamente desanimada y distante. Se observaron, estuvieron inmóviles hasta que el comerciante dijo con lentitud:

- Hable, señora...

Yuya se estiró, y nerviosa, con voz grave dijo:

- Queremos pan.

- ¿De cuál?

- Del quemado.

El otro hizo un gesto aseverativo con la cabeza y tomando una bolsa de papel, comenzó a poner panes pequeños. Tendió a Dora la bolsa y las observó perplejo avanzar hacia la puerta y abandonar el comercio.

En la calle Dora empezó a comer a grandes mordiscos. Caminaban y el pequeño nuevamente lloraba. Dora oprimió con los dientes el trozo que tenía en la mano, en tanto que con impensada habilidad desabotonaba su tapado, su camisón oscuro, y un seno blanco y magro quedaba liberado. Giró al niño que comenzó a chupetear el pecho y ella tomó el pan que había retenido entre los dientes, y siguió mordisqueándolo monótonamente.

 

Claudio Trobo


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