Por Otra Parte

Erotismo y poesía

Edgar Allan García

Percibida con deleite, la carne humana es mórbida, dúctil, húmeda, elástica, afelpada y aromática; pero es también el reino de los placeres efímeros, de las sensaciones inciertas, de poderosos estímulos que al mismo tiempo que nos exaltan, nos afligen o desconciertan.

De ahí el temor ante sus apetitos y dolencias, así como ante sus súbitos raptos y derrumbes: en la carne bulle la vida y se fermenta la muerte; mediante la carne percibimos tanto los placeres como las enfermedades; a través de ella se encarnan -y complementan- las potencias femeninas y masculinas del universo; en ella -mediante la cópula- se manifiesta la trilogía animal, humana y divina que acaso somos; esa trilogía que, en muchas culturas, se convirtió en una manifestación al mismo tiempo sagrada y profana de la sexualidad, entendida como un reflejo de las potencias y ciclos naturales.

No otra cosa son las festividades de Príapo y Dionisos, el culto a Sabatius, las Adonías, el tantrismo hindú, las estatuas hermafroditas de Mali, el templo de Konarak, los falos-talismanes, el "tao de la sexualidad" de los chinos, el "amor sagrado" de los alquimistas, los vasos órficos, los sutras del amor, las sugestivas figurillas preincásicas, los monumentos de Khajuraho, el hieros gamos, los canecillos paganos de ciertas iglesias medievales, los ritos de fertilidad en honor de Ali, Innana, Ashtoreth, Afrodita, Noctiluca, Ishtar, Cibeles, Ma, Venus, Freya, Isis, Pachamama.

En todos estos cultos y rituales se percibe la intención última de armonizar -física y metafísicamente- el cuerpo (microcosmos) con el universo (macrocosmos). Así, la danza frenética y/o la orgía sagrada devinieron no solo en manifestaciones de placer sino en actos de oración y magia colectiva, en llamados a la fertilidad de la tierra, a la fecundidad del ganado, a la multiplicación de la comunidad; además, en exaltación y afirmación de la vida ante el acecho de las fieras, los enemigos, las enfermedades, la muerte; y en un sentido más cósmico, en búsqueda iniciática del Centro desde donde captar e irradiar energía vitalizadora. No en vano estas costumbres milenarias aún se manifiestan en muchos pueblos del planeta, al comienzo de un solsticio o de un equinoccio, antes de la siembra o después de la cosecha, para agradecer o para invocar a las entidades tutelares, para llamar al viento de la trilla o a la lluvia vivificadora, conocida en la América precolombina como "esperma de los dioses".

Contra el placer

Sin embargo, como ya lo hemos sufrido "en carne propia", no siempre ha habido una reverencia tan manifiesta ni un entendimiento tan profundo de la sexualidad humana como reflejo y prolongación del yin/yang o anan/urin cósmico. Entre El Cantar de los Cantares de Salomón -precedido por la sabiduría del Eclesiastés- y las Cartas a los Romanos del Nuevo Testamento, hay un abismo: Pablo condena la sexualidad como una mácula ("bueno le sería al hombre no tocar mujer") y solo admite el casamiento como medio para evitar las "fornicaciones". El escritor cristiano Tertuliano (155-220 DC) llega incluso a borrar la diferencia entre matrimonio y prostitución ("toda unión carnal entre hombre y mujer es un acto bochornoso"). En De Civitate Dei, San Agustín indica que el orgasmo despoja al hombre de su conciencia y de su capacidad para distinguir entre el bien y el mal, y agrega que es sintomático que el hombre llegue al mundo entre "defecaciones y orina", en tanto para Tomás de Aquino, el acto sexual representa la contaminación del seno materno.

En el s. XVIII, Rousseau recomendaba mantener a los niños en la ignorancia de lo sexual para "no estimular su curiosidad" y "provocarles asco, para ahogar su fantasía." (¿Se empieza a comprender la presencia del Marqués de Sade en una sociedad con semejante manía represiva?) Los moralistas modernos utilizan en cambio la estrategia "liberal": Educación Sexual aséptica, vía explicación médica (mecánica) de "los órganos de reproducción" y de los "medios de anticoncepción", sin mencionar ni por asomo la palabra placer, peor la noción de sexualidad integral o de erotismo creativo, para finalmente rubricar su "educación" proyectando videos de órganos devorados por las venéreas para "prevenir" mediante el "asco".

El cristianismo (no Cristo), fuertemente influenciado por el platonismo, convirtió la carne en sinónimo de degradación, fuente de tentación y terreno propicio para el pecado. Detrás de los ardores corporales, estaba la pezuña de Satanás, los tormentos de la culpa y la caída a los infiernos. Una interminable lista de siervos del Señor, latigueaban con saña sus espaldas para ahuyentar los "malos pensamientos", al tiempo que perseguían a los participantes de Sabbats, para torturarlos y quemarlos en la hoguera.

Pero las cosas no han cambiado mucho: en la sociedad moderna, cada vez que la razón logra esbozar un sentido de orden, utilidad, aparente equilibrio o conveniencia social, el "Ello" (lo otro, lo oscuro, lo perturbador e inaceptable, esa especie de "diablillo" moderno bautizado por Freud), suele arrastrar a los seres humanos hacia el caos de las pulsiones dionisíacas. Ante la presencia vehemente del deseo, desaparece el pasado y el futuro, el cuerpo se vuelve puro presente, desea entregarse al gozo y satisfacerse ese instante, sin importarle cómo, dónde, con qué ni con quién; para obtener el éxtasis puede incluso -aunque solo fuere por breves segundos- abandonarse a la seducción del dolor más atroz o de la misma muerte: en efecto, la pulsión sexual es capaz de suprimir el instinto de supervivencia en favor de otro brevemente más poderoso.

Acaso parte de la explicación se encuentre en que, durante el orgasmo, el cerebro se inunda de endorfinas: una sustancia parecida a la morfina que no solo anula el dolor sino que estimula los centros de placer y altera la actividad neuronal: Los centros de la visión reciben una repentina e intensa estimulación que da la impresión de un relámpago de luz. Quizá por ello algunos han comparado la "agonía" orgásmica al éxtasis espiritual, pues en ambos casos hay un punto en que la "normalidad" del mundo se borra, la intensidad rebasa los límites del cuerpo y en un destello somos todos los seres del universo y todas las fuerzas cósmicas desde el principio de los tiempos.

No por nada mahasukka, en los textos tántricos, se usa para nominar tanto al orgasmo como al éxtasis, en tanto semen (sukra) se utiliza también para designar la iluminación súbita (bodhicitta). Pero ésta es una visión religiosa o, más bien, re-ligadora de una sexualidad que se trasciende a sí misma. En general, lo que ha primado es la asociación sexualidad-animalidad: instinto, obsesión, egoísmo, degradación, contrapuesta a la espiritualidad como metáfora de elevación, pureza y arrobamiento místico.

La cosecha: el fracaso

Y es que sucede que, privado el ser humano de temporadas de celo y de su consecuente abstinencia (como pasa con el resto del zoo), todas las sociedades -unas con mayor frenesí enfermizo que otras- han tratado de imponer frenos, barreras y tabúes, a nombre de los más distintos propósitos y/o pretextos. Habría razones de aparente validez: por ejemplo, en casi todos los grupos humanos se ha prohibido el incesto, tratando de proteger a la raza humana contra los peligros de las mutaciones genéticas; y no se puede negar tampoco que aquello de "no desear a la mujer del prójimo" -en una sociedad patriarcal y de propiedad privada- es, más que una llamada a evitar el "pecado", una conveniente precaución contra los conflictos sociales que podrían derivarse de la concreción de ese deseo.

Sin embargo, también ha sucedido que la farisíaca diligencia de los guardianes de "la moral", ha llegado a abismos dignos de una profusa antología del horror, en su afán por contener lo incontenible: órbitas arrancadas, manos cercenadas, cinturones de castidad, jaulas para genitales masculinos, cuerpos ulcerados, infibulaciones, castraciones, hogueras, empalamientos, ablaciones del clítoris y de los labios vaginales... son algunos de sus legados.

Pese a todos los afanes por cercar la pasión sexual, por desviarla hacia actividades socialmente aceptadas o por inocular el invisible virus de la culpa en el transgresor, los resultados hasta ahora han sido harto dudosos: la primera prueba de este fracaso es la explosiva tasa de crecimiento de nuestra especie, desafiando a la pobreza, el hacinamiento, las enfermedades venéreas y el SIDA; la segunda, todos los "ismos" y "filias" que los seres humanos han inventado en su desesperada búsqueda de satisfacción erótica, como producto de una sociedad enajenada y enajenante. A mayor represión, mayor obsesión y agresividad biofóbica: de ahí las aberraciones de las páginas rojas, la prostitución sadomasoquista, la pornografía "dura", los garfios y látigos de los sex-shop y los "coitos" virtuales que, aunque parezcan terribles, no son más que la punta del iceberg.

A este panorama -para algunos desolador- podríamos sumarle la constante variación de las categorías de "lo moral" y "lo inmoral", de una época a otra y de una cultura a otra: la masturbación era ciertamente un "pecado" en tiempos bíblicos, pues cada vez se requería de un mayor número de miembros para trabajar y defender a la comunidad contra sus enemigos, pero en tiempos de SIDA y sobrepoblación, muchos estudios lo proponen como una "opción" ante el sexo inseguro e indiscriminado de las calles; lo que en la antigua Irlanda era la cópula sagrada entre el rey y una yegua blanca que simbolizaba a la madre tierra, hoy se le llamaría simplemente bestialismo; lo que en la milenaria Grecia era la normal compañía de los efebos en los palacios imperiales, en los tiempos que corren es la terrible y perversa pedofilia; lo que para los patriarcas del Antiguo Testamento eran relaciones maritales absolutamente normales, para las leyes de la actualidad son graves delitos de bigamia o poligamia.

De igual manera, constatamos que la normal semidesnudez en una playa, resulta bochornosa en una oficina; que el exhibicionismo/voyerismo promovido por los "medios" (las películas de medianoche, el glamoroso desmadre del jet set internacional en las revistas o los bien pensados "deslices" publicitarios) son condenados en la cotidianidad de los seres comunes; que nunca tendrá la misma connotación que una rubia estrella del rock orine en la calle (símbolo erótico, provocador, cuestionador de la moral) a que lo haga un marginal (grotesco, "indio", maleducado).

Es obvio que entre aquellos pueblos que aún conviven desnudos -haciendo caso omiso del "pecado" de Adán y Eva- no existen fizgones, exhibicionistas, pornógrafos, violadores y/o sado-masoquistas sexuales. El pudor podría reducirse a que el muchacho en cueros no manifieste una erección frente a las chicas desnudas con quienes conversa animadamente, como constató Lévi-Strauss mientras "estudiaba" a los nambiquara. En todo caso, ¿qué se puede esperar de "salvajes" que nunca castigan a los niños, practican la reciprocidad, ríen buena parte del tiempo, copulan delante de todos y practican la fórmula tamindige mondage: hacer el amor es bueno?

Cuando un grupo de hombres se prepara para la guerra (o para un partido de fútbol, que es su simulacro), se acuartelan o se concentran, es decir, se abstienen sexualmente: esto potencia su agresividad. Cuanto más exigente sea la preparación del guerrero, con mayor "rectitud" deberán cumplir el aislamiento y obedecer las órdenes más insólitas (abstinencia obligada + humillación cotidiana = agresividad mortal). No es extraño entonces que el nazi Wilhem Cube declarara ante los tribunales que su tropa se excitaba durante las ejecuciones, o que los violadores y los asesinos sexuales hayan sido niños reprimidos y abusados que cuando adultos no pueden tener una erección con estímulos normales.

Tanto el que es arrastrado por el desaforado "Ello" como aquel que es dominado por el autoritario "Super Yo", tienen un vínculo común: un "Yo" débil e inestable que les impide ser críticos, deliberantes, proactivos, libres. Así, tanto los "depravados" sexuales (que -garra culposa de por medio- quieren en el fondo ser descubiertos y castigados) como los vigilantes de "la moral" (que con crueldad buscan aplastar en otros lo que no aceptan en sí mismos) tienen una misma raíz: el sociólogo Donald McKinley afirma con razón que "detrás de cada delito brutalmente agresivo hay un tremendo déficit de amor."

Al cuerpo, por la poesía

¿Qué papel juega entonces la poesía erótica en medio de este panorama?

Uno fundamental: el erotismo -al contrario de la pornografía- no se concentra solo en los genitales, no reduce al ser humano a una caricatura lasciva o a un fuelle hidráulico de alto rendimiento, no empobrece la vida reproduciendo en el "amor" la agresividad enajenante de la sociedad ni las texturas planas del "marketin", ni el maniqueísmo de las ideologías deshumanizadoras.

Por el contrario, nace de la necesidad de expresar estéticamente lo prohibido e innombrable, y al mismo tiempo de dar testimonio de nuestra verdadera dimensión sexual: por ello, la poesía erótica suele deleitarse en la modulación de ciertas palabras o sonidos, en la humedad de la piel ansiada o gozada, en la efímera intensidad de la pasión, en los simulacros del amor o del ensueño, en el éxtasis del encuentro con el cuerpo, con el cuerpo, claro está, pero también con aquello que lo trasciende, como cuando en las orgías rituales el participante encarnaba y manifestaba -en ese presente redondo- el éxtasis individual, el del grupo, la especie y el cosmos; como cuando al decir "fuego" sentimos que la palabra no nos remite a la llama concreta de una vela tan solo, sino que nos arrastra a profundas experiencias personales y arquetipos milenarios. El poeta mexicano Mondragón da en el centro de estos metasentidos cuando al final de un intenso encuentro con el cuerpo de la amada, exclama: "y todo esto para encontrar el principio del alma."

Aclaremos además que la poesía erótica no se queda en la nostalgia intangible de lo amado o en el estremecimiento casi etéreo que despierta un beso furtivo, tan común en la poesía amorosa más pobre -decorada con adjetivos oxidados, flores de plástico y, por desgracia, la más utilizada en las aulas- sino que reconoce en el "hablante" el deseo, nombra el cuerpo como referente, sincera las palabras y sensualiza las imágenes: se concentra en desvelar el ritual secreto de los amantes y/o tender puentes luminosos entre la carne y el ensueño.

Me gustaría enfatizar en una cosa más: a despecho de lingüistas y semióticos, no creo que haya mejor manera de penetrar en un poema que leyéndolo con unción casi mística, en voz alta si es posible, enfatizando, paladeando, respirando cada palabra, dejando luego que su elixir se expanda en el pecho, en el plexo solar y el bajo vientre, como si se tratara de una oscura marejada, o de la súbita resonancia de un gong, o del perfume de la tierra recién lamida por la lluvia. Que así sea, y ¡salud!

 

 


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