Serie: Memoranda (XIX )

Uruguay en la era del Fascismo

Alfredo Alpini

 

Uruguay, al igual que el mundo, convivió con la era del fascismo. Aproximadamente entre 1923 y 1940, en nuestro país existieron distintos portavoces de ideas antiliberales, que iban desde conservadores que simpatizaban con las instituciones fascistas hasta agrupaciones y movimientos extremos que pretendían instaurar un régimen nacionalista corporativo.

Inmediatamente después de la "marcha sobre Roma" (1922) políticos del Partido Nacional y del Colorado (antibatllistas), empresarios y medios de prensa uruguayos comenzaron a considerar imitables algunas instituciones del régimen de Mussolini. Desde muy temprano políticos como Osvaldo Medina, Julio María Sosa, Pedro Manini Ríos, y los diarios "El Siglo" y "La Razón" asumieron una clara postura antidemocrática.

Desde el golpe de Estado de Gabriel Terra (1933) hasta la culminación su régimen en 1938, las posturas antiliberales y conservadoras en sus distintas modalidades profascistas saltaron a la palestra pública con notoriedad.

Estas posiciones antiilustradas sólo desaparecieron cuando en la polaridad que produjo la Segunda Guerra Mundial, la democracia liberal, instaurada con Alfredo Baldomir, adoptó en 1940 distintos mecanismo legales (Comisión de Actividades Antinazis, Ley de Asociaciones Ilícitas) para suprimir las actividades antidemocráticas.

Luis Alberto de Herrera fue, quizás, uno de los protagonistas políticos más importantes en esta era del fascismo que vivió nuestro país. Su actitud nacionalista contraria a asumir un alineamiento proaliado durante la guerra, llevó a que lo calificaran, desde distintos sectores políticos, de "nazi" o "fascista". De este modo, el reciente libro de Antonio Mercader "El año del león. 1940: Herrera, las bases norteamericanas y el complot nazi" (1) pretende hacer una "reivindicación de Herrera" como pensador y político que bregó por "la defensa de la neutralidad y de algo más importante: la integridad del suelo uruguayo amenazado por unas bases militares que el presidente de Estado Unidos, Franklin Delano Roosevelt y su estado mayor"(2) intentaban construir en Uruguay.

Herrera en la encrucijada

Mercader le asigna a Herrera la importancia de haber salvado la soberanía nacional de las pretensiones estadounidenses de construir bases militares en la zona de Laguna del Sauce. Según el autor, el embajador inglés Eugen Millington Drake, corresponsales del New York Times y principalmente Edwin Carleton Wilson, jefe de la misión de Estados Unidos en Uruguay y gestor de la negociación de las bases, construyeron el miedo al "complot nazi" con el objetivo de defender esa zona de América por medio de bases militares a instalarse en Uruguay. Según Mercader "se alzaba el espantajo nazi, al tiempo que se planeaba proponer un trato que incluiría la construcción de bases militares en suelo uruguayo, controladas total o parcialmente por Estados Unidos. De este modo, nazis y bases se ligan desde el principio, lo que tenía su lógica: para defender a Uruguay de los nazis nada mejor que levantar las bases con la ayuda de un poderoso aliado"(3).

La lista de los nazis que supuestamente tomarían el poder era amplísima. Empezaba por políticos reconocidos como Herrera, César Charlone, Julio Roletti, comerciantes alemanes y terminaba con el desmontado "Plan Fuhrman" que pretendía convertir a Uruguay en una colonia agrícola de Alemania. "Hoy está claro -sostiene Mercader- que Fuhrman era un enemigo imaginario y su plan un mero trozo de papel"(4).

Baldomir y su canciller Alberto Guani justificarán la construcción de las bases en ese "complot que nunca existió".

La oposición de Herrera a la política proaliada del gobierno creó "el eslogan `Herrera nazi' y la leyenda del complot en Uruguay, a sabiendas de que el senador blanco no era nazi ni encabezaba conjura alguna"(5).

Según Mercader las acusaciones a Herrera eran falsas y fueron producto de una conspiración estadounidense, "basta hojear una biografía de Herrera para entender que fue un animador de la democracia uruguaya y un obsesionado por el valor del sufragio". Su tarea parlamentaria prueba "su fe en la democracia" y "su apoyo a Terra puede considerarse una mancha que no alcanza a tiznar su trayectoria, ni mucho menos a probar que fuera nazi"(6).

Pero Herrera tenía varias "manchas" que oscurecían su fe democrática. Coincidimos con Mercader cuando sostiene que Herrera no era nazi, ni fascista, pues estas concepciones políticas nacionalistas fuera de Europa pierden su significado y se convierten en absurdos.

Un compañero político de Mercader y prologuista de las obras de Herrera, Walter Santoro, también entiende que su líder adhería al proyecto ilustrado y decía que "Herrera fue un liberal en la más amplia acepción del término, con una ancha franja de tolerancia en lo ideológico, filosófico y religioso"(7). A continuación afirma, contrariando todo lo anterior, que su formación intelectual "obtuvo vigorosa inspiración en las lecturas de Burke, Renan, De Maistre, Taine y Barrés"(8). Pensadores, estos, antiliberales furiosos que contribuyeron a formar las ideas nacionalistas de derecha y fascistas de la Europa de principios del siglo XX.

Las adhesiones de Herrera

Entonces, ¿Herrera era demócrata, como entiende Mercader, o nacionalista de derecha como parece presentarlo Santoro según los pensadores que cita? Pero dejemos hablar a Herrera para saber a qué pensamiento político adhería.

En 1941, Herrera contestaba a una publicación española, por medio de El Debate, que "nuestra fe en la democracia no ha cedido en lo mínimo". El órgano madrileño, recordaba a sus lectores que "Herrera, al igual que las naciones de Europa, ya no tiene fe en los anticuados sistemas políticos que se basan en la opinión popular"(9).

Los españoles falangistas sabían, o presuponían, que Herrera sentía profundas desconfianzas hacia el proyecto ilustrado, fuese liberal o democrático. En efecto, Herrera era miembro de la Falange en Uruguay. En 1940, en medio de las acusaciones que se hacían de "Herrera nazi", José de Torres, dirigente de la Falange le escribía a Herrera: "Yo quiero aprovechar esta ocasión para testimoniarle cuanto agradecemos Falange y yo personalmente el interés y el afecto con que Ud. mira esta Organización, como así mismo su labor en el terreno político a favor de Falange. También lamentamos las molestias que pudieran ocasionarle compañeros de prensa motivados por su interés en Falange, que si estuviese en nuestra mano, evitaríamos gustosamente (...) no dude que todos los afiliados ven con honda simpatía su labor política y están en espíritu con Ud. que tanto nos distingue y nos ayuda. Para evitar que indiscreciones de los empleados de Administración puedan dar fundamento a las críticas antes mencionadas he mandado retirar su ficha administrativa de las oficinas de administración, pero la conservo en mi fichero particular considerando que ella honra los ficheros de Falange, como así mismo recibiré con mucho gusto y como un honor los donativos que en forma periódica u ocasional Ud. haga para la obra social de Falange en el Uruguay (...)"(10)

¿Cómo puede explicar Mercader la "fe en la democracia" que sentía Herrera y su simultánea adhesión a la Falange española? Esta agrupación no sólo era antiliberal y antidemocrática, sino que se encontraba dentro de la línea fascista europea. Fue la agrupación que creó el programa oficial del régimen de Franco: los Veintisiete Puntos, que tenían todas las características principales del fascismo italiano (11).

Su pasión cívica y democrática tampoco concuerda con los elogios que hizo del régimen fascista de Mussolini. En 1937, en su viaje por Europa, Mercader no menciona que además de visitar Inglaterra, pasó por Italia. Mussolini lo recibió personalmente en el Palacio Venecia. Al retirarse de la reunión, Herrera le dijo a la prensa italiana que "la Italia que vi es muy distinta a aquella [de hace 15 años], existe un espíritu nuevo que me ha maravillado. (...) El gran cambio fue obra del mismo pueblo y de su Jefe". Refiriéndose específicamente a la reunión con Mussolini, Herrera dijo que "Mussolini ha mostrado una insólita comprensión de los asuntos sudamericanos y expresó mejoradas las relaciones culturales y económicas entre Italia y Uruguay"(12). Luego fue invitado por la Radio Italiana, donde dijo que "veo ahora aquí, lo que antes nunca viera: colosal despliegue de energías morales y materiales, infatigable acción reconstructiva (...) y en lo alto una bandera gloriosa y una gran afirmación colectiva. ¡La Nueva Italia! (...) En el centro de este formidable movimiento anímico, cívico, patriótico y social, cual propulsor de la obra inmensa, la figura extraordinaria de Benito Mussolini, que llena la época contemporánea"(13).

La "Nueva Italia" que admiró Herrera no se había creado en base a ideas liberales ni democráticas, sino gracias al Gran Consejo Fascista, el órgano deliberante más elevado del Gobierno, con facultades para aprobar todas las leyes importantes y los cambios constitucionales. Y el Parlamento, estaba muy lejos de ser una institución liberal, pues era una Cámara de Faces y Corporaciones que formalizó la estructura corporativista (14).

Sería apresurado y absurdo afirmar que Herrera se hubiese inspirado en preceptos fascistas. Si nos guiamos por las ideas políticas que desarrolló en sus libros "La Revolución Francesa y Sudamericana" y "El Uruguay Internacional" y por los pensadores que le inspiraron y que él gustaba hacer referencia -Edmund Burke, Hyppolite Taine, Alexis de Tocqueville, Paul Deroulède- podemos sostener que se encontraba en la línea del pensamiento liberal conservador. Las ideas nacionalistas que siempre defendió lo llevaron a abrazar la causa falangista en España y cosechar unas amistades nada liberales, los argentinos nacionalistas Manuel Gálvez y Carlos Ibarguren que no sentían demasiado entusiasmo por la democracia.

Por un Uruguay fascista

Mercader basa la hipótesis central de su libro en que "el complot nazi nunca existió". Que hubiese una reducida colonia alemana simpatizante del nazismo "no probaba que existiera el complot" y era "excesivo considerarlos un peligro para la seguridad nacional"(15).

Es probable que "el complot nazi" para apoderarse del Uruguay no existiese. Pero éste no era necesario para convertir a Uruguay en un Estado autoritario, cuando nosotros teníamos a nuestros propios fascistas-criollos. Para qué buscarlos fuera, si a partir de 1930 aparecieron periodistas filofascistas, instituciones antisemitas, ideólogos corporativistas, movimientos nacionalistas autoritarios, que sentían, una profunda desconfianza, no sólo en la democracia, sino en el liberalismo, y los más radicales, directamente rechazaban el proyecto ilustrado entendiendo que había sido un fracaso desde la aparición de las ideas de 1789.

Durante el régimen terrista (1933-1938) varios dirigentes políticos expresaron sus intenciones de incorporar ciertas premisas fascistas al Uruguay. Gabriel Terra, César Charlone no ocultaron sus simpatías hacia el fascismo. Este último enfatizaba en la necesidad de introducir el corporativismo en la legislación uruguaya, planteando "pactos gremiales" y conceptos del "novísimo derecho obrero" tomados de la Carta del Lavoro de Mussolini. Estas ideas tuvieron vigencia real con la creación del Consejo Superior del Trabajo en 1933 con el imperativo de ser integrado por sindicatos que gozarían de personería jurídica.

También en las discusiones sobre la reforma constitucional de 1933 se presentaron varios proyectos corporativistas. Los más definidos eran los de los doctores Morelli y Chioza, el de Andrés Podestá y el más radical y netamente fascista el de Teodomiro Varela de Andrade que posteriormente formará un grupo ultranacionalista la "Acción Revisionista del Uruguay"(16).

Existió, además, una notoria influencia fascista en la enseñanza pública. En la memoria del Conejo de Enseñanza Primaria y Normal, se afirmaba que "`el fascismo admite y fomenta el sentimiento de familia, el de nacionalidad, el de tradición, sentimientos todos ellos favorables a la cohesión y a la continuación de la organización social característica de la civilización de Occidente'"(17).

Grupos y publicaciones

La lista de los diarios y periodistas que adhirieron al fascismo es extensísima. "El Pueblo", "La Tribuna Popular", "La Mañana", "El Diario", "El Imparcial", "Libertad" y periodistas y publicistas reconocidos como Juan A. Zubillaga, Adolfo Agorio, Bernardo Kayel hicieron una prédica antiliberal hasta el decenio de los cuarenta.

No sólo existieron simpatizantes y apologistas del fascismo europeo, también nosotros tuvimos ideólogos que tenían para el Uruguay un proyecto teórico-político de inspiración fascista. A partir de la segunda mitad del decenio de los treinta comenzaron a surgir un conjunto de agrupaciones políticas y publicaciones que se autodefinían como nacionalistas y que tenían pensado suplantar el sistema democrático liberal por medio de una revolución.

La primera de las publicaciones en saltar a la palestra pública fue la revista "Corporaciones" (noviembre 1935-mayo 1938), órgano oficial del movimiento "Acción Revisionista del Uruguay" fundado en 1937. Dentro de las figuras más representativas de esta agrupación se encontraban Adolfo Agorio, Ernesto Bauzá y Teodomiro Varela de Andrade.

El "Movimiento Revisionista" liderado por Leslie Crawford tenía cómo órgano de prensa al periódico "Fragua" (1º de junio 1938-15 de marzo de 1940). La publicación "Audacia" (mayo 1936-agosto 1940) era el órgano de prensa de la agrupación "Acción Nacional". En este grupo militó -cabe recordarlo- Carlos Real de Azúa, quien paralelamente colaboraba con el periódico "España Nacionalista", medio de propaganda política de la "Vanguardia Nacionalista Española en el Uruguay", agrupación de los grupos de derecha -católicos y antisemitas- que defendían la causa fascista en Europa.

El periódico "El Orden" (setiembre de 1936-enero de 1937), bajo la dirección de José Castellanos, fue el medio de difusión ideológica del movimiento "Unión Nacional del Uruguay". La publicación "Combate" (enero-abril de 1940), dirigida por G. Marichal, era el órgano de prensa del movimiento "Renovación Nacional". Por último, el periódico "Atención" (agosto de 1938-diciembre de 1940), bajo la dirección de Julio Varela, colaboraba con el "Movimiento Comercial Nacional Antijudío".

Su incidencia en la vida política del país no era menor. El tiraje de las publicaciones iba de 3.000 a 10.000 ejemplares, publicitaban a profesionales reconocidos, a colegios y empresas todavía existentes. Además, dos de estas agrupaciones ("Acción Nacional" y "Vangurdia Nacionalista Española") contaron con la militancia de un intelectual de fuste: Carlos Real de Azúa.

Estas agrupaciones políticas se movían por fuera del sistema de partidos y pretendían sustituir el Estado democrático liberal por un sistema corporativo. "El objetivo inmediato de nuestro movimiento Nacionalista Corporativo -decía la publicación "Audacia"-, es el desplazamiento del Estado liberal y burgués. En su lugar erigiremos un régimen Nacionalista, necesariamente autoritario (...) El Estado liberal es una de las barreras que se levanta deteniendo el impulso de la Revolución Nacionalista"(18).

El sistema fascista les servía como modelo para instaurar un orden autoritario. Si bien el fascismo era un partido italiano, sostenía Varela de Andrade, "las causas que determinaron su resurgimiento están vivas en todos los ambientes": desorden moral causado por el materialismo contemporáneo y decadencia de los regímenes democráticos. Por eso, Varela de Andrade afirmaba que "somos conscientes de la misión que le corresponde al Fascismo"(19).

Las ideas corporativistas que formaban la médula central del proyecto político de las agrupaciones nacionalistas eran tomadas directamente del fascismo italiano. Según la publicación "Fragua", su movimiento político crearía un Estado "estructurado por Sindicatos integrados en las corporaciones, sustituyendo las Cámaras políticas por Cámaras Corporativas. Esta organización traerá aparejada la supresión de los partidos políticos, expresión degradada de intereses particulares"(20). El sistema de partidos era, según los nacionalistas, la expresión de los antagonismos de clases y entorpecía el buen funcionamiento del gobierno con el enfrentamiento de diferentes intereses sociales. El Estado corporativo sería un intento de suprimir la sociedad de clases integrando la sociedad en el Estado. La representación de la nación en el Estado se lograría organizando a la sociedad conforme a sus respectivas actividades (corporaciones). Ningún grupo estaría fuera o contra el Estado porque toda la sociedad estaría dentro del Estado.

La nación y sus agresores

El antisemitismo también tuvo sus respresentantes en nuestro país y la propaganda antijudía no se limitó a quedar escrita en la prensa sino que existieron varios grupos políticos dispuestos a concretar "verdaderos progroms que, a seguir como estamos, necesariamente han de producirse"(21).

Las manifestaciones antisemitas no se expresaron sólo en los diarios "La Tribuna Popular" o "El Debate". Existieron leyendas en las paredes ("el judío es más dañino que la sandía con vino")(22), volantes que se hacían circular entre la población alertando de la inmigración ("¿El Uruguay futuro Estado judío?")(23) y publicaciones de listas de comerciantes judíos junto a advertencias del tipo "No compre a judíos". También una institución como la Cámara Nacional de Comercio enviaba notas al Ministro de Relaciones Exteriores, Alberto Guani, solicitando la limitación de su ingreso al país, pues "el aportamiento de fuertes contingentes judíos acrecentaría así, en los momentos actuales, la acumulación de elementos raciales que tienden a desnacionalizar y descaracterizar al país"(24).

Las agrupaciones nacionalistas -"Acción Revisionista", "Acción Nacional", "Movimiento Revisionista", "Unión Nacional del Uruguay", etc.-, en colaboración con el "Movimiento Comercial Nacional Antijudío", eran las principales defensoras de la "nación uruguaya" contra la inmigración judía. Ahora bien, sólo se puede comprender este rechazo si explicamos previamente el concepto de nación que compartían.

Para el movimiento nacionalista, la nación no era, como lo entendía el liberalismo democrático, una simple suma de individuos, sino un organismo que tenía fines completamente distintos a los particulares. Para éstos, la comunidad nacional era una entidad viva, un organismo espiritual al que pertenecían todos los individuos de la comunidad y a la que podían asimilarse individuos de orígenes similares, como los españoles, los italianos o los franceses. La integridad de esta vida comunal debía salvaguardarse del mal que podían ocasionarle los enemigos exteriores.

Según estas concepciones, el pasado estaba unido en un sentido real con el presente. Consideraban que la nación era una cosa que persistía a lo largo del tiempo. Es así que el sujeto de la Historia era la nación, un fenómeno natural y objetivo: "no como expresión retórica -sostenía "Audacia"-, sino como ideal actuante en las conciencias, expresión de un pasado que guardar, un presente que superar y sobre todo de un futuro"(25).

La nación estaba formada por todos los individuos de la comunidad uruguaya que poseían rasgos culturales comunes, objetivamente discernibles y que los diferenciaban de los no miembros: "Nuestra fisonomía nacional, racial e idiomática, es hispánica y latina". Para los nacionalistas existían elementos extraños provenientes de fuera del país que amenazaban la integridad nacional. Sostenían que el país estaba siendo invadido "por un pueblo extraño (...) los judíos [que] forman un islote étnico y ético peligroso para la unidad espiritual y racial del pueblo que los alberga"(26).

El responsable de la inmigración judía y de la descaracterización nacional era, según estos antisemitas, el Estado democrático. El sistema de partidos, con el debate parlamentario, habían permitido que el comunismo, el judaísmo y el liberalismo destruyeran la unidad nacional. El objetivo de estos grupos políticos era la "formación de una Nación unida, grande y fuerte, moral, espiritual y materialmente" (27). La "Unión Nacional del Uruguay" sostenía que "cuando más fuertes y unidos seáis; más fuerte y firme será la Patria. Si ella es grande vosotros también lo sois. (...) Que cada uno se sacrifique por la Patria, pues el sacrificio es la más alta vocación y elevación en la tierra. TODO POR LA PATRIA, es la voz de orden"(28). Para estos grupos, la democracia liberal era antinacional porque dividía a la sociedad en base a intereses particulares. La democracia había creado un hombre egoísta y antinacional, incapaz de creer en valores heroicos y de sacrificio hacia la patria.

Frente al modo de vida burgués, antipatriota y antiheroico, creado por la democracia liberal, los nacionalistas exigían actos altruistas de sacrificio hacia la patria. Había llegado el tiempo de la autoridad que desplazaría la época de la democracia. Ante la libertad individual se alzaba la realidad de la Nación uruguaya.

A modo de conclusión

Si consideramos que durante la década de los años treinta y parte del cuarenta, el liberalismo practicamente había sido desplazado en todos los países europeos y sudamericanos y el mundo se debatía entre fascismo y comunismo, no debemos minimizar la incidencia o la probable oportunidad que tuvieron los representantes uruguayos del fascismo para crear un orden conservador.

Como nosotros conocemos el final de la historia, la derrota militar de los fascismos más importantes, quizás tendamos a desconsiderar la posibilidad, aunque no remota, de triunfo del conservadurismo antiilustrado de nuestros uruguayos.

Es conveniente recalcar que en Uruguay tuvimos una gama bastante amplia de proyectos antiliberales y antidemocráticos, y que esas posturas, nuevas en aquel tiempo, se mantienen como potencialidad y como peligro siempre presente. Como sostiene Hannah Arendt, al margen de sus derrotas temporales, pueden renacer: los nuevos fascismos que conoce el mundo contemporáneo recuerdan muy bien las enseñanzas de sus progenitores.

Referencias

(1) Mercader, Antonio; "El año del león. 1940: Herrera, las bases norteamericanas y el complot nazi", Mdeo., Aguilar, 1999.
(2) Ibid., p.26.
(3) Ibid., p.58.
(4) Ibid., p.67.
(5) Ibid., p.68.
(6) Ibid., p.199.
(7) Santoro, Walter; Introducción a Herrera, L. A. de; "La Tierra Charrúa", Mdeo., Cámara de Representantes, 1987, p.24.
(8) Ibid., p.25.
(9) Herrera, L. A. de; "Selección de discursos y escritos periodísticos", Mdeo., Cámara de Representantes, 1998, p.371.
(10) Archivo del Dr. Luis A. de Herrera. Correspondencia, 1940, Tomo XLIX. Museo Histórico Nacional.
(11) Payne, Stanley; "El fascismo", Madrid, Alianza, 1996, p.152.
(12) Archivo del Dr. Luis A. de Herrera. Correspondencia, 1937, Tomo XLVI. Museo Histórico Nacional.
(13) Ibid.
(14) Payne, S.; "El fascismo", op. cit.
(15) Mercader, A.; "El año del León", op. cit., p.102.
(16) Varela de Andrade, T.; "América y la revisión constitucional", Mdeo., Peña y Cía., 1938.
(17) Citado por Camou, M.; "Resonancia del nacional-socialismo en el Uruguay", Mdeo., F.H.C., 1988, pp.18-19.
(18) "Audacia", junio 1937, nº22, año II.
(19) "Corporaciones", noviembre de 1936, nº9, año I.
(20) "Fragua", 8 de noviembre de 1938, nº10, año I.
(21) "Atención", abril de 1939, nº16, año I.
(22) "Atención", marzo de 1939, nº14, año I.
(23) "Atención", diciembre de 1939, nº27, año II.
(24) Informe Anual de la Cámara Nacional de Comercio, 1936-40, Mdeo., Peña y Cía Impresores, 1939, p.43.
(25) "Audacia", 23 de mayo de 1936, nº2, año I.
(26) Ibid.
(27) "Fragua", 8 de noviembre de 1938, nº10, año I.
(28) "El Orden", 26 de setiembre de 1936, nº36, año II.

 

Memoranda

Artículos publicados en esta serie:

(I) El centro y la periferia (Daniel Vidart, Nº122)
(II) Tres variaciones sobre el tema (Daniel Vidart, Nº 123)
(III) Recuerdo para la cordura (Laura Bermúdez, Nº126)
(IV) Oralidad y mentalidades en el Montevideo colonial (J. G. Milán, M. Coll, Nº 127)
(V) La pedagogía lingüística en la Banda Oriental del siglo XVIII (Claudia Brovetto, Nº130)
(VI) La revolución patas arriba (Simon Schama, Nº 134)
(VII) 1600: La revolución intelectual (Thomas Munck, Nº 135)
(VIII) Sexualidad en la Banda Oriental (Alfredo Alpini, Nº 140/41)
(IX) 1794: el fin del drama Robespierre ¿culpable de qué? (François Furet, Nº 146)
(X) Los "hachepientos" del 68 (Alfredo Alpini, Nº 147)
(XI) Una generación sin dioses, los jóvenes under (Alfredo Alpini, Nº 150)
(XII) Historia: un nuevo territorio (Ramón Destal, Nº 155)
(XIII) Prácticas matrimoniales de una subcultura (Alfredo Alpini, Nº 156)
(XIV) El mesianismo de Colón (Alain Melhou, Nº 161)
(XV) Los "huevos del Plata" y el 68 (Alfredo Alpini, Nº 167)
(XVI) El mayo francés. A 30 años (Alfredo Alpini, Nº 168)
(XVII) La Revolución Francesa (Eric Hobsbawn, Nº 170)
(XVIII) Sade, otra Revolución. Bajo el signo de los gótico (Eliane Robert, Nº 182)

 


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