¿A quién le interesa el desarrollo forestal?
Ricardo Carrere

El dinamismo actual del sector forestal uruguayo se origina en una serie de factores internos, tales como la sustitución de insumos importados (derivados del petróleo, madera, celulosa y papel), por leña y maderas de producción nacional, pero recibe además un fuerte impulso desde el exterior. Dado que este último aspecto es menos conocido que los otros, el presente artículo pretende aportar algunos elementos al respecto.

El auge de las plantaciones de eucaliptos y pinos no es un fenómeno exclusivo del Uruguay, sino que se está dando en numerosos países, en particular de Asia (Tailandia, Indonesia, Malasia, India, etc.), Africa (Congo, Kenya, Tanzania, etc.) y América Latina (Chile, Brasil, Argentina, etc.). También se está implantando este tipo de cultivos en países con mayor desarrollo económico relativo como España, Portugal, Sudáfrica, Nueva Zelandia, Australia, etc.

Los bosques y el efecto invernadero

El mundo desarrollado se vé enfrentado a la contradicción existente entre el mantenimiento de su modelo de desarrollo y las consecuencias negativas que éste acarrea sobre el medio ambiente, en particular el efecto invernadero. Dado que, en lo inmediato, no están dispuestos a disminuir drásticamente sus emisiones de dióxido de carbono (principal causante del efecto invernadero), recurren a una solución, paliativa y provisoria, consistente en aprovechar la actividad fotosintética de los árboles, que transforman el dióxido de carbono en madera y oxígeno (el carbono queda retenido en la madera y el oxígeno retorna a la atmósfera).

En las conferencias de La Haya, Toronto y la Cumbre de París, los siete países más industrializados estimaron que se requiere plantar unos 130 millones de hectáreas de árboles para reducir la cuarta parte del dióxido de carbono de la atmósfera, lo cual entienden que detendría el crecimiento de la temperatura del planeta. De ese total, 90 millones de hectáreas se plantarían en el Tercer Mundo.

El abastecimiento de maderas

Al mismo tiempo, también preocupa seriamente a los países industrializados el abastecimiento de materia prima para la industria de la madera y en particular del papel. En efecto, el abastecimiento de maderas y de productos derivados de la madera de los países desarrollados, está llegando a niveles críticos debido a la conjunción de una serie de factores:

1) Sus propios bosques cumplen un papel cada vez más marginal en su abastecimiento, debido a la sobreexplotación a la que han sido sometidos, a los efectos de la lluvia ácida, a su lentitud de crecimiento y a la presión popular que exige la preservación de los bosques sobrevivientes.

2) Los bosques tropicales están desapareciendo en forma acelerada (se estima que anualmente desaparecen entre 20 y 50 millones de hectáreas de selva) y cada vez quedan menos bosques vírgenes (tanto tropicales como templados) a los que recurrir como fuente de materias primas madereras.

3) La constante expansión del sector de pasta y papel, que requiere volúmenes crecientes de una materia prima cada vez más escasa y por ende más cara.

Una estrategia global

En la búsqueda de solución a esos dos problemas (efecto invernadero y escasez de materia prima), surge una estrategia global, impulsada por los sectores más "lúcidos" de los países industrializados, que se centra en dos grandes ejes: 1) El impulso a la forestación con especies de rápido crecimiento y 2) La preservación de los bosques naturales y en particular de la selva tropical, que también interesa mucho a las empresas transnacionales de la biotecnología, debido a la enorme riqueza en materia de diversidad biológica que allí se encuentra.

En lo referente al primer aspecto, se apunta a la implantación de grandes masas de cultivos monoespecíficos (en particular de eucaliptos), destinados a absorber grandes cantidades de dióxido de carbono y a abastecer a las industrias papelera y maderera. Dado que son pocos los paises del Norte que reúnen las condiciones ambientales necesarias para la producción de eucaliptos, estos cultivos se están implantando fundamentalmente en países del Tercer Mundo, donde además, tanto la tierra como la mano de obra son baratas y las plantaciones son altamente productivas. En este primer eje coinciden los intereses económicos más concretos de las empresas transnacionales que controlan los mercados madereros, con los objetivos más generales de mitigar los problemas ambientales globales.

El segundo eje de esta estrategia (conservación de bosques naturales y en particular de selvas tropicales), resulta más conflictivo, debido a la existencia de enormes empresas transnacionales, vinculadas a elites locales, cuyos intereses radican en la explotación de estos recursos. Sin embargo, de la conjunción de presiones por parte de organizaciones tan dispares como organismos multilaterales, un sector de empresas transnacionales, gobiernos de países industrializados, organizaciones ambientalistas y grupos locales, no se descarta que puede lograrse un enlentecimiento del ritmo actual de deforestación. Esto sería aún más factible una vez que las plantaciones con especies de rápido crecimiento entrasen en producción.

Si bien la conservación de las selvas y los bosques naturales nos interesan a todos, esta estrategia resulta injusta para los países pobres, puesto que se pretende que estos se priven de una importante fuente de ingresos derivada del uso de sus bosques, sin dárseles nada a cambio. Entendemos que si los países ricos desean sumideros para sus emisiones de carbono o materia prima para su industria biotecnológica, deben pagar de alguna manera por este servicio a quienes lo brindan y no pretender imponerles un nuevo sacrificio a quienes no son los principales responsables por el desastre ambiental, resultante del estilo de vida de los países industrializados y del modelo de desarrollo impulsado por ellos.

El camino de los cultivos de exportación

En lo económico, esta estrategia se basa en el mismo esquema que los países ricos han aplicado exitosamente (para ellos) con numerosas materias primas de origen agrícola: promover su cultivo en todo el mundo como productos de exportación, logrando así, entre otros objetivos, el de asegurarse su suministro a bajo precio a través de una oferta abundante. Esta "exitosa" política ha dejado (y sigue haciéndolo) tras de si un panorama desolador en materia de degradación ambiental, tanto en lo ecológico como en lo humano. Pese a la experiencia negativa acumulada en la materia, esta política está siendo impulsada en numerosos países del Tercer Mundo, contando para ello con el apoyo de un conjunto de organismos multinacionales y nacionales de financiamiento y asesoramiento, entre los que se destaca el Banco Mundial.

La gran mayoría de los gobiernos de países endeudados, reacciona favorablemente ante el estímulo del financiamiento externo orientado a la promoción de exportaciones. Pero a su vez, los países deben también recurrir a mecanismos de promoción interna (subsidios, exoneraciones impositivas, créditos blandos, etc.), que implican que la sociedad en su conjunto debe destinar importantes recursos internos para lograr el desarrollo del rubro exportable: en este caso la forestación.

Todo ese esfuerzo, que tiene lugar simultáneamente en numerosos países, puede resultar infructuoso, a consecuencia de la superproducción de madera de eucalipto que podría resultar del ingreso de esa nueva y enorme masa de bosques a los canales de comercialización internacional. En ese caso bajarían los precios y muchos bosques dejarían de ser rentables. Pero ya sea que los árboles fuesen dejados en pie o vendidos a los precios vigentes, los países desarrollados habrían logrado sus objetivos: materia prima barata y sumideros para sus emisiones de carbono. Los costos ambientales, económicos y sociales quedarían en casa.

Artículo publicado en Tierra Amiga No. 12, abril de 1993

 

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