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El trabajo
es la función primera y más importante de la historia humana; toda la sabiduría, toda
la tecnología, toda la ciencia, todo el capital, es una montaña gigantesca de trabajo
acumulado y tal vez todo el drama y la alegría humana giran alrededor de esa función.
La historia es una lucha de correlaciones
de fuerza, de poco valen las razones teóricas si atrás de ellas no hay multitudes de
voluntades. El pueblo y las sociedades tienen su tranco, y no hay que confundir el fragor
de nuestras gargantas y nuestras ideas con el estadio medio de las sociedades por las
cuales transitamos
Estoy empachado de aftosa. Inmediatamente
salí para hablar con los paisanos, para conocer qué sentían, qué pensaban, cómo la
veían (no sé si existe la democracia, pero empezar, empieza en la oreja, escuchando).
Tuve que parar cuando me conocieron. En Rodó, la gente me dio muchas lecciones y qué
radicales estaban, no voy a hablar de la aftosa, pero no nos olvidemos que el hilo se
corta por lo más fino y el país está viviendo un drama, pero lo que se va a perder no
es ni el 10% de lo que se perdió con el atraso cambiario, porque hay formas de desgracia
que cuando son crónicas no te das cuenta, aunque sean mucho más duras. El campo uruguayo
en la aventura de estabilizar la moneda vía atraso cambiario, perdió ya varias aftosas
Los actos de homenaje al Bebe deben ser
actos de contenido, heterodoxos, renovadores y removedores. Como homenaje a él, quería
hablar sobre el trabajo para aportar a un debate que vamos a tener que continuar. Los
historiadores de la antropología dicen que este mono complicado y complicador,
inteligente, transformador del medio, va conformando la civilización por su capacidad de
trabajar y por la lucha de apropiarse del trabajo ajeno, generando la institución Estado,
habiendo vivido antes la peripecia de crear el valor por la vía del comercio.
El trabajo es la función primera y más
importante de la historia humana; toda la sabiduría, toda la tecnología, toda la
ciencia, todo el capital, es una montaña gigantesca de trabajo acumulado y tal vez todo
el drama y la alegría humana giran alrededor de esa función.
Dividida en clases sociales por la
apropiación del trabajo, el gran drama de la historia humana, es el Estado moderno que
tiene un conjunto de funciones para hacer posible la convivencia social. No podemos
conformarnos, como concebíamos hace 40 años, cuando el asunto era llegar a la posesión
del Estado para destrozarlo y crear un nuevo Estado más justo, contemplativo y social,
porque este Estado sigue funcionando, y hay una enormidad de funciones que poco tienen que
ver con las diferencias estratégicas de los de abajo.
La posesión del Estado se transformó en
la causa en sí de la política de los últimos 60 años; había que poseer el aparato
porque ello daba el instrumento material para perpetuarse. La política se rebajó a
politiquería y clientelismo
El trabajador desde el punto de vista
profundo, no es garronero, no es explotador, trabaja por mucho más del valor que recibe
El clientelismo incurre en la visión de
que lo que importaba del trabajador era su definición política, y se fueron creando las
condiciones para que fuera dependiente de la burocracia. La burocracia no es de izquierda
ni de derecha, es el escalón superior de la explotación humana, se apropia sin poner
nada, parece imprescindible y su trabajo es parecer que labura. La burocracia necesita
democracia, pero sólo la formal. Le tiene terror a la democracia verdadera, quiere
tranquilidad, es hija del menor esfuerzo.
Hay que dar una batalla por el rescate de
los valores, se debe rescatar la conciencia de los trabajadores, se precisa democracia
participativa, control, democracia efectiva real.
Tenemos experiencia de lo que pasó en el
mundo. La marcha y el funcionamiento del Estado es un problema de todos y tenemos que dar
la batalla para que los trabajadores comiencen a conocer la gestión y aprendan. De lo
contrario van a seguir siendo burócratas.
Hay que recrear, que no es
cambiar de vereda, cosa muy distinta. Frente a esta realidad, la hora de hoy es estar a la
hora señalada en los envites de nuestro pueblo, y al mismo tiempo levantar la cabeza
hacia adelante por una patria americana, abierta para todo. Levantar el derecho a soñar y
a mirar lejos, con las patas en los charcos, pero con una flexibilidad capaz de sentarse
en la mesa del gran señor, y a la vez, tener sentido de pertenencia a nuestro cuadro
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