capítulo 3

 

FALSA PARTIDA Y RESURRECCION

 

Hasta el presente la vida había sonreído a León Dehon. Había realizado estudios brillantes y sus primeros años de ministerio le habían conseguido éxitos y estima general. No será lo mismo después de la fundación de San Juan y de la congregación. Debido a un aumento de trabajo, su salud se altera gravemente y su entorno se inquieta por su vida.

Por otra parte, la naturaleza misma de esta fundación pone al P. Dehon en el corazón de un conflicto político y cultural que divide profundamente la sociedad francesa de la época. Al abrir una escuela católica choca contra una de las reivindicaciones más grandes de la III República; es decir, la laicidad de la escuela. Ella es querida como un símbolo de la igualdad de los ciudadanos frente a la cultura y a la promoción social, como garante de una sociedad libre de la influencia de la Iglesia católica. El laicismo realiza el programa de las Luces que reivindica la autonomía de la política frente a la religión. Así, por la naturaleza de su fundación, Dehon abraza una profunda fractura de la época que corta a la Iglesia de todo un sector de la sociedad. Ahora, por su compromiso social, él procurará dejar atrás esas divisiones. Más adelante, se empeñará resueltamente al lado de la República para devolver un lugar social y público a la Iglesia. He aquí otro ejemplo de “incoherencia” de tensiones que jalonan el recorrido dehoniano. No hay que abordarlos como callejones sin salida o contradicciones, sino como innumerables meandros de una existencia que se roza con grandes cuestiones de una época rica en contrastes y en conflictos.

El 28 de junio de 1878, fiesta del Sagrado Corazón, León Dehon hace su profesión en el pequeño oratorio del colegio San Juan. A los tres votos tradicionales, él agrega el de víctima en la lógica del proyecto de la Madre Ulrich. Este 28 de junio es, en verdad, el día en el cual nace oficialmente la congregación que lleva el nombre “Oblatos del Corazón de Jesús”. Está compuesta por un solo religioso: el fundador, el P. Juan del Corazón de Jesús. La ceremonia fue de las más sencillas y la asistencia reducida a dos hermanas Siervas, a dos postulantes que no perseveraron y al P. Rasset su primer y fiel discípulo; aquel en el cual el fundador podrá confiar siempre. En las manos del Arcipreste de la ciudad, delegado del obispo, el P. Dehon emite sus primeros votos. El obispo, que se encuentra en San Quintín, no ha creído conveniente recibirlos él mismo. ¿No es esto un indicio suplementario de la distancia que toma el prelado con relación a la fundación de la congregación?

Para el P. Dehon esta primera profesión es ya un don sin reservas, sobre el cual él no retornará jamás: la consagración es decisiva y definitiva. Se siente tanto más animado y confortado en su camino por los acontecimientos excepcionales que se desarrollan en el convento de las hermanas. Una religiosa de un fervor muy grande, Sor Ignacia, dice tener “revelaciones que animan y confirman la fundación”. El primer mensaje es del 2 de febrero de 1878 y su contenido, que se dirige al fundador, es de los más explícitos. “Yo quiero, sí, yo quiero sacerdotes-víctimas. Díselo (al P. Dehon). Yo haré todo. Sólo hay que ser dócil a mi voz y a mi gracia”. La tónica es clara y el fundador es invitado a la disponibilidad.

 

La utopía de los comienzos

La religiosa comunica estos acontecimientos a su superiora y ella habla con el P. Dehon. Los dos ven en tal acontecimiento una aprobación celestial de su fundación y de la rectitud de la empresa. Se sienten fuertemente animados en el camino victimal de generosidad y de sacrificio. A continuación se crea, alrededor de Sor Ignacia, a quien el P. Dehon considera como “una segunda Margarita María”, un clima de emotividad, de entusiasmo y de exaltación. Se piensa que ella tiene comunicación directa con el cielo, que Nuestro Señor le dicta sus instrucciones concernientes a la fundación dehoniana. Fenómenos inexplicables acompañan estos mensajes, redactados en alemán, puesto que Sor Ignacia es de origen y cultura alemanas. Otra religiosa los traduce al francés. Acontece como con el cura de Ars, que la pluma de la hermana traductora se desvía; no se puede sino ver la acción del demonio que procura impedir una comunicación celestial.

En este ambiente cerrado, ferviente desde el punto de vista religioso, Sor Ignacia es ascendida a mensajera, a la cual se le confían preguntas e interrogaciones y de quien se esperan respuestas apropiadas. La Querida Madre y el P. Dehon ansiaban que su obra fuera divina, es decir, directamente y explícitamente querida por Dios quien, por su mensajera, Sor Ignacia, definiría el contenido y sus finalidades.

Presenciamos así un formidable fenómeno de nivelación que amalgama lo sobrenatural y la convicción hasta confundir proyectos religiosos humanos, por nobles y eminentes que sean, con el plan mismo de la Providencia divina: signo de una fe auténtica y profunda, pero también de una credulidad ingenua. ¿Cómo entender semejante resbalón? El P. Dehon, quien ha buscado tanto su camino, consultado a tantas personalidades religiosas, golpeado a tantas puertas, necesita seguridad y autenticación como todos los temperamentos que se dejan influir. Quiere estar seguro de que se halla en la verdad; es decir, cumpliendo la voluntad de Dios.

Sor Ignacia, de alguna manera, es la voz que lo conforta en sus elecciones y él acepta su mensaje como auténticamente divino. A partir de sus instrucciones elabora un contenido ascético para su fundación religiosa. Podrá así definir, en un documento redactado para sus religiosos, el “directorio espiritual”, lo que él entiende por reparación, víctima, inmolación, otorgando con ello, un sello casi divino a miras muy difundidas en los ambientes de la corriente victimal. En febrero de 1891, Dehon se encuentra en Roma y hace su retiro espiritual anual con los Padres Pasionistas. Recuerda su pasado y confía, sin la menor duda:

 

Nuestro Señor es El mismo mi director desde hace trece años: El ha fundado la obra. El me ha dictado el espíritu y el fin por medio de su sierva fiel, Sor Ignacia.

 

Evidentemente estas “revelaciones”, que se extienden por varios años, contribuyen a crear un clima de fervor muy grande tanto entre las hermanas como en la joven congregación dehoniana. Es más que la euforia de los comienzos. Cada 2 de febrero es un aniversario importante para Dehon, un “día de gracia” recordando las primeras instrucciones de 1878. Por largo tiempo conservará la nostalgia de este período excepcional a sus ojos. En abril de 1890, escribe:

 

Las fiestas pascuales no son para mí la resurrección. Siempre espero la vuelta de las gracias primitivas y del fervor inicial en la obra.

 

Paralelamente nace un clima un tanto irreal, ambiguo y malsano por algunos lados. Este pequeño grupo de personas tiende a ver y a querer la sociedad y la Iglesia según la imagen y la medida de su subjetividad. El P. Dehon está persuadido de vivir, según su expresión “en el sobrenatural divino”. Se asombra de que alguien pueda no compartir sus convicciones. Se indigna de que, en la ciudad de San Quintín, donde estos acontecimientos se han propalado, circulen toda clase de rumores que ponen en tela de juicio la autenticidad de los hechos. Tanto más porque, entre agosto de 1879 y abril de 1880 mueren inesperadamente y de una manera inexplicable cuatro jóvenes religiosas. Para Dehon éstas son “víctimas voluntarias”. Pero, fuera del convento, se habla cuestionando el estilo de vida demasiado austero de la existencia conventual. En el asunto se mezcla la prensa, sobre todo la anticlerical. Sufre la buena reputación de la comunidad y, de rebote, de la institución de San Juan, puesto que su director está metido en el asunto.

Mons. Thibaudier, a quien preocupa ante todo el éxito de San Juan empieza a interrogar. Con respecto de Sor Ignacia, recomienda la más extrema prudencia: rehusa pronunciarse sobre la naturaleza de los mensajes, al margen de la ejemplaridad de la vida de la religiosa, porque siempre es posible lo que en una carta él llamará “la ilusión de una bella, casta pero frágil y viva naturaleza”. Y, cuanto más se desarrollan los acontecimientos, más aumenta la reserva del obispo. Su reticencia es inversamente proporcional al entusiasmo del P. Dehon. Solicita también no hacer referencia a estas “revelaciones” para el gobierno de la congregación. El P. Dehon no entiende más a su obispo. Menos aun cuando, en una carta del 5 de julio de 1881, éste le da como consigna estricta de velar, como prioridad, por el buen funcionamiento de la escuela:

 

La obra capital del momento debe ser la institución San Juan: ésta es la misión que le confío.

 

El caso de Sor Ignacia será el primer motivo de fricción entre Mons. Thibaudier y el P. Dehon. Es el inicio de un germen de incomprensión. Sin embargo, de entrada, los dos hombres se habían apreciado. Apenas llegado a la diócesis, Mons. Thibaudier nombra a Dehon, joven vicario de 31 años, canónigo honorario. Todos comprenden que el nuevo obispo aprecia el compromiso y el celo apostólico del joven sacerdote, que apoya sus iniciativas y cuenta con él para sacar la diócesis de su peligrosa somnolencia. La misma confianza se notará en el momento de la fundación de San Juan.

No obstante, en el caso presente, los hombres no persiguen exactamente el mismo fin, como lo hemos señalado antes. Todo acontece como si el caso de Sor Ignacia fuera el revelador de estas ambigüedades. En todo caso minará el buen acuerdo y la confianza recíproca entre ellos.

En la correspondencia intercambiada, el obispo vuelve a llamar al P. Dehon a la prudencia, para no perjudicar la buena reputación de San Juan y para no atraer la atención de los poderes públicos, que después de la victoria de la izquierda, en 1879, han entablado una lucha contra las escuelas católicas y las congregaciones que las dirigen. Frente a esta ofensiva laica anticlerical que el P. Dehon llamará ¿el Kulturkampf francés”, con referencia a la política agresiva de Bismarck frente a los religiosos, el superior de San Juan se pregunta sobre la conducta que debe adoptar. ¿Debe, como piden los decretos de marzo de 1880, someterse a las autorizaciones administrativas exigidas? El obispo, consultado, le aconseja no realizar diligencia alguna. Esta política pasiva da resultado y el P. Dehon no es molestado. Sin duda alguna, para las autoridades locales, la institución San Juan no es considerada como una escuela congregacional, sino como una obra diocesana. Jamás hubo cuestión de congregación oficialmente para respetar el deseo de discreción del obispo en el asunto. Fuera de algunos iniciados, Dehon es el superior de San Juan: el gran público ignora todo del fundador de la congregación.

Pero, para prevenirse contra toda eventualidad, frente a las amenazas políticas que se ciernen sobre las congregaciones religiosas, el P. Dehon se preocupa por hallar un lugar de aterrizaje y de acogida en el exterior. Reflejo que es, evidentemente, el fruto de su formación abierta a la universalidad eclesial. En diciembre de 1882 abre una comunidad en el Limburgo holandés, en Sittard. La ventaja es doble, porque esta casa, situada a lo largo de la frontera alemana, podría rápidamente recibir a sujetos de este país, lo que podría acontecer. Desde 1883, Sittard llega a ser el noviciado de la congregación, con grave riesgo del obispo de Soissons que no aprobaba esta salida de la diócesis. Para él la sociedad del P. Dehon tenía que seguir siendo diocesana. ¿Tiene en su espíritu un estatuto propiamente religioso desde el punto de vista canónico? Así cuando el P. Dehon pide al obispo la posibilidad de abrir en Lille una casa de estudios para los jóvenes candidatos, éste da su consentimiento a condición de presentarlos como a clérigos de la diócesis de Soissons.

Por lo demás, Dehon es canónigo y es tratado como tal, amén de religioso. Se tiene la impresión de que el P. Dehon, por lo menos en los primeros años de su fundación, es religioso sólo a título privado. ¿Es la consecuencia del pedido episcopal de que no se divulgue su fundación? Dehon es más conocido y reconocido como actor y escritor social que como fundador de una congregación. En los congresos y asambleas que frecuenta, es presentado como “Canónigo Dehon” y, para muchos historiadores, Dehon sigue siendo aún hoy el canónigo Dehon y sólo se conoce de él su actividad de “cura demócrata”.

Curiosamente, el P. Dehon mismo parece obedecer, en el principio al menos, al mismo reflejo. Sus primeras publicaciones son firmadas ya por el cura Dehon -es el caso en 1877 en La educación y la enseñanza según el ideal cristiano - ya por el canónigo Dehon para el Manual social cristiano (1894) y La usura del tiempo presente (1895). Sólo en las publicaciones siguientes, el P. Dehon mencionará su condición de superior general de los Sacerdotes del Sagrado Corazón. No cabe duda de que esta fluctuación de términos y de apelación no se refleja sobre la naturaleza misma de la fundación dehoniana, cuya imagen de marca queda imprecisa.

Tales fluctuaciones de lenguaje revelan las dudas, los titubeos y las indecisiones de los inicios. Para Dehon, 1877 marca el inicio de una aventura cuyos pormenores no son ni entrevistos ni evaluados en su justa medida. Todo está en marcha y en esperanza... Durante mucho tiempo la vida y la obra del P. Dehon serán percibidas de una manera resplandeciente para sus contemporáneos: ora director de un gran colegio, ora conferencista y escritor social, ora fundador de una congregación y autor espiritual. Probablemente hay que conjugar los diferentes aspectos para penetrar el secreto de esta personalidad y la originalidad de su obra.

 

El caso Captier

Los primeros compañeros de Dehon son, en su mayoría, oriundos de la diócesis de Soissons o de la región del Noreste. En noviembre de 1880, el fundador acepta como novicio a un candidato originario de Saône-et-Loire, ardientemente recomendado por Sor Ignacia. Se trata del P. Captier, de 49 años, quien acaba de vivir una decena de años con los Misioneros del Sagrado Corazón de Issoudun. El P. Dehon apenas se informa sobre este candidato a quien sus antiguos cohermanos definen como inteligente pero exaltado, visionario, incapaz de guiarse y de guiar a otros. El P. Captier había dejado su congregación de origen porque quería crear la “Orden del Sagrado Corazón”, que piensa hallar en la fundación del P. Dehon. Después de un noviciado abreviado, es nombrado superior de la nueva escuela apostólica que acaba de ser abierta en Fayet, a las puertas de San Quintín. Es cierto que él es uno de los religiosos que tiene un diploma académico para ser responsable de una escuela.

Mientras tanto, su antiguo proyecto lo ha vuelto a obsesionar y se pone a escribir un directorio para novicios, constituciones para su Orden del Sagrado Corazón, con tres ramas masculinas y diversas femeninas. Compone una multitud de oraciones y de meditaciones. Toda esta literatura está marcada con el sello de la extravagancia y de la falta de mesura. Se inspira en voces angelicales que pretende oír. Por lo demás, cuando es nombrado responsable de la escuela, la bautiza angelical. Y rápidamente uno de sus alumnos pretende igualmente escuchar voces angelicales.

He aquí, pues, al P. Dehon tomado por una red de comunicaciones celestiales que se amplifican y acaban por poner al obispo en un callejón sin salida. Si es claro que el comportamiento casi enfermizo de este iluminado que era el P. Captier fue la gota que hizo desbordar el vaso, no es menos verdadero que Mons. Thibaudier, desde el principio, se preguntaba sobre el caso de Sor Ignacia y sobre la credulidad del P. Dehon en el asunto.

Por otro lado, él se había mostrado reservado acerca del cuarto voto que el P. Dehon quería introducir en sus constituciones: el de víctima. ¿Cómo definir el contenido de este voto? Multiplicando las recomendaciones de prudencia y de paciencia, exhorta al superior a consultar a Roma sobre el asunto. El mismo, hombre prudente, no quería zanjar, porque, siendo auxiliar de Lyon, había entrado en conflicto con la Madre Verónica, fundadora de las Hermanas Víctimas, de las cuales ya hemos hablado, y Roma no le había dado razón. Escarmentado, en el caso presente, el obispo prefiere entregar el problema directamente a la Santa Sede.

Antes de acudir a Roma, a principios de 1882, pide al P. Dehon que redacte una breve memoria sobre los Oblatos del Sagrado Corazón, bajo la forma de memorial, para pedir al Papa su bendición. El mismo añadirá las constituciones, algunas comunicaciones celestiales y otros papeles. En síntesis, reúne todo el sumario que más tarde el P. Dehon juzgará bien pesado y desproporcionado y lo lleva a Roma. A fines de marzo llega de Roma una respuesta parcial, que recomienda la más extrema prudencia en lo que concierne a las “revelaciones” de Sor Ignacia y pide que se atenga al solo juicio del obispo para el gobierno de la congregación, a la espera de que el sumario sea examinado a fondo por el Santo Oficio.

Mientras tanto, se complica el caso Captier que no hace sino entorpecer el informe. El obispo está más y más inquieto y seriamente irritado, al punto de que las relaciones se ponen tirantes con el superior de San Juan. Este vuelve a llamar con firmeza al P. Captier a la moderación. “Desconfiad de vuestro juicio y sed obediente”, le escribe el 8 de mayo de 1883, pero no pasa nada. El obispo, a su vez, junta un nuevo informe con elementos inéditos sobre el comportamiento del P. Captier y los envía al arzobispo de Reims, quien crea una comisión para estudiar los documentos. Ante la complejidad del caso, la comisión decide, en febrero de 1883, despachar todo a Roma.

A fines de junio, el P. Dehon recibe una convocatoria que le pide concurrir para dar una explicación al Santo Oficio. Semejante traslado, a esta altura del año lectivo, parece imposible al responsable del colegio. Hace cambiar la fecha y viaja a Roma en septiembre. Allí quedará un mes largo a disposición de la comisión del Santo Oficio, y de Mons. Sallua que instruye su informe. En largos y numerosos diálogos, el P. Dehon tiene todo el tiempo a disposición para dar las explicaciones pedidas y defenderse.

Escuchémoslo a él mismo hablar en este momento particularmente penoso de su existencia. Se siente en la postura del acusado, cuando está persuadido de que tiene razón.

 

Estuve varias veces delante del comisario del Santo Oficio, Mons. Sallua, para contestar sus preguntas. He jurado secreto y supongo que esto me obliga siempre. No puedo entonces anotar ningún detalle. Yo creía en la realidad de las revelaciones de Sor Ignacia y defendía mi sentir.

 

Los numerosos interrogatorios terminan por despertar en el P. Dehon algunas sospechas. Una duda empieza a insinuarse en su espíritu, y más aún cuando se da cuenta de que alrededor de él se tenían muchas reservas sobre el final de su caso. Está particularmente herido por el escepticismo de que da pruebas el superior del seminario francés sobre los acontecimientos del convento de las Hermanas Siervas y sobre los de Fayet. Toma conciencia de que tantas preguntas sobre las revelaciones empiezan a recaer sobre la misma fundación hasta el punto de que algunos se interrogan sobre su naturaleza y su fundamento.

A fines de septiembre se le ruega que regrese a San Quintín y que allí espere la decisión del Santo Oficio. Vuelta triste del que se plantea mil preguntas a las cuales no puede responder porque sabe que su suerte depende de otro. Para el alma sensible de nuestro fundador este tiempo de espera fue el de la angustia que se agazapa en el fondo de la persona para destilar la duda y la desesperación. Desde su regreso a San Quintín, el P. Dehon se abre a su obispo y le reprocha el haberlo perjudicado injustamente juntando al informe la literatura Captier y las cartas y anuncios contrarios a él. Es interesante conocer el estado de ánimo del obispo en este preciso momento. El reacciona a la carta del P. Dehon, en correspondencia dirigida al arcipreste de San Quintín, para disculparse de los reproches que le son dirigidos. Esta misiva da testimonio, por otro lado, de una situación bien deteriorada que exigía una decisión urgente.

 

El buen superior me escribe -en verdad sin amargura- que yo lo he perjudicado un poco. No he dañado a su persona, que estimo y amo mucho; he hablado de ellos en términos de alta estima y de un gran afecto y he pedido que les fuera muy paternal; pero he dicho que debía decir mi pensamiento sobre las cosas que han sido para mí, después de cinco años, objeto de dudas, de perplejidades y reservas... Lo que deseo, sobre todo, es que tengamos una línea de conducta clara y que todos sean animados al bien.

 

Consummatum est

El 8 de diciembre de 1883, el P. Dehon conoce, por intermedio de su obispo, la decisión del Santo Oficio. La Congregación de los Oblatos del Sagrado Corazón queda disuelta y el superior debe ponerse totalmente a disposición de su obispo en el futuro. Por otra parte, la sentencia romana declara que las comunicaciones de Sor Ignacia no deben ser consideradas como divinamente reveladas. Son ordenadas ciertas disposiciones prácticas: el P. Dehon no deberá más tener contacto con el convento de las hermanas y Sor Ignacia deberá ser alejada de San Quintín.

Es el shock y el hundimiento. Para el P. Dehon la decisión de Roma equivale a una sentencia de muerte. Por otro lado, es significativo constatar como el P. Dehon utiliza para describir el hecho y expresar sus sentimientos la palabra de Cristo en la Cruz, que trae san Juan, su evangelista preferido: está todo consumado - consummatum est. Es bajo esta apelación de la escritura que la condenación romana ha quedado en la historia de la Congregación.

La sentencia lo deja como muerto; lo desconecta de la realidad que lo rodea como si estuviera alelado. Con su sobriedad acostumbrada y esa mezcla de realismo, de pequeños detalles que podrían hacer olvidar el abismo de sufrimiento y de total confusión, el P. Dehon se explica:

 

He recibido esta sentencia de muerte en la hermosa fiesta del 8 de diciembre. Estaba aterrado y triturado. Me había, pues, engañado. ¿Qué iba a ser de mí? Me quedaba la institución San Juan, pero no estaban allí mis atractivos ni mi vocación. Yo no la había fundado sino para ocultar el resto. No la podría sostener más sin la obra religiosa, porque los profesores me costarían demasiado y no hallaría a otros; sería desacreditado. Estaba lleno de deudas y esto sin remedio. Como religioso no podía pedir: como jefe de una institución no lo podría jamás.

 

Y agrega la confidencia punzante más esencial:

 

Dios sabe lo que he sufrido durante esos días de muerte. Sin una gracia especial, habría perdido la razón o la vida.

 

El hombre está, pues, literalmente destruido, pero el religioso sale a flote. Encuadra este relato de tempestad y de tormenta y conserva la pequeña virtud de la esperanza, tan querida a Péguy, que nunca desespera. El principio del relato habla de la “hermosa fiesta” de María en su Inmaculada Concepción y, en el final, la gracia especial de Dios que le ahorra el fin fatal.

Durante toda su vida el P. Dehon volverá sobre este acontecimiento que machacará a voluntad, porque nunca comprenderá la condenación romana: a sus ojos es injusta. Roma, no suficientemente informada, confundiendo el sumario de Captier con el de Sor Ignacia, ha evaluado mal la situación. Pero esta desaprobación de Roma, convencida, era un golpe terrible, tanto más que estos acontecimientos se le pegan a la piel; sabe que Roma tiene una memoria larga. Cuando en 1892, pide volver al nombre primitivo o en 1896, cuando pide la aprobación definitiva de su congregación, el Santo Oficio vuelve a sacar el informe y multiplica las objeciones. La condena lo marca para toda la vida.

 

Había salido de la crisis triturado -confesará más tarde- y esto me quedaría para toda la vida.

 

El P. Dehon es sacudido en sus convicciones, en su personalidad profunda. Su porvenir, sus proyectos, a los cuales ha sacrificado la carrera y los honores, se hunden, y su existencia zozobra en la noche de la duda y de la desesperación. Los hechos le mandan hacer un análisis para revaluar todos sus compromisos y sus elecciones. Es en esta tarea de segunda lectura de su pasado -que durará años- donde el P. Dehon realizará las necesarias aclaraciones que reequilibrarán su vida y salvarán su obra.

Toda segunda lectura es justificación; también lo será para el P. Dehon en sus monumentales Notas sobre la historia de mi vida cuya redacción emprende en mayo de 1886 y se extenderá por más de diez años. Son páginas de historia que desgranan el pasado de Dehon y de sus obras. Pero, a través de ellas, el autor busca una terapia para superar el shock de la condena romana. En estos centenares de páginas, que son una mina para el historiador, el P. Dehon se explaya consigo mismo. Y este debate, que no puede desembocar sino en una decantación, era necesario para asegurar el porvenir.

Sabemos que el P. Dehon necesita ser confirmado en sus elecciones. Este rasgo de carácter lo encierra en una lógica propia de la autenticación y de lo maravilloso. El P. Dehon busca apoyo y confirmación de sus elecciones y de sus intuiciones en los medios sensibles y en todo lo que sale de lo ordinario como asociaciones o congregaciones reparadoras, o junto a personalidades reputadas por su don de clarividencia como Don Bosco, o la estigmatizada belga Luisa Lateau. Sor Ignacia pertenece a esta red y cumple esta función.

Uno se sorprende ante cierto candor del P. Dehon y ante su facilidad para confundir maravilloso y sobrenatural, como si el jurista preciso y minucioso, en ciertos campos, hubiera guardado un alma de niño.

Mons. Duval, sucesor de Mons. Thibaudier de Soissons, describe en una carta al P. Dehon con esta palabras: “un hombre inteligente, activo, un poco llevado al misticismo”. Por otro lado, el fundador es perfectamente consciente de su gusto por lo maravilloso y lo sobrenatural, pero no percibe este rasgo como algo raro. Sabe que se le reprocha “que sea demasiado crédulo ante los hechos maravillosos”. Frente a esta crítica, el P. Dehon se justifica invocando a San Alfonso María de Ligorio, el fundador de los redentoristas, al cual se le recriminaba el mismo sesgo y que contestaba:

 

Prefiero engañarme creyendo demasiado en los milagros que no creyendo, porque la fe ensancha el corazón a la dimensión del amor divino, mientras que la prudencia humana de ordinario lo estrecha.

 

La decisión de Roma afloja ese torniquete maravilloso y sobrenatural que hubiera llevado la fundación a un callejón sin salida. En este sentido se puede decir que salva la obra del P. Dehon y le abre un futuro. Y Roma lo hace doblemente, deteniendo una experiencia cuyas bases eran demasiado excéntricas y volviendo a dar, el 28 de marzo de 1884, el permiso de una nueva congregación con un nombre nuevo y bajo la dirección efectiva del obispo del lugar. Ese día nacen los Sacerdotes del Sagrado Corazón.

Se puede uno asombrar por el comportamiento de Roma, que después de haber condenado, autoriza cuatro meses más tarde, una nueva partida. ¿Qué pudo motivar, no este cambio repentino, porque lo prohibido queda prohibido, sino esta indulgencia? Todo hacía suponer que, después de esta condena, el asunto Dehon, a los ojos de Roma, estaba definitivamente cerrado. Mons. Thibaudier había quedado sorprendido por la severidad del juicio; conociendo las personas que estaban en juego sabía de su valor y de su sinceridad. Como él sugería en la carta citada anteriormente, ellas merecían más atención y consideración. Por otro lado, se reprocha su falta de discernimiento y de firmeza. Si él hubiera seguido mejor el camino del P. Dehon, tal vez se hubiera evitado la catástrofe. Por fin piensa en el porvenir de San Juan. Por todas estas razones emprende algunas diligencias con Roma para salvar el proyecto dehoniano, pero sobre otras bases y según perspectivas nuevas. Lo más extraordinario es que gana rápidamente la causa. Por otro lado, era real que la absoluta sumisión del P. Dehon había impresionado a Roma y a Soissons. Mons. Thibaudier, como su sucesor Mons. Duval, en su correspondencia, se complacen en subrayar la obediencia perfecta y la completa disponibilidad del P. Dehon.

 

La tarea de una segunda lectura

Sea lo que fuere, después de cuatro meses de noche y de vacío, la obra renace. El P. Dehon llamará esta nueva largada “la Resurrección”. Ciertamente recibe con alegría y alivio la decisión de Roma, pero el hombre está herido. Falta el entusiasmo del primer momento. El texto mismo de sus NHV que describe este período respira lasitud y poco entusiasmo.

 

La pequeña obra revivía: era un nuevo Belén. Volvíamos a ser una sociedad diocesana; jamás habíamos sido otra cosa, según el derecho, y podríamos, en el porvenir, como todas las agrupaciones diocesanas, llegar a ser una congregación más extendida.

 

Para él, el asunto está lejos de quedar arreglado. La llaga interior, herida interior de la pregunta y del tormento, sigue estando viva. La segunda pregunta del acontecimiento y de su vida interior no está sino en sus inicios. Progresivamente una convicción de fondo se iba abriendo paso a través de este proceso. Roma ha juzgado mal el asunto dando fe a textos distintos, algunos mal intencionados, con respecto de la obra. Ahora que él está enteramente sometido a la decisión romana, puede discutir la argumentación y, sobre todo, su punto central; es decir, que la fundación de los Oblatos se apoya sobre las pretendidas revelaciones de Sor Ignacia.

En fecha 1 de marzo de 1886 se halla la siguiente nota en sus NQ:

 

“Me remito al juicio del Santo Oficio. El supone que hemos fundado la congregación sobre algunas revelaciones; esto no es exacto. Nosotros existíamos un año antes. Nuestro Señor lo ha permitido: ¡fiat! Es una inmolación que contará para la obra. Ella estuvo a punto de zozobrar. No tenía por qué desalentar tanto a los principiantes. Si la obra no hubiera sido divina, hubiera perecido sin vuelta”.

 

Texto significativo en muchos aspectos y muy revelador de la personalidad dehoniana. Contentémonos con señalar aquí que la fecha del 1 de marzo de 1886; o sea, dos años y medio después de la condena romana, Dehon parece haber hallado equilibrio y fe en su obra, gracias a la convicción de que hubo error de juicio por parte de Roma. Más significativo aún, el 3 de marzo -el 2 de marzo no trae anotación- nos anuncia la puesta en marcha de lo que serán las “Notas sobre la historia de mi Vida”.

 

Empiezo a escribir las notas sobre la historia de mi vida, para estimularme a la gratitud hacia Nuestro Señor y al arrepentimiento de mis faltas: espero sacar un gran provecho y como una renovación”.

 

Todo sucede aquí como si las NHV hubieran sido puestas en marcha para apuntalar, confirmar y probar su convicción interior. El trabajo de segunda lectura y de discernimiento es realidad, puesto que Dehon ha adquirido una convicción que lo saca de la duda. Pero, según su costumbre, él necesita escribirlo. La escritura pertenece a la medicina terapéutica; le da la eficacia de la curación. Y todo el discurso dehoniano desarrolla la siguiente perspectiva: él recusa la interpretación histórica del Santo Oficio para conservar su significación espiritual.

Desde el punto de vista histórico, Dehon puede afirmar que su congregación existía antes de que Sor Ignacia pretendiera tener revelaciones. La decisión de la fundación es tomada en junio de 1877, cuando los hechos en el convento empiezan en febrero de 1878. Pero, si la idea de la fundación es anterior a los acontecimientos, el contenido y su finalidad son ampliamente tributarios de los textos y consideraciones de Sor Ignacia. Por lo demás, estos mensajes no son sino un desarrollo de las intuiciones y convicciones de la Madre Ulrich quien supo compartir con el P. Dehon sobre la reparación, la inmolación y la vida victimal. Asistimos así a una perfecta circulación de ideas entre nuestros protagonistas. El P. Dehon, más tarde, no lo ocultará. En diciembre de 1912 admite:

 

“Nosotros vivimos de los puntos de vista de Sor Ignacia...., las constituciones, las oraciones, el directorio; todo esto está impregnado de los puntos de vista de oración de Sor Ignacia”.

 

Un mes antes de morir, el 2 de julio de 1925, la confidencia con respecto a Sor Ignacia se hace aún más precisa:

 

“Nosotros éramos tres para la gran fundación de los Sacerdotes del Sagrado Corazón: la Querida Madre, usted y yo”.

 

La sutil distinción que realiza el P. Dehon, recordando una cronología histórica que establece la diferencia entre lo que él llama la idea de fundación y su contenido, le permite disculparse desde el punto de vista de la historia y conservar toda su estima y su confianza en Sor Ignacia. Hasta el final de su existencia el P. Dehon estará convencido de que Sor Ignacia ha tenido comunicaciones celestiales que no llamará más revelaciones, después de la decisión romana, sino según su expresión “breves conversaciones”. La correspondencia que tiene hasta la muerte con la religiosa testimonia esta notable debilidad.

Realizada la segunda lectura histórica, se siente cómodo para dar toda su amplitud espiritual a la decisión romana. Se acusa, a lo largo de muchas páginas y de muchos años, de no encontrarse a la altura de la misión que le ha sido confiada, y ¿quién lo estaría? Son sus faltas, sus debilidades, sus infidelidades las que han desviado y siguen desviando la obra de su fervor inicial. Culpabilizándose espiritualmente, el P. Dehon, de alguna manera, se enmienda intelectualmente. Ha faltado, pero no se ha engañado: la interdicción romana se apoya sobre un error de juicio concerniente a los mensajes de Sor Ignacia y no sobre una falta moral.

 

La corriente victimal de Villeneuve-les-Avignon

También después de la condena romana, Dehon conserva la perspectiva doctrinal de los inicios; es decir, la reparación, la vida victimal, la inmolación. Esta tendencia será aún reforzada en la congregación renaciente con la llegada, entre fin de 1884 y principios de 1885, de tres discípulos de la Madre Verónica que había buscado fundar una congregación de Sacerdotes-víctimas en Villeneuve-lès-Avignon. Esta llegada tendrá una importancia decisiva en la evolución futura de la congregación. El P. Dehon llamará a dos de estos compañeros de la fundadora de las Víctimas de Villeneuve-lès-Avignon, los Padres Prévot y Charcosset, “dos columnas de nuestra obra”. Estos sacerdotes, que poseen una línea espiritual bien definida; es decir, el camino victimal, seguirán viviendo y propagando su espiritualidad inicial, porque ignoran las otras dimensiones del proyecto dehoniano.

La personalidad del P. Andrés Prévot que Dehon considera “el modelo del sacerdote víctima del Sagrado Corazón” tendrá sobre las primeras generaciones considerable influencia. Entra en mayo de 1885 en la congregación del P. Dehon y profesa en setiembre del mismo año. ¿Qué iniciación dehoniana ha podido recibir en tan corto tiempo este doctor en teología, consejero cercano de la Madre Verónica, que también había escrito las constituciones de un instituto de Sacerdotes-víctimas? Este mismo hombre, de una austeridad legendaria, al año siguiente es nombrado maestro de los novicios y lo será hasta 1909, formando así la primera generación de religiosos. Pero ¿formados en qué escuela? ¿En la del P. Dehon o en la de la Madre Verónica? La nota reparadora y victimal prevalece sobre la sensibilidad dehoniana que evolucionará de un modo diferente. Por otro lado, el fundador es consciente de estos cambios. En una carta tardía, del 21 de mayo de 1923, el P. Dehon escribe:

 

“El P. Prévot ha sido más que yo el fundador de nuestra congregación”.

 

Con su bondad natural el P. Dehon deja hacer, contando con la acción de la gracia del Señor, del cual él no es sino el servidor, para hallar el punto de unión de su instituto. Pero, para la evolución de la congregación, esta influencia preponderante del P. Prévot será determinante. Lo más grave en este aspecto -y esto hipotecará el futuro- es que la congregación y el fundador no evolucionarán al mismo ritmo, aunque esto pueda parecer paradójico.

Porque la condena romana, con todo el nuevo examen interior que impone, producirá una nueva ventaja: consigue un nuevo equilibrio en la problemática dehoniana que no está más totalmente anexada al proyecto victimal. De alguna manera, hay un arreglo en el conjunto del proyecto dehoniano. Reaparece el tema de la formación del clero que, después de 1877, había desaparecido de las preocupaciones del P. Dehon. En 1887, nos habla de su deseo de tener “un nuevo La Chênaine, con la humildad y la docilidad a la Iglesia”, en alusión al proyecto abortado de los hermanos Lamennais, del cual ya hemos hablado.

Hallamos otra prueba del nuevo equilibrio en la oración que, en 1888, cierra las NHV:

 

“Predicar las encíclicas del Papa y sus directivas, rezar por los sacerdotes, ayudarlos, entregarse a la Santa Sede y al sacerdocio, hacer la adoración reparadora, ir a las misiones lejanas”.

 

Este texto, por la síntesis que contiene, es más tardío; muestra la evolución de Dehon que se ha abierto a nuevos horizontes y no se ha encerrado en la perspectiva victimal. Aquí el eje de toda la articulación ha vuelto a ser el sacerdocio y no la reparación.

 

La disponibilidad dehoniana: El abandono

Lo que permite a Dehon salir de esta terrible prueba y aún avanzar es su total docilidad, su entera obediencia. “Acepté todo con humildad y me puse en las manos de Mons.”. Esta actitud, acabamos de verlo, no es capitulación del juicio y de la inteligencia; remite a un rasgo mayor de su espiritualidad que él llamará el abandono y del cual dirá que debe ser la gracia especial de los devotos del Sagrado Corazón. Una disponibilidad interior a dejarse guiar por los acontecimientos como otros tantos indicadores, como signos, diríamos hoy, de la divina providencia. Y probablemente es en términos de abandono que él entiende y vive la noción de víctima, dándole de esta manera una interpretación original. Extraigo dos notas de 1886 que traducen algunas actitudes típicas en esta materia:

 

Abandono: es el fruto de la fe y la confianza en Dios. Nada honra más a Nuestro Señor ni es más conveniente para honrarlo y agradarlo. Abandono especial en la obra fundada...

El santo abandono: ¿no es acaso lo característico de una víctima entregarse totalmente, sin reservas y sin cuidado por el futuro, a la disposición de Dios, a quien se ha entregado? Sí, allí está el ecce venio”.

 

Aparece bien claro en un lenguaje característico del siglo XIX, a menudo injustamente despreciado, el filón más auténticamente evangélico que aquí se esboza. Busca juntar el movimiento de la Encarnación y la actitud de acogida de la Virgen María en su “fiat”. La lectura dehoniana desemboca así en una perspectiva de víctima de amor más que de víctima de penitencia.

Pero, sobre esto, no quisiera limitarme al solo aspecto espiritual. Esta docilidad entraña igualmente una dimensión cultural, que llamaré la curiosidad del espíritu en la acogida del hecho, de su novedad. En síntesis, más allá de la actitud espiritual -que sería torpe aislar- percibimos una tipología dehoniana que une cultura y espiritualidad; es decir, la apertura del espíritu y del corazón.

El esfuerzo de un nuevo equilibrio y la perfecta docilidad del fundador dan a la obra un aliento nuevo, menos exaltado, menos ardiente, pero más potente porque viene de más lejos. El fundador sale de la prueba madurado y la fundación consolidada. Roma considera esta evolución como muy positiva y acuerda, el 25 de febrero de 1888, lo que en lenguaje romano se llama el “breve laudatorio”, que es un primer reconocimiento de un instituto religioso. Es un testimonio irrefutable de estima, tanto con respecto del fundador como de la congregación, que cuenta en este momento 80 religiosos, distribuidos en ocho comunidades. 1883, 1884, 1888, son tres fechas cercanas que subrayan la obra del P. Dehon: supresión, resurrección y primer reconocimiento; tres fechas que manifiestan decisiones romanas contrastadas y retractadas en el tiempo, lo que es bastante excepcional cuando se conoce la lentitud de la Ciudad eterna.

Dehon recibe el breve laudatorio como una incitación para seguir adelante, para desembarazarse del traumatismo causado por el consummatum est. Para la obra, esta señal de Roma marca una nueva partida según una perspectiva más clásica, menos tributaria del misticismo turbio que había rodeado los años de la fundación. Y, sobre todo, a los ojos del fundador, este documento romano da una nueva dimensión a su congregación, no tanto desde el punto de vista jurídico sino desde el punto de vista espiritual y existencial. En la práctica, él considera ahora a su congregación como de derecho pontificio. Por este hecho, el obispo de Soissons no es más el superior. A partir de este momento, Dehon acentúa la internacionalización de su congregación, que había empezado con la fundación holandesa de Sittard en 1883. En noviembre de 1888, los dos primeros misioneros se embarcan para Ecuador con intenciones de realizar una fusión que no tendrá lugar con la congregación recientemente fundada por el P. Matovelle, los Sacerdotes Oblatos del Amor Divino.

Esta voluntad de internacionalización, que de alguna manera la política anticlerical de la III República apresura, no es apreciada por la diócesis de Soissons, porque los obispos sucesivos se inclinan a ver en la fundación del P. Dehon una obra estrictamente diocesana. De esta incomprensión nacerán varios conflictos y malentendidos.

 

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