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PROBLEMAS DE LA SOCIEDAD

 

En la audiencia que León XIII concede el 6 de setiembre de 1888 al P. Dehon, quien ha venido a darle las gracias por el breve laudatorio, el Papa recomienda al fundador de los dehonianos que predique sus encíclicas. Para él, adicto a la causa de la Santa Sede, esta recomendación se convierte en orden terminante. La publicación, el 15 de mayo de 1891, de la encíclica Rerum Novarum, saludada como “uno de los grandes acontecimientos de este siglo”, le ofrece la ocasión de llevar a la práctica la recomendación del Papa, a tal punto que el P. Dehon acabará considerándose, según su expresión, el “fonógrafo” del Papa.

Este “documento salvador” de León XIII, como lo define el P. Dehon, llega a ser su punto de referencia predilecto, la caución que invoca para adelantar sus teorías, para proponer sus reformas, para despertar una renovación entre el clero, sensibilizándolo a las cuestiones sociales. Sabe que el llamado del Papa es el mejor argumento para poner en marcha la Iglesia de Francia. Así, en mayo de 1894, el sacerdote Six lanza en Lille su revista La democracia cristiana, de la cual el P. Dehon será un fiel colaborador. En el momento del lanzamiento, el P. Dehon escribe a Six: “Está en el buen camino; si algunos atrasados le censuran, ¿no tiene usted el consuelo de ser animado por el Sumo Pontífice?”.

 

El intérprete de la “Rerum Novarum”

En 1894 Dehon publica el gran comentario de la encíclica: el Manual social cristiano, cuya primera parte es el fruto del trabajo de la comisión de estudios sociales de Soissons que él preside. Esta obra, que vendió más de 10.000 ejemplares en cinco ediciones, sin contar las traducciones al extranjero, tendrá gran resonancia. En muchos seminarios llega a ser un tratado de referencia en cuestiones sociales. Jorge Goyau, historiador académico, dirá que este libro orientó su juventud. Desde octubre de 1895, Mons. Isoard, obispo de Annecy, poco propenso  a las reformas, dirige una carta a su clero para recomendarle la lectura de El Manual social cristiano porque, afirma, esta obra es tanto más preciosa cuanto que la encíclica de León XIII ha recibido comentarios contradictorios, “los unos yendo más allá de la doctrina de la encíclica y favoreciendo el trabajo hasta ser injustos con relación al capital; los otros, restringiendo lo más posible las consecuencias de esta doctrina”.

He aquí, pues, al P. Dehon considerado por un obispo poco sospechoso en esta materia, como un punto de referencia de equilibrio y de moderación. Palabras muy pertinentes que esbozaban bien la acción de nuestro personaje dentro de la Iglesia de Francia, porque Dehon no debe ser considerado como un simple repetidor de las palabras pontificias. Si llega a convertirse en intérprete patentado de la Rerum Novarum, lo es porque es uno de los actores no de su composición, sino de su difusión, de su comprensión y de su interpretación. El explicita el documento romano dándole proyecciones y complementos. Por ejemplo, sobre la cuestión del salario familiar y más aún en lo que concierne a la intervención del Estado sobre el delicado problema de la fijación de los salarios, el pensamiento de Dehon es más firme que el de León XIII para reclamar siguiendo las huellas de la escuela de Lieja el arbitraje del Estado. Dehon desconfía del liberalismo de la escuela de Angers y ve en él una de las causas de la degradación social y moral de su época.

Esta toma de posición le valdrá, por otro lado, una recensión crítica de El Manual social cristiano, en Le Journal des débats. Se le reprocha a Dehon seguirle el juego a los socialistas, luchando contra ellos, sobre todo por esta tendencia a exagerar la intervención del Estado para instaurar un salario mínimo. Vuelve aquí la sospecha de socialista que ya ha sido endilgada a Dehon y que flotará siempre alrededor de su pensamiento y de su compromiso social.

Sea lo que fuere, el P. Dehon aparece más y más en el último decenio del siglo XIX como referencia tanto por su competencia como por su moderación y medida en las cuestiones sociales. Estos rasgos definen el telón de fondo de este período marcado por una intensa actividad literaria y por numerosos traslados para participar en congresos, asambleas y encuentros.

Recordamos aquí, a título de información, los principales escritos que tratan cuestiones sociales, después del Manual:

 

                1895: La usura en el tiempo presente.

                1897: Los congresos.

                1897: Las directivas pontificias políticas y sociales.

                1898: Catecismo social.

                1899: Riqueza, mediocridad o pobreza.

                1900: La renovación social cristiana.

                1908: El plan de la masonería o la clave de la historia después de cuarenta años.

 

A esta enumeración, que por sí misma vale un historial y que muchos envidiarían, hay que agregar los innumerables artículos que escribe en las revistas especializadas. Sin contar su propia revista, el P. Dehon envía colaboraciones a los principales periódicos social-cristianos de la época: La crónica del Sur Este, La democracia cristiana del sacerdote Six, La asociación católica que es la revista de la obra de los círculos católicos de obreros, La sociología católica, El siglo XX. Por cierto no todos los artículos son de igual calidad ni de la misma longitud e importancia: igualmente uno queda admirado frente a tal producción; en total 130 artículos.

Se comprende como Max Turmann, haciendo un balance del Catolicismo social después de la encíclica Rerum Novarum ve en Dehon a uno de los grandes teólogos que, con el P. Pascal y los hermanos Blanc más han participado en la elaboración de la doctrina social de la Iglesia.

El P. Dehon ve esta actividad epistolar como el necesario “apostolado social por medio de los libros”. A sus ojos es el complemento indispensable de una actividad fuertemente acentuada, es decir, de su participación activa, ya subrayada, en los congresos de los distintos movimientos y asociaciones católicas. En un artículo de 1897, que analiza la evolución social en Francia, nos confiesa haber “asistido a la mayor parte de los que se han celebrado en este año”; por lo demás, con gran escándalo de sus religiosos, que tienen una visión más clásica y más sedentaria de la vida religiosa y juzgan severamente las ausencias repetidas de su superior.

Si el P. Dehon da tanta importancia a estos encuentros, es porque piensa que son los lugares estratégicos donde se realizan las evoluciones, donde nacen y se fortalecen las nuevas sensibilidades. Ve estos espacios como “una piedra de toque del movimiento de las ideas”, para retomar su bella expresión. Es un hecho, que en estos variados encuentros, a veces tumultuosos, se plasmó el catolicismo social en cuanto pensamiento específico.

Dentro de esta enumeración hay que recordar, en particular, las grandes conferencias sociales que dio en Roma durante el invierno de 1897. Ellas fueron organizadas por su amigo, Mons. Thiberghien, un hombre del Norte, que trabajaba en la Congregación Oriental. Este eclesiástico, bien metido en los medios del Vaticano, quiere ofrecer al P. Dehon la ocasión de hacerse conocer en Roma. Gracias a las mismas, que atraen unos 500 oyentes, entre ellos muchos prelados y algunos cardenales, el P. Dehon puede desarrollar la génesis de la doctrina social que, a sus ojos, culmina en la democracia cristiana. Con acentos inéditos, el fundador de los dehonianos defenderá con vigor lo que él llama “el deber social del sacerdote” que no es oportunismo, “sino un deber estricto de justicia y de caridad en el cumplimiento riguroso de su ministerio sacerdotal y pastoral”. Tales conferencias llaman la atención de León XIII, quien, para subrayar su satisfacción y dar más fuerza a la palabra del P. Dehon lo nombra ese mismo año, consultor de la congregación del Indice. Este gesto de gran confianza, embarazó un poco al P. Dehon quien tendrá alguna dificultad en conjugar el rigor de esta institución con su bondad natural y su apertura de espíritu.

 

Las sesiones para seminaristas y los congresos eclesiásticos

Un tema recurrente de esta actividad editorial y de conferencista, que dibuja como su última finalidad, es la preocupación por el clero. Resulta interesante ver qué cuidado pone Dehon al hablar del sacerdote, para alentar una actividad apostólica inédita, para abrirlo a las preocupaciones concretas de los hombres de una sociedad que se industrializa. Resumiendo en 1918 su compromiso social, nos da su visión profunda: una “misión de difundir entre el clero los principios y las obras de la vida social cristiana”. Empleando una imagen chocante de la época, Dehon hace salir al sacerdote de la sacristía para empujarlo a “la refriega social”, permitiendo que se ensucie un poco las manos y que pierda su halo sagrado.

El P. Dehon halla aquí el primer terreno de  aplicación para su proyecto de renovación de la formación sacerdotal que arrastra desde Roma y que la perspectiva victimal reparadora ha tapado pero no ha borrado durante todo un período. Si Dehon se lanza con tanto ardor y sobre una línea original en este combate, es también y puede ser, ante todo, para permitir a sus hermanos en el sacerdocio hallar puestos en una sociedad secularizada y laicizada, cuando habían sido preparados para una cristiandad echada a perder.

Esta preocupación lo llevará a participar en una iniciativa de León Harmel y a darle una mayor amplitud: las sesiones de formación de Val-des-Bois para seminaristas y jóvenes sacerdotes, a los cuales, a partir de 1897, se unirán algunos laicos, como Jorge Goyau o Marcos Sangnier, el fundador de Sillon, que serán amigos del P. Dehon. Estos encuentros, verdaderas universidades de verano son, al mismo tiempo, retiros espirituales y sesiones de iniciación en las ciencias sociales y en las prácticas pastorales correspondientes. De estas reuniones, que juntan cada vez más gente y que son el esbozo de los futuros congresos eclesiásticos, el P. Dehon es una de las grandes figuras junto con el canónigo Pierrot, superior del Seminario de Langres y el canónigo Pottier, de Lieja. El desempeña de alguna manera, el papel de padre espiritual de la comunidad. Se lo llama “el padre muy bueno” para no confundirlo con Harmel “el padre bueno”.

Las preocupaciones educativas para con el clero de Dehon encuentran aquí un terreno favorable. De una sesión de setiembre de 1899, escribe: “tenemos aquí una élite de jóvenes eclesiásticos. Estas reuniones de Val ejercen una gran acción sobre el alma de Francia porque dan una dirección a la élite de la juventud”. Como en eco, oímos una confidencia de un participante, el sacerdote Leleu, quien nos dice lo que estos jóvenes venían a buscar en estas sesiones: “una doctrina, un ejemplo, un amor”.

El éxito es tan grande que, en 1895, hay que trasladarse al colegio San Juan de San Quintín, porque Val-des-Bois no puede hospedar a los casi 200 congresistas venidos de treinta diócesis de Francia. Los congresos eclesiásticos de Reims (1896), luego de Bourges (1900) serán el coronamiento de este movimiento que aportará una dinámica nueva al clero francés. Hecho significativo en cuanto a su audiencia y autoridad, es que el P. Dehon asegura el discurso de apertura de estos congresos como también el examen particular del mediodía. En Reims, entre otras cosas declara:

 

Lo que más nos falta para llevar el Evangelio en medio de nuestros conciudadanos es el saber pasar por encima de las barreras de prejuicios que se han levantado entre el pueblo y nosotros.

 

En Bourges él precisa su pensamiento:

 

El pueblo hoy es el poder, es el futuro. Tiene conciencia de sus derechos. El no puede levantar su situación sin nosotros, porque nosotros somos los depositarios de las enseñanzas de la justicia y de la caridad. Nosotros somos sus aliados naturales y es necesario que comprendamos bien esto y que también él lo comprenda.

 

No es un secreto para nadie que estas asambleas de sacerdotes no tenían buen cartel entre los obispos, que temían por su autoridad y recelaban la confusión del político y del religioso porque se adivinan tras ellos las influencias de los curas demócratas. Obispos, como Isoard d'Annecy o Turinaze de Nancy, serán particularmente severos contra estos congresos. La misma diócesis de Soissons se hace crítica puesto que su semana religiosa denuncia “el gran peligro de estas invitaciones dirigidas a los sacerdotes: de ser sacerdotes según la nueva moda”.

Para tranquilizar a los obispos, Lemire, el principal organizador, invocará la presencia de Dehon con Perriot en el comité de organización; lo que demuestra que Dehon es una referencia, una autoridad en la Iglesia de Francia.

El P. Dehon es consciente de la responsabilidad que sobrelleva y acepta con mucha sencillez desempeñar el papel de “garantía” para hacer adelantar ideas y evolucionar situaciones.

 

En toda reforma social, reconoce Dehon, hay exagerados y precipitados. Yo era demasiado Romano para que corriera algún peligro de extraviarme. He ensayado frenar sobre la pendiente, a Marcos Sangnier y al cura Lemire. He dado a conocer en Bourges las osadías del vicario general de Albi.

 

El P. Dehon hace alusión al discurso del sacerdote Birot quien hablaba del amor necesario a su época como condición de toda evangelización. Este discurso fue el acontecimiento del congreso de Bourges y suscitará a continuación alguna querellas.

El P. Dehon, quien asegura cada día el examen particular, retoma el último día la temática y se interroga:

 

¿Hemos amado bastante la sociedad contemporánea para no tener frente a ella una actitud de enojo?

 

Esta cuestión estará en el centro de los debates, particularmente en Bourges. Ella remite al preocupante problema del estado de la Iglesia en la sociedad nacida de la Revolución francesa. Desde su época de vicario, Dehon está herido por la ruptura que existe entre el pueblo, la ciudad industrial y la Iglesia; sufre y busca la causa. Progresivamente llegará a la conclusión de que una simple redistribución de los bienes por la caridad no producirá las soluciones deseadas, porque está en juego toda una cultura que atañe al conjunto de la vida, de las mentalidades y de los valores.

Dicho con otras palabras, el compromiso social del P. Dehon va más allá y más lejos de la sola preocupación caritativa o de generosidad frente a las plagas e injusticias de la sociedad. Si durante el período del vicariato él está empeñado en el campo concreto, más tarde llega a ser un pensador social preocupado por el análisis de la situación para aportar las respuestas adecuadas. En este sentido, no es un pensador solitario o puramente libresco; se empeña participando en las grandes asambleas y tomando posición. Según su propia confesión, su participación en el movimiento social cristiano habrá sido “una vocación, una misión providencial”.

 

La democracia cristiana

Una lenta maduración lleva a Dehon a ver en la democracia cristiana una solución al problema cultural que acabamos de evocar. En los años 1830, con Lamennais, Lacordaire, Montalembert ya había existido una primera manifestación de esta corriente. Reclamaban una total libertad de acción para la Iglesia que debía, como contrapartida, renunciar a sus lazos orgánicos con el poder político. A sus ojos, esta libertad era la condición para que la Iglesia encontrara su vitalidad. Condenado en 1832 en la encíclica Mirare vos, el grupo se disuelve y la idea queda en el aire.

Después de la encíclica de 1891 y en la esfera de influencia de los incontables círculos de estudios sobre las cuestiones sociales, resurge la preocupación de ubicar la Iglesia en la sociedad democrática y republicana, para que pueda llegar a ser un fermento de justicia social. Para distinguirla del movimiento de 1830 esta nueva iniciativa se llamará la segunda democracia cristiana. El P. Dehon será uno de los grandes propagandistas, ya que con Six, Lemire, Gayraud, Garnier y algunos más, recibe el nombre de “cura demócrata”.

El P. Dehon había empezado su trabajo social en San Quintín, afiliándose a la Obra de los Círculos católicos de Obreros. Este movimiento social descansa sobre una visión jerarquizada de la sociedad, cuyo modelo político subyacente es la monarquía. Llama al compromiso y a la responsabilidad a las élites y a los responsables para reformar la sociedad y volver a darle los cimientos y los principios anteriores a la revolución de 1789.

Tal movimiento descansa, pues, sobre una voluntad de romper con la sociedad posrevolucionaria. El P. Dehon, aunque aprecie el celo y el empeño de estos cristianos, percibirá rápidamente los presupuestos políticos del movimiento que, a sus ojos, limitan el alcance y la eficacia.

 

La obra ha realizado un bien inmenso, escribe. Ha contribuido generosamente al despertar de la vida cristiana. Si ella hubiera podido evolucionar, en 1875, y aceptar la República, nos hubiera regalado una república cristiana, pero no lo pudo hacer porque había reclutado su personal directivo entre los partidarios más fieles de la idea monárquica.

 

La Obra de los Círculos, no obstante su irrefutable acción social, no pudo impedir que la fractura entre el catolicismo y la sociedad del siglo XIX y el pueblo se agrandara. El P. Dehon también piensa que el hecho de que una cierta élite católica no pueda o no quiera aceptar las estructuras políticas republicanas del país, es una de las razones que empuja al pueblo hacia el socialismo. Es necesario, pues, para frenar esta desviación, volver al pueblo reconociéndole los poderes que la Revolución francesa le ha dado. La segunda democracia cristiana es para él, el instrumento de este cambio. Por cierto que la evolución de Dehon en esta materia será lenta y sobre todo selectiva; porque si la aceptación de la república, como forma de gobierno, no es para él un problema, no acontece lo mismo con una cierta práctica de la libertad que, aliándose con el liberalismo y con el Renacimiento, seculariza la sociedad.

Para Dehon la democracia cristiana es la palanca que permite aventajar este liberalismo en el cual él ve el “mal de la sociedad civil” por excelencia, porque su teoría perturba las relaciones sociales, excluyendo lo religioso de la esfera pública. La solución preconizada por Dehon consiste en volver directamente al pueblo, lo que pretende precisamente realizar la democracia. La Iglesia debe salir de su actitud de reserva, no considerarse más como una sociedad estructurada sobre y por ella misma, sino aceptar ser un elemento de esta sociedad democrática. He aquí el sentido del “ir al pueblo” que Dehon preconiza antes que el congreso de Bourges lo haga su consigna. Y para convencer a los católicos de dar este paso, de aceptar república y democracia, él se atreve a retomar como título de un artículo de La crónica del Sur-Este, la famosa fórmula agustiniana, para marcar la estrategia de ruptura: “Pasemos a los Bárbaros”.

Esta resuelta y firme elección en favor de la democracia no sólo le valdrá alabanzas. En algunos medios católicos el llamado no es escuchado. El nombre de Dehon suscita aquí y allá críticas y también rechazos. En diciembre de 1897 se halla en Nimes para diversas predicaciones. Se menosprecia su acción presentándolo como alguien que va a remolque de las modas intelectuales “que preconiza en el movimiento”. Y en el congreso de la Tercera Orden Franciscana, realizado en Roma en 1900, donde milita con fuerza por un compromiso de los terciarios, se lo trata de revolucionario.

Lo que importa finalmente, más allá de las querellas partidarias, es la voluntad de estar con el pueblo y para él. Desde este punto de vista, el P. Dehon es un partidario resuelto de la democracia cristiana. Por otra parte, participa activamente en sus grandes congresos lioneses. En 1897 será elegido para el comité directivo del movimiento por su compromiso. Pero el P. Dehon no ve tanto la democracia cristiana como un movimiento político sino como una impulsión, una voluntad de transformar la sociedad para hacerla justa y caritativa, según una fórmula que a menudo se encuentra bajo su pluma. La expresión democracia cristiana no es la sigla de una pequeña camarilla de iniciados, sino el símbolo de ese gran movimiento de transformación que debe animar todo el catolicismo para el bien del pueblo.

 

Llamad eso democracia cristiana, precisa Dehon, cristianismo social, acción social cristiana, poco importa. Lo necesario es ir al pueblo con un programa con obras.

 

Cuando, en 1901, León XIII en Graves de communi limita la democracia cristiana a este compromiso social, excluyendo todo proyecto político, Dehon se siente satisfecho aunque lamenta un poco esta toma de posición, sobre todo por las consecuencias desmovilizadoras que tendrá entre los militantes. El da una lectura positiva a este documento que, en general, ha sido recibido como un freno al movimiento social. Para Dehon, fiel en esto a sus convicciones, lo social no está a remolque de lo político. Es un campo autónomo. Para el P. Dehon, León XIII no condena la democracia cristiana cuya idea dividía el mundo católico; él relativiza la expresión y su alcance político, conservando y acentuando la exigencia social que ella simboliza.

En nombre de esta lectura dinámica, Dehon se encoleriza contra todos los que sacan pretexto del documento pontificio para recusar la acción de los católicos sociales. Para él la palabra del Papa es, por el contrario, un estímulo a seguir adelante, a comprometerse siempre más en el terreno social a fin de que triunfe la justicia para los desheredados. Desde este punto de vista “la democracia cristiana no es sino la aplicación del Evangelio”: no puede, entonces, sino ser el corazón de la Iglesia, su razón de ser. Tal proximidad debe hacer callar los espíritus tristes y apenados a los que Dehon ataca. “No -escribe él en 1902- la Democracia cristiana no es, como algunos pensaban, un simple grupo de jóvenes sacerdotes ardientes, de avanzada, atrevidos y a menudo temerarios; la Democracia Cristiana es la Iglesia, en cuanto favorece los intereses del pueblo por la práctica de la justicia y de la caridad. La Democracia cristiana es la acción popular católica”.

 

Una alternativa

Para algunos, la gestión dehoniana englobante aparenta querer vaciar las cuestiones suscitadas por la carta de León XIII. Es verdad que ella deja intacto el problema de saber si la voluntad de transformación social puede hacer poco caso del compromiso político. Pero Dehon, que más que político es pensador, ubica su reflexión en otro nivel. Su pensamiento, alimentado por el trato asiduo con la historia y estimulado por las comparaciones que puede realizar con los países cercanos que él conoce bien como Italia, Bélgica, y Alemania, plantea el problema de la modernidad, aunque no use esta palabra.

La reflexión social dehoniana se inscribe en la dimensión histórica y a nivel europeo; ella reformula la cuestión de la herencia del Siglo de las Luces que desemboca en el secularismo. No puede admitir un funcionamiento de la sociedad de la cual sea excluida la religión, en general, y la Iglesia, en particular.

El verdadero interrogante que corre a lo largo de toda su reflexión lleva a preguntarse por el lugar que deben ocupar la religión y la Iglesia en la nueva sociedad. El junta su planteo en una alternativa que no puede no chocar: “¿Socialismo o democracia cristiana?”, agregando de inmediato: “Es el gran problema del siglo XX”. Por socialismo, Dehon entiende esencialmente el colectivismo comunista. Las dos figuras que para él simbolizan esta alternativa son Carlos Marx del cual ha leído El Capital y Ketteler, el obispo de Maguncia, a quien había encontrado en Roma, durante el Vaticano I.

Aquí se oponen dos concepciones de la sociedad, dos perspectivas se enfrentan en nombre de los intereses del pueblo: socialismo y democracia cristiana. El uno y el otro remiten a un gobierno del pueblo por el mismo pueblo. Pero, por un lado, tenemos la utopía de la igualdad colectivista y por el otro, la conjunción de la caridad y de la justicia en vistas “de la igualdad a la cual el pueblo aspira”. Dehon ve en esta alternativa “la cuestión vital, la que ocupa todos los espíritus populares. Es la estacada de la cruzada moderna”. Mirada profética y actual porque ella no acaba aún de atravesar nuestra historia, incluso si toma nuevas expresiones. Pero queda ardiendo la pregunta: ¿cuál democracia a servicio del pueblo? Se adivina la respuesta de Dehon que la expresa en términos estimulantes, en el texto de 1903, redactado para honrar la memoria de León XIII y que se nos aparece hoy como un “testamento socio-cultural”:

 

Este siglo será democrático. Los pueblos quieren una gran libertad civil, política y comunal. Los trabajadores quieren una parte razonable del fruto de su trabajo.

Mas esta democracia será cristiana o no será nada. La naturaleza humana está impregnada de egoísmo. Todas las civilizaciones paganas han visto la debilidad oprimida por la fuerza... Sólo el Evangelio puede hacer reinar la justicia y la caridad.

Todo ensayo de reforma social fuera del cristianismo se hundirá en el egoísmo y en el reino de la fuerza. Las naciones oscilarán entre la tiranía de uno solo y la de una oligarquía...

El siglo XX hará ensayos desastrosos y regresará al Evangelio para no perecer en la anarquía.

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