Tema Central

 

UN CONCILIO PARA REFUNDAR LA VIDA RELIGIOSA

 

La reflexión sobre la inculturación ocupa los debates eclesiales desde varios años. Esa reflexión se abre ahora a una nueva etapa. La XIV Asamblea de la CLAR ha lanzado la propuesta de un Concilio para refundar la Vida religiosa en A.L. Umbrales presenta un amplio artículo de Simón Pedro Arnold, osb, especialista en el tema refundación.

 

1. Mas allá de la crisis religiosa: la crisis de sociedad

Una de las tomas de conciencia más recientes y más importantes en la reflexión sobre la refundación de la Vida Religiosa tiene que ver con el marco de referencia. En efecto, constatamos que la temática de refundación está siendo trabajada independiente y simultáneamente en los campos más diversos del acontecer socio cultural. Se habla de refundar la economía, la política y hasta lo humano.

Toda verdadera refundación tiene que insertarse en el movimiento global que sacude a la sociedad como reacción a la profunda crisis de valores que atraviesa el conjunto del acontecer humano. En un primer momento, por lo tanto, veamos lo que implica utilizar el concepto de refundación en estos campos diversos de lo humano.

 

- ¿Refundar la Iglesia?

Algunos autores no dudan en utilizar esta expresión algo discutible. De hecho, en sentido estricto es imposible volver a fundar la Iglesia puesto que fue fundada por Jesús sobre el fundamento de los apóstoles una vez para siempre. Pero, en la acepción limitativa que ha tomado el concepto en la reflexión reciente, se siente cada vez más el disfuncionamiento, el impasse y hasta el escándalo histórico de prácticas institucionales a todos los niveles del cuerpo visible de la Iglesia. La inquietud por la urgencia de refundar los mecanismos viciosos de la práctica eclesial a partir de un retorno a los Hechos de los Apóstoles y al Evangelio, no es solamente originalidad de los teólogos.

El llamado angustiado del Papa por una reforma del papado desde un diálogo ecuménico sobre la primacía de Pedro y sus repetidos pedidos de perdón históricos van en la misma línea aun si no se habla explícitamente de refundación. Crece, en efecto, en los más diversos ambientes la convicción de que la actual lógica del aparato eclesiástico es perversa, antitestimonial y sin futuro. Tanto desde el punto de visto evangélico como a partir de los valores de la modernidad, dicho funcionamiento es literalmente parasitario. Una lectura de fe de la crisis eclesial actual habla de pecado y de conversión, de diálogo, de arrepentimiento y de despojo. En otras palabras, hay que replantearse todo el aparato, toda la práctica desde cero, desde la base y la razón de ser teologal de la Iglesia.

 

- Refundar la política

La crisis de lo político tal como se forjó a partir de los logros democráticos salidos de las revoluciones americana y francesa y de los socialismos de los siglos XIX y XX, es un hecho patente a nivel planetario. En contexto de globalización, las nociones de estados y de naciones se vuelven incongruentes cuando las decisiones efectivas se toman en instancias planetarias de corte tecnocrático con criterio esencialmente económico. Este desvanecimiento de las fronteras nacionales y de las soberanías políticas tiene consecuencias a todo nivel. Así, la tradicional interacción democrática entre los tres poderes de los estados se ha vuelto folklórica y parasitaria. Sólo las instancias de presión económicas y de opinión pública tanto internacional como interna siguen teniendo alguna capacidad de influencia en los procesos políticos...

Es el concepto mismo de ciudadanía que se ve así limitado a la burla de un voto no respetado. Todas las instituciones de decisión, control y fiscalización ciudadanos como son los partidos, los sindicatos, los gremios, etc. están o desaparecidos o en vía de total neutralización frente al caudillismo más elemental, apoyado por alianzas de puros intereses momentáneos, sin preocupación política en el sentido clásico de la palabra.

Frente a esta total caducidad de los mecanismos políticos clásicos, aparece un nuevo ente determinante: los medios de comunicación. Éstos, más o menos enfeudados a tal o cual sector de intereses económicos, cuando no están sometidos a mecanismos legales restrictivos, sustituyen a la responsabilidad ciudadana, reduciendo el debate político a una fabricación de imagen, a una empresa de marketing, aparentando la política al más simplista de los shows. En dicha encrucijada, lo político se reduce a un carnaval siniestro encargado de justificar las más groseras de las inmoralidades y todos los atropellos a los más elementales derechos de una ciudadanía digna. Detrás de esta decadencia se esconde la pérdida de confianza, de conciencia y de cultura política de la mayoría de los ciudadanos contemporáneos resignados a la manipulación. Frente al desastre político y la amenaza que significa, aparece la urgencia de una refundación de la práctica, de la conciencia y de las instituciones políticas.

 

- Refundar el pensamiento humanista

Detrás de todas las crisis de sociedad se vislumbra otra que las contiene todas y que no por ser inédita en la historia humana es menos preocupante. Queremos hablar de la crisis de lo humano. En efecto, ya no se trata de las clases sociales o de los continentes "sobrantes". Sin pestañear lo más mínimo, se llega a plantear hoy el fin probable de lo humano como experiencia social, cultural y espiritual en su generalidad y se vuelve a planteamientos que sólo el régimen nazi y los autores de ficción se atrevieron a imaginar o implementar, como son el eugenismo bajo nuevas modalidades más sofisticadas y más "limpias". Toda la larga historia del humanismo como pensamiento, como práctica y opción ética parece estar puesta en jaque por la era que vivimos. Ya se trate de la democracia o de los problemas bioéticos, de la libertad de opinión, de la creación artística o de la experiencia religiosa, todo lo que a lo largo de la historia humana constituyó una conquista gloriosa y onerosa parece hoy estar en peligro mortal. Hasta la ciencia, la última conquista del humanismo occidental, parece haber perdido sus raíces y desligarse totalmente del destino humano para enfeudarse exclusivamente a las lógicas económicas globalizadas o a sus propias lógicas como en el caso de la clonación, etc. En este contexto, refundar lo humano, volver a comprenderlo desde su raíz, viene a ser una urgente tarea de sobrevivencia.

 

- Refundar la cultura

Al interior de lo que llamamos la refundación de lo humano, la creación cultural se revela un terreno específico en plena crisis. La planetarización, por una parte, nos lleva hacia un mosaico cada vez mayor de comportamientos culturales pero sin lograr un verdadero y fecundo mestizaje cultural. Pero, por otra parte, lo que podríamos llamar la gran desilusión del siglo veinte que se acaba, carga de una mortal sospecha toda pretensión de elaborar grandes relatos. Hoy en día el pensamiento y la inspiración artística, resfriados por el fracaso intelectual moderno, se refugian en los pequeños relatos, en lo infinitamente anecdótico, en la repetición refinada, sin atreverse a ir más allá, ya se trate de literatura, de filosofía, de pintura o de cualquier creación cultural. El "ombliguismo aristocrático" es hoy la manera como los creadores se dispensan de pensar el futuro, con la excepción de cierta literatura épica latinoamericana (cfr. García Márquez o Vargas Llosa) que, sin embargo, no deja de perder rumbo y de volverse un ejercicio trágico de desesperación. Lo efímero, lo incierto, lo plural de la postmodernidad provocan una duda fundamental sobre la creación, reduciéndola cada vez más a un juego ameno y precioso de una aristocracia mundial sin razón metafísica de vivir. Refundar la cultura significa volver a explorar la cuestión del sentido y de sus expresiones.

 

2. La refundación de la Vida Religiosa dentro del contexto socioeclesial actual

 

- Refundación de la Vida Religiosa e Iglesia

El carisma profético de la Vida Religiosa se comprende a la vez de cara a la frontera y de cara al centro de la Iglesia. Desde su origen, la intuición de los fundadores apuntaba las llagas que aquejaban a la Iglesia de su tiempo y buscaba en la misión y el testimonio formas alternativas de vida evangélica que puedan cuestionar la institución de la Iglesia a la vez que la hacían presente más allá de sí misma. La decisión de fundar participaba así a la vez de un amor apasionado e incondicional por la Iglesia y de una conciencia evangélicamente crítica desde la perspectiva de la frontera. La pregunta es hoy: ¿cómo plantear la refundación de la Vida Religiosa a partir del diagnóstico eclesial que presentamos más arriba? En particular, ¿cómo nuestra refundación puede contrarrestar el parasitismo institucional actual y el escándalo del contratestimonio? En efecto, si nuestra refundación no agarra la realidad histórica de la Iglesia seremos rápidamente catalogados como sectas iluministas sin relevancia. Y si nos conformamos con el actual escándalo institucional, estaremos arrastrados en su inevitable debacle.

 

- Refundación de la Vida Religiosa y política

Del mismo modo que nuestro afán de refundación tiene que ver con la crisis global de la Iglesia, se articula también con la crisis de lo político. En efecto, como la primera comunidad postpascual de Jerusalén que sirvió de modelo a las primeras fundaciones constituía a la vez un cuestionamiento y una alternativa radical a los modos comunes de practicar las relaciones sociales y políticas, así también la fraternidad religiosa propone una organización de la sociedad en contraposición evidente con las organizaciones políticas vigentes. Hablar de refundación en este sentido supone revisar nuestros modos y prácticas de organización, nuestros mecanismos y estructuras de decisión, de poder y de participación tanto al interior de nuestras comunidades como en las estructuras sociales en las que estamos implicados como religiosos y religiosas (educación, salud, etc.). Debemos reconocer que muchas de estas prácticas y estructuras no sólo se han alejado vertiginosamente del ideal igualitario y fraterno de las comunidades postpascuales sino que también carecen en muchos de sus aspectos del respeto elemental a las reglas democráticas modernas. Hay que revisar nuestra vivencia tanto a la luz del Evangelio como del ideal democrático en crisis.

 

- Refundación de la Vida Religiosa como búsqueda de un nuevo humanismo

Al emprender la gran tarea de la refundación es necesario plantearnos la pregunta de nuestra antropología implícita. Frente a un mundo que llega a cuestionar la pertinencia de lo humano y de su historia social, espiritual y cultural, tenemos que aclarar a nuestros propios ojos y a los ojos del mundo y de la Iglesia quién es el hombre y la mujer para nosotros. Esta revisión antropológica pasa por una relectura de nuestra comprensión y vivencia de la reciprocidad de género, de la afectividad y de la sexualidad. Supone releer juntos cómo entendemos la convivencia de diversas generaciones, diversas culturas y razas. ¿Cómo entendemos la significación del sufrimiento, de la herida psicológica, moral y cultural? ¿En qué medida nuestro testimonio de vida comunitaria, relacional y personal propone una antropología adecuada para la crisis del humanismo que señalábamos? Esta revisión debe a su vez desembocar en opciones éticas claramente inspiradoras de nuestra acción y de nuestra identidad.

 

- Refundación de la Vida Religiosa y nueva cultura

Tradicionalmente en la historia de Occidente, la Vida Religiosa ha sido vista como foco e inspiradora privilegiada de cultura, tanto científica como artística. Refundar, una vez más, supone preguntarnos de qué cultura somos o a qué cultura nos referimos espontáneamente. Se suele decir, por ejemplo, que desde el siglo XIX la mayoría de los religiosos y religiosas nos identificamos con los criterios de la clase media occidental. Pero podríamos perfilar más en función de la complejidad cultural con la que el mundo postmoderno nos confronta. Por ejemplo, ¿qué hay de lo juvenil en nuestras comunidades? ¿Cuáles son los criterios culturales (inconscientes) que manejamos en comunidades pluriculturales? Al mirar más de cerca nuestra práctica nos daremos cuenta de incongruencias culturales entre los valores proclamados en el discurso ideológico religioso y moral, y actitudes concretas, hasta hacernos entrar en flagrante delito de contradicción con el Evangelio. La credibilidad de nuestra vida depende a la vez de nuestra coherencia con el ideal de Jesús y de una verdadera encarnación en el contexto de nuestro mundo. Articular las dos dimensiones es precisamente lo difícil, el resultado frágil de una libertad creativa y de una fidelidad vigilante.

 

3. Identidad, especificidad y exclusividad

A la hora de plantearnos los caminos de refundación surge inevitablemente la cuestión de nuestra identidad fundante, más allá de lo anecdótico acumulado sobre nuestro rostro por el tiempo y la historia. Esta pregunta de la identidad es delicada y esencial a la vez. En efecto, al buscar un reencuentro con ella no raras veces caemos en la tentación de absolutizar la identidad propia, al punto de hacerla excluyente. Más bien, en nuestra cultura plural y articulada ya no se puede hablar de identidad exclusiva y aislada sin correr el tremendo riesgo de asfixiarse, achicarse y finalmente morir.

Hoy para la Vida Religiosa pensar su identidad sin relación con el laicado bajo sus diversas formas es una actitud suicida. De igual modo lo femenino sin lo masculino, lo adulto sin lo joven, lo creyente sin lo no creyente, etc. Nuestra identidad es una realidad viva y dinámica que surge constantemente del diálogo mutuamente fecundante entre diversas formas de pensar, vivir y actuar.

Por lo tanto, la refundación es un asunto común a todos los cristianos. De esta forja constante y dinámica de nuestra identidad irá precisándose cada vez mejor nuestra especificidad. En efecto, a pesar de que muchos rasgos de nuestra identidad puedan ser compartidos con otras formas de vida, nuestra especificidad se aclara poco a poco en las opciones concretas que vamos reconociendo como nuestras en la misión, el estilo de vida y el testimonio. Dicha opción implica en un segundo tiempo, renunciar a todas aquellas opciones que no son específicas e impiden descifrar claramente lo nuestro. Esta especificidad incluye la vida carismática de cada comunidad, su modo de enfocar tal o cual aspecto de una vocación (identidad) que puede muy bien compartir con otras personas, sean religioso/as o no. El afán de exclusividad que tantas veces inspira nuestras actitudes, no tiene absolutamente nada que ver con la identidad y la especificidad. Más bien las empobrece. Así, encontrar su identidad y su especificidad en la colaboración y solidaridad con los diferentes, las hace más ricas, más fecundas y más legibles por nuestros contemporáneos.

 

4. La confrontación con el otro

Lo que acabamos de plantear implica empezar a caminar por la senda exigente de la confrontación con el otro para ir descubriendo nuestra identidad y nuestra especificidad. La refundación de la Vida Religiosa supone en primera instancia confrontarse con las demás formas de vida comunitaria. Esta confrontación consiste en escuchar al otro para volver a contemplar nuestro propio rostro desde su espejo y recíprocamente. En este sentido, la primera tarea del "refundador" es reflejar y reflejarse en el que es diferente.

 

- Los fundamentos evangélicos

En el diálogo con las diversas formas de vida comunitaria, en particular las más recientes, descubrimos una identidad evangélica común que podríamos sintetizar por el cristocentrismo. En efecto, toda la vida comunitaria cristiana pretende realizar la vida de Cristo, aun si se privilegia tal o cual aspecto. Tanto en la Tradición de la Vida Religiosa como en los nuevos estilos de vida comunitaria, descubrimos el privilegio de la imagen de Belén a través de la opción por la fragilidad bajo todas sus formas. Entre nosotros, latinoamericanos, el misterio de Belén se experimenta especialmente desde la opción por los pobres y su cercanía. El misterio de Nazaret recobra nueva vigencia también a través del movimiento de migración simbólica de nuestras comunidades del centro a la periferia. Se constata asimismo de manera bastante unánime un reencuentro con el misterio eucarístico en sus dimensiones más contemplativas desde la inserción en la historia del pueblo. Es lo que llamaremos en adelante la dimensión contemplativa envolvente. El Cenáculo tiene que ver así con nuestra opción por la solidaridad desde los pequeños relatos de la vida cotidiana. En un continente de muerte como el nuestro, el dar la vida por sus amigos recobra una vigencia particular. El misterio del Gólgota se reconoce así en nuestra opción común por la caridad en el sentido teológico e histórico más fuerte. Finalmente, siempre en relación con la muerte en nuestros países y en nuestro mundo, apostamos todos por la esperanza, lo cual nos hace, en utopía, hijos e hijas de la resurrección.

Tal es nuestra identidad evangélica común que descubrimos en la experiencia y el rostro del otro y donde, por contraste, tratamos cada uno de reconocer nuestra especificidad en el servicio del Reino.

 

- La inspiración profética

El punto de partida de este replanteamiento del profetismo comunitario está en el discurso inaugural de Jesús en la sinagoga de Nazaret (Lc 4). Todos nos sentimos urgidos por la irrupción del Reino en el hoy de la historia. Nuestro profetismo compartido es una apuesta por el hoy, un acto de fe activo y comprometido en la capacidad de cambio radical de nuestra historia haciendo de nuestra presencia en ella un signo patente aunque débil de este hoy del Reino.

Pero esta identidad o vocación de hacer presente el Reino en el hoy, la comprendemos dentro de la espiritualidad profética del "pequeño resto". Lo nuestro es la minoría de los pequeños, la espiritualidad del fermento escondido en la masa. (...)

 

- Las fuentes carismáticas

Del diálogo con el otro surge una visión nueva, refrescante, de nuestros fundamentos carismáticos. Reconocemos gozosos la diversidad pero también la complementariedad de dichas fuentes inspiradoras. Por una parte, todos seguimos refiriéndonos claramente a las grandes intuiciones de la tradición de la Iglesia. Benito, Francisco y Domingo, Ignacio de Loyola, Don Bosco o Carlos de Foucauld son siempre nuevos y capaces de inspirar novedades... Pero la confrontación nos remite también a tradiciones no cristianas como Gandhi y diversas corrientes orientales o salidas de la sabiduría indígena y africana de nuestro continente.

Estas ventanas abiertas hacia fuera son también ocasión de creatividad nueva y de descubrir nuevas armonías de nuestra vivencia carismática. A pesar de la crisis y de la confusión teológica que marcan la coyuntura eclesial contemporánea, el Concilio Vaticano II y su relectura latinoamericana en Medellín, Puebla y Santo Domingo constituyen los pilares modernos específicos y las poderosas guías de nuestras opciones de manera bien unánime. En la dinámica conciliar y particularmente desde su apertura a la iniciativa del laicado, dos corrientes paralelas han marcado la espiritualidad del continente. Se trata, por una parte, de la Renovación Carismática y, por otra parte, de la Teología de la Liberación. Si bien es cierto que estas dos corrientes suelen oponerse en la mente de la gente, sin embargo manifiestan reivindicaciones y aspiraciones comunes bajo formas diversas. Expresan, primero, el surgimiento del protagonismo laical comunitario en la Iglesia y, en segundo lugar, la atención a lo irracional, lo popular, lo afectivo. A pesar de desbordes y de polarizaciones preocupantes en ambos casos, no se puede negar que estas dos fuentes han marcado profundamente el movimiento comunitario cristiano moderno en América Latina. Los criterios de discernimiento espiritual de estas manifestaciones pasan, en lo que toca al movimiento carismático, por la prueba de la opción preferencial por los pobres, mientras que la validez de la corriente liberacionista supone, mas allá del solo compromiso social, una clara experiencia contemplativa. Falta todavía señalar dos líneas importantísimas de inspiración carismática del movimiento comunitario en el cual nos insertamos. Quiero hablar de la inculturación, esta búsqueda de integrar en nuestras vivencias la interpelación de las diversas culturas que conforman el abanico de nuestro continente en modernidad, y la reflexión en clave de género. En el caso de la vida comunitaria célibe, este último cuestionamiento radical, que brota desde el laicado y muy especialmente desde el movimiento femenino y feminista, nos hace tomar conciencia de la necesidad de comprender nuestra identidad y especificidad a partir del protagonismo interactivo del hombre y de la mujer.

 

5. Relectura teológica

De toda la exploración anterior quisiéramos aquí sacar líneas directrices que nos puedan servir de hitos en los caminos de refundación.

 

- Hacer Tradición

Al contemplar el dinamismo carismático, profético y evangélico del movimiento comunitario actual, incluyendo la Vida Religiosa, constatamos no sólo una fidelidad pasiva sino activa a la Tradición. Recogemos experiencias del pasado pero acogemos las experiencias de hoy y creamos dinámicamente, con la ayuda del Espíritu, nuevos caminos. Es lo que llamamos el hacer Tradición en libertad y fidelidad... Nuestras comunidades están experimentando un retorno a una eclesialidad apostólica (como en los Hechos) más plural, con tronco y raíz laical, menos centrada en las estructuras clericales y jerárquicas. Dentro de dicha pluralidad estamos reanudando nuestra vocación universal con la intuición de la catolicidad, liberadora de la estrecheces históricas de nuestro catolicismo. La Iglesia es católica cuando es plural, ecuménica, abierta a la diferencia. Nuestras comunidades son como talleres de esta nueva catolicidad.

Aquí se integran las fuentes carismáticas externas, la inculturación, el género y hasta corrientes como el ecoecumenismo que busca una reconciliación del cosmos entero.

Otro terreno donde estamos llamados a hacer Tradición es la misión. Estamos todos empujados por un renovado afán misionero ya no proselitista sino de promoción de una sociedad más conforme al evangelio en el respeto a la pluralidad. Sin descuidar el anuncio explícito de Jesús, entendemos cada vez más nuestra misión en el respeto de las diferencias y en la colaboración en toda tarea que humanice, cree paz y justicia, cualquier sea el "areópago" donde se realice.

 

- La prueba de la historia

... La reflexión de Gamaliel ante el Sanedrín en los Hechos de los Apóstoles vale para nosotros también. Es importante evaluar los frutos de la diversas experiencias que vamos haciendo desde el Concilio y preguntarnos en qué pasan la prueba de la historia, del tiempo o no... Tenemos que sentarnos como el constructor de la torre del evangelio para preguntarnos lo que sí valió la pena y lo que fue error o pérdida de tiempo en la aventura. ¿Qué es lo que se mantiene como identidad, especificidad y convicción profunda y qué es lo que no fue más que moda pasajera, aun si en el momento nos parecía haber descubierto el paraíso perdido? Este ejercicio requiere sabiduría, humildad y libertad interior. Uno de los elementos de esos lejanos años que no ha perdido nada de su vigencia es la encarnación de nuestra espiritualidad en lo cotidiano de los pobres, el intento de serles fieles a través de los múltiples cambios de la sociedad de nuestros países. En definitiva, la prueba de Gamaliel para nuestras comunidades es la experiencia pascual: muchas muertes de las cuales surge mucha vida. En este itinerario, en efecto, los fracasos ha sido tan importantes y a veces más importantes que los aciertos para afianzar el sentido profundo de nuestra fidelidad vocacional.

Finalmente, el drama y la belleza de nuestra experiencia ha sido nuestra doble vocación a la comunión, tanto al interior de la Iglesia como en el corazón del pueblo, y la fatal conflictividad que no puede dejar de suscitar toda opción clara y radical por el evangelio. Los que han podido atravesar la persecución política y eclesial sin caer en la tentación del odio y de la polarización; los que han puesto la reconciliación, la comunión y el amor a la Iglesia por encima de la conflictividad y de las divergencias ésos llegan poco a poco a la serenidad de las tierras de Dios.

 

6. Perspectivas de refundación

 

- Reencontrarse consigo mismo

La peregrinación por el país del otro, concretamente los nuevos estilos de vida comunitaria, el laicado, la cuestión del género etc. nos han permitido reencontrarnos con nuestra verdadera identidad desempolvada. Contemplarnos a nosotros mismos en la juventud y el sabor fresco de los nuevos nos lleva a saborear lo olvidado, lo hundido en lo más oscuro del tiempo bajo toneladas de máscaras y falsas identidades, a veces, puramente folclóricas.

De este reencuentro gozoso quiero privilegiar aquí cuatro rasgos de los cuales tendrá que brotar la nueva conciencia de nuestra especificidad. Quiero hablar primero del cristocentrismo como un llamado urgente a centrarnos en lo nuestro y a dejar todo lo que nos aleja de dicho centro. Nuestra identidad es Cristo como alfa y omega de todo lo nuestro, pues, sólo desde, en y hacia Cristo tiene sentido la refundación de la Vida Religiosa.

El segundo aspecto es el carácter contemplativo envolvente de la Vida Religiosa. En efecto, después de varios siglos en los que los religiosos y las religiosas hemos acumulado identidades contradictorias y múltiples de poder, de sustitución social o clerical etc., es tiempo de volver a lo nuestro. Todo religioso y toda religiosa, aún los apostólicos, son primero y ante todo hombres y mujeres de Dios, contemplativos. La sociedad moderna que nos retiró una tras otra muchas de nuestras identidades ficticias, en particular en lo social, nos devuelve violentamente a lo esencial. O somos contemplativos o lo que hacemos pierde su significación específicamente evangélica. Somos en todo lo que hacemos signos del absoluto de Dios, de un Reino de gracia que germina en la historia humana.

Si bien nuestra identidad es cristocéntrica y contemplativa, nuestra especificidad se traduce en las formas y en los estilos propios que va a tomar esta identidad. Es aquí donde quiero rescatar un tercer aspecto importante para la refundación: la vocación de minoría de nuestra Vida Religiosa. En efecto, lo nuestro es un llamado simbólico que quiere significar la pura gracia de Dios. Otros manifestarán la llegada del Reino desde escenarios de poder o de competencia bajo diversas formas. Nosotros somos testigos privilegiados de la debilidad de Dios (ver Pablo en 1Cor). Los votos dan testimonio de esta opción por la debilidad y todo lo que desmiente esta opción en nuestras tareas y estilos es una traición de la especificidad de la Vida Religiosa en la Iglesia y en la sociedad.

Finalmente, nuestra especificidad se juega también en nuestra vocación de frontera. La Vida Religiosa no está hecha para el centro de la Iglesia o de cualquier sistema social sino para ir hacia los más alejados de todos los centros de poder.

 

- El sentido de los votos

En su esencia, los votos, más allá de la terminología empleada, pretenden refundar radicalmente todas las relaciones humanas. En tal sentido, refundar los votos sería devolverlos a su significación real: una comunidad humana construida sobre nuevas bases antropológicas y espirituales. Se trata por lo tanto de replantear la cuestión de los votos como un intento de ser plenamente humanos a la manera de Jesús. Simbólicamente anuncian el "todavía no" del Reino que es precisamente la humanidad plenamente reconciliada con Dios. Para tal efecto hay que replanteárselos como una opción libre por nuevas relaciones de género en la igualdad, el respeto y la verdadera reciprocidad (castidad); una nueva gestión de los bienes de la creación (pobreza); una nueva comprensión de las relaciones de poder (obediencia) más en conformidad con el deseo de Dios manifestado en la práctica de Jesucristo. De esta manera, los votos, o llámense como quiera, son por definición el aporte específico de esta minoría contemplativa de la Vida Religiosa a lo que llamamos la refundación de la humanidad y del mundo.

 

7. Conclusión: tres tareas urgentes para enfrentar

Se trata precisamente de tres dimensiones de nuestra vida donde sentimos con más crueldad la confusión y la crisis que nos atraviesa.

1) Volver a aprender a ser minoría

Especialmente en nuestro continente, sociológicamente católico, es de suma urgencia trabajar previamente a cualquier cambio estructural de nuestras instituciones la cuestión de la minoría. No se trata de planteársela como si fuéramos una casta especial de perfectos más heroicos y ascéticos que los demás, lo cual, además, se puede cuestionar a la luz de la santidad de nuestro pueblo pobre. Se trata más bien de repensar toda nuestra vida desde la debilidad de Dios. Hay que volver a optar por la debilidad como signo fuerte de la pura gratuidad e incondicionalidad del amor divino. Este reencontrarnos con nuestra vocación de minoría implica mucha valentía para abandonar todo lo que la contradice.

 

2) Cambiar la imagen sociológica de la Vida Religiosa

En la misma línea de recuperar nuestra identidad simbólica de minoría, es urgente denunciar y destruir eficazmente nuestra imagen sociológica particularmente en nuestro continente. Se trata de pasar de la imagen de seguridad a la imagen de la inseguridad, de una Vida Religiosa percibida como separada, a una Vida Religiosa integrada y signo de comunión; de denunciar nuestra fama elitista para dar testimonio de la "kénosis" del aniquilamiento de Jesucristo.

 

3) La cuestión de la formación

En función de lo anterior y para hacer posible la refundación, tenemos que replantearnos seriamente la formación. Aquí proponemos una distinción entre dos fases en la formación.

La primera sería una formación previa que consista en un aprendizaje de la libertad, un camino de humanización para personas destrozadas en su humanidad por la sociedad global.

La segunda etapa, más específicamente orientada hacia la Vida Religiosa, consistiría en una iniciación específica a lo nuestro en las categorías que hemos expuesto más arriba. Pero esta doble formación implica que ya no imaginemos el ingreso a la Vida Religiosa como una vía de un solo carril y con una sola estación final. En una perspectiva plural, ¿no sería tiempo de pensar una iniciación de varias entradas a la espiritualidad de una Congregación, donde se pueda pasar de una opción de laico a otra de consagrado, viviendo sin embargo una común experiencia compartida de familia? Muchas congregaciones, hoy en día, exploran estas vías armónicas y complementarias. El desafío en dicha búsqueda es la conformación de una verdadera familia de iguales solidarios en la diversidad de sus especificidades con una misma identidad. No habría que caer en la trampa de religiosos o religiosas de segunda categoría, o de terceras órdenes "mendigos de las migajas" de la congregación. Se trata de crear un verdadero pueblo de Dios con rasgos carismáticos, dignidad y tareas comunes al interior de formas de compromiso diverso.

 

Estas páginas no tienen otro objetivo que incitar a una reflexión sobre nuestra refundación más allá de nuestras estrechas y agobiantes fronteras congregacionales, clericales y eclesiales. El debate queda abierto...

Simón Pedro Arnold, osb

 

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