Rasgos de la cultura juvenil actual

 

1. Quiénes son los jóvenes?

En una primera aproximación podemos decir que los jóvenes son para la Mayoría de nosotros, adultos, un mundo extraño. Los jóvenes son otros, son diferentes.

En general, cuando nos dirigimos a los demás, los tratamos como si fueran nuestra proyección o nuestros "dobles". Al dirigirnos a los jóvenes, podemos tal vez dirigirnos a nuestros recuerdos juveniles, a nuestro pasado joven, a nuestras nostalgias o melancolías, cuando no a nuestros deseos de lo que pudimos ser y no fuimos. La vida real de los jóvenes de hoy esta  en otro lugar diferente del que buscamos... Su vida es de ellos, y nos resulta difícil de interpretar en nuestros esquemas habituales. Afortunadamente. Porque de esa manera tenemos que detenernos ante ellos como lo que son: "otros", personas que significan al Otro, al misterio más grande, -a la vez más cercano y más lejano- que vive también en este misterio de lo desconocido e ininterpretable y que sin embargo se nos revela en esos mismos rostros en que se nos oculta.

De ahí la necesidad de recordarnos continuamente que los jóvenes no son objetos de adoctrinamiento, para encuadrar y numerar para "nuestras filas', sino sujetos que han recibido una vida a la que debemos acercarnos como Moisés ante la zarza ardiendo, descalzos de los prejuicios e interpretaciones que sirven para tranquilizarnos. Entonces escucharemos la palabra que nos quieran dirigir cuando sientan que los acompañamos en verdad.

Tampoco podemos considerar a los jóvenes como un grupo más o menos uniforme. Un grupo joven de un determinado entorno geográfico ,  está  formado por múltiples subgrupos, tan diferentes de nivel de vida, estudios, estilos, etc., que parece poder afirmarse que lo único en común es la edad. Por ello cualquier generalización es peligrosa, cualquier proyecto es arriesgado, cualquier iniciativa es relativa.

No sólo son "extraños" u "otros" con respecto a los adultos, sino que son también "extraños" entre ellos mismos. Y en consecuencia tienen experiencias de vida diferentes que expresan a través de lenguajes y modos culturales variadísimos. Son diferentes los jóvenes rurales de los urbanos, aunque se haya dado un acercamiento entre estos grupos; son diferentes los jóvenes urbanos de los centros de las ciudades de los de los barrios periféricos, diferentes los que han tenido largos procesos educativos de aquellos que han realizado estudios técnicos más breves, o los que transportan sobre sus espaldas el fardo del fracaso escolar. Los de familia estructurada de los de familia desestructurada; los que se han criado en la calle de los que no la han conocido, los superdeportistas de los amantes de las discotecas, etc.

Son muchos los modos, estilos y dimensiones de sus existencias. Acompañarlos, aunque no sea sino en un pequeño tramo de su recorrido, exige, para los adultos un desprendimiento que sólo es posible si logramos engendrar en nosotros actitudes profundamente evangélicas; necesitamos forjar la humildad y la encarnación.

 

2. ¿De qué realidades provienen los jóvenes?

- Aspecto familiar

Muchas familias sienten el debilitamiento de los lazos internos y una exacerbada búsqueda de autonomía. Muchos jóvenes sufren las consecuencias de la desintegración familiar a causa de la infidelidad, la superficialidad de relaciones, el divorcio, la miseria en la que viven muchas familias, el alcoholismo de los padres, la desocupación, la droga, etc. Surgen nuevas formas de familias:

+ Familias monoparentales: uno solo de los padres es la fuente de apoyo, referencia e identificación.

+ Familias ensambladas: los hijos viven con mamá  o papá y su nueva pareja, o incluso padres que viven bajo el mismo techo sin convivencia marital pero con los respectivos novios fuera de casa.

+Familias de roles "cambiados": la madre es la que sostiene económicamente la casa y la vida familiar, asumiendo un rol que hace un tiempo fuera más típicamente masculino y el padre un rol más típicamente femenino.

+ Familias sustitutas: niños criados básicamente por los abuelos o tíos, inclusive en algunos casos por vecinos muy cercanos o aún por instituciones que se dedican a estos asuntos.

- Aspecto religioso

Muchas veces, la búsqueda de los jóvenes de un nuevo modo de vivir es incompatible con la poca flexibilidad que viven en la institución religiosa. Alejándose de la institución comienzan a considerar su vivencia religiosa como algo interior y privado (íntimo) que no tiene por qué influir en su vida social. Junto a esta realidad hay muchos jóvenes con valores religiosos serios, con experiencias de encuentros fuertes con Dios en sus vidas; trabajo parroquial o en diversas comunidades o grupos juveniles; tienen grandes deseos de profundizar en la Palabra. Algunos vienen de una experiencia de vida carismática, otros tienen notables formas de expresión de culpa y ciertas imágenes fatalistas de Dios. Algunos tienen supersticiones; otros limitan la oración a espacios "sagrados" y suelen deslumbrarse frente a lo que aparenta o representa "lo santo", "lo misterioso".

- Aspecto social

Los jóvenes tiene una visión cada vez más negativa de lo político, al punto de considerarlo como algo que complica la existencia. Son también muy presentistas, las cosas pierden rápidamente su validez, se vive la cultura del "ya fue", se valora el acceso, el consumo, la competencia y el ahora.

Los jóvenes tienen grandes dificultades para entrar en el mercado de trabajo. Si bien las empresas prefieren gente joven, no cualquier joven está  capacitado para las exigencias del "nivel de excelencia empresarial". Es un medio muy agresivo, si no entrás, no te necesitamos (exclusión y prescindencia).

 

3. ¿Qué valores viven los jóvenes?

La experiencia fundante de los jóvenes de hoy es vivir la vida intensa, eufórica y apasionadamente. La civilización de las sensaciones ha hecho del joven un consumidor programado, como si esa forma de vida fuera un dogma absoluto que a todo cuanto existe le encuentra esta "función": consumir.

Junto a esta concepción dañina para la vida, surgen sin embargo nuevas maneras de vivir valores, un nuevo código de valores:

a) La Libertad es un valor-clave, es como la herramienta básica para alcanzar cualquier objetivo. Se descarta entonces la así llamada "verdad objetiva", cuando ésta amenace la libertad. Parecería que la verdad objetiva se la vive como extraña y adversa al proyecto humano.

También se descalifica el sacrificio porque es corrosivo y represivo de la vida.

b) La Autenticidad. El joven expresa lo que es y lo que siente sin inhibiciones ni prejuicios, liberándose así de tabúes y mitos sociales.

c) El Amor-Placer como meta primera de la libertad. Tal vez esto del amor y el placer sea la expresión más vistosa y evidente de la cultura juvenil.

d) La Experiencia personal como la fuente y el criterio de verdad y de valores; la intuición y enamoramiento como la única lógica que impone el fin de gustar la vida.

e) La Omnipotencia: poderlo todo, aunque todavía no se pueda todo; fe en la libertad y en los adelantos científico-técnicos.

f) La Justicia unida a la Paz, como un deseo y un gran sentimiento. Es una gran esperanza, es más una utopía que un compromiso personal. Toda la corriente de la "nueva era" colabora con esto, fomentando el ideal de la unidad como gran meta de la "era de acuario".

g) La Unidad universal como búsqueda de una humanidad segura y sin riesgos.

h) El Futuro como mentalidad de cambio, no repetir los errores del pasado, buscar un mundo nuevo a la medida del hombre libre.

i) la Trascendencia del ser humano como ser supremo; no excluye a un Ser Trascendente, pero lo acepta o rechaza si responde o no a su concepto de realización humana.

Claro que estos valores no se dan puros en nadie. Y además, los mismos valores pueden vivirse como antivalores. Pero nuestro objetivo es ayudar (sobre todo a los adultos) a buscar pistas para comprender a las nuevas generaciones y comenzar juntos un camino.

 

Teniendo en cuenta todo lo anterior, proponemos aquí algunas características comunes a los jóvenes, buscando rescatar la pista "nueva" que se abre en cada tensión y sugiriendo ya algún signo del camino nuevo.

 

4. Los medios de comunicación, cultura de la música y la imagen.

¿Estamos frente una generación epidérmica o frente a una nueva sensibilidad que necesita ser rescatada y protegida de abusos?

Hay dos realidades culturales que afectan profundamente a los jóvenes y que viven de manera muy intensa: la música y la imagen. Los jóvenes son los principales consumidores de los conciertos masivos, los "CD", los aparatos de alta fidelidad, los "40 principales" en la radio, además de toda la cultura del "videoclip". A través de la música y de la imagen, expresan tanto su comunicación como toda su cerrazón. Estos medios son instrumentos de comunicación cuando los informan, los emocionan o les permiten construirse por identificación y "adhesión sentimental" a lo presentado. Pero a la vez son instrumentos de cerrazón, cuando a través de ellos huyen de la realidad y se colocan en mundos fantasiosos, o cuando se conectan a sus "walkman" y se zambullen en otro mundo, dejándose pensar por la radio en lugar de pensar por ellos mismos.

Los medios educan en valores (o antivalores), imponen un modo de ver el mundo, la existencia, proponen gustos, establecen prioridades. En definitiva, construyen la personalidad de las nuevas generaciones mucho más que la escuela y la familia.

Esta generación, que llamamos "epidérmica", necesita sentir para adherirse, emocionarse para comprender, y engancharse para actuar. Generación para la que la apariencia, el "look", las marcas, lo "fashion", etc., es muy importante. Prefiere los caminos de la sensibilidad a los de la racionalidad. La palabra no es instrumento de comunicación ni profundización, de ahí las dificultades entre los jóvenes para la expresión oral y escrita.

Los medios de comunicación supieron captar (dirigir y utilizar con fines comerciales) esta sensibilidad especial de las nuevas generaciones.

A veces nos da la impresión de ser víctimas de un infame bombardeo que busca atontarnos para que no pensemos más que lo que ellos quieren que pensemos. La cultura actual ofrece muchas ventajas que nos "seducen" (comunicaciones, marketing, eficiencia). Es necesario discernir permanentemente: son novedades útiles, instrumentos nuevos de los que nos podemos servir. No queremos "demonizarlos" pero tampoco podemos acercarnos a ellos ingenuamente, porque junto con los instrumentos es muy fácil (y a veces inevitable) aceptar los principios que los rigen, que no siempre son aceptables.

Pero es posible proponer una manera nueva de utilizar estos medios de comunicación. Podemos buscar utilizarlos con otros fines: no el de comerciar, sino el de liberar (ver la propuesta educativa del maestro Paulo Freire).

Es necesario buscar una nueva sensibilidad y nuevos caminos de comunicación, construyendo una conciencia crítica ante estos poderosos medios. Es imprescindible generar espacios de búsqueda de nuevas relaciones interhumanas que sean seguros y libres. Espacios donde se pueda ensayar caminos nuevos sin arriesgar la vida en cada intento, con referencias claras que no sean opresivas, pero que sí muestren el límite de lo permitido para no jugarse la existencia como si fuera una ficha de algún videojuego. Espacios que sean escuela de encuentro y diálogo. Espacios que sean escuela de pluralismo, que enseñe a aceptar la diversidad para buscar la comunión.

 

5. La búsqueda de Dios y la verdad subjetiva

A veces nos da miedo caminar por estos caminos nuevos, nos parece más seguro recorrer caminos conocidos donde es claro lo que es bueno y lo que es malo.

Dios se nos revela, hoy en toda la profundidad de su misterio, como aquel a quien "siempre es posible seguir conociendo". Con San Agustín, decimos hoy con fuerza: "Si crees que conoces a Dios, eso que conoces no es Dios".

Para encontrar a Dios es necesario volver a nacer, convertirse. Para convertirse es necesaria la gracia del Padre que nos convoca a buscar sus caminos en comunidad. Por lo tanto esta búsqueda de Dios no podrá  nunca hacerse aisladamente, sino en comunidad. Volvemos a la propuesta del punto anterior: espacios humanos comunitarios seguros y libres donde poder encontrarse con uno mismo, y con las otras personas de modo nuevo, facilitando así un encuentro verdadero con el Dios de la Vida.

 

Por la fragmentación de la cultura actual cada cual se ve tentado a buscar su verdad, su única verdad subjetiva. Pero esto no es posible, ya que el individuo se presenta ante un mundo muy complejo e inseguro, sin referencias objetivas. No está  claro qué buscar ni por dónde.

Al intentar acceder a cada una de las dimensiones de esta complejidad, se vive la sensación de una incomprensión radical de los fenómenos que se desarrollan en este complejo mundo y en la interioridad personal de cada uno.

Los jóvenes consideran a las referencias objetivas de dos maneras: como verdades científicas (muy difíciles de conocer por su vastedad y complejidad), o como propuestas "viejas", transmitidas por cauces tradiciones e institucionalizados. Consecuencia: el joven prefiere refugiarse, o en el magma de la indiferencia religiosa, o "engancharse" a gurús y movimientos que le aseguren una identidad personal y lo guíen. Estas "propuestas" le ofrecen un camino más simplificado, que no lo obliga a enfrentarse continuadamente a una opción personal. Actualmente el joven carece de recursos y de referentes para una opción personal plena. Y esto es trágico.

Los "datos" que se asimilan, sólo permanecen hasta que otro dato que "me impacte" llegue a mi vida para sustituirlo. En estas condiciones, también Dios puede ser vivencia de un momento, para ser relativizado al siguiente. La dimensión religiosa es el eje donde se estructura toda la persona, donde se apoyan el resto de las dimensiones humanas: lo corpóreo, lo afectivo-emocional, lo lúdico, lo relacionado a la voluntad personal y a la libertad. Pero es difícil integrar la experiencia religiosa (fundamentalmente emocional), en aquella persona que carece de referencias objetivas que le permiten "ponerle nombre" y comprender, desde algún punto seguro, el significado de ese encuentro con Dios. Sus fragmentos de experiencia religiosa difícilmente pueden constituirse como un eje sobre el que desarrollar las demás dimensiones de su vida.

Sin embargo, junto a la búsqueda de un "Dios a la carta", en muchos jóvenes se da la posibilidad de acercarse a Dios de un modo nuevo, sin prejuicios, llegando a ser creyentes maduros.

 

6. Cristiano "militante", cristiano "orante" y nuevos compromisos

El modelo de adulto creyente válido hasta ayer, el del militante, ya no puede contestar a todos los interrogantes que hoy se plantean, por ser un modelo donde lo emocional y la interioridad no siempre contaban en primer lugar (aunque siempre hubo excepciones). La militancia ya no es el referente primero ni fundamental para los jóvenes que a su manera caminan, en la sociedad fragmentada y religiosamente indiferente, hacia Dios. Quizás el camino de la oración, como lugar de encuentro más subjetivo y emotivo, pueda constituir uno de los espacios de partida de su peregrinar hacia Dios. Es verdad que el riesgo de quedar en un puro ensimismamiento subjetivo es grande, y que lo mismo que el camino militante, el orante, deber  ser evangelizado para progresivamente llegar a las demás dimensiones del adulto cristiano; pero a pesar de los riesgos, parece que puede ser una propuesta importante, propuesta que habíamos minusvalorado en muchos ambientes de evangelización de jóvenes.

No se puede forjar este modelo de cristiano orante sin el testimonio de una comunidad real que ora y busca el compromiso que pide Dios. También aquí es imprescindible ofrecer lugares donde sentirse reconocidos por otros para así poder entender desde la propia experiencia qué significar  sentirse reconocido y amado por el Padre Dios.

Los rasgos que caracterizaban las formas anteriores de compromiso militante tenían mucho que ver con la transformación socio-política, directa e inmediata, de las estructuras sociales. Se clasificaba a los creyentes en "comprometidos" y "no comprometidos". Un compromiso y una participación auténticos eran aquellos que se proponían como meta un cambio inmediato e inequívoco de las estructuras sociales y políticas. Hoy el compromiso tiene un alcance menos utópico, menos escatológico, menos revolucionario, menos político. Movilizaciones ya no hay muchas, pero cuando las hay, tienen sus motivaciones no en el poder, el cambio, la transformación, sino en el reconocimiento, la autenticidad, la solidaridad.

Desde la mentalidad del antiguo militante, el compromiso del voluntariado aparece como el de un "pequeño burgués", como el compromiso de alguien que acude a las organizaciones cívicas para disponer de un menú asistencialista con el que hacer "alguna cosita por los demás". Social y políticamente inofensivo, aparentemente el voluntario no pone en cuestión el sistema social, económico y político; se conforma con poco y no quiere grandes problemas organizativos, tan solo pide alguien a quien acompañar, cuidar, escuchar, limpiar, enseñar, atender o acariciar.

La lucha por el reconocimiento desplaza a la lucha por la justicia. No desaparece la justicia como horizonte de cambio y transformación política, permanece como el fondo de un paisaje nuevo en el que cobran protagonismo unas figuras que hasta entonces habían pasado desapercibidas. Ahora los personajes tienen rostro, los voluntarios tienen tiempo, no se hipoteca el presente en detrimento de un futuro utópico, hay personajes dispuestos a compartir historias y no sólo a escribirlas para que otros las representen, se entablan conversaciones entre personas y no entre "agentes" y "pacientes", el pueblo es sustituido por la gente, la revolución es sustituida por la compasión, la emoción y la sensibilidad.

(Para profundizar ver el Tema Central: "Una nueva sensibilidad social" de Agustín D. Moratalla, en UMBRALES, n. 93).

 

 

 

Algunas propuestas

 

Quien tenga experiencia en Pastoral Juvenil, conoce la sensación de estar, periódicamente, "comenzando de cero". Estas propuestas son como el relato de lo que estamos buscando realizar, para que sea lo más coherente posible con lo descrito anteriormente.

 

1. El encuentro con el otro (el trabajo de equipo)

La primera propuesta es "volver" a descubrir la gracia de encontrarse con otros para poder encontrarse con Dios; el trabajo pastoral en equipo es un testimonio coherente de aquello a lo que queremos invitar.

No puede uno encontrarse con Dios, encontrar el sentido para su vida, si no logra encontrarse verdaderamente con los hermanos. El camino a Dios tiene que pasar necesariamente por el camino junto con los hermanos. Desde la más antigua tradición cristiana, la comunidad es el mejor signo de cómo es el Dios de Jesucristo. La Iglesia, Pueblo de Dios, es uno de los modos más evidentes que tenemos para manifestar a los demás cómo es nuestro Dios, y además, por su presencia verdadera y real, según su promesa, la comunidad de hermanos se hace sacramento de su amor entre nosotros. Dice un chamamé argentino:

"Es que Dios es Dios-familia, Dios-amor, Dios-Trinidad,

de tal palo, tal astilla, somos su comunidad.

Nuestro Dios es Padre y Madre, causa de nuestra hermandad,

por eso es lindo encontrarse, compartir y festejar".

Tenemos que ayudar a los jóvenes a descubrir la necesidad de encontrarse con sus hermanos. Y un camino muy coherente con lo que venimos diciendo, es el testimonio que nosotros mismos podemos darles de nuestra experiencia de vida comunitaria; por nuestra participación en alguna pequeña comunidad y además por el trabajo pastoral en equipo. Para este desafío es, entonces, imprescindible trabajar en equipo, en comunidad. Este estilo de trabajo con otros, en Iglesia, busca no separarse de "lo que el Espíritu Santo le dice a las Iglesias". Además nos da la pista para una tarea más integral, sin necesidad de saber todo sobre todo (sobre Biblia, sobre el acompañamiento espiritual, sobre psicología, sobre teología, sobre dinámicas de grupo, sobre catequesis, etc.).

 

2. Recuperar la fiesta (sin renunciar al compromiso)

Juntar dos actitudes: querer cambiar el mundo y cantar la alegría de vivir. El antiguo modelo de actuar pastoral estaba seriamente comprometido con el cambio social, y muchas veces renunciaba a cualquier alegría, porque no era la alegría definitiva; como si alegrarse de algo parcial fuera como una "distracción de lo importante". Pero este modo de actuar, olvidaba que en la lucha por cambiar el mundo, es necesario alegrarse también por muchos signos de salvación que surgen en nuestro camino y que apuntan ya al Reino esperado. Celebrar anticipadamente la fiesta de la salvación definitiva es parte de nuestra fe. Como lo hacía Jesús. El evangelio, antes que un "manual de buen comportamiento para salvarse", es acogida gozosa de la gracia, es invitación gratuita a la fiesta de la vida: "Maestro, ¿dónde vives?", "Vengan y verán". Tenemos que invertir el orden: ya no es cumplir los mandamientos para salvarse, sino vivir con alegría esos valores porque hemos sido salvados.

 

3. Reconciliarse con el cuerpo (sin perder el espíritu)

Si partimos de pensar al ser humano como un compuesto cuerpo-alma, algo así como si el cuerpo fuera una especie de recipiente del alma, nos alejamos mucho de la concepción bíblica del ser humano. Las expresiones como "salva tu alma" contenían una concepción de desprecio del cuerpo, como si el cuerpo fuera algo que entorpece "las cosas del alma" y como si fuera posible sólo salvar el alma sin tener en cuenta al cuerpo y todo lo relacionado con él (es decir, la comida, la vivienda, la salud, el ejercicio, el sexo, la política, lo social, el trabajo, etc.). El espíritu humano siempre es espíritu encarnado; no se esconde por detrás del cuerpo o "dentro" de él: en los gestos, en el mirar, en palabras y aún en el silencio, puede estar toda la profundidad y el misterio del alma. Debemos, ya en el mismo anuncio de la fe, lograr un discurso más unificado e integral de la persona.

"Es la persona del hombre la que hay que salvar. Es la sociedad humana la que hay que renovar. Es, por consiguiente, el hombre; pero el hombre todo entero, cuerpo y alma, corazón y conciencia, inteligencia y voluntad, quien ser  el objeto central [del anuncio del Concilio" (G S. 3a).

Al mismo tiempo, hoy sufrimos una idolatría del cuerpo. Se vive la corporeidad como algo separado de la existencia humana, sin importar mucho qué se haga o deje de hacer con el cuerpo, como si fuera algo desechable y separado de la persona. Y como si solucionando algunos inconvenientes en mi cuerpo (sobre todo relacionados con la estética), pudiera solucionar toda mi vida. Y, por último, es de gran importancia rescatar la sexualidad (y en ella la genitalidad), como dimensión de la corporeidad que, junto a otras, expresa la humanidad en su más alto nivel. Son fundamentales los espacios donde podamos redescubrir que las relaciones castas (aunque suene a palabra antigua) son el camino de respeto y contemplación de la importancia del otro género, como complemento y plenitud de mi existencia humana.

 

4. Enseñar a pensar (y sentir)

En general, la realidad de las cosas la "medimos" por el eco de lo que despierta en la esfera afectiva. Si algo nos resulta indiferente es para nosotros, como si no existiera. Los medios de comunicación, que hoy educan más que la familia y la escuela, definen lo que existe y lo que ya no, lo que es y lo que no es. Esta exacerbación de lo afectivo como instrumento de comunicación y acercamiento, no debería obnubilar la importancia de la lucidez en nuestro proceso de conocimiento, que debe ser integral.

Es necesario integrar la razón y el sentimiento, ya que "inteligir es un modo de sentir y sentir es en el ser huma no un modo de inteligir" (Zubiri).

 

5. Aceptar el rendimiento (sin renunciar a la gratuidad)

La sociedad "moderna" del rendimiento se opone a la sociedad feudal. En esta última, la posición social viene dada por el nacimiento: se nacía señor o vasallo. En la sociedad de la modernidad, la posición social está determinada por el rendimiento de la persona. El ejemplo de esta mentalidad de rendimiento es el dueño de Microsoft, Bill Gates, que es actualmente el hombre más rico del mundo. Este señor tiene un récord histórico: logró su fortuna empezando de cero, no heredó nada de nadie, empezó de abajo. Y por esto es admirado por la mayoría de los empresarios del mundo... Pero estos años de sociedad de la modernidad han mostrado que el sólo "rendir" atrofia la gratuidad y lo lúdico, por lo que la persona humana se empobrece notablemente.

Antiguamente se daba una casi identificación de la realización humana con el trabajar productivamente. Hoy, gracias a los avances tecnológicos, parecería que ya no ser  necesario el trabajo tal y como lo concebimos nosotros, y que esto produciría generaciones enteras que no conocer n el trabajo. Habrá mucho más tiempo para otras cosas (jugar, leer, deportes, etc.). Y a la vez se generar  una pobreza e injusticia social que no queremos ni siquiera imaginar. Sin embargo, seguimos educando como si esto no estuviera cambiando, como si fuera igual que a principios del siglo XX. Es necesario revisar hacia qué valores educamos... El esfuerzo debe rescatarse como valor. El esfuerzo como una dimensión de la solidaridad (el esfuerzo-para otros), el esfuerzo también como lugar de gozo y fiesta por el objetivo alcanzado, aunque sea un objetivo parcial y no el definitivo. Entendemos al ser humano como homo faber y a la vez homo ludens. Se realiza en el esfuerzo, en el trabajo, en el juego y en el ocio. Hay que enseñar lo bello junto con lo útil.

 

6. Promover el diálogo como alternativa a la intolerancia y al relativismo

Una de las victorias que se logró en este período como progreso ético, es la de la tolerancia y la libertad de conciencia. Pero al final de este siglo XX, vivimos la confusión entre la tolerancia y el relativismo. El tolerante es aquel que busca y promueve el diálogo, porque sabe que existe la verdad, aunque nadie pueda decirse el dueño absoluto de ella. Y el diálogo no es, como hoy se vive en muchos  ámbitos (sobre todo en el mundo juvenil) una simple expresión de ideas sin pretensión de búsqueda de lo más correcto. Es muy frecuente escuchar en boca de los jóvenes expresiones como ésta: "Vos  pensá  eso, y yo pienso esto otro... Todo bien, vos no te metés en mi vida y yo te dejo vivir la tuya". No hay que confundir un diálogo tolerante con la simple expresión de ideas, sin querer acercarse a la verdad, porque cada uno tiene su verdad. Caemos entonces en el relativismo y en el "todo vale". Pero cuando todo vale, nada vale, y si nada vale, ¿con qué argumentos defenderé lo que es justo? La consecuencia más trágica del relativismo es la instauración de la ley del más fuerte, y el sin sentido de la existencia. Para promover el diálogo verdadero, que busque la verdad y la justicia, es necesario educar desde los valores. Pero, al querer vivir valores, no tengo más remedio que comprometerme con ellos, y ahí hay un gran desafío también para los adultos. Como dice el Concilio Vaticano II, "la verdad no se impone sino por la fuerza de la misma verdad"(Dignitatis humanae n. 1); pero también debemos enseñar que la verdad es necesario defenderla.

 

7. Enseñar a vivir lo permanente en medio de lo efímero

El concepto actual de "libertad" es como el de una hoja caída del árbol, que va de un lado para otro, según sople el viento. Una cosa es ser libre "de" ataduras que me impiden caminar, pero esto hay que complementarlo con la otra dimensión de la libertad: soy libre "para" caminar hacia una meta que vislumbro y que a la vez voy forjando. Libre es quien sea capaz de tomar con sus propias manos las riendas de su vida, sin dejarse arrastrar por los acontecimientos. El joven de hoy no se aferra a nada y eso puede ser bueno porque puede favorecer una vida más austera. Pero puede convertirse en la destrucción de la existencia si se "mata" hasta la intención de encontrar alguna meta, algún absoluto; si sólo se busca el placer breve y puntual, efímero.

 

8. Educar la fe de forma nueva

Revalorizar la experiencia religiosa. Desde el antiguo modelo, descubrimos la fe como un obsequio "razonable" (cfr. el Concilio Vaticano I). Es necesaria la razón para acceder a Dios. Y eso es una gran verdad contra el fideísmo que no busca argumentos para sostener las verdades de fe, que no le interesa, como nos pide San Pedro, "dar razones de la esperanza" (1Pe 3,15). Desde el cuestionamiento al antiguo modelo, la sensibilidad "nueva" ayudó a revalorizar también la experiencia y el sentimiento en el acceso a Dios. No hay fe sin la experiencia inicial (conversión) ni sin la experiencia cotidiana. Pero no hay que caer en un anti-intelectualismo, ya que la fe sin crítica y puro sentimiento puede hacerse aberración fundamentalista.

Redescubrir la teología narrativa. Por teología narrativa entendemos aquella teología que, no hace grandes razonamientos especulativos acerca de Dios, sino que, narra, cómo Dios se manifestó en las cosas concretas, en la experiencia cotidiana. Es lo que hacen los evangelios. El pensamiento "débil" del que hablábamos anteriormente, puede ser purificador en nuestro razonamiento acerca de "las cosas de Dios": ante el misterio de Dios, nuestro saber no es m s que balbuceo sobre lo indecible. Ante el totalmente Otro, es más lo que ignoramos que lo que podemos llegar a conocer. Sin renunciar al lenguaje conceptual, es necesario recuperar el lenguaje narrativo; en las catequesis, homilías, en las dinámica de grupos y también en la reflexión teológica.

Promoviendo la libertad. La desconfianza actual a las normas, es una llamada a redescubrir la libertad de los hijos de Dios. Pero cuando hablamos de libertad, debemos recordar la distinción que hacíamos entre la libertad "de" y la libertad "para". Si a esto le agregamos que Dios nos hizo libres para amar, entonces podemos decir con San Agustín: "Ama y haz lo que quieras". El amor es la ley que rige a las personas libres.

 

9. Pasar de la "pastoral de los sucesos" a la pastoral de los procesos"

Un modo de mantener a los jóvenes "enganchados" es, al estilo del vídeo clip, bombardearlos permanentemente con propuestas atractivas, aunque sin conexión entre sí: hoy los invitamos a una peña musical, mañana a una misión, otro día a un retiro espiritual, luego a una jornada con muchos jóvenes, más adelante a una vigilia de oración... y entre tantos "sucesos", alguna reunión para "prepararlos" (en realidad, es para enterarse de las tareas que ya están asignadas). Pero si estos "sucesos" no se complementan con "procesos" más personalizadores, entonces aunque el joven haga experiencias fuertes de Dios, no podemos hablar propiamente de Pastoral Juvenil organizada y evangelizadora. Para que exista Pastoral Juvenil es fundamental e imprescindible no olvidar un instrumento básico: los grupos juveniles, las pequeñas comunidades de jóvenes. Ése es el espacio más indicado para que los jóvenes puedan hacer "proceso". Ésos son los espacios de ensayo donde probar las nuevas maneras de relación, pero sin morir en el ensayo.

Los grupos juveniles son los espacios seguros y libres en los que se hace la experiencia de aprender a dialogar, aceptando las diferencias y buscando la comunión. En los grupos se hace la experiencia de fraternidad, verdadera y gratuita. Allí se aprende que es posible confiar, porque se descubren a otros seres humanos que se van revelando con generosidad y que se aceptan tal como son y gratis, sin exigir nada. En los grupos se hace la experiencia de la alegre fiesta que brota de la simplicidad del encuentro, sin necesidad de alcohol y drogas... En los grupos se hace la experiencia de descubrir cómo actúa Dios en la gente, al escuchar el testimonio que uno quiera compartir con los otros. Por supuesto que luego pueden venir experiencias de misión, de peñas musicales, de retiros espirituales... Pero vendrá como algo natural en el proceso del grupo, no como una buena idea que se le ocurrió al animador de turno.

 

10. Pasar de la "dirección espiritual" al "acompañamiento personal"

El tema del acompañamiento personal está cada vez más presente entre los desafíos de la pastoral de la juventud. Es un camino que se ve más necesario no sólo para el proceso de fe que puedan hacer los jóvenes, sino para cualquier cristiano que quiera personalizar y objetivar el proceso que vaya realizando. Es un servicio enraizado en la comunidad, ofrecido desde la fraternidad, y el humilde reconocimiento de este carisma en algunos miembros. La comunidad (a veces a través de los mismos jóvenes) elige algunos de sus integrantes para este servicio. Para que la experiencia sea constructiva para ambos, acompañante y acompañado, se debe tener en cuenta algunos elementos:

Se hace desde la experiencia de una comunidad, mediante el di logo profundo; no puede hacerse solamente por iniciativa personal, "ofreciéndose" como acompañante.

Se hace desde la propia experiencia y libertad del joven. No es una "dirección espiritual" ni consulta psicológica, ni una instancia del sacramento de la reconciliación. No es una relación generadora de dependencia, sino que refiere siempre a Jesucristo.

 

Conclusión

Desde Medellín hasta ahora, la acción de la Iglesia latinoamericana ha tenido como una de sus prioridades en la tarea evangelizadora la opción por los pobres. A lo largo de los años y con el sucederse de documentos esta preocupación ha estado presente en toda la pastoral.

Junto con esta opción por los pobres siempre ha estado (y más explícitamente a partir de Puebla) la opción por los jóvenes. En los documentos eclesiales hay criterios fundamentales para una pastoral juvenil eficaz y liberadora (cf. Santo Domingo n. 113ss). No es muy desencajado afirmar que en América Latina optar por los jóvenes es optar por los pobres. Todo lo dicho, escrito y reflexionado al respecto de la opción irrenunciable por los pobres, puede y debe decirse también al respecto de la opción por los jóvenes.

Para el acompañamiento de los jóvenes necesitamos no sólo reflexionar la realidad que viven, sino también, ponernos vitalmente al lado de ellos y escuchar sus palabras, sus gestos y sus silencios. Necesitamos reconocer la multiplicidad de realidades que vivimos, los límites y limitaciones con que nos tenemos que mover, y revalorar el tiempo presente como el único terreno válido de acompañamiento. Podemos así ayudarlos a escucharse y proyectarse en un horizonte de sentido para sus vidas.

Tal vez habría que poner en marcha una pastoral de preguntas, más que de respuestas: ponernos más del lado de las preguntas de los jóvenes. ¿Qué capacidad tienen nuestras instancias pastorales institucionales para recibir a los múltiples interrogantes de la juventud? ¿Cuánto, o no, nos molestan sus preguntas? ¿Cuántas veces no son descartadas de plano, proponiendo un proyecto que ya lo teníamos armado antes de encontrar nos con ellos, estableciendo una pastoral unidireccional, donde somos más "profesores" que compañeros? Necesitamos una pastoral comunicativa que ponga de manifiesto que la fe es proceso de mutua comunicación, con sus tiempos, sus esperas, sus silencios, y también momentos de encuentro y de profunda comunión. De esta manera, estaremos evangelizando no para sumar miembros a nuestras filas, sino para crear comunidad. La Iglesia puede y tiene que ser un lugar de encuentro para los jóvenes.

 

Richard Arce