El laico cristiano es Iglesia

 

El laico cristiano es Iglesia, integra como miembro vivo el pueblo nuevo, rescatado por la sangre del Cordero, que ha hecho de todos los bautizados hijos en el Hijo, conciudadanos de los santos y familia de Dios (Ef 2,19). Vivificado por el Espíritu, este pueblo santo ha sido reunido en Cristo para tener, gracias a él, acceso al Padre (1Pe 2,9).

En Cristo, que la ha rescatado, fundado y santificado, se ajusta toda la construcción de la Iglesia y va creciendo y elevándose como un templo santo. En él cada uno está integrado al edificio, para ser morada de Dios en el Espíritu (Ef 2,21-22).

Como laico cristiano eres parte viva del cuerpo de Cristo (1Cor 12,12-30), como miembro, tú prolongas en el mundo la presencia y la misión de Cristo, asociándote a la entrega de Cristo al Padre, para dar vida al mundo.

El Espíritu que habita en ti es el alma de este cuerpo. Él construye la unidad viviente, que da vida y fuerza al pueblo de Dios; Él es vínculo de la comunión, fuerza de la misión, la fuente de todos los dones, la llama del amor. Porque en un solo Espíritu hemos sido todos bautizados, para no formar más que un solo cuerpo. Y todos hemos bebido de un solo Espíritu.

Por la Iglesia, con ella y en ella, puedes tú vivir también en Cristo y participar de la vida en el Espíritu. Y como sólo hay un cuerpo y un Espíritu, no hay para ti más que una esperanza a la que has sido llamado: la esperanza de tu madre la Iglesia. Tal es la comunión de los fieles en la unidad de la Iglesia y de la fe que, creyendo en un solo Dios, renacidos en un solo bautismo, fortificados por un solo Espíritu Santo, hemos sido todos educados, por la gracia de la adopción, para una misma vida plena.

Estarás, entonces, en comunión con el Espíritu si amas a la Iglesia, y la amarás si te mantienes en su unidad mediante la caridad.

Tu pertenencia a la Iglesia se manifiesta en la unión con tus pastores.

"La Iglesia es el pueblo unido a su pastor. El obispo está en la Iglesia y la Iglesia en el obispo" (san Cipriano). No podemos negar hoy lo que repite la tradición desde hace siglos.

El Señor mismo instituyó en su Iglesia, diversos ministerios ordenados al bien de todo el cuerpo. Entre estos ministerios, el del episcopado es el fundamento de todos los demás.

No tenemos que crear otra Iglesia dentro de la Iglesia, sino que tenemos que ser células de Iglesia, en la Iglesia una y santa.

Ama a la Iglesia con un gran amor místico y filial. Vive el ecumenismo en el corazón de tu propia vida: el hombre unificado es unificante. Vive el ecumenismo en el seno de tu propia comunidad: por la aceptación gozosa y constructiva de personas tan diferentes. Vive el ecumenismo en el marco de toda la cristiandad, a fin de que sean cada vez más hermanos todos los discípulos de Cristo que permanecen aún separados. El ecumenismo más eficaz es el de la oración.

¿En qué va a consistir para ti la evangelización, en este marco eclesial?

En primer lugar, en que tú debes proclamar el evangelio a través de la totalidad de tu existencia (hno. Carlos de Foucauld).

Con el testimonio de tu amor estás evangelizando mucho mejor que con discursos: Dios es amor, y solamente entregando amor puedes anunciar a Dios (Jn 13,35).

La misión de Cristo, ungido para evangelizar a los pobres, te constituye en profeta del amor y servidor de la reconciliación.

Como Cristo sintió compasión de las multitudes y comenzó a enseñarles (Mc 6,34) también tu anuncia la Buena Noticia de la misericordia de Dios.

La opción misionera consiste en vivir la urgencia de la evangelización (1Cor 9,16) en cualquier lugar y dimensión de tu vida (dispuestos también a ir más allá de tus fronteras), abriendo tu corazón a dimensiones universales.

Q. R.