Perú
Las esperanzas en tiempo de crisis institucional
Las recientes dimisiones del presidente Fujimori y las elecciones
políticas de abril de 2001 abren sufridos caminos de esperanzas en medio de un
contexto de crisis política y social generalizada. Los obispos y las
comunidades peruanas en el recuerdo del querido cardenal Augusto Vargas
Alzamora, auspician la "pacificación nacional" superando las heridas
profundas del enfrentamiento social y de la corrupción política.
El presidente de la Conferencia
Episcopal del Perú (CEP), mons. Luis
Bambarén, obispo de Cimbote, ha definido como "vergonzoso" el
episodio de corrupción que ha provocado la huida de Vladimiro Montesinos, el
más estrecho colaborador de Fujimori.
"El cancro de la corrupción debe ser extirpado-dijo Bambarén-
porque los que se sirven del poder para sus mezquinos intereses, no servirán
nunca a la sociedad". Por su parte la CEP en un documento titulado "Instituciones y bien común"
invita a encontrar "soluciones que
garanticen la verdad y la justicia...". "Todos -siguen afirmando
los obispos peruanos- debemos buscar la pacificación, reducir las tensiones y
superar las divisiones para sanar las heridas abiertas...".
Pocos días antes de estos
acontecimientos, el 4 de setiembre, la Iglesia Perú había perdido una de las
figuras más emblemática de la esperanza popular en estos últimos años de crisis
institucional. El card. Augusto Vargas Alzamora
falleció a los 77 años, dejando una sensación de desguarnecimiento, por la
pérdida de alguien que, como arzobispo de Lima, a menudo alzó su voz a favor de
los pobres y la resquebrajada democracia peruana. Nacido el 9 de noviembre de
1922 en Lima, Vargas Alzamora ingresó en la Compañía de Jesús, donde fue
ordenado sacerdote en 1955.
Un rasgo fundamental de la vida del
arzobispo emérito de Lima fue su cercanía a los pobres. Los buscó en encuentros
directos y constantes, más que en discursos. Incluso estando ya jubilado, el
card. Vargas Alzamora seguía atendiendo a los pobladores de Villa San Luis, en
Pamplona (Lima), al igual que hizo en los inicios de su vida sacerdotal, cuando
junto a los estudiantes del Colegio de la Inmaculada visitaba barriadas como
Villa Clorinda y Primero de Mayo.
Su vida pública transcurrió, sobre
todo en las dos últimas décadas, entre la Secretaría de la CEP (1982-1990), la
sede primada de Lima (1990-1999) y la Presidencia del propio Episcopado peruano
durante dos períodos (1993-1999), tiempo en el que también fue creado cardenal
(en 1994) por Juan Pablo II. Al asumir la arquidiócesis limeña, el card. Vargas
Alzamora tomó progresivamente un liderazgo cívico y moral fruto de su pasión
por el Perú, que lo empujó a alzar la voz con una palabra que incomodaba a
muchos. "Nuestra democracia es todavía inmadura... nuestra historia
política se ha quedado en el personalismo...", declaró en cierta ocasión.
Asimismo, en abril de 1997, en un comunicado público manifestaba con
contundencia: "no puedo
callar", al saber que en el Perú todavía se torturaba a la gente en
las comisarías, cárceles o servicios militares. Más recientemente, y ya como
obispo emérito, no dejaba en ningún momento de responder a las preguntas más
comprometedoras de los periodistas sobre el acontecer nacional y las trabas que
surgían para el ejercicio de la democracia en el país. Augusto Vargas Alzamora,
un hombre de palabra movido por la fe, queda en esta hora difícil del Perú como
un testigo fiel que hace esperar en tiempos mejores.