Retrato

Mons. Gerardo Tomás Farrel

 

Un apóstol de la Doctrina Social

 

Gerardo Tomás Farrel, obispo coadjutor de Quilmes, uno de los más profundos conocedores de la Doctrina Social de la Iglesia, murió el 18 de mayo pasado a los 69 años luego de sobrellevar con entereza una larga enfermedad.

En los últimos tiempos, Gerardo Farrel integraba la Comisión Episcopal de la Pastoral Social a cargo del card. Raúl Primatesta, y por su condición de obispo coadjutor le tocaba suceder al obispo Jorge Novak cuando éste se retirara de la diócesis de Quilmes. Teólogo e infatigable estudioso de la Doctrina Social, es fácil encontrar la honda huella de su capacidad de análisis y de su prosa eclesial en la mayor parte de los documentos de significación de la jerarquía católica argentina en los últimos 40 años.

Nacido en Morón el 18 de octubre de 1930, fue ordenado sacerdote a los 30 años. Durante su ministerio se dedicó a trabajar activamente en la organización de la pastoral social de Morón. Por años los laicos, sacerdotes y obispos tuvieron en él a un consejero lúcido, a un hombre de fe que supo armonizar su sólida formación intelectual (estudió filosofía, teología, sociología y ciencias económicas), con una fina sensibilidad pastoral. Farrel fue parte protagónica de un recordado grupo que trabajó y orientó la aplicación en Argentina del Concilio Vaticano II. Con Lucio Gera, su entrañable amigo, uno de los más respetados teólogos argentinos, y otros expertos, asesoró a la Comisión Episcopal de Pastoral (COEPAL) que integraron, entre otros, obispos de la talla de Manuel Marengo, Enrique Angelelli, Juan José Iriarte y Vicente Zaspe.

Fue también uno de los principales asesores que llevaron los obispos argentinos al Sínodo de América, que se celebró en Roma en noviembre de 1997. Trabajó junto a mons. Justo Laguna en la diócesis de Morón hasta que fue elegido obispo coadjutor de Quilmes, hace sólo tres años.

Como pensador y hombre de la Iglesia supo cultivar el diálogo con la cultura contemporánea y a la vez ser guía y consejero de los sacerdotes más jóvenes, como también orientar e impulsar a los laicos que se comprometían en la acción social o política. Con admirable serenidad enfrentó la enfermedad trabajando y atendiendo, ya retirado en una casa particular de su familia. A quien lo visitaba le decía abriendo los brazos y sonriendo: "Estoy esperando". Con inmensa alegría pudo concelebrar la Misa con sus hermanos obispos en la basílica de Luján cinco días antes. Lo que esperaba era evidentemente con ansia y profunda emoción el encuentro con Dios, a quien había consagrado su vida y su sacerdocio.