MONS. MIGUEL HESAYNE
Mi experiencia de Iglesia
La experiencia que he vivido como obispo en la etapa posconciliar de la
Iglesia -afirma el padre obispo mons. Hesayne en estas reflexiones- ha
consistido antes que nada en el esfuerzo de pasar de una Iglesia piramidal a
una Iglesia comunidad.
Con mons. Marengo en Azul empecé a
vivir el espíritu del Concilio. Marengo había sido formado en una mentalidad
preconciliar pero después del Concilio cambió totalmente. Reunió a los
sacerdotes, a los religiosos y a los laicos proclamando que el Concilio exigía
una conversión de parte de todos. Él mismo pedía: "Ayúdenme a
convertirme", sabiendo que los obispos debían dar el ejemplo y que no les
iba a ser fácil. En Azul se fue constituyendo a nivel diocesano el Consejo Presbiteral,
el Consejo Pastoral y el Consejo de Administración, con estructuras parecidas
en las parroquias para ir dando participación a los laicos y lograr verdaderas
comunidades cristianas.
El 4 de julio del 75 fui elegido obispo de Viedma. Marengo me había dicho:
"Menos circulares y circular más", refiriéndose a los numerosos
documentos y papeles que salen de las curias y nadie lee. De mis viajes por
todo el inmenso territorio de Río Negro (ahora hay tres diócesis) me calcularon
haber viajado 300 kilómetros por día. Había zonas muy pobres abandonadas; por
allí encontré a un franciscano que estuvo trabajando sólo durante 30 años.
Encaré las visitas pastorales (no jurídicas) como una prioridad de mi acción
pastoral. Después de cinco años de viajar, escuchar y ver, había llegado a la
conclusión de que cada sacerdote estaba en lo suyo, no había ninguna
coordinación o pastoral de conjunto. ¿Qué hacer? En una reunión un sacerdote me
dijo: ¿No se anima a hacer un Sínodo?
La idea lentamente fue tomando
cuerpo; se trataría de hacer un Sínodo
eminentemente pastoral como lo indica la misma palabra "sínodo" que significa "caminar juntos". Algunos me
atacaron como imprudente. Eran las mismas objeciones que le hacían al obispo
Toribio de Mogrovejo (que celebró como 10 Sínodos) a las que el santo
contestaba: "El Sínodo es para madurar en la fe". No se puede ser
obispo sin escuchar al pueblo, prescindiendo de la comunidad. En este sentido
son geniales las palabras del obispo
Angelelli: "Hay que tener un oído al Evangelio y otro al pueblo".
No hay Iglesia sin mundo. Y el proyecto de Dios sobre el mundo es el Reino de
Dios.
Un oído al Evangelio y otro al pueblo
Se trataba de que los cristianos
tomaran conciencia de ser miembros adultos de la Iglesia. Algunos me dijeron
que no iban a recibir la comunión en la mano porque "sólo ustedes los
sacerdotes tienen las manos consagradas"... Hasta hace muy poco tiempo la
Iglesia era el clero y nada más. Y sin embargo, el Concilio nos ha enseñado que
no hay Iglesia sin comunidad cristiana.
Sólo la comunidad de los creyentes en Jesús muerto y resucitado, es signo e
instrumento del Reino. Y la comunidad crece y se desarrolla a través de la
participación de todos, con sus distintos carismas y ministerios.
Decidimos pues pasar de una
estructura jurídica parroquial clerical a una
parroquia como "red de comunidades" a través de una comunión y
participación de todos lo más amplia posible. El primer paso era devolverle a
los cristianos una conciencia de pueblo de Dios. Una vez que el bautizado está
convencido que entra a formar parte de una comunidad, entonces y sólo entonces
se le pueden exigir responsabilidades. No vamos a la Iglesia, somos Iglesia. He
escuchado a laicos quejarse de que durante el proceso militar las autoridades
de la Iglesia nunca consultaron a los laicos y "ahora se nos invita a
todos a pedir perdón".
El primer paso para una verdadera
concientización de los laicos es escucharlos. Para el Sínodo de Viedma
propusimos los temas de Puebla, cuyo documento recién había salido: Jesús, el
hombre, la Iglesia, María... No en forma de conferencias, cursos y charlas...
sino de encuestas y cuestionarios para conversar en grupos. Las primeras
preguntas eran: "¿Quién es para vos
Jesús? ¿Dónde escuchaste hablar de Él? ¿A través de quién o de qué ambiente
te encontraste con Jesús? Ya allí vino la primera respuesta desde la realidad:
la familia no catequiza. Muy pocos citaban en sus respuestas a los padres,
algunos a los catequistas y la mayoría a los misioneros. Preguntamos también a
gente no creyente por qué no creían en Jesús y no querían ser cristianos; desde
una cárcel nos contestaron: "No queremos formar parte de una Iglesia que
no se ocupa de nosotros".
Después preguntamos sobre el
"hombre rionegrino", su situación, sus necesidades, etc. Descubrimos
que la mayoría eran inmigrantes y jóvenes (el 63% menores de 30 años). Los
ancianos eran en su mayoría indios mapuches, los chilenos eran el 30% pero en
las últimas décadas habían aumentado mucho las personas provenientes del norte
de Argentina. Coincidimos que primero era necesario conocer al hombre al que
había que evangelizar y partir de su cultura y tradiciones para una buena
evangelización. Hay que conocer las condiciones de vida de los mapuches para
comprender, por ejemplo, su alcoholismo, cuando les toca vivir temperaturas de
treinta grados bajo cero.
Al preguntar sobre la Iglesia
descubrimos que en el lenguaje común de los cristianos no existía la palabra
"parroquia". No había sentido de pertenencia a la misma. Muchos me
dijeron que a través del Sínodo habían descubierto la palabra
"parroquia" y dentro de ella la palabra "comunidad".
Descubrimos también que el cristianismo de muchos se agotaba en "cumplir
con el precepto" de la Misa dominical. Cristo vino a salvar a todos los
hombres y a "todo" el hombre. ¿Qué hace el cristiano con su familia,
con su dinero, con su sexo, con el poder que ejerce, con la inteligencia que
tiene? La Misa es fuente y culmen de la vida cristiana, pero la vida cristiana
tiene que ver con el sexo, el poder, la economía, la educación, la política...
Se precisaban pautas evangelizadoras para estas dimensiones de la vida. El
cristiano no podía encerrarse en el templo.
Una Iglesia desde las bases
La participación de la gente nos
llevaba a rehacer una Iglesia desde las bases, partiendo del pueblo, formando
grupos y comunidades, descentralizando las parroquias. La Eucaristía es incompleta si no lleva a compartir, a formar
comunidad. Las sectas tienen éxito porque cultivan relaciones fraternales. Se
empezó con grupos de reflexión partiendo de la Biblia y de la vida. No se
forman comunidades donde el cura tiene miedo a una interpretación personal
(quizás no ortodoxa) de la Biblia por parte de los laicos. Hay que devolver la
Biblia al pueblo. La única manera de cristianizar a la gente es a través de la
Palabra de Dios. La Iglesia crece gracias a la Palabra de Dios. ¿Por qué en
tantas partes se llegó a la descristianización del pueblo? Porque se predicó
únicamente moral. En Sierra Grande desaparecieron las sectas gracias a las
Comunidades Eclesiales y a la lectura popular de la Biblia.
Hay que reformar la Iglesia desde
las pequeñas comunidades. El futuro de las vocaciones sacerdotales no está en
los seminarios o en los noviciados sino en los grupos y comunidades de base; de
allí irán surgiendo. La futura Iglesia
surgirá de las comunidades cristianas. Esto implica también un acercamiento
con las demás confesiones cristianas; desgraciadamente el ecumenismo, a pesar
de ser un tema cumbre para el Papa, es el tema más olvidado en Argentina.
Implica también una relación de profunda amistad entre curas y laicos. No
podemos predicar a los demás lo que no practicamos y ser como las campanas que
llaman a los demás a entrar en la Iglesia y ellas no entran. "Yo los he
llamado amigos -decía Jesús- porque les he revelado mis secretos". Para
que haya amistad hace falta comunicarse también los sentimientos, compartir la
vida espiritual y eliminar barreras. A un amigo no se le puede llamar
"excelencia", "eminencia", "monseñor"... Todos
somos hermanos.
Hoy en día asistimos al fenómeno de
los movimientos eclesiales. La Iglesia es como el corazón y el Espíritu Santo
se sirve de venas y arterias por donde la Gracia, el Amor y la Palabra de Dios
pueden llegar mejor al corazón. Pero si en lugar de llevar la sangre al
corazón, las venas se engordan a sí mismas, terminan por infartar al corazón.
Esto sucede cuando los movimientos en vez de trabajar y vivir en función de la
comunidad cristiana, trabajan y viven para sí. El movimiento que no se integra
y no promueve comunidades cristianas, termina por ser una Iglesia dentro de la
Iglesia, una Iglesia paralela.
Una Iglesia servidora
Nuestra experiencia sinodal en
Viedma nos llevó a optar por una Iglesia comunidad y a la vez por una Iglesia
servidora como signo e instrumento del Reino. Siempre se ha ayudado a los
pobres pero ahora el objetivo es que el pobre pase de objeto de ayuda a sujeto
y protagonista de su historia. Queremos una Iglesia que evangelice a partir de
la realidad, iluminada por la verdad, desde los pobres a todos. Es esencial en
la Iglesia la dimensión social. Los Hechos de los Apóstoles nos dicen con
respecto a la primera comunidad cristiana que "no había pobres entre
ellos". Esa es la meta. Para eso hay que hacer opciones. ¿Por qué el
obispo tiene que ir a los templos y no a las capillas? ¿Por qué los pobres
tienen que ir al centro y no los del centro a los barrios? ¿Por qué no
favorecer a los más necesitados y carenciados? Esa era la orientación de Jesús:
"Él me envió a evangelizar a los pobres..."
La opción preferencial por los pobres no la inventó Puebla. Un antiguo
documento cristiano del primer siglo ("Constitución Apostólica") le
dice a los sacerdotes: "Tú tienes que presidir la comunidad litúrgica pero
si cuando estás presidiendo entra un pobre, tienes que detener la liturgia y buscarle
una silla. Si no la encuentras, tienes que darle tu silla y tú seguir la
ceremonia estando sentado en el piso." En aquel tiempo se celebraba en
casas de familia y no había asiento para todos. No me gusta la expresión
"preferencial" que se le añade a la opción por los pobres y menos
cuando se insiste en que no sea excluyente. Es una opción evangélica, es la
opción de Jesús y desde esa pobreza él evangelizó a todos. Al obispo Angelelli lo mataron por su
opción evangélica por los pobres.
Hay que volver a la sencillez del
Evangelio. No todos en la Iglesia nos hemos comprometido suficientemente con
los pobres con miras a su liberación integral y buscando la manera de que ellos
mismos sean sujetos de su propia liberación. Desde un primer momento declaré
que si alguien no tenía donde dormir o comer, tocara timbre en mi casa. Y así
llegó a mi casa el cacique de los indígenas que después desparramó por todos
lados la noticia de que había comido con el obispo. Mi administrador, un laico,
se quejaba de tener que administrar "la pobreza del obispado". Pero
yo creo en el testimonio.
Además del testimonio, hace falta
luchar por la transformación de sistemas y estructuras; la "civilización
del amor" (Pablo VI) quedará en un simple eslogan si no se implementan los
principios cristianos a nivel político. Por eso nos estamos dedicando, a través
de la Asociación Jaime de Nevares,
con 80 grupos y 600 laicos que ya participan de los cursos, a una formación política de los laicos cristianos.
Una Iglesia profética
El 2 de agosto de 1985 me llamaron
a declarar en el proceso entablado contra la Junta Militar por el gobierno de
Alfonsín. Yo no quería confrontar, polemizar o vengarme. Quería allí también
anunciar a Jesucristo; ésa es mi misión. Entonces ese día me encerré en una
capilla desde las nueve de la mañana hasta la una de la tarde; le pedí al Señor
que no hubiera ni una pizca de resentimiento en mis palabras pero sí que
denunciara abiertamente los crímenes cometidos por personas que se decían
cristianas. Estaba detrás de mí la ex Junta en pleno. El fiscal quiso que diera
mi testimonio a viva voz; hablé una hora entera sin que nadie me interrumpiera.
Uno de los jueces me preguntó: ¿Qué opina usted de Videla? Yo le contesté:
"Es un buen hombre pero mal formado en lo que respecta a la moral
cristiana". El fiscal preguntó si alguien más quería hacerme preguntas; no
hubo ninguna más.
Salí y una periodista de la BBC de
Londres me dijo: "Yo he estado en muchos juicios, pero esta declaración
suya la seguí como una celebración de la Palabra". Le pregunté: ¿es usted
católica? "No -me dijo-, soy anglicana". De ella y de otros
desconocidos recibí el apoyo que no había recibido de muchos hermanos míos en
la Iglesia Católica. Es que yo tengo fe en toda la Palabra de Dios y frente a
un torturador pensaba en lo que dice San Pablo: que somos templo vivo de Dios. Torturar a un hombre es torturar al
mismo Cristo . Lo dije allí como se lo había escrito por carta a Videla y
Harguindeguy en tiempos de la dictadura.