Hombres y mujeres de oración
Igual que Jesús oraba, hazlo tú
también. Tu vocación bautismal te convierte en hombre y en mujer de oración.
Toda la vida de Jesús estaba
dirigida hacia el Padre, en incesante
ofrenda, en escucha permanente, en adoración de amor, de acción de gracias
e intercesión. Mediante la oración, él permanecía tan unido a Dios que podía
afirmar que vivía en el Padre y el Padre en él.
Pero de un modo más visible Jesús
ha elegido espacios y tiempos
privilegiados para volver todavía más intensa y reconocible su oración: en
el templo, sobre la montaña, en el desierto, en la orilla del lago, o
sencillamente en cualquier sitio. De día o de noche, solo o con sus discípulos,
Jesús oraba. Gracias a esta relación de amor incesante y a estos tiempos y
lugares privilegiados de oración, se fue desenvolviendo su vida filial.
Viéndolo a él, se podía ver al Padre (Jn 14,9).
El maestro de tu vida de oración es
el Espíritu Santo. Incluso, si no sabes qué pedir ni cómo orar, el Espíritu
vendrá personalmente en auxilio de tu debilidad, intercederá por ti y te
enseñará a orar como conviene (Rom 8,26).
Tú, entonces, cuando ores, hazlo
desde el Espíritu Santo. No apagues jamás en ti el Espíritu (1Tes 5,19).
Por la oración, vuelves a encontrarte con Dios, lo
escuchas, le hablas y recibes su amor.
Por la oración, llegas a conocer tu identidad, aclaras tus
caminos y fortaleces tu corazón.
Por la oración, puedes comprender y comunicarte mejor con los
demás y ayudarlos.
Ora sin cesar. Así encontrarás la
paz, la luz, el gozo.
Para esclarecer tu inteligencia,
ora. Para discernir tu camino, ora.
Para unificar tu ser, ora. Para
iluminar tu rostro y alegrar tu corazón, ora.
- Reza como un pobre. Eres frágil, inconstante, incapaz de alcanzar a Dios sin
su ayuda. Eres pecador delante del Dios tres veces santo. Acepta tu pobreza,
sabiendo que Jesús ha bendecido la plegaria del humilde publicano (Lc 18,14).
La oración del pobre sube hasta los oídos de Dios (Eclo 21,5).
- Reza como un niño. Ahora somos hijos de Dios (1Jn 3,2). No entrarás en su
reino si no llegas a hacerte como un niño pequeño (Mt 18,3).
- Reza en el nombre de Jesús. Sé hijo en el Hijo y el Padre no podrá negarte nada. Pide
y recibirás y tu alegría será completa. Todo lo que pidas en el nombre de
Jesús, el Padre te lo concederá (Jn 14,13).
- Reza con una gran confianza. Tu plegaria ante el corazón de Dios, es mucho más poderosa
de lo que tú te imaginas. Todo lo que tú pidas en la oración, cree que ya lo
has recibido (Mc 11,24).
- Reza en el Espíritu Santo. Ya que el Espíritu de Dios habita en ti, has recibido el
Espíritu de hijo adoptivo que te hace clamar: Abbá, Papá, (Rom 8,9); déjalo
venir hasta ti, a lo hondo de tu pobreza, déjalo que él mismo interceda por ti
con gemidos inefables. Por la oración, hazte dócil a quien te revelará la
verdad completa. Que el Espíritu, orando en ti, te haga también actuar.
- Reza con perseverancia. Con el gozo de la esperanza, constante en la prueba,
persevera en la oración. Intensifica la oración en los momentos importantes, a
la hora de tomar decisiones, en las dificultades, en las tentaciones, ante
situaciones de recíproca incomprensión, como lo hizo el mismo Jesús.
- Reza con sobriedad y sencillez. Orar es estar juntos, corazón a corazón, Dios y tú,
y no hacen falta ni grandes ideas ni muchas palabras. La oración debe
conducirte poco a poco a la pura escucha del único que tiene palabras de vida
eterna (Jn 6,68).
- La eucaristía debe ser la cima de tu oración continua, ya que es entonces el momento en que alcanzas el más alto
grado de unión con Dios y el más alto grado de unión con tus hermanos, con
quienes formas el cuerpo de Cristo (1Cor 12,27).
Que toda tu vida sea una misa continuada.
La Eucaristía te incorpora a
Cristo: no eres ya tú quien vives, es Cristo el que vive en ti (Gál 2,20). Poco
a poco te encontrarás iluminado, purificado, gozoso, vivificado y tu vida será
una fiesta sin fin.
Q. R.