El Concilio Vaticano II, HOY
El acontecimiento fundamental de la historia cristiana del siglo XX es
indudablemente el Concilio Vaticano II. Acontecimiento no sólo católico, sino
con gran repercusión ecuménica que marcó a todas las Iglesias.
Sin embargo, el proceso de asimilación de su mensaje no está todavía
concluido. Muchos han intentado borrar su recuerdo porque los desafíos que el
Concilio Vaticano II sigue planteando hoy son muy incómodos. Sin embargo,
"el nuevo Pentecostés" invocado por el Beato Juan XXIII sigue
abriendo puertas y ventanas para una Iglesia en la que no pocos pastores y
laicos siguen sufriendo la tentación del encierro en un cenáculo seguro y
prestigioso, pero poco disponible a escuchar las angustias y las esperanzas del
mundo.
La sorpresa de todo el mundo fue
enorme, cuando el 25 de enero de 1959, el papa Juan XXIII, elegido papa tres meses antes, a los 77 años de edad,
anunciaba la convocación de un nuevo Concilio.
Este papa sencillo, de origen
campesino, había sido elegido como papa de transición, después del importante y
largo pontificado de Pío XII, que a toda la cristiandad le había parecido como
algo heroico y místico en medio de los difíciles años de la 2da. Guerra
Mundial. Ahora Juan XXIII lanzaba esta idea que él definía "como una flor espontánea de una primavera inesperada" y
como "un rayo de luz celestial".
En su oración para preparar el
Concilio, el Papa Bueno hablaba con acierto de "un Nuevo Pentecostés". No debía ser un concilio para
combatir algún error doctrinal o alguna ideología anticristiana. Debería ser un
concilio de diálogo, de apertura, de reconciliación y de unidad. Por eso el
título de "ecuménico", pero su apertura se extenderá mucho más allá de
las Iglesias cristianas, llegando a interpelar, como era costumbre del Papa
Bueno, a todos los hombres de buena voluntad.
Al asumir la conducción de la nave
de Pedro, como "pastor y
navegante", Juan XXIII encontraba una Iglesia institucional muy
encerrada, atrincherada en su ciudadela santa, con mentalidad muy eurocéntrica
y fuerte centralismo "romano". Pero esta misma Iglesia estaba siendo
provocada por una serie de fermentos internos y externos que le exigían
definirse.
Estaban los fermentos internos como el renacimiento de los estudios
bíblicos en los años 30, la renovación catequística y litúrgica, la Acción
católica y los nuevos impulsos misioneros...
Estaban los fermentos "externos" pero muy cercanos a la misión de
cada cristiano y de la Iglesia entera: el ansia de la reconstrucción y del
progreso después de la 2da. Guerra Mundial, el nacer de los dos grandes bloques
y el comienzo de la guerra fría, el tema del armamentismo y de la falta de
recursos para los países más pobres, el neo-colonialismo y el racismo, la
explotación del tercer mundo...
Sin embargo, las sugerencias de los
obispos para el nuevo Concilio, recogidas en todo el mundo a lo largo de 1959 y
1960, mostraban que la jerarquía eclesiástica no había todavía tomado el pulso de esta situación y no había
recogido la mayoría de estos desafíos. En la Curia romana se estaban preparando
los documentos previos al Concilio sin seguir la orientación que el Papa quería
darle. Se prefería desoír la voz de la renovación y del diálogo para volver a
atrincherarse en el dogma y en las cuestiones internas.
LA IGLESIA EXULTA DE
GOZO
La apertura del Concilio Vaticano
II es un hecho de una importancia histórica tan relevante que conviene volver a
recordarla (ver UMBRALES n. 109).
La mañana del 11 de octubre de 1962, la plaza San Pedro era inundada por 2.500
obispos que en procesión y cantando las letanías de los santos, se dirigían
hacia la basílica vaticana. Los acompañaba el repique de campanas de todas las
iglesias de Roma, pero poca gente estaba en la plaza San Pedro en esa gris
mañana otoñal. Se abría el Concilio del siglo XX y empezaba una nueva época
para la Iglesia. Se notaba un entusiasmo general pero no faltaba el desprecio
de algunos altos funcionarios de la curia vaticana, para quienes el Concilio no
sería en todo caso más que un cohete sin explotar; decían: "Cuando se
cansen de bostezar, los obispos volverán a casa". Estos mismos
eclesiásticos se habían encargado de proponer un orden del día con un listado
de temas doctrinales (más de 70 proyectos) imposible de enfrentar en un horario
muy lleno de largas celebraciones, avisos inútiles y además sin traducción
simultánea.
Pero en el discurso inaugural, en
medio de una larguísima celebración en latín de casi 5 horas de duración, el
Papa Juan XXIII sorprendió a todos.
El papa, con mucha sencillez y con
gran fuerza de ánimo, empezó diciendo: "La
Madre Iglesia se alegra y exulta de gozo". Era un comienzo para
disipar los temores y los miedos y dejarse llenar por la alegría del Espíritu.
Pero luego el papa no dejó de señalar con firmeza a los falsos "profetas
de desdichas".
"En el ejercicio diario de nuestro ministerio apostólico sucede
con frecuencia que disturban nuestros oídos las voces de aquellas personas que
tienen gran celo religioso, pero carecen de sentido suficiente para valorar
correctamente las cosas y son incapaces de emitir un juicio inteligente. En su
opinión, la situación actual de la sociedad humana está cargada sólo de
indicios de ocaso y de desgracia. ...Tenemos una opinión completamente distinta
que estos profetas de desdichas, que
prevén constantemente la desgracia, como si el mundo estuviera a punto de
perecer. En los actuales acontecimientos humanos, mediante los que la humanidad
parece entrar en un orden nuevo, hay
que reconocer más bien un plan oculto de la providencia divina." Estas frases resultaron ser una
respuesta a los miedos de los eclesiásticos de su entorno más inmediato; y
también una réplica a una tendencia que en todos los tiempos encuentra adeptos
en la Iglesia.
Definiendo la tarea del Concilio y
la misión de la Iglesia, Juan XXIII afirma que no basta con repetir y copiar lo
que concilios anteriores enseñaron. Se trata, más bien, de considerar la
herencia de veinte siglos de cristianismo como algo que, por encima de todas
las controversias, se ha convertido en patrimonio común de toda la humanidad. Y
precisamente por eso, decía él, no se trata de conservar atrapados por lo
antiguo; por el contrario hay que realizar, con alegría y sin temor, la obra
que requiere nuestro tiempo.
Ya en la bula de convocatoria del
Concilio, que escribió personalmente y luego en la encíclica Pacem in terris, poco antes de su muerte
habla de los signos de los tiempos y
de cómo interpretarlos con discernimiento. Con ello Juan XXIII restablecía el
espacio y la tarea profética de la Iglesia en el corazón de la historia.
Aquel día terminó con el famoso
discurso improvisado de "la caricia
para los niños" frente a cien mil personas que se congregaron con
antorchas en la plaza San Pedro;
esta celebración espontánea de la apertura del Concilio recordaba la aclamación
popular en el Concilio de Éfeso y era una imagen clara de la Iglesia pueblo de
Dios (UMBRALES n. 109, p. 18). El pueblo de Dios, incluyendo los niños, se
había hecho presente en la primera jornada del Concilio. Las palabras sencillas
y paternales del papa revelaban una vez más que él no reivindicaba primados,
infalibilidades o privilegios, ni ante sus hermanos los obispos reunidos en
Concilio, ni ante cualquier persona.
CUATRO AÑOS DE DEBATES
El papa Juan XXIII, en su breve
pontificado reafirmó claramente las finalidades originarias para las que el
Concilio había sido inspirado y convocado: establecer el papel y la misión de
la Iglesia en el mundo; un camino abierto a la "reforma permanente"
de la Iglesia para presentar de una manera nueva el mensaje cristiano; una
prueba de confianza en el ser humano y en su dignidad. Juan XXIII a menudo
repetía: "Preocupémonos por lo que
une, y dejemos aparte, lo que nos divide".
Juan XXIII pedía abrir las ventanas
de la Iglesia para que entrara el viento
renovador del Espíritu. El Papa Bueno vio ante sus ojos el primer éxito de
su utopía conciliar cuando la gran mayoría del episcopado universal rehuyó
tomar una posición preliminar de pura defensa contra el error. El episcopado
había sostenido que no existían herejías que amenazasen a la Iglesia; había
pedido y conseguido una sana libertad de investigación para los exegetas, sin
declarar sistemáticamente sospechosos de herejía a los estudiosos que trataban
de conciliar la fidelidad a la Iglesia y la fidelidad a la ciencia; había manifestado
la voluntad de expresarse en un lenguaje incomprensible para los hombres de
hoy, un lenguaje pastoral; finalmente, había tenido en cuenta la exigencia de
un diálogo con los cristianos separados.
La última vez que el Concilio vio y
escuchó a Juan XXIII fue el 8 de diciembre de 1962. El papa estaba pálido. Los
médicos le habían desaconsejado asistir a la celebración de clausura de la
primera sesión. Los obispos le miraban en silencio, conmovidos. Sus últimas
palabras para ellos fueron las siguientes: "Un
largo camino queda por recorrer, pero ustedes saben que el pastor supremo los
seguirá con afecto en la acción pastoral que desarrollarán en cada una de sus
diócesis. Nos esperan, ciertamente, grandes responsabilidades, pero Dios mismo
nos sostendrá en el camino."
El lunes de Pentecostés, el 3 de junio de 1963, el Papa Bueno
moría, pero el nuevo Papa, Pablo VI
retomaba con entusiasmo la antorcha del Concilio, convocando inmediatamente una
segunda sesión para los últimos meses del mismo año. La tercera y cuarta sesión
serán respectivamente en los últimos trimestres de 1964 y 1965.
Ya que un concilio busca siempre la
unanimidad de sus miembros, el Vaticano II pasó por momentos de fuerte debate
que exigían tiempo y paciencia, con varias reformulaciones de un mismo
documento. Ya en la primera sesión se advertía este gran pluralismo de opiniones
en reacción al propósito de la Curia romana de reducir el Concilio a una rápida
confirmación de los programas preparados en Roma.
Ha escrito el card. Bea: "En
una audiencia concedida a un grupo de obispos durante la primera sesión del
concilio, Juan XXIII advirtió cómo algunas personas estaban preocupadas por el
lenguaje violento que muchos obispos usaban en el Concilio: ‘Pero ¿de qué se
preocupan? -les dijo-. No son un grupo de monjas que tienen que estar siempre
de acuerdo con la madre superiora’... Juan XXIII estaba interesado en la
libertad de los obispos, pero unas cuantas molestias le proporcionó el
asegurársela."
LOS GRANDES TEMAS DEL CONCILIO
- El primer tema sobre el cual
trabajó el Concilio fue la Liturgia.
Este fue el único texto
preparatorio que había sido bien acogido por los padres conciliares. Los
expertos que habían preparado el texto eran todos animadores reconocidos del
movimiento litúrgico. La Curia romana no había podido frenar y modificar sus
propuestas renovadoras que desde unas décadas ya se venían debatiendo en
prestigiosos círculos de estudios litúrgicos.
Gracias a este documento, la
Iglesia en todo el mundo pasó rápidamente de la lengua latina a los idiomas
nacionales; se subrayó la importancia de la Iglesia local y de la liturgia de
la Palabra.
El documento conciliar sobre la
liturgia fue el primero en ser aprobado con 2.147 obispos a favor y sólo 4
contrarios, el 4 de diciembre de 1963. Pocos meses después, con la cuaresma de
1964 la Reforma litúrgica entraba en vigor en todo el mundo.
- El tema de la Comunicación y de los
Medios de comunicación social fue otro de los temas considerados en las
primeras etapas del Concilio. Este desvío "moderno" fue enfrentado
por los obispos subrayando la importancia y también los peligros. Se proclama
el derecho a la información, que deberá surgir de la verdad, de la justicia y
del amor. También se subraya la importancia de la opinión pública y la
formación crítica en el uso de los medios...
- Pero el tercer documento en ser
aprobado es sin duda el más importante de todos. Se trata de la Constitución
conciliar sobre la Iglesia titulada
en latín "Lumen Gentium (= La luz de los pueblos). Ya el card. Gian Battista Montini (el futuro
Papa Pablo VI), había lanzado al
comienzo del Concilio la famosa interrogante: "¿Iglesia, qué dices de ti misma?"
Ahora, después de largas sesiones y
debates, los obispos casi por unanimidad (2.151 a favor y 5 en contra)
contestaban al mundo entero: brillando con la luz de Cristo, la Iglesia es el
signo ("sacramento") de la unidad del género humano. La Iglesia,
presentada en la Biblia con muchas imágenes (rebaño, campo, viña, edificio,
templo, ciudad santa, como germen que crece y como cosecha...), se fundamenta
en la palabra y en la obra de Cristo, de cuyo Reino representa el comienzo en
la tierra.
La Iglesia, cuerpo místico y pueblo
de Dios en camino, es al mismo tiempo comunidad visible y espiritual. El
Concilio habla de la Iglesia Pueblo de Dios, que todos los seres humanos están
llamados a integrar; luego explica la función de los obispos, sacerdotes y
diáconos y presenta un capítulo entero dedicado a los laicos.
Después de explicar que todos en la
Iglesia están llamados a la santidad presenta el llamado específico de los
religiosos. El documento termina con un importante capítulo dedicado a la
Virgen María, Madre de la Iglesia.
- En 1964 se aprueba el Decreto
sobre el ecumenismo, otro de los
grandes temas que caracterizaron la asamblea conciliar.
- En 1965 se aprueban muchos otros
decretos: sobre los obispos, los presbíteros, la vida religiosa, la formación
sacerdotal, la educación cristiana;
sobre las religiones no cristianas y
la libertad religiosa; sobre el apostolado de los laicos y sobre la actividad misionera.
- Completan los trabajos del
Concilio otras 2 Constituciones (documentos más importantes): la Constitución
dogmática sobre la Revelación divina en
la Biblia manifiesta la importancia que este Concilio vuelve a asignarle a
la Palabra de Dios revelada en la Biblia. El mismo Juan XXIII ordenó retirar el
primer texto sobre el tema que había sido objeto de una fuerte polémica.
- El último documento del Concilio
en ser aprobado, y por eso el fruto más maduro de la larga asamblea de los
obispos fue la Constitución "pastoral" (por primera vez se usa este
calificativo) sobre la Iglesia en el
mundo actual. Como es costumbre se conoce este documento con las primeras
palabras en latín que lo encabezan: Gaudium
et spes (= Los gozos y las esperanzas). Ya el título muestra otra actitud
de la Iglesia para enfrentar el diálogo con el mundo moderno: "Los gozos y las esperanzas, las
tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los
pobres y de cuantos sufren, son a la vez gozos y esperanzas, tristezas y
angustias de los discípulos de Cristo. Nada hay verdaderamente humano que no
encuentre eco en su corazón" .
Este importante documento merecerá
un estudio más atento y prolongado (en una próxima nota de Umbrales). En la
primera parte se analiza la vocación del ser humano: la dignidad de la persona,
la comunidad humana y su actividad en el mundo... En la segunda parte se
analizan los problemas más urgentes: la dignidad del matrimonio y de la
familia, el progreso cultural, la vida social y el desarrollo económico, la
vida política, la cooperación internacional y la promoción de la paz. Todos
temas muy queridos por Juan XXIII que desde el cielo contemplaría satisfecho la
conclusión de esa inmensa obra que él con fe, coraje y profetismo había
empezado.
DIEZ PALABRAS CLAVES DEL CONCILIO
1. "AGGIORNAMENTO"
La Palabra expresa el esfuerzo de
toda la Iglesia para mirar positivamente al mundo buscando estar al día en la
lectura de los "signos de los tiempos" que se presentan en la
realidad.
2. COLEGIALIDAD
Es la revalorización del
"colegio" de los obispos presidido por el obispo de Roma, el Papa.
Los obispos no son subalternos del Papa sino que son responsables pastorales de
su Iglesia local. La colegialidad se expresa por medio de algunos organismos a
nivel mundial, como el Sínodo de los obispos, y a nivel nacional, como las
Conferencias Episcopales.
3. DIÁLOGO
El Concilio ha promovido un diálogo
hacia todas las direcciones siguiendo la propuesta de la Encíclica programática
de Pablo VI, Ecclesiam suam, del 6
de agosto de 1964. De aquí en más el diálogo será herramienta fundamental del
anuncio y de la misión de la Iglesia.
4. COMUNIÓN
El proyecto de Dios es un proyecto
de comunión. La Iglesia Católica se define como una comunión de Iglesias
locales. A nivel más profundo, la Iglesia es comunión con Dios y entre los
hombres. La pluralidad y la diversidad son entendidas como elemento positivo.
5. LIBERTAD RELIGIOSA
Una de las más grandes innovaciones
del Vaticano II con respecto a la historia del catolicismo es la afirmación de
la libertad religiosa, que va asociada a la libertad de conciencia. El papa
Gregorio XVI la consideraba en el siglo XIX como un "delirio". Por
primera vez, la expresión "libertad religiosa" figura en un texto
oficial católico y el subtítulo del documento precisa: "El derecho de la
persona y de la comunidad a la libertad social y civil en materia
religiosa".
6. LITURGIA
Un deseo de los 2.500 obispos
presentes en el Concilio era llegar pronto a una reforma litúrgica cercana al
pueblo que permitiera su participación. Redescubriendo las antiguas tradiciones
litúrgicas, el pueblo vuelve a ser protagonista de las celebraciones y de la
vida eclesial.
7. ECUMENISMO
No sin encontrar algunas
dificultades, la palabra ecumenismo adquiere legitimidad plena en la Iglesia
Católica. La Iglesia de Cristo no se reduce a la Iglesia Católica romana. Las
diferentes Iglesias que están en comunión imperfecta pero real con la Iglesia
Católica, forman parte de la única Iglesia de Cristo. La finalidad del camino
ecuménico no es la incorporación de los demás sino la búsqueda de un diálogo
serio y exigente para favorecer el encuentro.
8. PALABRA DE DIOS
El Vaticano II ha restaurado el
lugar de la Palabra de Dios como fundamento de toda la vida cristiana. El
Magisterio no está por encima de la Palabra de Dios, sino a su servicio. Todo
el Pueblo de Dios puede y debe acercarse a la Biblia para que ésta ilumine su
vida.
9. PUEBLO DE DIOS
Esta definición de la Iglesia
valoriza la condición cristiana de todos los integrantes de la Iglesia, laicos
y ministros. Propone también una nueva inserción en la historia y en el mundo,
y una nueva configuración de relaciones en el interior de la Iglesia.
10. PRESENCIA
La Iglesia se percibe como
presencia frente a Dios y frente a los hombres. En el mundo esta presencia es
una presencia de servicio. La Iglesia centrada en el Evangelio se abre al
mundo.