Gustavo:
un médico de campo
Es julio, hay un silencio profundo
por las calles de tierra de mi pueblo. Los seres que habitan este Chaco,
sentirán sin dudas los ecos lejanos, de voces y palabras que nos susurran cosas
que un día pasaron y hoy forman la historia de este pueblo joven.
La distancia, el tiempo, la vida no
puede acallar los sueños, borrar las obras buenas de los hombres de blanco,
"médicos de campo", héroes ignorados, hombres sin misterios que hoy
quiero recordar.
Es casi noche en el pueblo, hay un
intenso frío, las puertas de las casas se van cerrando lentamente. Cae la noche
en Pampa, cuando llega a mi casa el Dr. Gustavo, viene en la ambulancia y me
dice: acompáñame. Como tantas veces pensé, va a ver a algún enfermo y volvemos,
pero estaba equivocado, viviría una de las experiencias que me mostraría la
otra cara de la vida de un médico.
Salimos hacia Santa Carmen, eran
alrededor de las 22 hs., íbamos con otro amigo, Juan Carlos. El dr. Gustavo nos
había dicho: "acompáñenme hasta la casa de esta gente". Una humilde y
pobre mujer había muerto hacía unos momentos, y Gustavo se sentía muy apesadumbrado,
tremendamente triste. Dijo como si hablara para sí mismo: "Qué rabia, qué
dolor, cómo sufre y muere esta gente, todos en soledad y no puedo hacer nada,
¿por qué tanta injusticia Señor?"
La camioneta devoraba las
distancias por aquel camino vecinal hacia el lejano paraje Santa Carmen.
Parecía que los tres acompañábamos el silencio eterno de la desconocida mujer
que llevábamos atrás, y que no se por qué designios, nos dolía a los tres.
Aumenta la distancia del pueblo, se
pierden sus últimas luces, nos adentramos a la soledad infinita del campo,
parece que el frío crece, y de golpe crecen las preguntas que nunca tendrán
respuestas, sólo el "Altísimo" en lo inconmensurable de sus designios,
nos revelará algún día estos misterios.
Ha pasado más de una hora de
camino. "Llegamos al lugar -nos dice el dr. Gustavo-, debe ser aquí".
Nosotros sólo veíamos un viejo algarrobo, pero ahí estaba el minúsculo
ranchito, tres paredes, un pequeño alerito, techito de pajas; aquello más que
una casa, era la miseria espantosa de esa gente; no había ni una luz, ni
siquiera una vela encendida. De pronto y al reflejo de las luces de la vieja
ambulancia, aparecieron dos personas, una grande y una pequeña. Lo confieso, en
un momento quise alejarme del lugar, no podía creer el cuadro que formábamos;
el dr. Gustavo, con la mujer inerte en brazos, Juan Carlos y yo mirando, la
señora mayor con una velita en su mano para encender y aquella niña de no más
de once años; sólo sus ojitos brillaban en la noche, aquello era el espectro de
la desolación.
Después el retorno a casa; la noche
nos quemaba el alma; éramos en el camino tres rostros consternados, tres
soledades juntas. Entonces pensé en lo que hacía el dr. Gustavo, en sus penas
ocultas, en sus noches de insomnio, en su vida dedicada a los que sufren, a los
que están enfermos, a los que nada tienen, a los dolientes de este mundo... En
breves segundos cruzaron por mi mente las imágenes diferentes que yo guardaba
de Gustavo, ese ser alegre, que siempre nos recibía con una sonrisa, el que
cuando nos acercábamos hasta su casa nos daba la sensación de hombre tranquilo,
sin penas, al cual la vida le sonreía.... y sin embargo, aquella noche me di
cuenta de sus luchas, sus angustias, su corazón enorme...
Cuando llegamos a casa descubrí una
vez más la realidad tangible de un hombre de Dios, bajé del vehículo me acerqué
para despedirme, él se quitó los anteojos y me dijo: "Gracias por la
compañía". Entonces vi que había llorado, quise decirle algo, pero se estaba
yendo.
Es tarde en mi pueblo, el silencio
es profundo, pensaba en el dr. Gustavo, cosas que pasan, historias de pago
chico. Me pregunto por qué esta historia me recuerda tanto el Evangelio de san
Juan y la resurrección de Lázaro: "Y
Jesús lloró. Los judíos decían: ¡cuánto lo quería! (11,35-36).
Dr. Gustavo Ferreira, un médico de campo, un médico de pueblo, un hombre
humilde, un amigo de todos, ¡un amigo del alma!
Bernardo Gómez