El p. Juan María de la Cruz, primer mártir dehoniano, es ahora beato
Un humilde cura, al que llamaban santo
Mariano García Méndez, p. Juan Ma. de la
Cruz, nace el día 25 de setiembre de 1891 en una familia campesina que será
numerosa, él será el primero de los hermanos.
Recibe una educación cristiana
sencilla y sólida. El cuidado de la iglesia por parte de la familia y el
dirigir los rezos de la pequeña comunidad cristiana, fueron la cuna de la
primera llamada del Señor.
El párroco lo preparará para el
ingreso en el seminario de la diócesis en la ciudad de Ávila, primero como
alumno externo, y después para los estudios de Filosofía y Teología. Un camino
del todo normal.
Los seminarios de aquel entonces en
España vivían dentro del clima intelectual de la neoescolástica en boga.
Normalmente muy cerrados en sí mismos con respecto al mundo que se estaba
gestando en el propio país. en Europa, y dentro de unas bases tradicionalistas
muy fuertes. Un ambiente de piedad devocional profunda y una liturgia
tradicionalista, todo ello adecuado a una futura pastoral de mantenimiento más
que de renovación.
Don Mariano fue cura, por diez años
(1916-1926) en pequeños pueblos de su diócesis con pintorescos nombres y gran
pobreza: Hernansancho, San Juan de la Encinilla, Santo Tomé de Zabarcos,
Sotillo de las Palomas. Realizó un ministerio comprometido con la pobreza de
sus feligreses y la dureza de una situación religiosa excesivamente
tradicional, con muchas prácticas religiosas y al mismo tiempo con un
anticlericalismo a veces latente.
Don Mariano fue un buen sacerdote,
y con el tiempo se lo recordaba con calificativo de "santo". Hombre
de oración, especialmente delante del Santísimo, tenía una generosidad ardiente
para con los pobres y cuantos acudían a su puerta. Su interés por la catequesis
de niños y adultos dejó la huella de este buen cura entre sus feligreses que,
al conocer la noticia de su muerte, todos sintieron que era un mártir propio,
que les pertenecía.
La búsqueda vocacional fue una
constante en la vida de don Mariano. Siente la llamada y como Samuel no sabe
discernir exactamente de dónde viene y a dónde va. Desde seminarista se
pregunta si el camino es el del servicio a Dios en la vida de convento, o en
una vocación apostólica de sacerdote diocesano.
En tres veces vive esta tensión
interior e iniciará la experiencia. Una primera será siendo seminarista con los
Dominicos de Santo Tomás de Ávila, la siguiente con los Carmelitas y la tercera
con los Trapenses de Cóbreces. Siempre será la misma respuesta: "por
motivos de salud, no es apto para este tipo de vida religiosa". Nunca fue
un hombre sano, a los varios achaques se sumaban las continuas mortificaciones,
hasta con el uso de disciplinas y cilicios.
Tras las huellas del P. Dehon
Finalmente en 1925 los caminos de
Dios lo llevaron a encontrarse con los padres dehonianos, en Madrid, en la
capilla de las religiosas Reparadoras donde acudía a hacer su adoración. La
joven congregación del p. Dehon (que morirá ese mismo año) reunía en su carisma
la contemplación al corazón traspasado del salvador y el compromiso apostólico
en la construcción del Reino.
A don Mariano le pareció que esto
respondía a sus inquietudes espirituales.
El día de Cristo Rey (31 de octubre
de 1926), hace su Profesión Religiosa en la Congregación que le ha abierto sus
puertas. Don Mariano García Méndez tomará el nombre de p. Juan María de la Cruz
y se establece en la comunidad de Puente la Reina, un viejo convento de la
Orden de Malta en el Camino de Santiago, que se iba adaptando para Escuela
Apostólica para jóvenes aspirantes a la vida religiosa.
Su salud es precaria pero él le
pide a Dios "10 años más de apostolado".
Son muchos los recuerdos que quedan
de "aquel padre que era un santo", por parte de los laicos, amigos y
colaboradores; a los religiosos y religiosas que lo tuvieron como huésped en
sus casas les dejó su testimonio de hombre de oración, servicial y humilde.
Dotado para la predicación, siempre estaba dispuesto a hacerlo si era
necesario, y su amor por la Eucaristía lo llevó a ser un propagador de la obra
de la Adoración Perpetua y a hablar siempre del Amor misericordioso del
Salvador. La espiritualidad mariana era otro de sus grandes amores, y la vida
siempre itinerante de estos años le permitía visitar sus santuarios y después
contar y animar con ello a sus seminaristas.
Al proclamarse la República en España, el 14 de abril de 1931, la situación se fue
enrareciendo cada vez más y en todas partes, aun en las tradicionalmente
católicas. La legislación se iba haciendo cada vez más anticlerical y opresiva
por lo que se fue creando un ambiente de amenaza de guerra civil y violencia.
En este mundo el p. Juan tuvo que vivir ya que siempre "estaba en la
calle", en contacto con la gente. Muchas de sus reacciones ante la
blasfemia, muestran su celo por la gloria de Dios, sin ningún miedo a las
consecuencias.
Visitando a su familia, en 1936,
dirá: "¡Feliz el que tenga la suerte de derramar la sangre por nuestro
Señor!"; esta frase es la que comienza el Decreto sobre el Martirio, con
fecha del 20 de diciembre del 2000 y que abrió las puertas a la beatificación.
Al finalizar el curso 1935-36 es
enviado a reponerse a la serranía de Cuenca, al santuario de Garaballa, un
lugar escondido y silencioso.
Un mes largo en que se va
percibiendo la tragedia a través del rostro de aquellos campesinos: primero
acogedores después reticentes. El p. Juan no dejó de testimoniar su celo; iba a
celebrar a una parroquia donde el sacerdote ya había huido.
El 18 de julio comienza de lleno la
guerra civil. A los del santuario de Garaballa les tocar salir huyendo en
direcciones opuestas. Y al p. Juan, "disfrazado de paisano", con una
chaqueta fuera de medida, que le valdrá el sobre nombre de "p.
Chaquetón" en la cárcel, se le abre el camino hacia Valencia, ciudad en la
que podría pasar desapercibido, en casa de colaboradores de la Congregación.
Coherente hasta el final
Habían pasado cinco días de la
sublevación militar. No tuvo ni tiempo de establecer contacto. Al encaminarse
hacia aquella dirección se tropezó con uno de los tantos incendios de iglesias
que oscurecían el cielo de Valencia. Espectador, como tantos otros, de la
barbarie artística y religiosa no pudo menos que decir en voz alta que aquello
era un crimen, un sacrilegio. Al pedírsele explicaciones acusándolo de ser de
derecha, respondió sencilla y llanamente que era un sacerdote, tal como
testimonia un abogado compañero de cárcel, maravillado de que una persona
pudiera ser tan ingenua o tuviera tanto coraje.
Termina en la Cárcel Modelo de
Valencia, cuarta galería, celda 476. Pasará allí los últimos días de julio
hasta el 23 de agosto de 1936. Sacerdotes, religiosos, laicos, se acumulaban
entre celdas, patios y galerías, esperando procesos innecesarios para salir una
gran parte con la promesa de "libertad", hacia la muerte.
Uno se puede imaginar la tensión
interior de los detenidos y la violencia de los carceleros en estos primeros
meses de la guerra. Y con ello la presencia y testimonio de tantos cristianos
que organizaban su vida, pese a centinelas y carceleros amenazadores, como una
comunidad cristiana ferviente. El p. Juanito, también así lo llamaban, porque
físicamente era muy menudito, era uno de los más activos, como recuerda uno de
los testigos supervivientes: "Recuerdo haberlo visto todos los días en el
patio de la cárcel rezar con su libro de oraciones, durante una hora y media.
Se lo veía rezar tanto que alguno decía: "Algún día al p. Chaquetón lo
matarán como a un pajarito".
Hay un documento precioso, para
darnos cuenta de cómo estaba viviendo esta experiencia martirial. Es la agenda
encontrada entre sus restos, agujereada por una bala, donde se encuentra
detallado el horario de la cárcel, ajustado a todos los actos de su vida
comunitaria. Hasta trazó un vía crucis en la celda, que a punto estuvo de
costarle la celda de castigo, como lo cuenta un compañero que le salvó de ella.
Un día en el que tuvo la suerte de tener todo el día el Santísimo con él,
afirman sus compañeros que fue realmente gozoso, de adoración y de retiro.
A mons. Philippe, un obispo que
había sido superior general de los dehonianos, al que felicitaba con motivo de
su onomástico, le dice pocos días antes de su muerte: "Aquí me tiene
Reverendísimo Padre detenido desde hace casi tres semanas con ocasión de proferir
algunas frases de protesta por el horrendo espectáculo de las iglesias quemadas
y profanadas. ¡Dios sea Bendito! ¡Hágase en todo su divina voluntad! Me alegro
mucho de poder sufrir algo por Él, que tanto sufrió por mí, pobre
pecador."
Sin juicio previo, en la noche del
3 de agosto de 1936, sin más acusación que la de ser sacerdote y no ocultarlo,
al P. Juan María de la Cruz bajo la consigna de "Libertad" lo llaman
a salir de su celda. Enseguida se da cuenta que la libertad adquiere otro
sentido, el de las puertas abiertas hacia la muerte liberadora, camino nuevo
hacia el encuentro con el Señor.
En los campos de Silla, diez
cuerpos quedan tendidos entre olivos como un nuevo Getsemaní. En las primeras
horas del día serán sepultados en el cementerio municipal en una fosa común sin
nombre.
En 1940 se procederá al
reconocimiento de los restos. Él será reconocido por su chaquetón pero sobre
todo por la cruz de su profesión y la agenda que llevaba en un bolsillo.
Será trasladado a Puente la Reina
donde entre los seminaristas de aquella casa ha sido testigo callado y fiel de
una vida entregada y generosa.
Cuando los obispos españoles
escriben su famosa Pastoral Colectiva en julio de 1937, el clero sacrificado
alcanzaba la cifra de 6.500, en
menos de un año. Con una España dividida en dos mitades desiguales y la
perspectiva de una guerra todavía larga, se había suscitado en los obispos el
temor de una total aniquilación de la Iglesia en la España que llamaban roja.
Después de la Carta y hasta el final de la guerra, veintiún meses más tarde, ya
no fueron sacrificados sino 332 víctimas más, la mayoría en 1937. Por tanto,
fue la persecución la que provocó la Carta y el acercarse de los obispos a uno
de los bandos, no al revés. Los tres primeros meses fueron el período de máximo
terror en la zona republicana. Es interesante releer algunas consignas que da
el diario Solidaridad Obrera en su número del 15 de agosto de 1936:
"Hay que extirpar a esa gente. La Iglesia ha de ser arrancada de cuajo de
nuestro suelo... Tratándose de sacerdotes ni piedad ni prisioneros: matarlos a
todos sin remisión... y los que tenéis como mejores y más santos, los
primeros."