LA MUERTE REPENTINA DEL P. LUIS PÉREZ AGUIRRE

Obrero de la Paz y la Justicia

 

Un accidente de tránsito, el pasado 25 de enero, cortó la vida del p. Luis Pérez Aguirre (Perico). El sacerdote jesuita (59 años) tenía una larga trayectoria como defensor de los derechos humanos. Fue fundador del Servicio Paz y Justicia (Serpaj) y en los últimos meses trabajó intensamente como integrante de la Comisión para la Paz, instituida por el Presidente de la República.

 

Cientos de personas, cinco obispos, varios legisladores, representantes de organizaciones sociales, sacerdotes y religiosas, y decenas de niños y adolescentes que convivían con Perico en la chacra La Huella, desbordaron la iglesia del Sagrado Corazón en la ceremonia religiosa para despedirlo.

Uno de los momentos más emotivos de la ceremonia lo constituyó la enérgica oratoria de Mario Costa, integrante de Serpaj y uno de los fundadores del hogar La Huella. "Hoy aquí quiero dar gracias por 30 años de compañía cercana de Perico, y quisiera dar testimonio de ese compromiso contagioso que él tenía", afirmó Mario Costa. "Comienzo reconociendo que la persona de Perico escandalizó a muchos, y a muchos de los que están acá presentes. Encaró, sin ingenuidad, el problema de la injusticia en la sociedad. Tuvo claridad para identificar las causas, tuvo valor para denunciarlas, tuvo fuerza para combatir esas causas y molestó a muchos. Nos trasmitió, como educador y compañero, una muy particular sensibilidad ante el dolor humano, especialmente de los más pequeños", añadió. "Desde la década del 70 trabajó atendiendo la falta de vivienda de las familias más pobres. A partir de 1975, la situación de tantos chicos a los que les faltaba la familia. Y después, en 1981, desde el Servicio Paz y Justicia encaró a la dictadura, luchando por libertades fundamentales. Y eso no gratis", recordó Costa. "En democracia, luchó hasta su muerte por la plena vigencia de los derechos humanos de todos."

En otro momento de la ceremonia religiosa, en nombre de la congregación que dirige, el superior provincial de los jesuitas, Armando Raffo, dijo: "Hoy nos congrega el fallecimiento de alguien muy querido y muy valioso. Nos juntamos, como siempre hacemos los cristianos, para asumir e integrar en esta ocasión este dolor tan profundo de la muerte de Perico. Pero asumiéndolo e integrándolo con entereza, humanidad a flor de piel y esperanza liberadora. Perico murió atropellado por un ómnibus cuando viajaba en bicicleta. Es una muerte incomprensible y absurda para nosotros. No logramos comprender cómo alguien tan atento, ordenado y cauteloso podía morir de esa manera. Cómo alguien tan significativo y lleno de vida se nos escapa de las manos. Hoy más que nunca debemos pedir a Dios que recree esa esperanza que habita en lo más profundo de nuestros corazones y que nos arranque de las tiniebias de la angustia para abrirnos al horizonte del amor de Dios que nos acoge en su eternidad", señaló. "Perico, como le decíamos casi todos nosotros o Peri, como le decían en La Huella fue como un libro abierto porque todos sabíamos en qué andaba y a qué dedicaba su vida. Pero el verdadero secreto en todos sus desvelos en sus trabajos fue su amor a Jesucristo."

El p. Raffo añadió: "Nada de su vida se puede entender sin esas motivaciones profundas o sin asomarnos a sus largas horas de meditación de la Palabra de Dios y contemplación de Jesucristo resucitado en los empobrecidos y despreciados de nuestra historia. Perico tuvo una sensibilidad muy fina y aguda para detectar cualquier situación que fuese injusta y violadora de la dignidad humana. Fue un hombre de fe, un hombre de Dios y un apasionado por la justicia.

Por su parte, en nombre del Servicio Paz y Justicia, el coordinador de la entidad, Raúl Martínez, dijo: "... Perico no fue un hombre de lanzar ideas a cubierto de cualquier riesgo, por el contrario, asumió los peligros que sus propuestas implicaban y coherente con ellas enfrentó los momentos más difíciles. Así fue que en aquellos años de miedos y silencios impuestos por la dictadura, cuando cada gesto por la verdad y la justicia podía costar la cárcel, la tortura o la muerte, predicó con la palabra y el ejemplo la causa de los derechos humanos. En esa lucha no podía olvidarse a las personas que un día fueron hundidas en la oscuridad de la desaparición... Hasta el último día de su vida trabajó por esa verdad que se nos pretende ocultar."

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