El Señor es mi luz

 

El tema de la luz atraviesa toda la Biblia. Aparece desde el "primer día" en el relato de la Creación, del libro del Génesis: "Dijo Dios: ‘Que exista la luz", y la luz existió. Dios vio que la luz era buena, y separó la luz de las tinieblas" (Gén 1,3). También lo encontramos al término de la historia, en el día sin ocaso que anuncia la luz verdadera de la presencia de Dios. El Apocalipsis habla de la Jerusalén celestial como una ciudad que "no necesita ni del sol ni de la luna que la alumbren, porque la ilumina la gloria de Dios, y su lámpara es el Cordero" (Ap 21,23).

Entre el comienzo y el fin se desenvuelve un combate terrible entre luz y tinieblas, oscuridad y revelación, mentira y verdad.

En el Antiguo Testamento, la luz aparece como una creatura de Dios; no es producida por los astros, que en la cronología del Génesis están en el cuarto día. Viene de Dios, se le parece, refleja su belleza y su gloria. Las manifestaciones de la presencia de Dios son frecuentemente acompañadas de una luz destellante, como el fuego del Sinaí. A veces, como en el libro de la Sabiduría, la luz es identificada con el mismo Dios (Sab 7,26)."El Señor es mi luz y mi salvación", proclama el Salmo 27.

La luz es asociada a la vida. Se espera la aurora como una gran bendición. "Nacer" en el lenguaje bíblico es "ver el día" y el ciego de nacimiento simboliza la naturaleza mortal del hombre, y su estado de opacidad espiritual fruto del pecado.

Desde el principio, en el Nuevo Testamento Jesús aparece como la luz verdadera. Juan, en el prólogo de su Evangelio, afirma: "La luz brilla en las tinieblas y las tinieblas no lo recibieron", y además: "La palabra era la luz verdadera que ilumina a todo hombre que viene a este mundo" (Jn 1,9).

Zacarías bendiciendo a Dios en el nacimiento de su hijo, exclama: "por la entrañable misericordia de nuestro Dios, nos visitará el sol que nace de lo alto, para iluminar a los que viven en tiniebla y en sombra de muerte, para guiar nuestros pasos por el camino de la paz" (Lc 1,78-79).

De una manera análoga, cuando María y José presentaron al niño Jesús en el Templo, el anciano Simeón tomándolo en sus brazos declara: "Luz para iluminar a los gentiles y gloria de tu pueblo Israel" (Lc 2,32).

Jesús en el día de la Transfiguración se manifiesta como la luz de Dios. Sus vestidos se volvieron resplandecientes y su rostro fue irradiado de una luz (cf. Mc 9,2-3). Jesús también se revela como la luz del mundo a través de sus actos. Las numerosas sanaciones a los ciegos toman en este contexto un significado muy particular y aclaran algunas palabras de Cristo, como: "Yo soy la luz del mundo, el que me siga no caminará en la oscuridad, sino que tendrá la luz de la vida" (Jn 8,12).

Luz y tinieblas no pueden cohabitar. Si están estrechamente ligadas, cuanto más fuerte es la sombra, tanto más viva la luz, una expulsa automáticamente a la otra.

Las obras del mal se despliegan en la sombra de la noche, y el "diablo" es llamado "príncipe de las tinieblas". "Era de noche" (Jn 13,30), cuando Judas salió del cenáculo para entregar al Maestro.

Jesús sufrió la última tentación en medio de la noche, en el jardín de Getsemaní. Los que vinieron a detenerlo lo hicieron en plena noche y Jesús les dijo: "Esta es su hora y del poder de las tinieblas" (Lc 22,53). Y cuando Él entregaba su último suspiro en la cruz, una noche extraña cayó sobre el mundo. "Hubo oscuridad sobre toda la tierra hasta la hora nona" (Lc 23,44).

Pero la mañana de Resurrección, la piedra de la tumba rodó y permitió a la luz penetrar en el lugar de la muerte. Desde entonces, los que creen en la resurrección de Cristo son llamados "hijos de la luz", porque creen en "Aquel que les ha llamado de las tinieblas a su luz admirable" (1Pe 2,9).

Los hijos de la luz deben renunciar a las seducciones de las tinieblas y caminar en la claridad. Habiendo recibido la luz de Cristo, por el bautismo, hemos llegado a ser portadores de ella. "No se enciende una lámpara para ponerla bajo un cajón" (Mt 5,15).

Desde entonces a ellos les corresponde desplegar la luz según la enseñanza de Jesús: "Brille así su luz delante de los hombres para que vean sus buenas obras y glorifiquen a su Padre que está en el cielo" (Mt 5,16).

Caminando hacia el Reino guiados por la luz de Cristo, los hombres accederán a la luz que no se apaga: "No habrá noche, no tienen necesidad de luz de lámpara ni de luz del sol, porque el Señor Dios los alumbrará y reinarán por los siglos de los siglos" (Ap 22,5).


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