120 AÑOS DE LA MUERTE DE JACINTO VERA:

El tiempo es un regalo

Desde hace 7 años la revista Umbrales tiene su sede de Montevideo en pleno Barrio Jacinto Vera. La feliz coincidencia de estar en el barrio que desde su nacimiento (en 1895) está dedicado al primer obispo del Uruguay, nos motiva a recordarlo aquí, al celebrarse el próximo 6 de mayo los 120 años de su muerte. 
El padre de la Iglesia del Uruguay y su primer obispo, Jacinto Vera, nació el 3 de julio de 1813, durante el viaje en el que sus padres, provenientes de las islas Canarias, venían como inmigrantes al Uruguay.
A los 19 años sintió el llamado al sacerdocio. Luego de los estudios de Teología en el seminario de los jesuitas en Buenos Aires, en 1841 es ordenado sacerdote.
De regreso a su patria, es nombrado teniente cura y después párroco de Canelones. En 1859 es designado Vicario Apostólico de Montevideo y empieza una difícil tarea de organización de la Iglesia uruguaya.
En 1865 es consagrado obispo, pero recién en 1878 se crea la diócesis de Montevideo y mons. Vera es nombrado su primer obispo.
Recorrió varias veces el país con sus viajes misioneros y murió en un rancho de Pan de Azúcar, el 6 de mayo de 1881.
Los 68 años de su vida fueron un don para sus contemporáneos y para todos los que venimos después.
En un sermón sobre el tiempo el mismo Vera afirma:
"el tiempo es un don, es el más rico tesoro a que puede aspirar nuestra ansiedad".
Y explicaba esta importante afirmación diciendo:
"El tiempo, en primer lugar, puede considerarse como un plazo que nuestro Dios nos concede, para que lo empleemos en el negocio importante de nuestra eterna salud.
El Dios de la sabiduría, que todo lo dispone con incalculable tino... ve de un modo infinitamente compasivo los años, los días y los momentos, que están marcados a cada uno de los vivientes, que han existido y existirán hasta la consumación de los siglos." Entonces esta memoria que hoy hacemos del obispo Jacinto Vera, o la memoria de cualquier hermano que nos precedió en el camino de la fe, tiene un sabor de agradecimiento del don recibido en un pasado más o menos lejano y de proyección en la eternidad.
Pero a la vez es un compromiso del presente, es una invitación a vivir felices y en plenitud el "hoy de Dios".
"El tiempo -sigue afirmando Vera- también se considera como el principio de nuestra felicidad, como el don más importante que Dios nos ha concedido...
Es preciso nacer para ir a la gloria."
Y concluimos este homenaje al primer obispo uruguayo, que pronto esperamos ver en la gloria de los altares, con sus palabras: "Ningún santo se alegraría en la eternidad si no hubiera nacido en el tiempo".

Quinto Regazzoni