"Pobres son los que no saben compartir"

Esto me lo contó mi amigo Polo Bossini, un gran comunicador católico que en el anonimato de un pequeño pueblo neuquino, a través de su programa radial lleva a las familias palabras de fe y esperanza.

En una misión realizada por su parroquia en el norte argentino, el amigo Polo visitó, como una de las tantas actividades misioneras, a una familia perteneciente a una comunidad indígena.

Llegó a la mitad de la mañana a aquel ranchito de barro y paja, y mientras conversaba con los integrantes la familia (una mujer y una prole de niños en situación de indigna pobreza) sus ojos reconocían la humildad de la precaria vivienda.

Como es natural, el mate, comunión criolla, circulaba silencioso pero expresivo de la hospitalidad para con el misionero. La razón de estas visitas era conversar, escuchar mucho, dejar alguna palabra de fe que iluminara en lo posible aquellas existencias sombrías.

La hora volaba y no existían indicios de preparación de alimento alguno para el mediodía. Apenas, sobre una desvencijada mesa de madera, una pequeña fuente con tres pancitos caseros.

Polo, cada vez más intrigado pero discreto, decidió partir para evitar a aquella familia la vergüenza de reconocer que no había nada para compartir. Se despidió amablemente y emprendió el regreso apurado con todo esto en la cabeza y una gran angustia. Esos tres pequeños pancitos, capital alimenticio, eran poca cosa para tantos. Casi como una obsesión aparecían en su memoria como un monumento a la pobreza y a la humildad.

Recorrido un tramo de camino uno de los niños lo alcanzó con un pequeño paquetito que entregó con gran simplicidad. Dice Polo que este gesto lo cambió. Luego de aquello nunca más fue el mismo. En el pequeño atado había dos de los tres pancitos.

Como dice Menapace en uno de sus notables cuentos pastorales:

"Pobres.... son los que no saben compartir".

Leonardo Buero