
CANTO A LA ESPERANZA

1. Mientras hay vida...
Dice un refrán que "mientras hay vida, hay esperanza".
Es tanto como decir que la esperanza pertenece inseparablemente a la existencia
humana, forma parte de su esencia. Así es, en efecto: ¿acaso no espera el
lactante el pecho de su madre?, ¿y el niño pequeño no espera mantenerse en
pie y caminar? ¿No espera el enfermo ponerse bien; el prisionero, quedar libre;
y el hambriento, comer? El sujeto de la esperanza es, por tanto, el ser humano,
todo ser humano.
En cuanto a los objetos de esperanza,
pueden ser muy diversos: cosas, deseos, ilusiones, metas... Sin embargo, para
que algo sea objeto de esperanza debe reunir cinco condiciones:
Que sea un bien (un mal no lo esperamos, lo tememos).
Que sea futuro (lo que ya tenemos no lo esperamos, lo disfrutamos).
Que sea necesario (un capricho no lo esperamos, se nos antoja).
Que sea posible (lo imposible no lo esperamos, nos desespera).
Que sea difícil de conseguir (lo que está al alcance de nuestra mano no lo
esperamos, lo codiciamos).
Naturalmente, según sea el contenido
de lo que esperamos, así será la calidad humana de nuestra esperanza. En opinión
de Erich Fromm, para esperar no
basta tener anhelos y deseos. "De ser así -dice-, quienes desean tener
más y mejores automóviles, casas y artefactos eléctricos serían individuos
esperanzados". Para que a un anhelo le cuadre el nombre de esperanza
debe tener como objeto "una vida
más plena", el deseo de ser
más, no de tener más. Las personas
esperanzadas son necesariamente inconformistas. Como anhelan una vida más
plena, no pueden contentarse con la realidad actual: ni con la suya propia
ni con la del mundo exterior. En realidad, la esperanza de lo nuevo y la insatisfacción
por lo viejo nacen juntas. Las personas esperanzadas son pacientes. Comprenden
que los espárragos no crecen más rápido por tirar de ellos hacia arriba y
saben dar importancia al tiempo necesario para que maduren sus proyectos.
Nada más lejos de la esperanza que el "ahora mismo" de los impacientes.
2. Un sueño con los ojos abiertos
Alguien dijo que la esperanza es el sueño de una persona despierta.
Un ejemplo famoso de sueño con los
ojos abiertos es el discurso pronunciado por Martin Luther King, el 28 de agosto de 1963, con ocasión de la marcha
a Washington en defensa de los derechos cívicos. El discurso que se titulaba
precisamente "Tengo un sueño"
(I have a dream) decía así: "Sueño
que llegará el día en que los hombres se elevarán por encima de sí mismos
y comprenderán que están hechos para vivir juntos, en hermandad. Sueño que
llegará el día en que todos los negros de este país, todas las personas de
color del mundo, serán juzgados por el contenido de su personalidad y no por
el color de su piel. Todavía sueño, hoy, que llegará el día en que las industrias
paradas de Appalachia serán puestas en marcha y servirán para llenar los estómagos
vacíos del Misisipí, y que la hermandad será algo más que unas palabras colocadas
al final de un sermón: que en las agendas de todos los hombres de negocios
se encontrará escrita la palabra 'hermandad'. Todavía sueño, hoy, que llegará
el día en que la justicia fluya libre como el agua, y la honradez como un
torrente poderoso. Todavía sueño, hoy, en que, al frente de todos los Ministerios
y de todos los Ayuntamientos, serán elegidos hombres que obrarán con justicia
y misericordia, siguiendo los pasos de su Dios. Todavía sueño, hoy, que la
guerra se acabará, que los hombres cambiarán la espada por el arado, la lanza
por la podadera; que las naciones no volverán a levantarse contra otras naciones
ni forjarán nuevos planes de guerra..."
En uno de los capítulos más importantes
de "El principio de la esperanza", Bloch compara los sueños nocturnos, que tanto interesaron a Freud, con los sueños diurnos, como el
de Martin Luther King que acabamos de recordar. Todo lo que piden los sueños
nocturnos es ser interpretados,
y a ello se dedica el psicoanálisis; en cambio, los sueños diurnos piden convertirse en realidad. El que sueña
con los ojos abiertos se siente impulsado a alcanzar lo que sueña, y cuando
hace castillos en el aire, proyecta también sus planos. Naturalmente, no podemos
esperar pasivamente que se hagan realidad nuestros sueños, como esperamos
a que caiga la lluvia o vuelva a salir el sol. La esperanza es activa: no entiende eso de "esperar con los brazos
cruzados".
Soñar despierto ha sido siempre una
poderosa fuente de energía. En toda la historia de la humanidad nunca se ha
dado un gran descubrimiento sin una esperanza que lo anteceda. Eso no quiere
decir que siempre se acabe descubriendo lo que se esperaba. Más bien suele
ocurrir lo contrario. Unas veces el descubrimiento es insignificante y decepciona
a los buscadores; otras veces, en cambio, sobrepasa con creces lo que uno
andaba buscando. Colón, por ejemplo,
estaba convencido de que la Tierra era redonda y buscaba tan solo una ruta
hacia las Indias por el oeste, pero descubrió un continente hasta entonces
desconocido. El descubrimiento desbordó con creces su esperanza. Esto ha ocurrido
muchas veces. La experiencia da la razón a aquella sentencia de Heráclito: "Si no se espera, no se
dará con lo inesperado".
3. La esperanza cristiana
En unos versos, Charles Péguy nos muestra al mismo Dios sorprendido por la esperanza
de los hombres.
"...La esperanza, dice Dios, sí que me sorprende.
Me sorprende hasta a mí mismo.
Que esos pobres hijos vean cómo marchan hoy las cosas
y crean que mañana irá todo mejor,
esto sí que es sorprendente y es, con mucho,
la mayor maravilla de nuestra gracia."
¿Hay o no motivo para pensar que mañana
todo irá mejor? Bloch preguntaba: "¿Puede quedar defraudada la esperanza?".
Y respondía: "Sí, y para honra suya, porque si no pudiera quedar defraudada,
no sería esperanza". Desde el punto de vista filosófico la respuesta
es, sin duda, impecable. Sin embargo, para el cristiano la respuesta es un
poco distinta: pueden quedar defraudadas las esperanzas (las expectativas),
pero no "La Esperanza", porque Dios está con nosotros. La gran originalidad de la Biblia consiste,
por tanto, en dar testimonio no ya de la esperanza humana con sus deseos y
proyectos, por muy altos que sean, sino fundamentalmente de la esperanza de Dios para nosotros. Al
abrir la Biblia nos sorprende encontrar continuamente seres humanos enfrentados
a un Dios que espera algo en ellos, para ellos, con ellos y a veces contra
ellos. Siempre me gustaron especialmente aquellos versos del Segundo Isaías
que dicen:
"Los jóvenes se cansan, se fatigan.
Los valientes tropiezan y vacilan.
Pero los que esperan en el Señor renuevan sus fuerzas,
suben con alas como de águila, corren sin cansarse,
marchan sin fatigarse". (Is 40,30-31)
Cuando los israelitas vivían resignados
en Egipto, Dios los invitó a soñar prometiéndoles "una tierra que mana
leche y miel" (Éx 3,8). Más tarde les hizo soñar con un tiempo en que
"revivirán tus muertos, revivirán
tus cadáveres y despertarán jubilosos los que habitan en el polvo"
(Is 26,19). Hasta el presente, el cristianismo es quien ha tomado más en serio
al hombre soñador. Recordemos aquello de san
Pablo: "Ni ojo nunca vio, ni oído oyó nunca, ni hombre alguno ha
imaginado, lo que Dios ha preparado para quienes lo aman" (1Cor 2,9).
Muchas de las esperanzas que impulsaron a las generaciones que nos precedieron
ya se han hecho realidad y otras se irán haciendo. El cristiano sabe que Dios está detrás de todo ello, aunque muchos
no lo sepan. La verdad es que, en algunos momentos, la situación aparece tan
negra que como escribió Gabriel Marcel,
"la esperanza no es posible sino en un mundo en el que hay lugar para
el milagro". Por eso decía el filósofo francés -y antes lo había dicho
ya san Agustín- que "la zona de la esperanza
es también la de la plegaria". Pero evidentemente, eso no invita en absoluto
a cruzarse de brazos. Como dijeron muy bien los teólogos medievales, "cuando
Dios trabaja, el hombre suda".
4. Nuestro corazón inquieto
A pesar de haberse hecho ya realidad
tantas esperanzas de los hombres y mujeres que nos precedieron, seguimos insatisfechos. Antes o después
acaba apareciendo siempre un cierto desencanto. Es obvio que para desencantarse
es necesario haber estado previamente encantados. El Diccionario de la Real
Academia explica que "encantar",
en sentido figurado, equivale a "cautivar
toda la atención de una persona". Han sido, en efecto, muchas las
metas que durante un tiempo cautivaron por completo nuestra atención. Invariablemente,
cuando llevábamos algún tiempo disfrutándolas, nos sobrevino el desencanto
porque las cosas no marchaban conforme a lo esperado, sin que supiéramos precisar
muy bien qué era "lo esperado" y qué cosas concretas habían resultado
fallidas.
Pongamos algunos ejemplos. Esperamos
una vida larga, y ahora que nuestra esperanza de vida al nacer es mucho más
alta, empezamos a descubrir los problemas derivados (ancianos sin cariño,
envejecimiento de la población, gastos sociales insoportables, etc.). También
esperamos mucho de la técnica, pero igualmente ha resultado insuficiente y
generadora de dependencias despersonalizantes. Acierta, sin duda, aquel refrán
que dice: "El bien, esperado sabe mejor que gozado".
La esperanza desborda cuantas metas nos proponemos, en el mismo momento en
que las vamos alcanzando. En general, la insatisfacción que experimentamos
poco tiempo después de haber alcanzado una meta, hace que aspiremos en seguida
a otra meta más alta. ¿Estaremos, quizás, ante un truco de la naturaleza para
mantenernos en actitud de constante superación? ¿0 será, quizás, una vocación
que el mismo Dios ha inscrito en el deseo humano? Estamos ya en condiciones
de comprender lo que ocurre: las conquistas científicas y sociales han logrado
dar "respuestas" a no pocas carencias del ser humano, pero no son
"la respuesta" capaz de sosegarnos. Nos son útiles, pero no nos resultan definitivas.
Además, por muy vasto y rápido que
sea el progreso científico y técnico, nunca logrará liberar a la humanidad
de su limitación radical, que tiene un nombre muy anterior a todos los descubrimientos
del mundo moderno: la muerte. Los
sueros y la elevación del nivel de vida han logrado retrasarla unos cuantos
años, pero no han conseguido acabar con ella. La ley de la mortalidad humana
es la más constante de la historia. Hoy, como en la edad de las cavernas,
la relación de muertos en relación a los nacimientos no ha variado: el cien
por cien. Y, sin embargo, el ser humano descubre en sí mismo un anhelo de infinito. Pues bien, ese
deseo de infinito no es una pasión inútil, como pensaba Sartre, ni un espejismo
psicológico, sino un impulso que Dios mismo ha impreso en cada persona. Estando
hechos a imagen de Dios, tenemos una capacidad de deseo infinito; y sólo el
Dios infinito puede saciarnos completamente. San Agustín lo dijo maravillosamente:
"Nos
hiciste para ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti".
Ahora podemos comprender mejor lo que quiere decir Pablo cuando habla del
"Dios de la esperanza" (Rom 15,13). Ese calificativo tiene una doble
significación: por un lado, Dios es el sujeto, el autor, el dador de la esperanza,
el que nos invita a soñar; pero, por otro, Dios es también el objeto, el contenido
final de nuestra esperanza. La promesa de Dios y el Dios de la promesa coinciden.
Dios es el contenido final de nuestra esperanza, pero "final" no quiere
decir "único". La esperanza cristiana no suprime las esperanzas
humanas, sino que las presupone y perfecciona. En realidad, el cristiano vive
tanto la esperanza, que todo hombre que habla ese lenguaje le resulta hermano:
"Los
gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro
tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren, son a la vez gozos y
esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos de Cristo. Nada hay verdaderamente
humano que no encuentre eco en su corazón" (GS 1). Eso no quiere
decir que no existan diferencias entre las distintas formas de esperar. Aun
con el riesgo de resultar excesivamente esquemáticos, podríamos caracterizar
así las tres esperanzas-tipo de la humanidad:
Esperanza de las religiones tradicionales: una esperanza en el "más
allá" sin importar el "más acá".
Esperanza de la ciencia y de las ideologías: una esperanza en el "más
acá" sin importar el "más allá".
Esperanza cristiana: una esperanza en el "más allá" que
arranca en el "más acá".
5. Educar a la Esperanza
La falta de esperanza puede manifestarse
de dos formas: como desesperación o
como desesperanza. Semánticamente
ambas palabras son idénticas, pero el uso les ha ido dando significados distintos.
La desesperación es el resultado
de una situación que no parece tener salida y produce agresividad, bien sea
hacia uno mismo -que en ocasiones llega incluso al suicidio-, bien sea hacia
los demás.
A la desesperanza se llega, en cambio, por una acumulación de desilusiones
y se traduce en una aceptación resignada de la situación. Puede conducir a
la depresión; pero también puede mostrar el rostro de la renuncia sonriente:
Bonjour tristesse ("buenos días, tristeza"), como rezaba
el título de una novela de Françoise
Sagan. Esa fue también la opción de Sartre: ni esperanza ni desesperación,
sino desesperanza.
Ese clima desesperanzado es muy grave.
El ser humano no puede vivir sin esperanzas;
bien sean esperanzas menudas o vitales, esperanzas a corto plazo o esperanza
escatológica. Dante Allighieri
coloca en el frontispicio del infierno el siguiente mensaje: "Dejen
toda esperanza, ustedes que entran aquí". Y de hecho una vida
sin esperanza es como un infierno anticipado.
Se es joven mientras se hacen proyectos
para el futuro y se tienen ilusiones. Por eso la esperanza es el elixir de
la eterna juventud. Ya lo dijo Thomas
Mann: "El tiempo que se pasa esperando no envejece". En cambio,
cuando desaparece la esperanza, el hombre se marchita, se reseca y muere.
La imagen empleada por el profeta Ezequiel para describir el estado de ánimo
de los israelitas en el exilio no puede ser más expresiva: "Se han secado nuestros huesos, se ha desvanecido nuestra esperanza,
todo se ha acabado para nosotros" (Ez 37,11). La persona esperanzada,
por el contrario, es una persona alegre.
Por mala que sea su situación, la encontramos serena porque vive en "víspera
del gozo". Los que esperan son las personas más fuertes de la tierra.
La esperanza es una fuente tan poderosa de vitalidad que si un enfermo no
espera ya nada "se deja morir". Cuando Don Quijote perdió la ilusión,
decía: "yo ya no soy Don Quijote de la Mancha, sino Alonso Quijano".
Sancho, sabiendo que sin ilusión no se puede vivir, intentó animarlo: "¿Qué
tonterías dice, mi señor? ¿Cómo no va a ser Don Quijote? Vamos, ánimo, que
la mayor locura que puede hacer un hombre en esta vida es dejarse morir, sin
más ni más, sin que nadie le mate, ni otras manos le acaben que las de la
melancolía..."
Así son las cosas. El que espera llegar a la meta, camina. Y
al que le desaparece la esperanza se le quiebran las piernas. Ocurre lo mismo
a nivel colectivo. Fue la energía inmensa de la esperanza la que sacó a la
humanidad de las cavernas, la puso en marcha por los caminos de la historia
y la empuja hacia un futuro siempre mejor. Cuando una sociedad pierde la esperanza
carece de futuro, porque languidece su vitalidad y se paralizan sus iniciativas.
6. Sembradores de esperanza
Si esto es así, porque lo necesita
tanto la salud psíquica de los hombres como la de las sociedades, debemos
proceder a una siembra de esperanza en nuestro mundo. Veamos cómo podemos
ser fuente de esperanza para otros. Quizás
podríamos empezar por no hacer a nadie la vida más difícil de lo que ya es
de por sí. No contaminar todavía más el ambiente con nuestro propio pesimismo,
con nuestra amargura, porque acabaríamos creando entre todos un clima verdaderamente
irrespirable. La esperanza es muy frágil y delicada. Ya lo sugería CharIes
Péguy con sus constantes alusiones a "la niña esperanza". Requiere
ser tratada con mucho cuidado. Y muchas veces, con nuestra visión negativa
de las cosas y nuestras interpretaciones maliciosas no la dejamos crecer.
Aparte de que, actuando de este modo, ponemos de manifiesto lo feos que somos
nosotros mismos por dentro. "Para los limpios todo es limpio -dice San Pablo-; en cambio, para los sucios y faltos de fe,
no hay nada limpio, porque tienen sucia su mente y su conciencia"
(Tit 1,15).
Necesitamos aprender a valorar lo positivo que hay en nuestro entorno vital. Parece
como si lleváramos gafas negras, porque siempre vemos con más facilidad lo
malo que lo bueno. Pues bien, precisamente porque las cosas ocurren así, necesitamos
adquirir esforzadamente el hábito contrario, ese hábito que acertó a simbolizar
muy bien un cuento zen: "Un hombre
que caminaba por el campo se encontró de repente con un tigre. Echó a correr,
perseguido de cerca por la fiera. Llegó a un precipicio, se agarró a la raíz
de una vid salvaje, y quedó colgado entre el cielo y la tierra. El tigre lo
olfateaba desde lo alto. Temblando de miedo, el hombre miró hacia abajo donde,
al fondo del abismo, otro tigre lo esperaba para devorarlo. Solamente se sostenía
gracias a aquella raíz, pero dos ratones comenzaron a roer poco a poco la
vid. El hombre descubre a su lado una fresa estupenda. Agarrándose a la vid
con una mano, con la otra tomó la fresa. ¡Qué dulce estaba!" Así
de tontamente acaba el cuento. En cualquier situación, por difícil que parezca,
hay, por lo menos, una fresa. Y es tarea sublime la de aquellos que ayudan
a sus semejantes a descubrir la fresa y saborearla. En cambio, otros se empeñan
en recordarnos a tiempo y a destiempo cuántos tigres y ratones nos rodean.
Naturalmente, la lucidez ante el mal
y la crítica del mismo serán siempre necesarias. Pero no se trata de criticar
despiadadamente desde la distancia insolidaria. En los profetas del Antiguo
Testamento la denuncia del mal
iba acompañada siempre del anuncio
de la salvación. Pablo aconsejaba: "No
salgan de vuestra boca palabras dañosas; lo que digan sea bueno, constructivo
y oportuno; así hará bien a los que los escuchen" (Ef 4,29). Y en
otro lugar: "Anímense mutuamente
y ayúdense unos a otros a crecer, como ya lo están haciendo" (1Tes
5,11).
La actitud de Jesús de Nazaret fue
siempre así. Al hijo pródigo, que vuelve a la casa paterna, no se le impone
ninguna penitencia, sino que es recibido con un banquete (Lc 15,11-24). Jesús
invitaba a vivir más la pasión por
lo que sucederá que el tormento por lo que ha sucedido. A la mujer adúltera
y a muchos otros les dijo: "Vete, y (simplemente) no peques más"
(Jn 8,11). Esto es muy importante. Normalmente la esperanza nos la otorgan
otros. El hombre siempre "vive de crédito", del crédito que le conceden
los demás. Podemos matar a una persona "retirándole el crédito";
no esperando ya nada de ella, no concibiendo para ella ningún futuro. Pensemos
en todos esos matrimonios acostumbrados que están sentados uno enfrente de
otro pero ni se miran ni se escuchan. ¡Se han visto ya tanto! Cuando uno empieza
a hablar, el otro piensa por dentro: "Vamos a ver qué tontería dirá ahora".
Se hacen así asesinos de posibilidades.
Lo sepan o no, se están quitando la vida uno a otro. En cambio, las
personas con capacidad de acogida siembran esperanza alrededor. Me refiero
a todas esas personas que saben escuchar desde la cercanía, sin actitudes
interesadas ni controladoras. Dice San Pablo que el amor "espera siempre"
(1Cor 13,7). Por muy abatida que se encuentre una persona, si descubre que
no está sola, que hay alguien que la quiere, confía en ella y seguirá haciéndolo
pase lo que pase, despuntará la esperanza a su corazón. Muchas personas que
están sufriendo un grave problema se encuentran hundidas y viven desesperanzadas
porque ven toda su existencia a la luz de ese problema y, por lo tanto, lo
ven todo negro. Esas personas podrían recuperar la esperanza si hay alguien
que se interesa no solamente por ese problema, sino por el conjunto de su
vida. No se trata de quitar importancia al problema que padecen. Si tiene
importancia hay que dársela. Se trata más bien de invertir la perspectiva:
no ver toda la vida a la luz de ese problema, sino ver el problema a la luz
del conjunto de su vida.
7. Conclusión
Cuando se trate de personas creyentes,
resultará mucho más fácil fomentar actitudes esperanzadas incluso en aquellas
situaciones que humanamente no tienen salida: el sida, el cáncer terminal,
etc.
Si el optimista no ve la cruz y el
pesimista ve únicamente la cruz, el
cristiano ve la cruz, pero también más allá de la cruz. Por eso, puede
esperar -como decía San Pablo- "contra toda esperanza" (Rom 4,18).
Es necesario descubrir los diversos signos de resurrección que existen bajo
las apariencias de muerte. Todo puede ir peor, en nuestra vida personal y
en la sociedad; se pueden desmoronar nuestras expectativas y venirse abajo
nuestras seguridades; llegará quizás la oscuridad, el dolor, la vejez. Lo
importante en tales casos es que "el hombre interior", que vive
de la fe, no se desmorone y se renueve de día en día (2Cor 4,16). La capacidad
para animar a los demás es un don de Dios: "El Señor me ha dado una lengua de iniciado, para saber decir al
abatido una palabra de aliento" (Is 50,4). Yo le pido a Dios
que cada mañana nos conceda a todos nosotros ese don.
Luis González-Carvajal
(extractado de "Vida Nueva"
n. 2.250)
Luis González-Carvajal, sacerdote y profesor del Instituto Superior de Pastoral
de Madrid, ha publicados varios libros, entre ellos "Esta es nuestra
fe" (15 ediciones) y últimamente "Los cristianos del siglo XXI".