
Una vida feliz
En
el Encuentro Internacional de Jóvenes que se organiza al finalizar cada año
y al empezar uno nuevo,
el
hno. Roger lanza la Carta de Taizé, para que las reflexiones
que centenares de miles de jóvenes peregrinos realizan
en
esta comunidad ecuménica del sur de Francia,
puedan
ser compartidas con todos los jóvenes del mundo.
La
carta 2001 lleva un título significativo,
"¿Presientes la felicidad?" y empieza con un augurio sencillo:
"Si pudiéramos darnos cuenta de que una
vida Feliz es posible, incluso en las horas oscuras..."
El
hno. Roger es un venerable anciano cargado de juventud
y
esperanza. Cada una de sus palabras es medida,
sueña
pero con los ojos abiertos, reconociendo
la
dura realidad de miseria en los distintos rincones del mundo.
Su
discurso no es una ilusión, sino una propuesta realista.
"Para
que una vida sea hermosa -dice-
no
es indispensable tener capacidades extraordinarias...
Cuando
la sencillez está íntimamente asociada
a
la bondad del corazón, incluso personas sin recursos
pueden
crear un espacio de esperanza en su entorno".
El
monje de Taizé está convencido que
"¡Dios nos quiere felices!"
Pero
esta seguridad no inmoviliza al creyente
dejándolo
en una espera ociosa y fatalista.
El
Dios que "nunca está indiferente
ante el sufrimiento
de
los otros... nos propone ser creadores"
para
que nuestra vida no esté sometida al azar del destino.
Este
mismo tema de la esperanza activa
es lo que proponemos una vez más en el Tema
Central de este número.
Son
tiempos demasiado duros para dejarnos envolver
por
la desesperanza. Hay que luchar y
"esperar
contra toda esperanza" como decía san Pablo.
De
una vez para siempre tenemos que desterrar la falsa idea
de
un Dios que premia y castiga a su antojo.
"El
sufrimiento nunca viene de Dios. Dios no es autor del mal,
Él
no quiere ni la angustia humana, ni las guerras,
ni
los desastres naturales, ni la violencia de los accidentes",
afirma
con fuerza el hno. Roger.
¿Dónde
estará entonces la fuente de la esperanza?
La
respuesta del creyente empieza obviamente por Dios.
Él
nunca retira su presencia. Su Espíritu
hace comunión,
fortalece
interiormente, ora y actúa en cada uno de nosotros,
aún
cuando lo ignoramos y estamos lejos de Él.
Pero
esta certeza del creyente va acompañada como se decía, de una esperanza activa que pasa por una vida
entregada por los demás. Por eso la Carta de Taizé termina asegurando: "¡Sí,
Dios nos quiere felices! ...Y hay una felicidad en el humilde don de uno mismo".
Quinto Regazzoni