EN QUÉ DIOS CREEMOS?

Más que negar a Dios, muchos ateos niegan una determinada imagen de Dios. Una imagen falsa de Dios, elaborada por los mismos cristianos en determinados ambientes y épocas de la historia, que todavía hoy heredamos. León Tolstoy escribió: "Cuando un salvaje deja de creer en su Dios de madera, eso no significa que no hay Dios, sino que el verdadero Dios no es de madera".

1. ¿Dónde está Dios?

Se suele afirmar que Dios es bueno, todopoderoso, que lo sabe todo, que ayuda al ser humano, protege a los pobres, defiende la justicia... Después echamos un vistazo al mundo y vemos tanto mal por doquier, tantas injusticias, tanto dolor que enseguida surge la pregunta: ¿Dónde está Dios?, ¿a qué se dedica Dios?

Muchos dudan de la eficacia de la oración y otros se burlan de ella como hacía Elías cuando se reía de los sacerdotes de Baal: "¡Griten más fuerte! Baal es Dios pero estará meditando, o bien ocupado, o estará de viaje. A lo mejor está durmiendo y se despierta." (1Reyes 18,27-28). Algunos, después de haber estado gritándole a Dios sincera y desesperadamente para que los ayude y escuche en trances muy graves de la familia, y comprobar que no hay respuesta, sacan la conclusión de que Dios no existe y lo echan en el mismo saco que a los reyes magos. Otros agradecen a Dios por haberles concedido un favor y los que oyen esto y no han sido atendidos en sus plegarias se preguntan: ¿Por qué a unos sí y a otros no?

A esta pregunta se suele responder que en la oración hay que ser más perseverantes, que hay que ser buenos para "merecer" la ayuda de Dios o que los planes de Dios son otros y sería para nuestro bien aquella desgracia que nos ha tocado o que Él sabe mejor que nosotros lo que más nos conviene... Hasta se nos meten a veces en la cabeza criterios comerciales: "Te doy esto, a cambio de..." Y entonces se recurre a distintas prácticas, privaciones y sacrificios, promesas y limosnas, etc. para lograr a cambio los favores de Dios.

En realidad, Dios quiere salvar a todos sus hijos por igual. Los quiere siempre, aun si estos no le retribuyen ese afecto. La expresión popular: "Si Dios quiere", cuando manifiesta dudas o desconfianza para con Dios, no es evangélica. Dios interviene sin cesar a favor nuestro pero no en el orden natural de los fenómenos; no produce los acontecimientos, pero sí nos inspira para darles un sentido, una salida positiva. "Sólo un Dios escondido y discreto puede instaurar con los hombres un trato de libertad y no de necesidad" (Simone Weil). "Dios esta allí donde lo dejamos entrar" (Martin Buber).

2. ¿Vienen de Dios los males?

Una teología aún muy primitiva atribuía a Dios las lluvias y los terremotos, las pestes y las guerras, etc. Sin embargo, hoy sabemos que la lluvia y el terremoto tienen causas naturales; que las enfermedades obedecen a virus, bacterias o disfunciones orgánicas, y que las guerras nacen del egoísmo humano. El Concilio nos ha enseñado que la naturaleza, la sociedad, la psicología y la misma moral, obedecen a leyes autónomas, propias y específicas, que funcionan por sí mismas y en ellas hay que buscar la respuesta (esas mismas leyes son obra divina).

Cuando le pedimos a Dios todos los domingos que "tenga piedad" y que "nos escuche" y repetimos siempre las mismas súplicas, muchos pensarán que Dios podría preocuparse y no se preocupa, podría conceder lo que se le pide y no lo concede.

Lo que pasa es que el mal no está en el mundo porque Dios lo quiere o lo permite, sino porque es parte de la limitación y de la relatividad de este mundo. Eliminar el mal del mundo supondría un continuo milagro, un continuo estado de excepción para sus leyes, significaría también cercenar la libertad humana. De parte de Dios sería una falta de seriedad, de coherencia y de respeto para su misma obra. Aun otro mundo, siendo necesariamente finito, jamás sería perfecto.

¿Dónde está entonces Dios cuando uno sufre? En el momento de la enfermedad, Dios está en el enfermo, contra su enfermedad, apoyándolo, compadeciéndole, dándole ánimos, potenciando sus mejores capacidades. Está alrededor suyo en los que promueven su atención: médicos, enfermeras, familiares porque donde hay amor allí está Dios. A todos nos está permitido llorar y gritar: "Padre, líbrame de esta hora"; la queja y la protesta son también un modo de orar, como se ve en el libro de Job. Dios no condena a Job por sus blasfemias, pero sí condena a sus amigos que lo presentan a Él como un castigador. Dios está allí, en ese dolor, pero no para castigar.

3. Definitivamente, Dios no castiga

Todavía hay gente que dice que Dios castiga, somete a prueba, da y quita, se lleva a la gente consigo. He aquí un ejemplo: "Cuando murió mi padre con tan solo 22 años me dijeron que Dios lo necesitaba a su lado. ¿Más que yo? ¿Para qué necesitaba Dios, que todo lo tiene, a un pobre obrero de 22 años? ¡Yo sí que lo necesitaba a mi lado y lo necesitaba mi madre!".

Tenemos que reconocer que esta idea de un Dios triste ha marcado la educación de mucha gente; se habla más del miedo que de la bondad de Dios. Se busca acumular méritos para ir equilibrando los posibles castigos. Y la preocupación es: ¿se puede o no se puede hacer eso?, ¿es pecado o no es pecado?

Con esta mentalidad de un Dios patrón y calculador no hay otra salida que la de cumplir, y estar siempre preparados para el juicio de premio o castigo...

Pero ésta no es la imagen del Dios de Jesús. Como se desprende del Evangelio, Dios no se entretiene mandando enfermedades o castigos, ni siquiera para probar o purificar a las personas. La misma muerte no es un castigo de Dios sino un paso obligado para toda creatura de este mundo. Una cosa es el respeto a Dios, el asombro por su grandeza, por su amor sin medida, por su misterio, y otra cosa es el miedo hacia Él. El Evangelio de Jesús ha querido desterrar el mismo concepto de miedo; desde los primeros días de la Encarnación a María, a José, a Zacarías, a los pastores se los invita a no tener miedo ¿Quién le puede tener miedo a un niño? Jesús reveló definitivamente el verdadero rostro de Dios (el Abbá) con su vida y conducta, contraponiendo el espíritu lleno de misericordia de su enseñanza, al yugo de la ley judía. Jesús propone una relación confiada de hijos para con un Padre bueno. Un Dios que sólo sabe amar, sin cálculos ni reservas, en forma gratuita y liberadora. Y frente al pecador siempre sale al encuentro y lo recibe con amor y ternura.

4. ¿Qué podemos pedirle a Dios en la oración?

Jesús dice que no perdamos tiempo en palabras para informarle a Dios lo que nos pasa, porque el "Padre ya sabe lo que necesitan, antes de que ustedes se lo pidan" (Mt 6,8). No es cuestión de "informarlo" ni de convencerlo. La oración no es para cambiar a Dios sino para que Dios nos cambie a nosotros. Somos nosotros los que necesitamos enterarnos de lo que Él desea... Es seguramente bueno y necesario expresarle a Dios nuestras alegrías y angustias, como se hace con un amigo. Pero más que pedirle cosas a Dios, la oración es pensar las cosas con Dios; más que delegarle la solución de los problemas, es pedirle fuerza y luz para encontrarles nosotros la solución... Un buen padre no es el que hace las cosas a sus hijos, sino el que les da confianza para que las hagan por sí mismos, para que no se desanimen, para que se sientan acompañados.

La oración de Jesús es la plegaria de quien se acerca a Dios para ponerlo todo en sus manos, para buscar lo que a Él le agrada, para apoyarse en el amor del Padre en la hora de la prueba. Él nunca nos niega su Espíritu (= fuerza, luz, coraje...) a los que se lo piden (Lc 11,13). En el Getsemaní, Jesús no obtuvo lo que pedía pero logró la claridad y la fortaleza para enfrentar esta situación y asumirla con entereza.

Pedir a Dios que nos libere de nuestros males está bien (es una confesión de nuestra debilidad y necesidad de Él), pero hay que tener en cuenta siempre que Dios es el primero en luchar contra esos males y es Él quien en realidad nos pide que colaboremos en esa lucha.

La primera parte del Padre Nuestro no es de petición, sino de apertura, disponibilidad y acogida de la iniciativa divina. Esta actitud crea una atmósfera de confianza y abandono total en las manos de Dios, dándole otro sentido a nuestra oración al momento de pedir. Cuando se pide el pan de cada día, no hay que inquietarse entonces "pensando qué van a comer" (Mt 6,25-34), y por lo que se refiere al pedido de perdón, lo más importante es reconocer el perdón de Dios (habría que traducir más correctamente: "Ayúdanos a perdonar las ofensas de nuestros hermanos así como tú perdonas siempre nuestras ofensas").

Le pedimos a Dios el pan nuestro de cada día y Dios en su providencia no lo hará faltar a sus hijos, siempre que ese pan lo sepamos compartir entre todos (por eso se habla de "pan nuestro") y siempre que se trate de lo necesario para vivir "cada día" (sin acumular riquezas). Pero Dios no resolverá el problema del hambre en el mundo con la varita mágica, así como no frenará un terremoto ni arreglará los resultados de la quiniela a nuestro favor. Al crear un mundo finito, Dios le dio a la naturaleza unas leyes que Él mismo respeta primero. Dios respeta y alienta la libertad e inteligencia del ser humano para que sepa enfrentar y superar el mal, físico y moral.

Si Dios actuara por su cuenta y prescindiendo del ser humano, aplastaría de esa manera su dignidad y su libertad. Dios quiere lo mejor para nosotros y nos ayuda a través de las inspiraciones, de las personas que nos rodean, de los acontecimientos, de su Palabra.

5. ¿Dios puede suprimir los males?

La gran mayoría de la gente piensa que Dios "todopoderoso" puede suprimir el mal y frente a la realidad de los males inexplicables y escandalosos supone, casi para justificarlo, que Dios tan solo permite estos males, para corregirnos. Hay dichos populares que pueden entenderse como explicaciones de un Dios que "permite el mal": "Dios sabe lo que hace"; "Dios aprieta pero no ahorca"; "Dios escribe derecho en renglones torcidos", etc.

Pero si Dios es tan bueno con sus hijos como se dice, no se entiende cómo puede permitir una enfermedad terminal para una joven madre que tiene criaturas chicas...

No es culpable sólo el que causa el mal sino también el que lo permite y no lo evita, pudiéndolo hacer.

En el Evangelio, Jesús rechazó claramente todas estas malas interpretaciones del poder de Dios (Lc 12,3-5). Dios no quiere castigar y hacer sufrir a sus hijos y menos a los más inocentes. Y el apóstol Santiago agrega: "Dios no tienta a nadie" (Stgo 1,12-14).

Dios vence el mal con el bien, el sufrimiento con el amor. Pero no tuerce la voluntad del hombre ni las leyes de la naturaleza. El amor nunca se impone y supone la libertad de la persona amada. Eso hace que a veces el mismo Dios "fracase" (como le pasó a Jesús con Judas, con el joven rico, con los habitantes de Nazaret, con las autoridades judías). Pero el Mal tampoco tendrá la última palabra porque Dios, que busca la máxima realización del ser humano, lucha con él contra el mal; y en Cristo Resucitado será Dios quien tenga la última palabra.

6. Cumplir la voluntad de Dios no significa resignación.

Muchas veces se entiende la "voluntad de Dios" como una serie de "mandamientos", "leyes", "preceptos". Y sin embargo, no estamos "obligados" a nada en la vida cristiana; o todo se hace por amor o no sirve. A veces la expresión: "Hay que aceptar la voluntad de Dios" se usa como sinónimo de tragarse las desgracias y resignarse a las injusticias. Se ha llegado en el pasado a decir que Dios exigió la sangre de su Hijo como precio de su perdón; Cristo se habría sustituido a nosotros para sufrir el castigo a nosotros destinado. Nada más falso. La cruz fue consecuencia de la maldad humana.

Dios no quiso la muerte de su Hijo y Jesús se resistió a ella ("Padre, si es posible, aparta de mí este cáliz"); pero para demostrar hasta sus últimas consecuencias su amor a los hombres y su obediencia a Dios, entonces la enfrentó con valentía. Jesús no buscó los sufrimientos, las privaciones y las dificultades como si eso agradara a Dios; "tuvo" que sufrir esas situaciones como consecuencia de la lucha suya y del Padre contra todo mal y a favor de sus hermanos. También nuestros sufrimientos diarios tienen un sentido liberador si los asumimos por amor a Jesús y a los hermanos. Cuando decimos: "Hágase tu voluntad", no significa que debamos ser sumisos y resignados a una voluntad superior que se nos impone. Significa: "Que tus deseos y anhelos de amor se realicen". Es un padre que no impone nada, y nosotros lo amamos y respetamos tanto, que no queremos desagradarle. Es un respeto motivado por la ternura el que nos mueve a responder a sus deseos. Las cosas no son buenas o malas porque Dios las manda o las prohibe; sino que Dios las desea o no, según si son buenas o malas para nosotros. Dios sólo quiere nuestra plena felicidad.

El proyecto cristiano es pura y exclusivamente liberador, humanizador: el Reino de Dios es la exaltación del ser humano y de su dignidad. "La gloria de Dios es el hombre vivo", decía S. Irineo; autónomo, protagonista, libre. Y lo será, cuanto más esté unido a Dios; las 10 palabras de la Alianza y el mandamiento del amor que las resume, son un camino seguro hacia la felicidad de la persona.

Hemos hablado mucho de "méritos" y de "deber", no de "gracia" y de "amor". Dios nos ama y nos salva sin que nosotros lo merezcamos y sólo espera una respuesta de amor.

Se dice que Dios debería premiar a los buenos (y castigar a los malos). Es cierto que el bien tiene derecho al premio pero ningún bien puede pretender tener derecho a la eterna comunión con Dios. Ésta es puro regalo de Dios para todos, buenos y malos, obreros de la primera y de la última hora.

7. ¿Qué nos ofrece Dios en definitiva?

Hay gente que vive la moral y los mandamientos como algo que oprime, como una imposición (y piensa: "Si Dios no existiera, cuántas cosas podría hacer que ahora no puedo..."). Para muchos la religión aparece como una carga a cumplir, unos límites que no se pueden transgredir, prácticas que hay que observar. No es una "buena noticia".

Dios nos creó por amor y para nuestra felicidad. Y más allá de la imagen de Dios Creador, hay también en la Biblia la imagen de un Dios Liberador, defensor de los pobres y oprimidos, de la viuda, del huérfano y del extranjero; que nos quiere liberar de todos los males que nos oprimen. Dios es el Anti-Mal por excelencia. Y Jesús nos revela que Dios es un "padre" bondadoso que no envía males sino por el contrario se compadece y padece con nosotros. El sueño de Dios estará cumplido cuando enjugue todas las lágrimas de sus hijos y ya no haya muerte, ni llanto, ni dolor porque lo de antes pasó (Ap 21,4).

En las desgracias, en vez de quejarnos de la actuación de Dios, tendríamos que orar: "Señor, sé que esto te duele como a mí y más que a mí; sé que tú me acompañas y me apoyas, aunque no advierta tu presencia. Gracias por estar aquí." Se piensa también a veces que Dios es silencioso, que no habla; en realidad somos nosotros los incapaces de escucharlo. Precisamos que Él nos abra los ojos y los oídos para verlo y escucharlo.

¿Qué nos ofrece en definitiva Dios? Dios nos ofrece dignidad, coraje y esperanza a pesar de las derrotas que nunca son definitivas. Justamente es sólo con la oración que es posible seguir esperando. Frente a la enfermedad de un hijo hay que pensar que Dios quiere a esa criatura más que uno y esto no para dejar la oración, sino para que ésta sea más profunda y confiada. Si nos preocupa el hambre en Sudán no tenemos que pedirle a Dios que intervenga e informarle sobre la situación; Él ya sabe y está más preocupado que nosotros. No podemos decirle: "Señor, dales de comer". Él nos contestaría como en el evangelio: "Denle ustedes de comer". Digamos entonces: "Señor, nos duele el hambre en Sudán, fruto de las inclemencias naturales y del egoísmo humano; sabemos que a ti te duele mucho más que a nosotros y por eso ayúdanos a hacer todo lo que está a nuestro alcance. Padre, queremos responder a tu llamado y comprometernos contigo para que nuestro amor sea eficaz."

8. Un Dios servidor

Para muchos, Dios es un "patrón" que impone mandamientos, premia si se cumplen y castiga si no se cumplen. Es justamente este concepto el que lleva al miedo y refuerza, por ejemplo, una falsa idea de la "confesión" (sacramento) como una carga onerosa y difícil, como un tribunal severo del que uno prefiere escapar.

Más que un "patrón", Dios es un "servidor" de sus creaturas. Frente a una desgracia, nunca hay que decir: "Era voluntad de Dios" o "Dios lo quiso así". Él no quiso esa desgracia y la soporta con nosotros y nos apoya en la lucha para enfrentarla y superarla. Se alegra en nuestras alegrías que son las suyas, lucha con nosotros contra nuestros fracasos. Más que cultivar la idea de un Dios milagrero que todo lo soluciona (fruto de infantilismo religioso), hay que considerar a Dios como un amigo, un compañero que nos comprende y está a nuestro lado en todo momento.

Expresiones como ira, cólera, venganza, castigos, dominio de Dios... hay que dejarlas en el pasado como reliquias muertas de etapas superadas. Yavé es el "Dios que salva" primero de la opresión en Egipto y después de todo tipo de opresión. Es un Dios que "igual que un padre, siente cariño por todos sus hijos" (Sal 103); frente al pecador su corazón se conmueve y se enciende toda su ternura (Os 11,9) y por eso mismo "cede a la compasión" (Jer 31,20); se muestra más incapaz de olvidarse de nosotros que "una madre, del hijo de sus entrañas" (Is 49,14-15). En Jesús, la centralidad del amor y del perdón de Dios quedan confirmadas solemnemente.

Dios no concede su gracia sólo a algunos; nos ama a todos sin excepciones. Hace llover sobre justos e injustos (Mt 5,45) y nos ama aun siendo pecadores (Rom 5,8), sin condiciones previas. Dios busca sólo nuestro bien, no nos quiere servidores sino "amigos" (Jn 15,15).

Jesús afirma que Dios es Misericordia (y también la "justicia" hay que comprenderla a la luz de la misericordia). Dios es justo porque es misericordioso. Lo importante para el cristiano no es creer que Dios existe, sino que nos ama:"Hemos creído en el Amor de Dios por nosotros" (1Jn 4,16). "Nosotros amamos a Dios porque Él nos amó primero" (1Jn 4,19).

9. ¿Entonces Dios no es todopoderoso?

Si por definición lógica, Dios es todopoderoso y sin límites, en relación a nosotros se hace limitado; se adecúa a nuestra capacidad limitada. Dios lucha constantemente para superar nuestra incapacidad, ignorancia y resistencia, pero respeta los tiempos de nuestra maduración. No podemos pretender que Dios envíe la lluvia cuando nos conviene, cure un tumor maligno, establezca la paz en el mundo. Dios no actúa por encima de sus creaturas ni en lugar de ellas. La acción de Dios en sus creaturas es hacer que ellas hagan. Este pensamiento lo percibe la gente común cuando dice: "A Dios rogando y con el mazo dando", "Ayúdate que Dios te ayuda", "Nosotros somos las manos de Dios" o "Dios nos ama y ayuda a través de los hermanos". S. Ignacio decía: "Confía en Dios como si el resultado dependiera todo de Él y nada de ti, pero aplica todo tu esfuerzo como si tú tuvieras que hacerlo todo y Dios nada".

Dios, frente al sufrimiento, a la pobreza, etc. no está pasivo o ausente. Cuando frente al herido al borde del camino pasa el sacerdote, es Dios quien lo impulsa a ayudarlo (pero no fuerza su libertad); cuando es escuchado por el samaritano, al fin "puede" salvar a aquel hombre. Todo lo hace Dios y al mismo tiempo todo lo hace el samaritano que colabora con Él. En ese caso Dios no estaba aguardando en el templo sino justamente allí, a la vera del camino. Dios "trabaja siempre"; tiene un proyecto (el Reino) y siempre logra sus objetivos, aun respetando la naturaleza y la historia humana.

Dios nos trajo al mundo para hacernos partícipes de su felicidad, consciente de los riesgos. Y toma absolutamente en serio al mundo así como es. Sin querer manipularlo, Dios promueve al hombre para que se defienda solo, le da la capacidad de dominar la naturaleza, le entrega el mundo en sus manos...

10. Dios siempre perdona

Hemos escuchado tantas veces que el perdón se recibe si se cumple con determinadas condiciones - arrepentirse, confesarse, cumplir la penitencia-, que quizás terminamos por no reconocer la iniciativa gratuita de Dios que se adelanta a nuestro arrepentimiento: "Cuando todavía éramos pecadores" (Rom 5,8), "Cuando todavía estaba lejos" (Lc 15,20). No es de nuestros esfuerzos y méritos, sino de la gracia (la misericordia de Dios) que surge la conversión. El padre de la parábola ya había perdonado al hijo pródigo y lo esperaba todos los días con los brazos abiertos.

Nos cuesta creer en esa amplitud del Amor de Dios, gratuito, como le costó a Jonás cuando Dios perdonó a la ciudad de Nínive o al hijo mayor cuando el padre perdonó a su hermano. Evidentemente esto no nos sirve para aprovecharnos de su paciencia y justificar nuestra pereza y egoísmos con excusas.

Alguien podría decir: "¿De esta manera no se abarata demasiado el perdón de Dios? ¿No se entibia la religión volviéndola más permisiva?" ¡No! El amor es mucho más exigente que el miedo. Ha sido justamente la pastoral del miedo una de las grandes causas de la descristianización de Europa, como demuestra el historiador Delumeau.

El Amor de Dios es exigente. Nos pide que seamos lo mejor que podamos llegar a ser, que no nos quedemos a medio crecer. Dios prefiere que seamos "fríos o calientes" y no tibios (Ap 3,15).

Dios perdona siempre, pero sólo recibe ese perdón y es perdonado el que se reconoce pecador, confía en Dios y está dispuesto a perdonar al hermano. El hijo pródigo vuelve a la casa del padre, a la adúltera se le dice: "no peques más", la pecadora cubre de lágrimas los pies de Jesús, Pedro llora amargamente... Pero es el descubrimiento y la percepción del Amor de Dios lo que nos salva y convierte; si creyéramos realmente en el Amor de Dios, cambiaría nuestra vida. No hay cosa que transforme más la vida de una persona que saberse amada de verdad.

11. ¿Qué es entonces la oración?

"Dime cómo oras y te diré quién es tu Dios". Cuando los discípulos empezaron a percibir la novedad de la nueva imagen de Dios transmitida por Cristo, comprendieron la necesidad de cambiar su modo de orar: "Señor, enséñanos a orar". Y Jesús les enseñó a decir "Abbá" y a entregarse antes que nada a la confianza en su nombre, a la búsqueda de su voluntad, a la venida de su Reino... En las exhortaciones a pedir, lo que Él subrayó no fue el pedir mucho o con muchas palabras, sino la confianza. Enseñar a orar es una ciencia perdida en muchas familias cristianas y hasta en muchas comunidades.

Orar es abrirse a Dios, acoger su Espíritu, dejarse trabajar por su gracia; no conquistarlo, sino dejarse conquistar, no convencerlo sino dejarse convencer... Le dijo Jesús a Sta. Angela de Foligno: "Disponte a recibir, pues yo estoy más dispuesto a dar que tú a recibir"... No tenemos que imaginar a Dios como que nos observa distraído desde el cielo. Él está permanentemente en medio de nuestro mundo, no nos abandona, sino que espera y golpea para poder entrar en nuestro corazón. Actúa desde adentro de nosotros si le damos cabida.

Escribe Sto. Tomás: "Los rezos son necesarios para nosotros no como medios con los que esperamos informar o convencer a Dios, sino para que nosotros mismos nos demos cuenta de que en estas cosas necesitamos recurrir a la asistencia divina". Es absurdo querer captar la benevolencia de quien "nos amó primero" (1 Juan 4,10). Además, en la enseñanza de Jesús sobre la oración, el predominio lo tiene siempre la acción de gracias... La oración es antes que nada confianza, acción de gracias, alabanza, admiración, humilde acogida, escucha... La oración de petición también es útil porque cuando uno más ora, más lejos se siente de lo que pide y más cerca de Aquel a quien ora (y termina por dejarlo todo en sus manos). Dios es un Amigo que adivina hasta nuestros deseos y se anticipa a nuestras inquietudes.

Muchos cristianos van al templo a orar y a recibir sacramentos como si fueran pildoritas. La oración y los sacramentos son muerte y resurrección, continuación del misterio pascual de Jesús. Los sacramentos nos hacen morir a nosotros mismos y dejar que Dios hable y actúe en nosotros, que Dios sea Dios. Se puede empezar diciendo: "Padre mío, si es posible...", pero hay que terminar diciendo: "No se haga mi voluntad sino la tuya". Nuestra oración alegra a Dios, lo hace sentir Padre, le gusta hablarnos, oírnos, comulgar con nosotros. La oración es hacer feliz a Dios.

Primo Corbelli