En la Palestina del tiempo de Jesús,
la vegetación era mucho más abundante y más desarrollada que hoy. Los
bosques que cubrían una buena parte de la región en la que Jesús vivía,
servían de punto de referencia y de lugar de encuentro.
Eran comunes las encinas, árboles
de follaje denso y de ramas bajas, en las que Absalón, el hijo de David,
se enredó (2Sam 18,9). Había varias especies, como los pistacheros buscados
por la excelencia de sus frutas, el plátano, el enebro oloroso y el
sauce llorón, mientras que los árboles cultivados eran el olivo, la
higuera y el almendro. Las plazas de los pueblos se adornaban frecuentemente
con el majestuoso sicomoro, que ya cultivaba el profeta Amós en su parcela
(Am 7,14). Y que se hizo célebre en el relato del evangelio en el que
Zaqueo se trepa a este árbol para ver a Jesús (Lc 19,4).
Pero si se recorre hoy esas regiones,
hay que imaginar esos paisajes en los tiempos bíblicos sin naranjos,
limoneros, sin aguacates ni mangos, sin eucaliptos y hasta sin cactus.
Todas estas especies que hoy abundan en Galilea son de importación muy
reciente.
El árbol estaba muy presente en la
vida cotidiana del hombre de la Biblia. Es el símbolo por excelencia
del poder de vida que anima la creación. Cada primavera asiste
a su resurrección, él vuelve a brotar, y produce flores y frutos. Sus
ramas abrigan a los pájaros y ofrecen al hombre una sombra beneficiosa.
Es también el signo del hombre justo, aquel que posee a la vez,
raíces sólidas en la tierra, es decir, una persona sabiamente encarnada
en la realidad, y al mismo tiempo se extiende con todas sus fuerzas
hacia el cielo, buscando apasionadamente su realización plena.
El árbol es pues también la imagen
de la vida espiritual. "El justo es como un árbol plantado
cerca del agua" (Sal 1,3). En realidad está presente por todas
partes en la Biblia desde la primera hasta la última página. Desde los
primeros capítulos, encontramos dos árboles célebres, el árbol del
conocimiento del bien y del mal y el árbol de la vida, los
dos plantados en el jardín del Edén. El primero da un fruto nefasto
("el día en que tú lo comas, morirás"), el segundo al contrario,
llevaba un excelente fruto, aquel de la vida que no se extingue jamás.
Después de haber relatado la desobediencia del ser humano que comió
del mal fruto, la Biblia describe a lo largo de sus relatos el camino
que lleva al árbol de la vida. La historia de la salvación es un largo
recorrido que se extiende desde el primer árbol hasta el segundo. Lógicamente
encontramos de nuevo el árbol de la vida en el Apocalipsis. La voz que
se dirige a Juan y que identificamos como Jesús el resucitado, declara:
"Al vencedor le daré a comer del árbol de la vida, que está
en el Paraíso de Dios" (Ap 2,7).
El mismo Reino de Dios está
representado bajo el aspecto de un árbol como es frecuente en las parábolas
de Jesús: humilde semilla sembrada en la tierra, se convierte en un
árbol inmenso que abriga a los pájaros (Mt 13,1).
Los escritos cristianos del primer
siglo no dejan de subrayar el paralelo entre "el árbol de la
cruz" en el cual la salvación fue adquirida por Jesús, y el
árbol de la caída. Del mismo modo, establecieron la relación entre la
desobediencia de Adán que conduce al hombre a alejarse de Dios y la
obediencia de Jesús que lo regresa a la intimidad perdida. La nueva
Jerusalén, imagen del Reino de los cielos, será descrita así en el Apocalipsis:
"En medio de la plaza, a una y otra margen del río, hay árboles
de Vida, que dan fruto doce veces, una vez cada mes y sus hojas sirven
de medicina para los paganos" (Ap 22,2).
La vida del árbol
VALORES: VIDA, ENCUENTRO, ACOGIDA,
ENTREGA GENEROSA, FECUNDIDAD, TRASCENDENCIA
Un árbol majestuoso resulta ser una
agradable invitación a la vida.
Para algunos animales el árbol es
como un enorme rascacielos al aire libre donde conviven pájaros, hormigas,
gusanos, ardillas... Es una casa para los animales, y es un refugio
y lugar de encuentro para el ser humano. Durante una catastrófica inundación
en Mozambique hasta nació un niño en la copa de un árbol, último refugio
de las familias inundadas.
El árbol, como todo ser vivo, nace,
crece, luce, se reproduce, envejece y muere. El más frondoso árbol cuando
nace apenas se distingue de un arbusto o una plantita cualquiera. Después,
poco a poco, va creciendo. Algunos alcanzan un volumen enorme y una
altura muy considerable. Se va vistiendo de ramas, hojas, de flores
y de frutos. En su crecimiento pueden invertir años, décadas...
Ni viven inútilmente ni mueren inútilmente: oxigenan la atmósfera, dan vida y
color al paisaje, ofrecen sombra y cobijo, atraen la lluvia, siembran
de hojas el suelo, producen frutos, se convierten en fuego, en madera,
en obra de arte, en abono, en nueva fuente de vida...
El árbol participa de la historia
milenaria de la humanidad. Algunos son famosos: el árbol de la noche
triste en México, el olmo seco de Machado, la higuera estéril del Evangelio,
el sicomoro de Zaqueo o la higuera de Natanael, el árbol donde quedó
colgado Absalón, el árbol de Guernica...
Pero hay otros árboles que tienen
una historia para cada uno: está el árbol aquel donde dibujaste dos
corazones. Aquel otro que te dio ramas para encender el fuego aquella
noche helada, aquel bajo el cual escribiste aquella carta, el que dio
sabor a aquella siesta, el escenario de aquel concierto del ruiseñor,
o de la urraca... Es lindo subir a los árboles, ver los nidos y las
procesiones de hormigas... Hasta hay quien cree que abrazarse a los
árboles es una forma de lograr que nos transmitan su energía positiva.
¡Qué delito tan grande cortar o maltratar a los árboles, quemar el bosque!
Un dicho popular afirma que la historia la hace quien planta un árbol,
engendra un hijo o escribe un libro.
El árbol, con raíces, tronco, ramas,
follaje y frutos, parece una persona. Todo árbol es respetable
y cada cual aporta algo al conjunto del bosque, de la naturaleza y de
la sociedad. Los psicólogos piden el dibujo de un árbol para descubrir
algunas características de nuestra personalidad interior. Cada árbol
tiene su propia forma y personalidad, como los seres humanos.
Es difícil elegir el árbol que nos gusta más, aquel con el cual nos
identificamos más.
Actividades
1. Anotar todos los valores que nos
sugieren los árboles y comentarlos en el grupo.
2. De todos los valores anotados en
la actividad anterior, señalar los que se consideran más importantes
en la vida personal y de grupo. Reflexionar sobre la respuesta.
3. ¿Qué clase de árbol te gusta más,
y por qué?
4. Compara la vida del árbol con la
tuya. ¿Eres generoso y tolerante con los demás, como los árboles?
5. Armar una cartelera explicando
el ciclo biológico del árbol. Ilustrarla con dibujos o fotos de árboles
autóctonos, con los nombres de cada uno. En otra cartelera presentar
los beneficios que aportan los árboles al conjunto de la vida sobre
el planeta y el uso que hacemos de ellos.