Los chocolates de Meri y Mónica
En la cárcel todos los días son iguales...
en realidad parecen iguales pero no lo son. Hoy es el cumpleaños
de Meri, y a las 7 cuando la funcionaria nos abre la celda, ella
salta de la cama más deprisa que nunca. Le dicen que tiene un paquete
en el despacho y, en pijama, va a buscarlo. Nunca olvidaré su rostro
subiendo de nuevo a las celdas con su paquete... sonreía, con lágrimas
en los ojos, temblando. Tratamos de adivinar y descubrir de quien podría
ser semejante sorpresa. No nos atrevíamos a abrirlo... en tres años,
nunca nadie le había mandado nada. Ella seguía mirando las señas y claro,
era para ella, pero no había remitente.
Despacito, con mucha delicadeza, fue
desenvolviendo el papel... Una caja preciosa de cartón que pudo contemplar
sosegadamente y, finalmente, abrió. Había una cartita y muchos chocolates,
caramelos, algunos sellos, sobres, colores... Leyó el mensaje, no conocía
a la persona que se lo mandaba... y silenciosa me abraza. Era ya la
hora de ir a los talleres, teníamos aún que vestirnos y prepararnos
para ir con todo el grupo al trabajo. De camino (5 minutos), Meri me
dijo: he comprendido, he comprendido. Durante las 4 horas de trabajo,
sus palabras me habitaban y me preguntaba yo misma: ¿Qué habrá comprendido?
Regresábamos al módulo en silencio
y, después de comer me invita a ir con ella. Llevaba unas tabletas de
chocolate y nos fuimos al pasillo buscando a Mónica, una chica con problemas
de droga que un mes antes compartía su celda con Meri... No lo podía
creer, Meri se le acercó, le dio un abrazo y, sin decirle nada más,
sólo "te perdono", le dio las tabletas de chocolate. Mónica
lloró, lloró mucho y se sintió ¡tan a gusto!
Al volver a la celda, recordé el día
que Meri descubrió que Mónica se había comido todo el chocolate que
durante 2 años había guardado para sus tres hijos. Los tenía en la ventana,
al fresco y era su sueño, regresar a casa, a Colombia con chocolates
para sus niños. Pero llegó ella y se los comió todos. La quería matar
aquella mañana, trabajo tuvimos todas en separarlas, suerte que se la
llevaron a otro módulo, pero fue todo muy duro. Meri no soportaba oír
hablar de Mónica, le daba rabia verme a mí con ella, no lo soportaba...
Pero un paquete sorpresa de mi amiga
la desarmó. Entonces Meri comprendió que nada hay tan grande, tan fuerte,
tan dador de vida como la amistad brindada gratuitamente. Comprendió
que si alguien que no la conocía podía quererla... ¿sería que ella era
de verdad "preciosa" a los ojos de Dios, a pesar de todo?
Y comprendió que sí (Isaías 43,4).
No hicieron falta muchas palabras,
ni grandes sermones, ni catequesis; sólo un gesto y mucho silencio para
que ella comprendiera que el gran regalo de su cumpleaños era haber
descubierto la gratuidad.
Sí Mónica, tú necesitas chocolate,
dulce, tu cuerpo te lo pide... y Meri te los ofrece porque comprendió
que lo necesitabas... y lo mejor, al ratito vas a su celda y depositas
las tabletas en la ventana... para sus niños.
¡Qué sabrosas estarán el día que las
coman! Tendrán gusto a perdón, a manos tendidas y a amistades ofrecidas.
Rosaura
Hermanita de Jesús (de Charles de Foucauld) recluida voluntariamente en
una cárcel por opción de vida