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EDUCAR EN VALORES p. Gregorio Iriarte 1. El desafío del momento actual Son muchos los analistas sociales
que consideran al "relativismo moral" imperante como uno de
los problemas más graves para la normal convivencia ciudadana en la
sociedad actual. Los grandes principios éticos que deberían guiar nuestros
comportamientos, tanto privados como públicos, se van tergiversando
y diluyendo. Es "bueno" lo que conviene a los propios intereses
de cada uno. Se pretende legitimar cualquier comportamiento, por corrupto
que sea, según el criterio y las conveniencias personales. El eje articulador
para orientar los comportamientos ya no es la normatividad ética ni
el ejemplo de los mayores. Cada uno es modelo de sí mismo. Dentro de la complejidad ética que
nos toca vivir percibimos, sin embargo, en nuestro ambiente, una mayor capacidad de rechazo y de denuncia frente
a la corrupción generalizada. Cualquier juicio ético que queramos
emitir acerca de nuestra sociedad debe tener en cuenta, en primer lugar,
que vivimos en una sociedad de "signo permisivo". La moral pública es la base para la
autorrealización de los pueblos, y guarda relación directa con los valores
éticos fundamentales. Cuando hablamos de "moral pública"
no la debemos reducir a ciertos convencionalismos sociales, ni a la
mera normatividad jurídica. La postmodernidad y el capitalismo
impulsan exclusivamente valores de tipo individualista. Esto nos está
llevando a una peligrosa "privatización
de la conciencia moral". Las personas y los grupos sociales
se guían, cada vez más, por una especie de instintividad egoísta, llevados
por la lógica exclusiva del propio interés. Pero esta degradación de valores que
vive nuestra sociedad, tanto a nivel nacional como mundial, ¿no tendrá
su causa primera y principal en la profunda crisis que afecta a las
instituciones que tienen, prioritariamente, una finalidad educativa...? Las duras críticas que escuchamos
diariamente en contra de la corrupción, del nepotismo, del robo, de
la violencia, de la pornografía, del consumismo, del individualismo,
del hedonismo, del sexismo, de la drogadicción... interpelan directamente
a las estructuras educacionales, responsables de la formación intelectual,
religiosa, humana y cívica de la niñez, de la juventud y en última instancia,
de la totalidad de la población. El futuro ya no aparece, sobre todo
para la juventud, como el gran ideal a construir. Se vive la centralidad
del presente en un verdadero culto a lo efímero. Esta perspectiva, excesivamente
inmediatista e individualista, empuja a nuestra sociedad hacia lo pragmático,
lo cercano, lo vivencial, lo meramente personal.... Más que cambiar
la situación de pobreza e injusticia, se busca el cambio de uno mismo
dentro de esa misma situación. No es la transformación de la realidad
lo que se busca, sino el éxito personal dentro de esa misma realidad...
Los grandes proyectos utópicos, llenos de generoso idealismo, van siendo
reemplazados por pequeños intereses individualistas. Los grandes ideales
han muerto, como han muerto las incontrastables certezas políticas e
ideológicas. Se ha perdido totalmente la confianza en los partidos políticos,
en las transformaciones profundas, así como en nuestro tipo de democracia.
La consigna es vivir el presente
con febril intensidad. Es evidente que dentro de esta concepción
de la vida se esconden también
importantes valores que hay que detectar e incentivar. La intensa
relación con el presente lleva a valorar
lo cotidiano, a vivir más plenamente los problemas concretos de
la vida, a cuestionar los falsos idealismos, así como los utópicos mesianismos,
tanto políticos como pseudo-religiosos. Con la cultura del ocio, de
la belleza, del ritmo, del color, de lo corporal, de la imagen... están
surgiendo nuevas formas de comunicación interpersonal. El reto de la ética exige una orientación
capaz de iluminar todo un proyecto de vida, partiendo de la centralidad
de la persona humana, de su dignidad y sus derechos como lo fundamental.
No es suficiente, por lo tanto, plantear únicamente referencias generales
a los grandes valores y principios morales, ni tampoco recurrir al clásico
listado de deberes de tono catequético. Hay en el mundo actual una demanda de moralidad, de responsabilidad,
de honestidad, de solidaridad, de convivencia pacífica y fraterna
que pide y exige un retorno a los valores fundamentales de la vida e
interpela a las instituciones educativas como las directas responsables
del déficit ético que padecemos. Pero el proyecto postmoderno es sumamente
ambiguo ya que está en constante mutación. Se da en él una sorprendente
interrelación entre la imagen y la realidad y entre la realidad y la
imagen. 2. Una mirada crítica a nuestras estructuras educativas Las principales instituciones o estructuras
que tienen una función educativa y formativa en nuestra sociedad son
cuatro: la familia, la escuela,
la iglesia y los medios de comunicación. Se da una relación directa entre esta
crisis generalizada de valores que vivimos y la orientación a-crítica
y marcadamente funcional e individualista de nuestras instituciones
formativas. Una familia, una escuela, una universidad o cualquier otra
institución que privilegie el "tener", más que el "ser",
la apariencia más que la realidad, la exterioridad más que la interioridad,
lo accidental más que lo esencial, lo desechable más que lo imprescindible,
la mediocridad más que la excelencia, lo transitorio y caduco más que
lo fundamental y permanente; en realidad está deformando la conciencia
y tergiversando la verdadera escala de valores. Detengámonos brevemente a analizar
las graves deficiencias formativas
de estas instituciones llamadas a educar, prioritariamente, en los valores. A) La familia, célula básica de la sociedad,
es o debería ser, la primera escuela de virtudes personales y sociales,
pero la familia post-moderna se debate en una profunda crisis y son
muchos quienes afirman que esta crisis es la más negativa y de peores
consecuencias en nuestra sociedad. Las relaciones familiares son la base
fundamental para el desarrollo de la libertad, de la solidaridad, de
la fraternidad y de las responsabilidades cívicas y comunitarias. La pérdida del sentido de autoridad
paterna y de fidelidad conyugal, junto a la inoperancia en el área de
la formación y en la transmisión de valores, guardan relación directa
con la corrupción imperante. La familia actual cuida la salud de sus
hijos, los alimenta, subvenciona sus estudios, muchas veces con gran
sacrificio... pero no educa, no forma en valores que es la
esencia misma de toda auténtica educación. Esta grave claudicación en
el área formativa se la quiere justificar delegando esa función primordial
a la escuela, que por cierto, tampoco la asume. En realidad, es la televisión
quien la acapara desplazando a la familia, así como a la escuela y a
la iglesia, en la formación o en la "deformación" de los valores.
La televisión refleja esos antivalores de nuestra sociedad, a la vez
que los propaga, los profundiza, los socializa y los legitima. Por otro lado, es muy común que los
padres de familia sientan un verdadero complejo de inferioridad ante
sus hijos en relación con el manejo del televisor y en la captación
e interpretación de sus mensajes. Los niños tienen una capacidad retentiva
mayor que la de los adultos, además de que ellos son hijos de la nueva
cultura de la imagen. De ahí que los padres de familia,
igual que los demás educadores, necesiten ciertos conocimientos teóricos
y prácticos para lograr, mínimamente, que la televisión se constituya
en una colaboradora en su labor formativa y no en una adversaria, como
tantas veces sucede. B) La escuela. El sistema educativo está orientado, más y más, hacia el desarrollo del
área cognoscitiva, relegando, incomprensiblemente, el área de los valores. Un individualismo de tipo narcisista
caracteriza las principales motivaciones de todo el sistema educativo:
la búsqueda obsesiva del triunfo personal, sin referencia alguna a un
proyecto común y solidario, y el éxito económico y el "status social"
como la dorada meta de una falaz autorrealización. Para ser "abanderado" de
un colegio o para obtener "honoríficos laureles" en una universidad,
no es necesario ser mínimamente creativo, ni solidario, ni buen compañero;
ni tampoco es exigencia del sistema el poseer capacidad de síntesis,
espíritu crítico, iniciativa y una personalidad autónoma, asentada en
profundos valores éticos y religiosos... Pueden finalizar con "excelentes
calificaciones" alumnos egocéntricos, envidiosos, rencorosos, pasivos,
sin criticidad, sin creatividad, sin capacidad de relación y sin criterios
propios... El sistema no forma
en valores, ni los jerarquiza, ni los evalúa, ni los premia. Una educación que se queda atrapada en el área de los "saberes"
no es educación. La crisis de valores, que tan gravemente afecta a nuestra
sociedad, interpela directamente a un sistema que prepara para el examen,
para la promoción, para el título... pero no para la vida. Se da una relación directa de causalidad
entre la crisis de valores que vivimos y la orientación, marcadamente
funcional, tecnológica, repetitiva y a-crítica de nuestro sistema educativo. El cambio más importante y necesario
es el de superar y desterrar la concepción de todo el proceso educativo
como una mera instrucción, como enseñanza que se transmite, en forma
cuasi-mecánica, desde la "mente ilustrada" del maestro, a
la "mente vacía" del alumno. Parecería que esta concepción,
tan parcial, reductiva y empobrecedora, no sólo permanece, sino que
se va reforzando en aras del funcionalismo que caracteriza al modelo
neoliberal-globalizador vigente. C) La iglesia. Antiguamente, la ética y la religión estaban estrechamente unidas. La
iglesia era la guardiana de la moral, ejerciendo un control riguroso
sobre la conducta de las personas, asociada, para ello, al poder civil.
Con el tiempo, la ética, igual que las ciencias y las artes, comenzó
a adquirir su propia autonomía y la religión fue perdiendo influencia. Los valores económicos, impulsados
por el capitalismo y los modelos de ajuste estructural, han ido asumiendo
un papel preponderante, subordinando la política y la ética a sus intereses. La iglesia, forjadora de valores morales
a lo largo de la historia, tiene cada vez menos impacto. Por otro lado,
se tiende, dentro de la propia
iglesia, hacia la privatización de la fe y a una clara involución
sobre temas de compromiso social y del ministerio de la justicia. El individualismo reinante afecta también a la conciencia cristiana. Aunque es cierto que se da en nuestro
mundo un "retorno a lo sagrado",
debemos considerarlo como un despertar religioso que nace de sentimientos,
y no de convencimientos. Por lo mismo, no influye sobre los comportamientos
de esas personas. Por otro lado, la post-modernidad tiende a ser anti-dogmática
y contraria a la normatividad religiosa establecida. Las generaciones jóvenes se muestran
receptivas ante lo trascendente y lo espiritual, pero privilegian lo
afectivo más que lo racional, lo espontáneo más que lo establecido,
lo personal más que lo comunitario y lo experimental más que lo conceptual. El comportamiento de los creyentes
no parece diferenciarse, en lo social y en lo ético, del comportamiento
de los no creyentes o de los indiferentes ante el hecho religioso. D) Los medios de comunicación social Es muy difícil medir los efectos negativos
de la propuesta televisiva en el mundo de los valores. Las diferencias
de edad, de cultura, de experiencia y sobre todo, de formación en la
criticidad, pueden paliar y hasta eliminar los efectos nocivos de ciertos
programas. Hay que reconocer que el lenguaje
de la imagen tiene también efectos que pueden juzgarse positivos, como
pueden ser, un mayor desarrollo de la emotividad y de la afectividad,
el percibir la realidad de un modo más amplio y complejo, y el desarrollo
del gusto estético, tanto visual como auditivo. Sin embargo, el
lenguaje audiovisual, con su cultivo primordial de la imaginación
y de la sensualidad de los sentidos, está
desplazando al lenguaje más profundo y reflexivo del libro y de
la razón. La imagen enseña siempre lo que representa,
bueno o malo, y es muy fácil que surja en el espectador la tendencia
a identificarse con ella. Como consecuencia, comienza a perderse la
libertad interior, de ahí que vayamos constatando el avance de una amorfa
y alienante "cultura de masas". 3. Hacia una educación integral en valores La crisis que vivimos es una crisis
de valores. Se ha dicho, y con razón, que "el mercado conoce el
precio de todo y el valor de nada"... El sistema neoliberal-globalizador,
basado en la lógica exclusiva del mercado, puede generar recursos, pero
sin determinados controles de parte del Estado y de la sociedad, crea
grandes desigualdades económicas y sociales, que se traducen en explotación
y exclusión de los sectores mayoritarios. Pero los efectos más negativos
del modelo que estamos viviendo no se reducen al campo de lo meramente
económico-social. Tiene repercusiones muy graves en el área de los valores,
ya que se guía por objetivos exclusivos de tipo economicista. Todo lo
quiere convertir en mercancía. Nuestro mundo está tomando conciencia
de que sin ética, la economía
y la política se vuelven salvajes. La concepción dualista de la vida,
heredada de la cultura helénica, está presente, no sólo en nuestra manera
de pensar, sino en todas las relaciones de nuestra existencia: cuerpo-alma;
materia-espíritu; cielo-tierra; iglesia-mundo; oración-acción; razón-sentimientos;
ciencia-experiencia; inmanencia-trascendencia... Estas "dualidades" no necesariamente
son división, oposición o contradicción. Se da en su interior una continua
interacción, generando un dinamismo que lleva a la unidad. Pero la visión dualista ha llegado
a generar con frecuencia una verdadera esquizofrenia espiritual, sobre
todo en personas de gran sensibilidad religiosa. El hecho de concebir
al cuerpo como enemigo del alma ha llevado a numerosas personas a un
rigorismo ascético cercano al masoquismo. El desprecio del cuerpo era
considerado un medio muy eficaz para doblegar el dominio de las pasiones
y lograr conquistas espirituales. Esa mentalidad ha sido la causa de
que muchas personas subestimen las realidades temporales, como el trabajo
o el compromiso social o político, alejándolas de opciones transformadoras
de la realidad. Debemos llegar a una visión integral e integradora de la vida,
partiendo siempre de la unidad fundamental del ser humano. Esta comprensión integral de toda la realidad,
ya sea material, intelectual, afectiva o espiritual, recibe el nombre
de visión "holística",
expresión de origen griego que
significa "todo", en sentido de unidad
integral. También las ciencias han estado muy
condicionadas por la tradición dualista. Esto las llevó a una comprensión
parcial y fraccionada de sus propias disciplinas académicas, partiendo
de esa visión fragmentada de la realidad y de no considerar a la persona
en la totalidad de su ser. Sólo
una visión integral puede aportar soluciones integrales, respondiendo
plenamente a la complejidad del ser humano. En pedagogía se están dando pasos
muy significativos en esta dirección aunque, lamentablemente, no lo
constatemos en nuestro sistema educacional, tan repetitivo, libresco
y memorístico. El cambio más importante que aporta
la visión integral a la educación es la de desterrar la concepción de
todo el proceso educativo como mera instrucción, que se transmite en
forma cuasi-mecánica, desde la mente "ilustrada" del maestro
a la mente "vacía" del alumno. Esta concepción parcial y reductiva
de todo el proceso educativo, tan rico y tan complejo en su globalidad,
está orientada, de una manera obsesiva, hacia el desarrollo del área
cognoscitiva, descuidando totalmente otros aspectos de la persona, como
el área afectiva, la autoestima, las relaciones humanas, la formación
en los valores... que constituyen el "corazón" mismo de todo
el proceso. Este enfoque general, gravemente distorsionado,
se origina en una concepción reduccionista y fragmentada de la persona
del alumno. Lo que generalmente reciben nuestros alumnos es mera instrucción
y no educación integral. No es que desconozcamos la importancia
que tiene la dimensión racional, sobre todo en el mundo actual, tan
influenciado por la técnica, pero esto está llevando a todo el sistema
educativo hacia un enfoque y unas prácticas excesivamente pragmáticas
y funcionalistas. Tradicionalmente, se ha medido la
inteligencia, en los sistemas educativos, a través de los tests del
"cociente intelectual", en función de la capacidad de los
alumnos para resolver algunos problemas (matemáticas, física, metafísica...)
o para memorizar las lecciones. Según esto, los estudiantes que gozan
de una inteligencia analítica y racional, son catalogados como alumnos
brillantes, ocupando siempre los primeros puestos. La experiencia a nivel mundial ha
constatado que no son precisamente esos alumnos/as calificados como
inteligentes, los que triunfan en la vida, sobre todo en los puestos
de mayor responsabilidad. Al alumno (como a cualquier persona
y en cualquier circunstancia o actividad) hay que valorarlo, no sólo
por el "saber", sino también por el "ser" y el "hacer",
o sea, por sus conocimientos (saber), por la interiorización y la asimilación
de esos conocimientos y sus valores (ser) y por su praxis, habilidades
y capacidad de entrega y compromiso (hacer). En estos últimos años se ha comenzado
a hablar, de la "inteligencia
emocional", que por cierto, se basa en los mismos principios
e investigaciones que la pedagogía holística. La "inteligencia emocional"
no se relaciona únicamente con las emociones y la afectividad, como
algunos han creído. Hace referencia a toda la complejidad del ser humano:
autoestima, autodependencia, optimismo, relaciones humanas, simpatía,
capacidad de trabajar en grupo, facilidad de expresión, sentido artístico...
etc. Las personas que logran más éxitos
en la vida no son precisamente aquellas en que predomina el tipo de
inteligencia lógico-matemática, sino aquellas que saben combinar los
dictados de la razón con los sentimientos, las buenas relaciones humanas,
las emociones... Estas personas están más predispuestas a mantener amistades
positivas en su entorno, saben ser acogedoras, tienen excelentes relaciones
familiares y tratan de responder de un modo básicamente optimista a
los desafíos y a las dificultades que les va presentando la vida. Lamentablemente, los tests de "cociente
intelectual" (única forma de evaluación a la que recurre nuestro
sistema escolar) no toman en cuenta más que una parte, por muy importante
que sea, de todo el ámbito del sistema educativo. No es extraño, entonces, que se critique
tanto a nuestro sistema educativo al constatar que "forma para
el examen pero no para la vida", que
forma en el área del "saber", pero no en el área del "ser",
y que confunde y asimila el "enseñar" con el "educar",
reduciendo la complejidad de la labor educativa a un continuo ejercicio
de aprendizaje. El verdadero educador trata de abarcar
todo el espectro del proceso educativo y se preocupa por desarrollar
las múltiples potencialidades del alumno/a, que se esconden, como semillas,
en el fondo del ser de todo educando y que deben germinar y desarrollarse
a lo largo de todo el proceso de formación. Lo intelectual-especulativo no debe
estar reñido o distanciado de lo "holístico" y "emocional".
Son áreas distintas, pero que están llamadas a complementarse. La propuesta
de educación integral está en la búsqueda de esa unidad y de esa "totalidad",
dentro de la síntesis armónica que es el ser humano. p. Gregorio Iriarte EDUCAR EN LOS VALORES DEL ESPÍRITU "DESDE ABAJO" En la historia de la espiritualidad
se pueden distinguir dos corrientes. Hay una
espiritualidad desde arriba, que parte de los principios de arriba
y desciende a las realidades de abajo. Y hay otra espiritualidad desde
abajo, que parte de las realidades de abajo para elevarse a Dios. La
espiritualidad desde abajo afirma que Dios habla en la Biblia y por
la Iglesia pero también nos habla por nosotros mismos a través de nuestros
pensamientos y sentimientos, por nuestro cuerpo, por nuestros sueños,
hasta por nuestras mismas heridas y presuntas flaquezas. La espiritualidad
desde abajo ha sido practicada principalmente dentro del monacato. Los
monjes antiguos comenzaron a estudiar la posibilidad de llegar al conocimiento
y trato con Dios partiendo del análisis de las propias pasiones y del
autoconocimiento. Evagrio Póntico logró definir esta espiritualidad
de abajo con una formulación ya clásica: si deseas conocer a Dios aprende
primero a conocerte a ti mismo.
El ascenso a Dios pasa por el descenso a la propia realidad, hasta lo
más profundo del inconsciente. La espiritualidad de abajo contempla
el camino hacia Dios no como una vía de dirección única que lleva directamente
a Dios. El camino hacia Dios pasa generalmente por muchos cruces de
errores, curvas y rodeos, pasa por fracasos y desengaños. Pero resulta
que no son precisamente mis virtudes las que más me abren a Dios sino
mis flaquezas, mi incapacidad, incluso mis pecados. La espiritualidad desde arriba parte
de las cumbres de un ideal prefijado. Arranca del ideal bien perfilado
de un fin que el sujeto debería alcanzar mediante la oración y las prácticas
espirituales. El ideal se diseña partiendo del estudio de la Sagrada
Escritura, del magisterio de la Iglesia en materia moral y del autoconcepto.
Las preguntas fundamentales de la espiritualidad de arriba son éstas: - ¿Cómo tiene que ser un cristiano? - ¿Qué debe hacer? - ¿Qué tipo de conducta debería encarnar? La espiritualidad de arriba brota
de la aspiración humana a ser mejor, a superarse, a acercarse cada vez
más a Dios. Esta espiritualidad tuvo su representación principal en
las corrientes de la teología moral de los tres últimos siglos y en
la ascética más común enseñada desde la ilustración. La psicología moderna
se muestra muy escéptica frente a esta forma de espiritualidad por considerarla
como un peligro de desintegración interior del sujeto. El que se identifica
con su ideal prescinde frecuentemente de su propia realidad si ésta
no se acopla a aquél. El resultado es un sujeto interiormente dividido
y enfermo. La psicología en cambio apoya
una espiritualidad de abajo tal como la practicaron los antiguos
monjes. Para la psicología es incuestionablemente claro que el hombre
no puede llegar a su propia verdad si no es por el propio conocimiento. En la espiritualidad desde abajo se
presta atención a la voz de Dios que me habla por mis pensamientos,
sentimientos, inclinaciones y enfermedades para llegar por su medio
al descubrimiento de la imagen que Dios se ha formado de mí. La auténtica
oración, dicen los monjes, brota de las profundidades de nuestras miserias
y no de las cumbres de nuestras virtudes. En el evangelio, Jesús no puso una
escala de perfección por la que se sube peldaño tras peldaño hasta llegar
a Dios. No, Jesús enseñó un camino de descenso a los fondos de la humildad. La espiritualidad desde abajo intenta
responder a la pregunta sobre qué
se debe hacer cuando parece que todo sale torcido y cómo se deben
colocar los fragmentos de nuestra vida rota para formar con ellos una
figura nueva. La espiritualidad desde abajo prefiere el camino de la
humildad aunque esta palabra nos resulte hoy un tanto incómoda. La humildad
descrita por san Benito en su regla como el camino espiritual del monje
es la actitud fundamental de toda auténtica encarnación. Pero la humildad
no debe entenderse como una virtud que el hombre consigue por el mero
hecho de humillarse y hacerse pequeño ante los demás. La humildad no
es fundamentalmente una virtud social sino religiosa. La raíz latina
de la palabra humildad, humilitas,
se relaciona con la palabra humus,
tierra. La humildad es reconciliación con nuestra terrenalidad,
con el mundo de nuestros impulsos, con todo cuanto de negativo existe
en nosotros. Humildad es valor para aceptar la propia verdad.
La humildad designa nuestra conducta ante Dios y es virtud religiosa.
Es en todas las religiones criterio de toda auténtica espiritualidad.
Es el lugar profundo donde puedo encontrarme con el verdadero Dios y
donde pueden comenzar a dejarse oír los gemidos de la verdadera oración. Los dos polos de la espiritualidad
de abajo son: por una parte, el
camino hacia nuestro yo y hacia Dios hasta llegar al encuentro con
la esencia de sí mismo descendiendo a nuestra propia verdad y, por otra,
la experiencia de impotencia y fracaso considerados como oportunidad
de crear un nuevo estilo de relaciones personales con Dios y con los
demás. Anselm Grün
y Meinrad Dufner, Una espiritualidad desde abajo Ed. Narcea, Madrid, 2000. El p. Gregorio Iriarte, misionero Oblato de María Inmaculada, llegó a
Bolivia en 1964 con 39 años de edad para dirigir Radio Pío XII, una radio alternativa, voz de los mineros de Catavi.
Es reconocido como experto en Doctrina Social de la Iglesia y en Pastoral
de la Comunicación. |
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