Los cultivos de la paz

El olivo es uno de los cultivos esenciales para el pueblo hebreo. Durante siglos, las aceitunas fueron un alimento básico. Su madera dura, perfumada y de vetas estéticas era muy apreciada en el área decorativa y artesanal. Pero el olivo era cuidado, casi venerado, sobre todo por su aceite.

En la antigua y célebre fábula de Jotam (en el libro de los Jueces 9,8-15), era considerado el rey de los árboles. Entonces, los árboles deseosos de tener un rey se dirigen primero al olivo indicando de esta manera el prestigio del que goza. Sin embargo, éste rechaza el ofrecimiento y sólo acepta consagrarse a una sola cosa, dar su fruto y su aceite. La imagen de la paloma enviada como mensajera por Noé y regresando al Arca, llevando en su pico una ramita de olivo (Gén 8,11) se transforma en uno de los más bellos símbolos de paz y armonía.

El aceite de oliva es muy apreciado; su pureza y su perfume, lo hicieron un elemento importante de la liturgia judía. Las lámparas, alimentadas con aceite de oliva, se mantenían encendidas permanentemente en el Santuario, en la tienda del desierto o en el Templo de Jerusalén (Éx 27,20).

También es el elemento indispensable de la ceremonia de la unción real o sacerdotal. Recordemos como ejemplo la unción conferida por el profeta Samuel, al futuro rey David (1Sam 16,13).

Es así como el aceite de oliva es símbolo del Espíritu de Dios que despliega, comunica su aroma, su santidad y su fuerza. La unción con aceite, transmitida fielmente a través de los siglos, es parte integral de la liturgia cristiana hasta nuestros días, en el Bautismo, en la Confirmación, en la Unción de los enfermos y en el Orden sagrado.

Gracias a su follaje siempre verde, el olivo es también el símbolo de la prosperidad y de la fidelidad (Sal 52); sus numerosos retoños son símbolo de fecundidad y de vida abundante: "Tus hijos como brotes de olivo en torno a tu mesa" (Sal 128,3).

El olivo también es el símbolo del pueblo de Israel en relación con las naciones. Pueblo elegido, colocado aparte para la santificación del nombre de Dios, pueblo sacerdotal, pueblo mesiánico; Israel debe ser en el mundo como una unción del Espíritu Santo, un manantial de gracias. El profeta Oseas, tras su exilio, anunciando la restauración de Israel declara: "Sus ramas se desplegarán, como el olivo será su esplendor" (Os 14,7).

En este contexto, San Pablo retoma la metáfora del olivo para darle a entender a los primeros cristianos y a sus hermanos judíos el misterio de Israel y de la Iglesia. En la Carta a los Romanos pone un ejemplo: un olivo silvestre fue podado e injertado. Las raíces y el tronco se mantuvieron iguales y las nuevas ramas han dado nuevos frutos. Este olivo-pueblo de Dios, representa a Israel en los primeros tiempos. Ciertas ramas fueron podadas, puesto que muchos judíos no acogieron a Jesús como Mesías. Las nuevas ramas injertadas simbolizan a los cristianos de origen pagano. Desde entonces, las raíces, el tronco, las viejas ramas y las nuevas forman un mismo y único árbol para gloria de Dios. En cuanto a las ramas cortadas, lo han sido temporalmente y podrán ser injertadas después (Rom 11,23-24). El olivo representa al pueblo de Dios unificado, alimentado por la misma raíz, la multitud de todas las razas, lenguas, naciones y épocas. El símbolo del olivo en el Nuevo Testamento toma así una dimensión universal. Representa al pueblo de Dios, santificado por la unción y a través de la expansión del Espíritu Santo por el mundo y por la entrega de Jesús que empezó su pasión con la agonía en el "Jardín de los Olivos".

Sin formar parte de los cultivos reales, como el olivo, el higo y la vid, el almendro tuvo un importante lugar en la vida del pueblo hebreo. Su fruto rico y sabroso era muy solicitado. Se exportaban almendras hasta a Egipto. En el capítulo 30 del Génesis, la rama del almendro figura en el grupo de las "varas mágicas" utilizadas por Jacob para enriquecerse mientras duraba su estancia cerca de Labán. El almendro ha sido entonces en este episodio un receptor de la gracia por la cual Dios manifestó su fidelidad a las promesas hechas a Abrahán y a su descendencia. Es el signo de la permanencia, de la solicitud del Señor hacia su pueblo.

En el transcurso del Éxodo, la célebre historia del bastón de Aarón aporta elementos nuevos, permitiendo conocer mejor el simbolismo del almendro (Núm 17,16-27). Después de la rebelión de Coré, en la cual la autoridad de Moisés y de Aarón había sido ampliamente puesta en duda, cada tribu había depositado en la Tienda del Señor un bastón llevando su nombre. Uno de ellos debía brotar, expresando así la elección de Dios. "Al día siguiente, cuando Moisés fue a la Carpa del Testimonio, la vara de Aarón -correspondiente a la familia de Leví- estaba florecida: había dado brotes, flores y almendros." (Núm 17,23). Una vez más el almendro atestigua la presencia de Dios y su fidelidad a sus promesas. Dios está aquí y vela, es la palabra maestra del simbolismo del almendro, que es llamado "saqed", el "centinela". A partir del episodio del bastón de Aarón, se pondrá el almendro en los honores del culto de Israel, porque tomará un lugar en el Arca de la Alianza, como lo estipula la Carta a los Hebreos (Hb 9,4). Además será el motivo principal de decoración del candelabro de siete ramas. En efecto, tanto el tronco del candelabro como las copas que contenían el aceite estaban esculpidas con motivos de retoños y flores de almendro (cf. Éx 25,31-36).

El pasaje bíblico más famoso sobre el almendro, es sin lugar a dudas la visión de Jeremías: "-¿Qué estás viendo, Jeremías? -Veo una rama de almendro. Entonces el Señor me dijo: has visto bien. Porque así soy yo, vigilo sobre mi palabra para realizarla" (Jer 1,11). Con su pedagogía, Dios se identifica con el almendro que "vigila" y anuncia ya por su florecimiento precoz el regreso de la primavera, mientras el resto de la naturaleza está todavía adormecida. Él es el fiel que nunca falla, y que asume su tarea sin desfallecer. Él es el precoz, es el anunciador de lo que se renueva. La flor del almendro es motivo de alegría y de esperanza, para todos los que esperan el regreso de la luz, del calor y de la vida. Dios confirma al joven profeta con este signo: el que puede hacer florecer mientras el invierno aún está presente. Por lo tanto, el almendro será el símbolo de todos los servidores de Dios, quienes a su vez velan por las promesas del Señor, cuando el mundo que los rodea está adormecido. Ellos son como los centinelas de la aurora, en las murallas de Jerusalén, con los ojos fijos en el horizonte, listos para anunciar con grandes gritos la venida de la luz y la llegada de la vida.

Hojas, flores y frutos

Valores a descubrir: familia, grupo, servicio, entrega

En primavera los árboles abren sus yemas que se convierten en hojas. Cada árbol luce su traje con adornos diferentes. Siempre en primavera todos visten de flores, luego vendrán los frutos. El árbol es como una gran familia en la que hojas, flores y frutos viven unidos a las grandes ramas del árbol que les da vida. En el verano el follaje de los árboles protege del sol y del viento; los frutos crecen y maduran. En otoño llega el momento de la cosecha. Los frutos son retirados para estar en la mesa de la familia humana y las hojas, débiles de tanto servir, más amarillas y secas, también dejan el árbol y caen a tierra. Ahora todas las hojas se convierten en alfombra.

Visitan la tierra, lejana durante un tiempo pero siempre presente y necesaria. Porque aunque lo olvidaran, todas comían de esa tierra. Y así pasan el invierno y ya débiles y desprotegidas, sirven como abono de la misma tierra que las alimentó. Para hojas, flores y frutos, llega al fin una muerte serena: han cumplido su servicio porque su muerte engendra nueva vida. Hay que saber vivir. Hay que saber servir. Hay que saber morir.

Actividades

1. Leer detenidamente los textos y anotar lo que nos sugieren.

2. Escribir los valores que se pueden aplicar a las hojas, a las flores y a los frutos de un árbol. Comentarlos en el grupo y señalar cuáles son más necesarios y por qué.

3. Escribir una carta a una hoja, a una flor o a un fruto, destacando en ella los valores que se han descubierto.