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Las medias de lana Al p. Roberto Paz, joven sacerdote guatemalteco, lo conocí de "casualidad"
en el tren que llegaba a Asís aquella tarde de invierno. Encontrar a alguien que hable con
tonada americana siempre es un estímulo para romper las barreras y entablar
conversación con desconocidos. Él estaba terminando su licenciatura
en Biblia en Roma y acudía ese fin de semana a la "ciudad de la
Paz" del "infinitamente pequeño" Francisco, a suplir
al párroco. Me impactó su fraternidad y su orgullo
de pertenecer a una Iglesia en Guatemala comprometida con su pueblo,
su historia y su reconciliación. Así fue como entre mate y mate me
contó esto: gracias a un amigo argentino había participado en una misión
en el sur, entre los mapuches. Pese a los años que habían pasado desde
aquella experiencia, tenía dos recuerdos proféticos... Mejor dicho,
el recuerdo era uno pero se revestía de una manera mental y otra concreta.
La escena no la había borrado ni de su mente y ni de su corazón de pastor.
Y encima tenía el recuerdo de una manera material. En las recorridas durante la misión
conoció a dos hermanas mapuches. Las dos viejitas vivían solas y en
medio de una pobreza espeluznante. Sumamente encorvadas, parecían hacer
honor a su raza (mapuche
quiere decir "gente de la
tierra") ya que siempre estaban buscando en la tierra ramitas
para su fuego. Era invierno, y las manos deformadas
por la artritis, juntaban leñitas para calentar su ruca (casa). Pese a sus dificultades, tejían
medias con la gruesa lana de sus chivitos. De esta manera, vendiéndoselas
al huinca ("hombre blanco")
podrían luego comprar yerba y harina. "Pairecito, ya que no tenemos kofke acetenos unque sea estas mediecitas
de kal de cabra" (Padrecito, ya que no tenemos ni un pedazo
de pan acéptenos aunque sea estas medias de lana de cabra). Años después,
en una tierra muy lejana, el p. Roberto conservaba las medias deshilachadas,
como un tesoro. Para él eran un signo evidente. El mensaje del Evangelio es claramente para los
pobres. Aquellas viejitas, cual viuda pobre
que entrega sus moneditas, se lo habían dicho sin palabras con aquel
obsequio. Porque ya lo dice el Señor: "Alabado seas Padre, Señor del cielo y
de la tierra, que has ocultado estas cosas a los sabios y prudentes
y se las has dado a conocer a los sencillos" (Jn 20,21). Leonardo Buero |
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