LOS DOS PILARES DEL CONCILIO VATICANO II:

LUMEN GENTIUM Y GAUDIUM SPES

El Vaticano II se caracterizó desde el principio como el Concilio de la Iglesia: el card. Suenens, una de las grandes figuras del Concilio decía: "El concilio ha de ser un concilio de la Iglesia y se ha de articular en dos partes: la Iglesia ‘ad intra’ y la Iglesia ‘ad extra’. Y el card. Montini (futuro Pablo VI) añadía unos interrogantes removedores: "¿Qué es la Iglesia? ¿qué hace la Iglesia?" Estos son los dos ejes en torno a los cuales deben disponerse todas las cuestiones de este Concilio.

La arquitectura del Concilio resulta simple y sólida a la vez: sus dos pilares son la Constitución sobre la Iglesia (Lumen Gentium) y la Constitución sobre la Iglesia en el mundo contemporáneo (Gaudium et Spes). La primera se refiere a la Iglesia en sí misma, esforzándose por explorar su misterio; la segunda considera a la Iglesia en su situación en el mundo. Los demás documentos conciliares no hacen más que explicitar y profundizar todo lo que trataron estas dos constituciones en una visión orgánica de conjunto. De esta manera todo el mensaje conciliar está impregnado de la reflexión eclesiológica: las instancias de la renovación de la conciencia que la Iglesia tiene de sí misma y de su tarea en la historia.

Al ser el Concilio de la Iglesia, fue también un acontecimiento de Iglesia: una experiencia de comunión y de acción de gracias (el Concilio se celebra) en donde bajo la acción del Espíritu, la Iglesia entera se puso a escuchar la Palabra de Dios para descubrirse a sí misma frente a las esperanzas de los hombres de nuestro tiempo.


1. "LUMEN GENTIUM":

La Iglesia, reflejo de la luz de Cristo para todos los pueblos

* Una definición renovada de la Iglesia

La Constitución conciliar sobre la Iglesia titulada en latín "Lumen Gentium" (= La luz de los pueblos) fue el tercer documento aprobado y sin duda el más importante de todos. Ya el card. Gian Battista Montini (el futuro papa Pablo VI), había lanzado al comienzo del Concilio la famosa interrogante: "¿Iglesia, qué dices de ti misma?"

Después de largas sesiones y debates, los obispos casi por unanimidad (2.151 a favor y 5 en contra) contestaban al mundo entero: brillando con la luz de Cristo, la Iglesia es el signo ("sacramento") de la unidad del género humano. La Iglesia, presentada en la Biblia con muchas imágenes (rebaño, campo, viña, edificio, templo, ciudad santa, germen que crece y cosecha...), se fundamenta en la palabra y en la obra de Cristo.

Según el teólogo Yves Congar, la concepción de la Iglesia que predominaba en la teología católica anterior al Vaticano II se centraba en los aspectos cristológicos de la Iglesia y por tanto en la dimensión visible e institucional. Esta acentuación se había desarrollado en la eclesiología medieval, debido al papel histórico-político que iba asumiendo la comunidad cristiana sobre todo en sus elementos jerárquicos.

El capítulo primero de la Lumen Gentium recupera una definición antigua de San Cipriano: "La Iglesia es un pueblo convocado por la unidad del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo". La Iglesia viene de la Trinidad, es imagen (icono) de la Trinidad. La Iglesia que tiene su origen en Dios ("nace de lo alto"), no puede reducirse a las estructuras y a las mediaciones históricas que la representan. Es proyecto de salvación universal del Padre (LG 2), es misión del Hijo (LG 3), es obra santificadora del Espíritu (LG 4). El Concilio Vaticano II considera que la Iglesia, que se manifiesta unida en la variedad de las Iglesias locales y de los carismas y ministerios, refleja la comunión trinitaria (ver los capítulos 2-6 de la LG). Al mismo tiempo esta Iglesia que camina hacia la Trinidad, es Iglesia de los peregrinos, en donde a través de una conversión y reforma continua se prepara ya la gloria final (ver los capítulos 7 y 8 de la LG).

 

* El Concilio de la Iglesia

Fiel a su Dios y fiel a la historia, la Iglesia en concilio quiso conjugar estas dos fidelidades, siguiendo a Jesucristo, su Señor, luz de las gentes. Esta intención se expresa claramente desde las primeras palabras de este documento sobre la Iglesia, que ponen de relieve la triple preocupación de la fidelidad: la fidelidad a la propia identidad, captada a partir de Cristo (perspectiva cristológica); la fidelidad a los hombres a cuyo servicio se puso la Iglesia (perspectiva antropológica); y el encuentro de estas dos fidelidades, manifestado en la Iglesia, signo de esta alianza (perspectiva sacramental):

Dice el texto del Concilio:"Cristo es la luz de los pueblos. Por ello este sacrosanto sínodo, reunido en el Espíritu Santo, desea ardientemente iluminar a todos los hombres, anunciando el evangelio a toda criatura (cf. Mc 16,15) con la claridad de Cristo, que resplandece sobre la faz de la Iglesia (perspectiva cristológica). Y porque la Iglesia es en Cristo como un sacramento, o sea, signo e instrumento de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género humano, ella se propone presentar a sus fieles y a todo el mundo con mayor precisión su naturaleza y su misión universal (perspectiva sacramental). Las condiciones de nuestra época hacen más urgente este deber de la Iglesia, a saber, el que todos los hombres, que hoy están más unidos por múltiples vínculos sociales, técnicos y culturales, consigan también la unidad completa en Cristo (perspectiva antropológica) (LG 1).

La profunda conexión de estas tres perspectivas, muestra cómo la fidelidad a la propia identidad en Cristo y la preocupación por su importancia histórica al servicio de los hombres no son alternativas ni son tampoco separables, sino que se conjugan en una Iglesia que debe ser lugar de alianza, totalmente fiel al cielo y al mismo tiempo totalmente fiel a la tierra, totalmente de Cristo y al mismo tiempo totalmente para los hombres. Este encuentro de dos fidelidades exigentes requiere la superación de todo reduccionismo: tanto del secular, que hace de la Iglesia una presencia entre las presencias de la historia, limitándose a la consideración de su incidencia histórica visible, como del espiritualista, que exalta la dimensión invisible de la realidad eclesial.

El Concilio ha intentado tomar sus distancias frente a este doble reduccionismo presentando ante todo a la Iglesia como "misterio": es la idea bíblico-paulina del proyecto divino de salvación que se va realizando en el tiempo de los hombres, de la Gloria escondida y operante en los signos de la historia. La Iglesia se ofrece como el lugar de encuentro de la iniciativa divina y de la obra humana, como la presencia de la Trinidad en el tiempo, y del tiempo en la Trinidad, irreductible a una comprensión puramente humana, y sin embargo Iglesia de personas concretas que viven plenamente en la historia. El Concilio restituye así a la Iglesia Católica la frescura y la profundidad de sus relaciones con la Trinidad y la conciencia de estar en la historia, que no es un simple ser de la historia.

 

* Historia de una renovación esperada

El "siglo de la Iglesia" -como se ha definido en varias ocasiones al siglo XX- se abre marcado ya por la necesidad de una renovación general de los criterios de convivencia y unidad de la familia humana: la crisis provocada por la Primera Guerra Mundial no hará más que poner de manifiesto esta necesidad. La desconfianza en las instituciones, los sufrimientos padecidos y el deseo nuevo de interioridad mueven a la humanidad hacia un renacimiento del sentido social, despertando al mismo tiempo anhelos religiosos. Las causas más profundas y decisivas de la renovación eclesiológica son, sin embargo, de orden espiritual; aparecen claramente en la vigorosa toma de conciencia de lo sobrenatural provocada por el movimiento litúrgico, la intensificación de la vida eucarística, el retorno a las fuentes bíblicas y patrísticas, el descubrimiento del papel activo del laicado, los primeros impulsos del movimiento ecuménico moderno. En resumen -dice Congar-, nace "un impulso de orden espiritual, que fue primero vivido y luego formulado". La nueva visión eclesiológica de la Iglesia se viene configurando como una superación de la concepción jurídica. Hay un nuevo descubrimiento de los elementos sobrenaturales y místicos de la Iglesia. Esta renovación -apelando sobre todo a la teología de los Padres de la Iglesia- recupera y desarrolla con enérgico entusiasmo la teología de la Iglesia, "Cuerpo místico de Cristo".

La Segunda Guerra Mundial vuelve a proponer en forma más grave todavía la crisis de la primera: provoca además una aceleración de la tecnificación y la industrialización, en el esfuerzo de la reconstrucción posbélica, aumentando por otra parte las distancias entre los países del bienestar económico y el llamado "tercer mundo". Nunca como en estos años se advierte el problema de la relación Iglesia-mundo ante al crecimiento desmesurado de la "ciudad secular" y los problemas del desarrollo y del hambre: la historia interroga dramáticamente a la Iglesia. Una vez redescubierto el misterio de interioridad de la Iglesia en Cristo y en el Espíritu, se plantea el problema de repensar la comunidad eclesial como realidad histórica, aspecto que había sido en parte olvidado en los comienzos de la renovación, marcados por la reacción contra el excesivo visibilismo del pasado. La historia viene a interrogar a la Iglesia no sólo en su presentación al mundo, sino también en la reflexión que ella hace sobre sí misma. Bajo este impulso van apareciendo las ideas de Iglesia "pueblo de Dios", "comunión" de personas; el Concilio Vaticano II asumirá estas ideas, rechazando toda reducción de la comunidad eclesial sólo a la realidad espiritual o sólo a la realidad visible. Un pueblo en marcha entre el "ya" de la primera venida de Cristo, que lo ha reunido, y el "todavía no" de su retorno, que lo llena de esperanza comprometida y gozosa.

 

* Un pueblo convocado por la Santa Trinidad

La clave de comprensión del mensaje eclesiológico del Concilio, dirigido a la superación de los posibles reduccionismos de diverso tipo, reside en la lectura trinitaria de la Iglesia, "pueblo convocado por la unidad del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo". La Iglesia, tal como nos la presenta el capítulo I de la Lumen Gentium, viene de la Trinidad, está estructurada a imagen de la Trinidad. Viniendo de arriba, como su Señor (Lc 1,78), plasmada desde arriba y en camino hacia arriba, la Iglesia está en la historia, pero no puede reducirse a las coordenadas de la historia, de lo visible y de lo disponible. Esta intuición fundamental, deducida de la Biblia y de la reflexión creyente de los Padres, suscita las preguntas ¿de dónde viene la Iglesia?, ¿qué es la Iglesia?, ¿adónde va la Iglesia? Son las tres preguntas de fondo a las que quiere responder el Concilio a partir del origen, de la forma y del destino trinitario de la comunión eclesial.

El fin de ese proyecto gratuito e insondable del Padre, es la elevación de los seres humanos a la participación de la vida divina en la comunión de la Trinidad. A pesar del pecado, el Padre realiza este proyecto con vistas a Cristo, centro de la creación y de la redención. La unidad de los hombres con Dios y entre sí, que llevó a cabo la obra reconciliadora de Jesús, se realiza históricamente en la Iglesia y se consumará en la gloria:

La Iglesia "fue ya prefigurada desde el origen del mundo, preparada admirablemente en la historia del pueblo de Israel y en la antigua alianza, constituida en los tiempos definitivos, manifestada por la efusión del Espíritu y que se consumará gloriosamente al final de los tiempos. Entonces, como se lee en los santos Padres, todos los justos desde Adán, desde el justo Abel hasta el último elegido, serán congregados en una Iglesia universal en la casa del Padre" (LG 2).

Se entiende aquí a la Iglesia en un sentido muy amplio según un universalismo de origen paulino y muy difundido en el pensamiento patrístico. El designio divino de unidad se llevó a cabo en la plenitud de los tiempos, con la misión y la obra del Hijo; él inauguró en la tierra el Reino de los cielos, del que la Iglesia es presencia sacramental, es decir, el signo que al mismo tiempo revela y esconde, y que crece hacia su cumplimiento gracias al poder de Dios.

En el agua y en la sangre que brotaron del costado de Cristo crucificado, los Padres vieron los sacramentos del bautismo y de la eucaristía: la idea es que del Cristo pascual se deriva la estructura sacramental de la Iglesia. La Iglesia, que celebra la eucaristía, nace de la eucaristía como Cuerpo de Cristo en la historia.

La eucaristía es el memorial de Cristo crucificado y resucitado, es decir, el signo vivo y eficaz de su entrega. "La unidad de los fieles, que constituyen un solo cuerpo en Cristo, está representada y se realiza por el sacramento del pan eucarístico. Todos los hombres están llamados a esta unión con Cristo, luz del mundo, de quien procedemos, por quien vivimos y hacia quien caminamos" (LG 3).

La Trinidad es el origen y la patria hacia la que se encamina el pueblo de los peregrinos; es el pasado frontal y el futuro prometido, el comienzo y el fin. Este destino final hacia la gloria, en la que la comunión de los hombres quedará inserta para siempre en la plenitud de la vida divina, fundamenta la índole escatológica de la Iglesia peregrina, que el Vaticano II ha vuelto a descubrir y a proponer. Así, en la época del "entretiempo", que está entre la primera venida de Cristo y su retorno glorioso, la Iglesia vive fiel al mundo presente y fiel al mundo que tiene que venir, cubierta por la sombra del Espíritu, lo mismo que la Virgen María, que es al mismo tiempo miembro excelente e imagen de la Iglesia. La Iglesia, peregrina en el tiempo, camina hacia la Trinidad en la invocación, en la alabanza y en el servicio, bajo el peso de las contradicciones del presente y enriquecida con el gozo de la promesa (cf. el cap. 7 de la LG sobre la índole escatológica de la Iglesia peregrina y el cap. 8 sobre la Virgen María, Madre de Dios). La Iglesia avanza en su peregrinación hacia el cumplimiento trinitario de la historia. La Iglesia viene de la Trinidad, camina hacia ella y está estructurada a su imagen; todo lo que el Concilio dijo de la Iglesia está compendiado en esta memoria del origen, de la forma y del destino trinitario de la comunión eclesial. La Iglesia del Concilio es -en continuidad con el testimonio de la Escritura y de los Padres- la Iglesia de la Trinidad.

 

2. "GAUDIUM ET SPES":

El gozo y la esperanza de la gente y de la Iglesia

 

El 7 de diciembre de 1965 los padres conciliares firmaban la "Gaudium et Spes" ("El gozo y la esperanza"), el último documento del Concilio y el más significativo. Frente a 2.309 votos afirmativos, hubo 75 "no", y diez votos nulos. Extraña historia la de este documento dedicado a la Iglesia en su relación con el mundo contemporáneo. Fuertes oposiciones acompañaron constantemente su redacción porque pregonaba una Iglesia en misión, abierta a los signos de los tiempos y a la presencia de Dios en el mundo; se temía que la Iglesia perdiera su identidad.

 

* Historia del esquema 13

Por mucho tiempo durante el Concilio este documento fue el depósito de todas las inquietudes sociales que no entraban en los demás documentos o de los temas que no encontraban ningún lugar. Fue el documento donde se recogían las novedades, los desafíos y las esperanzas de la Iglesia para el futuro, pero más de una vez corrió el riesgo de terminar en la nada. No tenía ni siquiera un nombre o un título que lo calificara; tenía sólo un número, el 13, del orden progresivo de los textos en programa.

En realidad, ni antes ni durante la primera fase del Concilio, se pensó en un documento sobre "Iglesia y mundo". El que lanzó la idea a fines de 1962 fue el card. Leo Suenens de Bruselas, apoyado por los obispos belgas, franceses y del Tercer Mundo. Las mayores oposiciones vinieron de los obispos norteamericanos. En general, los obispos lograban hablar muy bien de cosas pasadas, de argumentos internos de la Iglesia pero temían enfrentar las grandes problemáticas contemporáneas. Parecía que el compromiso de esbozar el nuevo rostro de la Iglesia, a fin de situarla en el nuevo contexto histórico, fuera demasiado grande y superior a sus fuerzas.

Y sin embargo, fue aquí que se midió el suceso del Concilio. Con la "Gaudium et Spes", la Iglesia tomó en serio las indicaciones de Juan XXIII que la invitaba al "aggiornamento". Antes y durante la primera sesión del Concilio, una Comisión Mixta integrada por miembros de la Comisión del Apostolado de los Laicos y de la Comisión Teológica, preparó un material relacionado con el magisterio social de la Iglesia en lo temporal: la familia, la escuela, la mujer en la sociedad, la economía, el orden político, etc... Ese primer material muy heterogéneo y demasiado largo fue modificado varias veces y llegó a tener su cuarta edición totalmente corregida y renovada después de amplios debates en el aula, recién en 1965 en Ariccia, cerca de Roma. Allí la Comisión Mixta integrada por los más famosos teólogos del Concilio le dio al texto su estructura actual, con una novedosa y trascendente exposición doctrinal en su primera parte. Estuvieron presentes en Ariccia 30 obispos, 35 teólogos y 17 laicos.

 

* La Iglesia al servicio del hombre

El documento está dividido en dos partes: en la primera se establecen los principios de la relación entre la Iglesia y el mundo, en la segunda se enfrentan temáticas específicas (familia, cultura, economía, paz...). Junto al documento "Lumen Gentium" , la "Gaudium et Spes" es el documento más importante del Concilio, seguramente el más abierto y novedoso. Cuando este documento fue publicado, pocos se dieron cuenta que estas páginas habían revolucionado a la Iglesia y promovido su reforma. Desde entonces la relación entre Iglesia y mundo ya no sería conflictiva, sino de fraternidad y diálogo. Este documento concreta pastoralmente la nueva actitud de diálogo del Concilio e indica en el ser humano su cometido final, como bien interpretó Juan Pablo II en su primera encíclica. El ser humano es el argumento central de toda la "Gaudium et Spes", pero el ser humano "todo entero, cuerpo y alma, corazón y conciencia, inteligencia y voluntad" (n. 3).

La Iglesia debe salir de sí misma y ponerse al servicio del ser humano, de toda la humanidad. Debe ser una Iglesia que sirve, que se dobla como el buen samaritano para ayudar y levantar al herido sin conformarse con bendecirlo o rezar por él. Por eso los padres conciliares se han enfrentado con pasión a los dramas del mundo moderno como la pobreza, la injusticia social y la carrera armamentista definida como "una de las llagas más graves de la humanidad y que perjudica de manera intolerable a los pobres" n. 81). Los problemas del Tercer Mundo que el papa Pablo VI hará suyos en la "Populorum Progressio" ya están presentes en este documento. Se subrayan dos temas novedosos para el magisterio social de la Iglesia, como el de la cultura y la paz. Sobre estos temas no se habla simplemente por afán moralizador. Según el documento, la Iglesia no debe limitarse a indicar a los hombres el cielo (o el Reino de Dios) como una realidad prometida para después de la historia, sino como algo que ya debe empezar aquí con nuestro compromiso. La esperanza tiene que encarnarse en esperanzas concretas. Estas ideas tuvieron una gran repercusión después en América Latina, en las asambleas de Medellín y Puebla.

La "Gaudium et Spes" habla de un ser humano frágil y dividido pero a la vez sediento de ser respetado en su dignidad; de él subraya la conciencia moral (n. 16) y el sentido de libertad como "signo privilegiado de la imagen divina" (n. 17).

Frente al fenómeno del ateísmo, la Iglesia se pone en una humilde y apasionada búsqueda para comprender las razones de esa negación de Dios. No ya condenas y exorcismos (no se quiso condenar al comunismo, como varios proponían), sino respeto y confianza en las personas, no descartando una parte de responsabilidad de la Iglesia (en el anteproyecto de Ariccia hubo inclusive una propuesta para una revisión de los errores cometidos por la Iglesia en la historia como en el caso de Galileo, etc.).

 

* Escudriñar los signos de los tiempos

La llave de toda la "Gaudium et Spes" es el capítulo IV de la primera parte, donde específicamente se habla de la misión de la Iglesia en el mundo contemporáneo y se anota no sólo lo que la Iglesia da al mundo sino también lo que recibe de él. "La Iglesia no ignora todo lo que ha recibido de la historia y de la evolución del género humano" (n. 44). El mundo ya no es símbolo del pecado que hay que rechazar; el mundo creado por Dios e inspirado por el Espíritu puede producir y ha producido grandes aportes al espíritu humano. Asoma aquí un nuevo tema; lo había enunciado por primera vez el papa Juan XXIII en la encíclica "Pacem in terris" (= Paz en la Tierra). Se trata del tema de los "signos de los tiempos" (Mt 16,2-4); se trata del "discernimiento", como capacidad de interpretar nuestro tiempo, de frecuentar la escuela de la historia, aprender del ser humano. Es que Dios habla también a través de los acontecimientos y de las personas más variadas. Hay semillas del Espíritu esparcidas por todos lados. Con la "Gaudium et Spes" se nos enseña que la misión de la Iglesia es llevar a Cristo, pero también saber encontrarlo. Él nos precede, ya presente en el mundo, en las culturas y religiones, en cada persona. Afirma la "Gaudium et Spes": "La Iglesia reconoce agradecida que recibe múltiples auxilios de los hombres de cualquier grado y condición" e inclusive señala que "de la misma oposición de aquellos que le son adversarios o que la persiguen, reconoce haber aprovechado y poder aprovechar mucho" (n. 44).

Hace 35 años estos eran conceptos que escandalizaban a muchos en la Iglesia. Para el catecismo de Pío X en uso hasta el Concilio, "los principales enemigos de la Iglesia eran el mundo, el diablo y la carne". La Iglesia volvía ahora a reproponerse no como enfrentada al mundo sino encarnada "en el mundo contemporáneo", asumiendo sus propias angustias y esperanzas.

Sin embargo, ya desde su gestación el documento fue cuestionado por ser demasiado occidental y sobre todo demasiado optimista; por haber aflojado, en una palabra, frente al mundo moderno. ¿No arriesga así la Iglesia perder su propia identidad?, ¿esconderse y así también esconder a Cristo?, ¿confundirse con el mundo?, ¿"consagrar" el "progreso" moderno?

Muchos advierten hoy la necesidad sobre todo en los países centrales más secularizados de refundar la vida de la Iglesia sobre el Evangelio, la pastoral sobre el anuncio explícito y directo de Jesús, y retomar la propia identidad con más fuerza.

El documento es optimista porque ve al mundo como lugar de salvación, donde si bien "abunda el pecado, sobreabunda la gracia" (Rom 5,20). Además, el documento debe leerse en estrecha unión con los demás documentos que conforman el Concilio Vaticano II. Muchas páginas de la "Gaudium et Spes", sobre todo en su segunda parte, quizás hoy necesitan reescribirse, pero en su conjunto el documento ha sabido anticipar proféticamente los rasgos esenciales del cambio epocal actual. Aclara muy sabiamente Giuseppe Alberigo: "La verdadera pregunta que hay que hacerse hoy no es: ¿El Concilio está todavía vivo?, sino: ¿Sin el Concilio Vaticano II que sería hoy la Iglesia y cómo enfrentaría los desafíos del tercer milenio?".

 


En la Iglesia (santa y pecadora)

cada uno es responsable

(el ejemplo del card. Newmann)

 

El Concilio Vaticano II convocado por el Beato Juan XXIII nos enseñó que en esta Iglesia, pueblo de Dios en marcha, todos somos responsables.

Pertenecemos a esta querida y pobre Iglesia que reconocemos humana y limitada en su funcionamiento, pero también, por voluntad divina, signo y reflejo de la luz de Cristo. Creemos en ella y la llamamos madre, entrañable vieja, llena de arrugas y también de ternuras, sabidurías y encantos. Ésta es nuestra Iglesia. La que nos ha entregado al Jesús de los evangelios.

La que nos ha proporcionado esos magníficos compañeros de camino que son los santos. La que nos salva, a pesar de todos sus tropiezos. Nuestra Iglesia, en la que distinguimos las torpezas de algunos de sus hijos, de la admirable ternura salvífica de sus entrañas. ¿Cómo es posible -te preguntan algunos amigos agnósticos o "de la vereda de enfrente"- que sigas creyendo en una Iglesia tan llena de pecados y limitaciones?

El gran teólogo y pastor Juan Enrique Newmann, que tanto sufrió por la Iglesia Católica, con admirable coraje cristiano escribió estas palabras: "¡Yo he tomado sobre mí mismo la responsabilidad de más cosas que el simple credo de la Iglesia!... Ahora, porque soy católico, además de ser responsable de los agravios míos personales, soy responsable de los agravios cometidos por otras personas, por mis hermanos sacerdotes, por la Iglesia misma. Acepto gustoso esta responsabilidad... Tengo que ir adelante... sin negar, naturalmente, la enorme masa de pecados y de ignorancia que existe necesariamente en esta comunión mundial multiforme...".

Newmann (del que recordamos este año el bicentenario de su nacimiento en Inglaterra en 1801) era hijo de un banquero holandés de origen judío y de una madre profundamente religiosa, de origen calvinista. En Newmann se cruzaban las culturas europeas y las religiosidades de la Reforma. Brillante y famoso, Newmann lo deja todo por hacerse católico a los 43 años.

"Ya sé lo que me cuesta: dejo familia, amigos, todos los que me han amado... Ya sé que voy a ser la risa de todos y que yo mismo me destierro de la sociedad." Y lo que también sabía es que no arribaba al paraíso terrenal: muy pronto se vio metido en un avispero.

Pero León XIII lo hizo cardenal al cuasi hereje Newmann (así lo llamaron algunos porque cometió la "herejía" de pensar por su cuenta y adelantarse a su tiempo) y el anciano cardenal que murió a los 89 años fue la imagen precursora del diálogo ecuménico y del respeto incondicional al otro, del reconocimiento de las culpas y del perdón verdadero, de la humilde aceptación del límite que es el primer paso del camino a la santidad.

Q. R.