SOLIDARIDAD EN EL SALVADOR

Al conocer la noticia del terremoto en El Salvador, tres religiosas y tres jóvenes laicas decidieron aportar su "granito de arena" viviendo durante dos meses una experiencia de solidaridad junto al pueblo salvadoreño. En este testimonio, la hna. Susana María Moreno comparte con los lectores de Umbrales, lo vivido en esta experiencia, trabajando por la reconstrucción, no sólo de las viviendas destruidas, sino también del tejido social.

Cuando en enero de este año los noticieros mostraban las terribles imágenes del terremoto en El Salvador, una inquietud empezó a vibrar dentro de nosotras. El dolor ajeno siempre golpea cuando se intenta vivir con sensibilidad los problemas del mundo, de los que sufren, de los más pobres. Pero, además, cuando nos descubrimos involucradas por los rostros concretos de personas que queremos, a través de ellas ciertos lugares castigados por la tragedia se hacen más cercanos y nos mueven a la solidaridad. Nuestra congregación, las Misioneras Cruzadas de la Iglesia, no tiene casas en El Salvador, pero sí tenemos tres hermanas salvadoreñas, y nos sentimos también ligadas por los lazos de sangre de nuestra fundadora, la Beata Nazaria Ignacia March, porque sus padres -españoles de origen- se encuentran enterrados en San Salvador, y allí viven algunos familiares suyos. Así nació este proyecto de hacernos presentes con nuestro trabajo misionero en algún rincón de ese país, que volvió a ser azotado en febrero por otro sismo de magnitud. Con este deseo de compartir el dolor del pueblo salvadoreño, nuestra Provincial en España, Lucila, se comunicó con los jesuitas en San Salvador.

No contábamos más que con dos meses, un corto período de tiempo, pero el suficiente como para aportar un granito de arena al proceso del inmenso trabajo de reconstrucción humana y social que se intentó alcanzar junto con el esfuerzo de construir miles de viviendas para los afectados. Fuimos seis las enviadas para esta misión: Natalia, trabajadora social en un barrio de gitanos en Elche; Silvia, maestra y activa participante en su Parroquia en un pueblo cercano a Madrid; Ana, periodista residente en Murcia y con experiencia de trabajo de voluntariado en Calcuta; Marielos, salvadoreña que se encuentra estudiando teología en Granada y una de las promotoras de este proyecto; Antonia, que trabaja con gitanos y con migrantes a través de Cáritas en Madrid; y Susana María, argentina y también estudiando teología en Madrid. Las tres últimas son religiosas Misioneras Cruzadas de la Iglesia. A pesar de la incertidumbre de lo que podíamos encontrar, desde un comienzo nos sentimos muy motivadas por ese deseo de solidaridad.

Estuvimos las seis juntas en San Agustín, departamento de Usulután. Se estima que este lugar fue el segundo más dañado en el país, por no haber quedado prácticamente ninguna casa en pie en el vasto municipio, que abarca al pueblo mismo con sus tres barrios. Se censaron 4.781 personas damnificadas, 920 casas destruidas totalmente y 229 seriamente dañadas. La Parroquia se involucró activamente en el Comité de Reconstrucción que reunió a todas las fuerzas organizadas del municipio para esta ardua tarea, por lo que nuestra presencia allí podía sumarse a este esfuerzo por orientar la reconstrucción con un sentido mucho más amplio que el de la sola respuesta a la inmediata necesidad de viviendas. También se trataba de reconstruir el tejido social dañado por una larga historia, marcada principalmente por la guerra por haber sido esa zona uno de los principales escenarios de la dolorosa lucha entre ejército y guerrilla en los años 80. Esa huella permanece mucho más honda, sin acabar de cicatrizar sus heridas, que la desoladora experiencia de perderlo todo en el terremoto. La posibilidad que éste trajo de volver a generar un proceso de organización partiendo de una necesidad real concreta, significó la oportunidad de restablecer la red de relaciones fundamentales comunitarias con la que los pueblos pueden sustentar su propio progreso social y humano, superando la mera canalización de ayudas externas asistencialistas.

Este desafío está siempre en tensión con la necesidad inmediata, porque es una siembra a largo plazo que requiere ser regada con infinitas gotas de agua. Nosotras pudimos aportar desde la formación, fundamentalmente a través de talleres de Lectura Popular de la Biblia para los agentes de pastoral y de reflexión sobre metodología y el rol del líder en la comunidad. Se fueron dando también muchas actividades con las comunidades, con los jóvenes y con los niños, en el proceso pastoral de esta Parroquia de San Agustín que va dando pasos hacia la integración de la pastoral social y de una visión eclesial en una línea liberadora. Pero no centramos nuestra acción sólo en la Parroquia, sino que también participamos en las reuniones de vecinos para la reconstrucción, acompañando a los agentes de salud, compartiendo la vida de las familias con sus luchas cotidianas. En la escuela se trabajó con los niños y jóvenes preparando un periódico escolar donde ellos expresaron cómo han vivido el terremoto.

Lo que nos pareció más significativo ha sido el trato personal con la gente, las conversaciones con cada uno y cada una con los que fuimos trabando una relación sencilla y cercana. Así son los salvadoreños, gente con una gran capacidad de acogida, de amistad llana y gratuita, un pueblo amable que pronto abre su corazón y comparte todo lo que tiene: sus penas y sus esperanzas, sus escasos bienes y su riqueza humana. Hemos aprendido de su pobreza y de sus valores sabiendo que, como bien lo expresa el Documento de Puebla, "ellos nos evangelizan". Un momento cabal para hacer visibles estos valores ha sido la ordenación sacerdotal de César, donde la generosidad de la gente se desbordó en múltiples formas de colaboración para realizar una verdadera fiesta popular y eclesial, porque es gente muy pobre y sufrida, pero de una fe arraigada -también por el martirio- que bien la saben expresar con espontaneidad en numerosos gestos solidarios y celebrativos. Quizá la frase del Evangelio que refleja mejor el sentimiento más hondo que nos brotó en todo momento a lo largo de los dos meses compartidos en San Agustín, fue la de Jesús justamente contemplando a los pequeños de la tierra: "Yo te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has mantenido ocultas estas cosas a los sabios y entendidos y las has revelado a la gente sencilla" (Mt 11,25).

Las tres religiosas y las tres jóvenes laicas que hemos tenido esta oportunidad de vida y misión en El Salvador, hemos sentido que este pueblo nos llegó muy hondo y que la oración y cariño de nuestras comunidades de origen y amigos han sido un apoyo invalorable. Como Congregación hemos dado un paso más hacia la realización de un viejo sueño: tener una presencia permanente en este país con una comunidad de misioneras, fundación que hoy parece tener más posibilidades de concretarse, porque todas sabemos que ésta no fue sólo una experiencia más en la vida, sino un desafío y que la realidad de necesidad del pueblo salvadoreño sigue estando allí. Es que a esta gente la vida la ha golpeado con dureza... pero como bien lo decía Sonia, una joven vecina del barrio Galingagua, "después del terremoto los medios de comunicación decían que San Agustín quedó destruida, que había desaparecido. Pero San Agustín no ha desaparecido, nosotros estamos aquí, las casas nomás han desaparecido y vamos a reconstruirlas". Con este espíritu convencido de que vale la pena luchar unidos por el bien de todas y todos, se abocó la gente a trabajar animada por las palabras de mons. Romero que, casi como un lema, alientan su esperanza y la nuestra: "Sobre estas ruinas brillará la gloria del Señor" porque "la gloria de Dios es que el pobre viva".

Susana María Moreno