Afganistán:

el grito de los inocentes

 

Las fotos del campo de refugiados afganos en Shamshatoo (Pakistán), que publicamos en la tapa de este número de Umbrales, fueron tomadas antes de los bombardeos norteamericanos. Ahora la situación de los refugiados es mucho peor. Alimentos y agua escasean, los llamados de ayuda son más apremiantes que antes...

Sin embargo, algo ha cambiado, algo tiene que cambiar

en la conciencia de todo el mundo.

Estos refugiados afganos ya no pueden quedar olvidados y lejos de nuestra conciencia. Aunque no quisiéramos verlos, sus rostros,

sus gritos nos interpelan.

Ellos nos hablan también de los otros niños, los otros inocentes que no pudieron cruzar la frontera y viven una situación peor... o ya no viven porque las bombas de la "libertad perdurable"

no son tan inteligentes como se las describió.

Ya no podemos hablar ni de la inteligencia, ni de la buena voluntad, ni de un mínimo de criterio común, y menos todavía de atenuantes o justificaciones de los grandes señores de la guerra. Ya sabemos que esta demencia "sin fin" llegará "hasta las últimas consecuencias".

Pero no estamos llamados a un lamento estéril.

Cada uno frente a esta realidad dolorosa tiene que sentirse cuestionado personalmente. No tiene sentido indignarse contra la crueldad de la guerra y del terrorismo si luego cada uno no se hace responsable de la paz. ¿Podrá servir esta terrible guerra (vergonzosa e injusta como todas las guerras) para crear una nueva conciencia?

Se dice que después del derrumbe de las Torres Gemelas ya nada será igual... y ya lo estamos comprobando: nuevos miedos, recesiones económicas, crisis en el turismo, pánico en el correo... etc.

Pero podremos descubrir también otros caminos de convivencia pacífica rechazando la lógica de las obsoletas estructuras de las grandes potencias.

En una barriada de Rawalpindi (Pakistán), trabaja la religiosa argentina Felicinda Tristán, que se resiste a ser evacuada a causa de la guerra con el vecino país de Afganistán. "Yo no quiero irme. Aquí la gente muere sin que nadie la atienda. Yo puedo hacer mucho contra las infecciones desde mi laboratorio", sostiene la hermana. Bioquímica egresada de la Universidad de Córdoba, Felicinda montó su propio laboratorio y lejos de querer abandonar su tarea alienta a los voluntarios: "He visto los casos de infección más insólitos. Estoy segura que aquí, con un año de voluntariado, un egresado de bioquímica aprendería mucho sobre el tema; y nos sería de ayuda".

La religiosa, de 70 años, en nombre de las demás hermanas de su comunidad, de distintos países (sólo una de ellas es paquistaní), declaró: "Nosotras ya tomamos la decisión de quedarnos aquí pase lo que pase; en ningún otro sitio podríamos ser más útiles".

Una respuesta y una invitación concreta para no tapar tantos gritos de inocentes con el silencio, la indiferencia y el olvido.

Quinto Regazzoni