OPINIÓN

No hay ninguna guerra justa

Frente a los crueles atentados terroristas del 11 de setiembre ha habido una justa indignación mundial. Pero ha surgido también una especie de fiebre belicista que preocupa. El presidente norteamericano George Bush ha hablado en un primer momento de "cruzada" y de un operativo llamado "justicia infinita" al que del otro lado se le respondía con la "guerra santa". Para complicar más las cosas, el presidente siguió diciendo que "Dios no es neutral" en esta guerra que él define "entre el bien y el mal" y por lo tanto se está con su país o en contra.

Han surgido así los que justifican la guerra contra los "hacedores del mal" porque se creen dueños absolutos del bien y piensan por lo tanto que todos los medios son legítimos para desterrar el mal. Cuando la guerra se hace en nombre de Dios, cabe suponer que el enemigo está de parte del diablo y es legítimo exterminarlo, y entonces la guerra se hace aún más cruel e inhumana. Ya se ven hoy las primeras consecuencias de la guerra en Afganistán, con el terrible drama de los prófugos y refugiados que con sus miserables recursos deberán enfrentar ahora un durísimo invierno.

El maniqueísmo fomentó en la historia todas las cruzadas y las guerras, por sus contraposiciones pasionales y fanáticas entre nosotros y los demás, los buenos y los malos, civilización y barbarie.

El concepto de "choque entre civilizaciones, culturas y religiones" surge de un libro de un pensador norteamericano conservador, Samuel Huntington, que opone la superioridad de occidente a un supuesto primitivismo y a una potencial peligrosidad del islam. Esta doctrina es el abono que alimenta los fundamentalismos del norte y a la vez brinda legitimidad a los terroristas islámicos. Las corrientes fundamentalistas que interpretan ciertos pasajes del Corán y el concepto mismo de "guerra santa" en el sentido de la mística guerrera y del martirio por Alá, son absolutamente minoritarias hoy en el Islam. Resulta además muy difícil identificar Estados Unidos y occidente con el bien si analizamos sus políticas de estos últimos años a la luz del Evangelio y en relación a los países más pobres del Tercer Mundo y en particular del pueblo palestino.

La doctrina de la "guerra justa" ha servido en el pasado para legitimar todas las guerras. Hoy la Doctrina Social de la Iglesia ya no busca humanizar la guerra sino desterrarla y ya no habla de "guerra justa" aun defendiendo el principio de legítima defensa pero con medios no militares, no violentos.

Juan XXIII, Pablo VI y Juan Pablo II en numerosísimas ocasiones se opusieron a todo tipo de guerra. Juan Pablo II celebra como un signo de los tiempos "la nueva sensibilidad contraria a la guerra como instrumento de solución de los conflictos y la búsqueda de medios eficaces pero no violentos para frenar la agresión armada" (Evangelium Vitae n. 27). Las guerras sólo alimentan la peste del armamentismo y el negocio de las armas; los cristianos no podemos aceptar la violencia y la muerte como un mal menor ni resignarnos a ella. La no violencia activa puede resolver los conflictos, en el contexto de un nuevo derecho internacional.

Primo Corbelli