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Los astros y las estrellas
En el mundo antiguo, particularmente
en Mesopotamia, los astros eran venerados como divinidades. El sol ocupaba un lugar principal, porque
sin él no hay luz, no hay calor y no hay vida. Pero la luna a veces
le arrebataba el primer lugar. En ciertas épocas, como la del patriarca
Abrahán, el dios luna, "Sin", era objeto de una adoración
que se había hecho muy extendida. Las grandes ciudades se enorgullecían
de su templo: una pirámide llamada Zigurat, dedicada a Sin. La de Ur
fue muy célebre y reapareció de la arena hace un siglo. Data de hace
aproximadamente 4.000 años; el edificio contaba con siete pisos y en
la cima se levantaba un santuario dedicado al dios-luna. Semejante Zigurat pudo inspirar al autor de la "torre de Babel". Las estrellas también tenían su lugar. Eran más humildes que las dos grandes "luminarias"
pero más numerosas, y eran los ojos de los ancianos de naturaleza divina.
Siempre se podía contar con su presencia. Habían noches sin luna, pero
jamás noches sin estrellas. Velaban por la tierra de los hombres y les
aseguraban un mínimo de luz en medio de las tinieblas. Por supuesto, que se había remarcado
que las estrellas se movían en el cielo, formando figuras diferentes
según los días, los meses y los años. De allí a creer que estos movimientos
de los astros podían influir en la vida de los humanos, sólo había un
paso. En medio de un mundo tan marcado por
la astrología y sus numerosas evoluciones, la Biblia afirma con una
cierta originalidad que el sol, la luna y las estrellas, no son más
que criaturas de Dios, y no dioses (cfr. Gén 1). En el relato de la
creación los astros no están presentes como fuentes de luz, sino sólo
como reflejos de una luz que viene de fuera. No se mueven, no nacen
ni mueren sino por una "orden de Dios", es decir por leyes
que rigen el Universo y que sólo el Creador posee. "El Señor es el que da el sol para alumbrar
el día, y gobierna la luna y las estrellas para alumbrar la noche"
(Jer 31,35). Pero el Señor, dueño del universo,
también puede ordenar cosas extraordinarias a las criaturas. Así lo
vemos en el libro de Josué (cfr. Jos 10,13), cuando el sol detuvo su
curso para permitir a Israel luchar contra sus adversarios; o también
en el libro de los Jueces, cuando las estrellas participaron en el combate:
"Desde los cielos lucharon las estrellas, desde sus órbitas lucharon
contra Sísara" (Jue 5, 20). Sin embargo, en estos dos ejemplos
originales, los astros se mantienen al servicio de la voluntad divina
y se someten. Desgraciadamente, el hombre olvida
pronto al Creador, o lo rechaza tan lejos y tan alto, que se dirige
directa y únicamente a las criaturas, y fácilmente las diviniza. Israel
no escapa a la regla. En algunos períodos de su historia en efecto,
desarrolló un culto astral, al igual que el de los Asirios. El rey de
Judá, Manasés (+642), el peor de los que reinaron en Jerusalén, practicaba
la adivinación y había colocado en el templo del Señor estatuas de Astarta
y de otros dioses cósmicos. El rey Josías
(+609) que le sucedió, se encargó de limpiar el templo de todos estos
ídolos y los hizo quemar en el valle de la Gehena. A pesar del peligro de la idolatría,
la Biblia utiliza a veces las imágenes y los símbolos de los astros.
El Mesías, por ejemplo, es
muchas veces anunciado como una "nueva
estrella". Así está en la profecía muy antigua de Balaam: "Un astro sale
de Jacob, un espectro se eleva de Israel" (Núm 24,17). Los
contemporáneos de Balaam comprendieron perfectamente el sentido de este
anuncio. No esperaban la aparición de una estrella divina, o de un astro
convertido en hombre, sino la
venida de un nuevo rey de Israel que sería una gran luz. Encontramos el mismo símbolo en el
momento de la aparición de una estrella que anunciaba a los magos de
oriente el nacimiento de un nuevo soberano. Conocemos la importancia
del estudio de los astros y sus movimientos en estas culturas mesopotámicas.
El mensaje divino debió utilizar este contexto, en términos de inculturación.
No obstante, esta transcripción no desnaturaliza la realidad de la revelación.
La estrella no era un dios. Sólo era un símbolo que los conducía hasta
Él, como un servidor enviado por su amo. Así, desde su nacimiento, el
Niño de Belén aparecía como "servido" por los poderes de los
cielos. Y esto comprobaba su divinidad. Además los magos no se habían
equivocado y fueron a arrodillarse delante de aquel a quien reconocían
como el maestro del Universo. Después de cumplida su "misión",
la estrella desapareció. La Biblia no rechaza entonces, la
importancia de los astros, sino que afirma que estos astros no son autónomos
y que están totalmente subordinados a Dios. Cuando el salmista "al ver los cielos, la luna y las estrellas"
(Sal 8,4), eleva su canto hacia Dios, reconociendo la obra de sus manos,
dice: "¡Señor nuestro, qué
glorioso es tu nombre por toda la tierra!"; no se dirige a
los astros para obtener la realización de un deseo, o para adivinar
el futuro. Alaba al Señor que tiene todo en sus manos. Hace la distinción
entre lo significante y el significado, entre la creatura y el Creador.
Las estrellas
Valores a descubrir: Luz, Calor, Fama, Constelación, Multitud.
Cuando el sol termina su recorrido
al atardecer, aparecen las estrellas, tímidas y curiosas para hacer
el relevo en la noche oscura. Saltan al escenario como grandes artistas,
actuando hasta el amanecer. Todos quedamos algunas veces admirados,
al mirar al cielo por la noche, de esas pequeñas y dispersas luces que
denominamos estrellas. Dicen que hay miles de millones. Son fijas, con
una historia larguísima y una duración incalculable. ¡Qué interesantes
son las teorías sobre el nacimiento de las estrellas! Y sobre su composición,
su organización, sus agrupamientos, su papel, su vida en el universo,
su futuro... Es curioso como ya en la Biblia se
le dijo a Abrahán que su descendencia sería tan numerosa como las arenas
de la playa o como las estrellas del cielo. Ya entonces se sabía que
eran innumerables. Parece increíble que haya tantos millones
de astros en el espacio. Las estrellas son un símbolo ambiguo:
en nuestra sociedad se dice que tenemos una buena o mala estrella, que
hemos nacido con buena o mala estrella. Y se dice que sufrir un fuerte
dolor, pasar por muy serios apuros es ver las estrellas. Y estrellarse
es darse un golpe mortal. También llamamos "estrellas"
a los grandes del cine, de la canción... Son ídolos e idolillos que
lucen en el firmamento de nuestra sociedad, atraviesan el espacio y
desaparecen como estrellas fugaces. Algunos de estos "ídolos"
son "tristes estrellas" inhumanas y antihumanas... Más que las estrellas-ídolos que pretenden
brillar con luz propia, podemos desear ser como la estrella de Oriente
que señala la cuna del Niño de la libertad, la justicia, la solidaridad,
la esperanza...
Preguntas y actividades 1. Subrayar los valores que aparecen
en el texto y decir cual de ellos se destaca en cada uno de ustedes. 2. Dibujar una estrella donde aparezcan
los valores que se quieren resaltar en el texto. 3. ¿Por qué a las personas del cine
o del teatro se las llama "estrellas"? 4. Sobre una cartulina o papel, pegar
tantas estrellas como personas integran el grupo; escribir en cada una
de ellas el nombre de cada uno y aquello en lo que se destaca. 5. Contemplar una noche estrellada,
dejándose llevar por su encanto. Describir la experiencia vivida.
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