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ABRE TU BIBLIA Génesis: el libro de los orígenes
Este libro que inicia la Biblia, es
el que recoge las tradiciones y leyendas que los Hebreos, como todo
pueblo, tienen en su memoria sobre los orígenes del mundo, y del propio
pueblo de Israel, el pueblo elegido de Dios. Todos los pueblos antiguos explican
su nacimiento como pueblo no sólo con narraciones históricas en el sentido
en que nosotros entendemos, sino con un estilo de narración que calificaríamos
de mitológico. Por ejemplo, los relatos de la creación y del Paraíso
perdido (cfr. Gén. Caps. 1 a 3). Algunos comentaristas del siglo XIX
no dudaron en hablar de "cuentos sin valor histórico", cuando
se referían a estos relatos. Nada más lejos de la verdad. Debido
a la lejanía de los acontecimientos, para lograr una forma que pedagógicamente
explique verdades que serían muy difíciles de narrar y transmitir, los
autores antiguos, que durante siglos se manejaron simplemente con tradiciones
orales, ya que no disponían de la escritura, usaron un género literario
simbólico que nosotros hoy llamamos lenguaje
mítico. Pero no es verdad que sus narraciones no recojan acontecimientos
que realmente ocurrieron. Por ejemplo, sabemos que el relato
de Caín y Abel está contando lo que ocurrió en los albores de la humanidad:
las primeras guerras, que tuvieron lugar entre los pueblos pastores
y nómadas, representados por Abel, y los pueblos constructores de ciudades
y agricultores, representados por Caín.
¿Cuándo fue escrito? El Génesis forma parte de un conjunto
de escritos que fueron redactados y compilados en una sola colección
que los israelitas llaman "Toráh", palabra hebrea, que quiere
decir "La Ley". Son los libros más sagrados para ellos, que
incluso en el culto de las sinagogas tienen un lugar principal así como
en la vida de cada fiel judío. Para nosotros los cristianos, son
los cinco libros más importantes del Antiguo Testamento. Y los llamamos "Pentateuco",
palabra griega, que quiere decir cinco y "teuco" (armario
o biblioteca). Es que alude al lugar de honor que ocupaban en la sinagoga
esos cinco rollos tan sagrados para los israelitas, en un hermoso armario
a la vista de los fieles. Estos libros son además del Génesis, el Éxodo, el Levítico, los
Números y el Deuteronomio. No los escribió un solo autor, sino
varios y en distintas épocas. La primera etapa fue la transmisión oral,
que narra eventos muy antiguos, y que de generación a generación se
fue transmitiendo de padres a hijos. Esta tradición se remonta a los
mismos orígenes de Israel, que reconoce a Abraham
como su Padre y Antepasado (1800 a.C.) La primera redacción fue en la
época del rey Salomón, hijo de David, que forma en Jerusalén una corte donde había gente
culta que podía compilar por escrito estos relatos tan antiguos (hacia
el año 970 a.C.). Después de esa primera redacción y
luego de que Israel se dividiera en dos reinos, hubo otras redacciones
que no quitaron nada a la primera, sino que le añadieron otras tradiciones
y relatos que enriquecieron este hermoso texto. Por último, la compilación final comenzó
a manos de los sacerdotes y escribas en el Exilio de Babilonia (entre
el 557 y el 534 a.C.) y se terminó
de armar hacia el 458 a.C. en la época de dominación persa cuando Israel
pudo volver a Palestina. La primera parte trata de compilar un período de tiempo muy grande,
entre la creación del mundo y la aparición de Abrám en el escenario
histórico (capítulos 1 al 11). Por supuesto, sus narraciones recogen
muchos mitos y leyendas del Medio Oriente. Allí encontramos el relato del fruto
prohibido, del diluvio universal y las migraciones de los pueblos. Pero
en esta historia semimítica, el Génesis, que no se preocupa de la exactitud
cronológica, nos explica que hay un solo Dios que creó todo para el
disfrute del ser humano hecho a su imagen y semejanza. El pecado, la
muerte y el dolor, no son su obra, y ese Dios
acompaña al hombre en su bondad. La segunda parte, que va del capítulo 12 al 25 nos habla de Abraham,
el fundador del Pueblo de Israel, un hombre de fe, que ama a Dios y
lo sirve incondicionalmente. La tercera parte nos informa de los descendientes de Abraham, que continúan
caminando en la fe y que serán los que articularán los pasos del primer
pueblo de Dios. Es una historia familiar, de nacimientos y de madres
que quieren tener descendencia, de elecciones y promesas, de nobleza
y mezquindad, pues los personajes de la Biblia, no son superhéroes,
sino seres humanos como nosotros. Por eso los podemos reconocer como
patriarcas y padres de nuestra fe. Esta parte (capítulos 26 al 50) cuenta
las historias de Isaac, Jacob y José. Eduardo Ojeda
DESCUBRE TU VIDA El prodigioso espectáculo del cielo y de la tierra...
En la redacción final del libro del
Génesis, se emplearon elementos de las tradiciones
"yahvista", "elohísta"
y "sacerdotal".
Esta última fuente tiene una importancia especial en el conjunto
de la obra, debido a que constituye la base literaria en la que se insertaron
las otras tradiciones. Los primeros capítulos del Génesis
ofrecen una dificultad muy particular para el hombre de hoy. En ellos
se afirma, por ejemplo, que Dios creó el universo en el transcurso de
una semana, que modeló al hombre con barro y que de una de sus costillas
formó a la mujer. ¿Cómo conciliar estas afirmaciones con la visión del
universo que nos da la ciencia? La dificultad se aclara si tenemos en
cuenta que el libro del Génesis no pretende explicar el "cómo" del origen
del universo ni la aparición del hombre sobre la tierra. Con las
expresiones literarias y los símbolos propios de la época en que fueron
escritos, esos textos bíblicos nos invitan a descubrir el "por qué" y el "para qué" de la creación. Al reconocer
a Dios como el único Creador y Señor de todas las cosas vemos el mundo,
no como el resultado de una ciega fatalidad, sino como el ámbito creado
por Dios para realizar su Alianza de amor con los hombres. La consumación
de esa Alianza serán el "cielo nuevo" y la "tierra nueva"
(Is 65,17; Apoc 21,1) inaugurados por la Resurrección de Cristo, que
es el principio de una nueva creación.
Los orígenes del universo y de la humanidad La fe de Israel en el Dios creador
encontró su máxima expresión literaria en el gran poema de la creación,
que ahora figura al comienzo de la Biblia. Una verdad se perfila a lo
largo de todo este relato: el universo, con todas las maravillas y misterios
que encierra, ha sido creado por el único Dios y es la manifestación
de su sabiduría, de su amor y su poder. Por eso, cada una de las cosas
creadas es "buena" y el conjunto de ellas es "muy bueno".
En ese universo, al ser humano le corresponde un lugar de privilegio
ya que Dios lo creó "a su imagen" y lo llamó a completar la
obra de la creación. La tierra
es una masa enorme lanzada a una carrera sin fin alrededor del sol,
a una velocidad de 108.000 km/h. El sol es
1.300.000 veces más grande que la tierra, y cada segundo su masa disminuye
4 millones de toneladas de materia transformada en luz y calor. Nuestro universo está constituido por 40 mil millones de soles, los cuales son, la mayoría
de las veces, mucho más grandes que nuestro sol, y a nuestros ojos no
son más que estrellas. El universo, nuestro universo, a su vez, no es
más que un mundo de entre los miles que habitan en el espacio inmenso.
Una vida humana no es más que una fracción de segundo cuando la comparamos
con "el reloj de los cielos". La tierra es un grano de polvo
en el infinito. Una sola de las maravillas del cuerpo humano: nuestro corazón late 100.000
veces en un día, poniendo en movimiento más de 400 litros de sangre
por hora o más de 10.000 litros por día. El misterio extraordinario del átomo: todo lo existente está compuesto
de átomos, que son como universos diminutos semejantes al sol con su
corte de planetas; cada átomo es un núcleo que, rodeado de una vida
inmensa, ve los electrones girar alrededor suyo, dando millones de vueltas
por segundo; si se pudieran comprimir estos átomos hasta suprimir toda
clase de vacío en ellos y entre ellos, el hombre quedaría como el punto
que termina esta frase. Cuando contemplo los cielos... la
luna y las estrellas... digo: "¿Qué
es el hombre, para que te acuerdes de él?", como cantaba, hace
cerca de 3.000 años, el salmista (Salmo 8,4-5).
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