Creer en
Dios en una
sociedad tecnológica
José A. Pagola
El ser humano necesita orientación,
identidad, sentido y respuestas integrales al problema de la existencia
que la ciencia y la tecnología no pueden ofrecerle. Por eso, y aunque
hoy la religión parece estar en crisis, la experiencia nos dice que el
hombre y la mujer actuales están clamando por un destino absoluto de
plenitud.
No es posible abordar
en el marco de esta exposición los diversos aspectos que entraña la
pregunta: ¿qué entender por sociedad tecnológica?, ¿qué es creer en
Dios?, ¿de qué fe hablamos...?
En un primer momento, pondremos de relieve algunos rasgos de la actual
sociedad tecnológica tras los cuales no es difícil rastrear la
necesidad que siente el hombre contemporáneo de una experiencia
diferente, una experiencia de "salvación". En un segundo
momento, detendremos nuestra atención en el ser humano. Su primer
problema no es Dios ni la religión, sino el acertar a vivir con la
dignidad propia de su ser. El hombre de la sociedad tecnológica, como
el de todos los tiempos, es un ser que busca dar un sentido a su
existencia, realizarse en el horizonte de un proyecto humano y caminar
alentado por una esperanza. Es precisamente a estos niveles donde
comienza a clarificarse la aportación y los límites de la ciencia
tecnológica y donde comienza a vislumbrarse la necesidad de Dios.
1.Una
sociedad necesitada de
salvación
Sociólogos y analistas
estudian desde diversas perspectivas los rasgos que parecen definir el
perfil del hombre contemporáneo. Sin duda, no todo es negativo. Lo que
resulta preocupante es el vaciamiento interior, la trivialización de la
existencia y la crisis de esperanza que se puede constatar, a pesar del
progreso y los logros de todo tipo... Sólo quiero poner de relieve
algunos rasgos tras los cuales no es difícil rastrear la necesidad que
el hombre contemporáneo tiene de Dios.
•
Pragmatismo demoledor
El desarrollo de la ciencia moderna y de la técnica ha introducido un
modo de ser y de pensar que sólo mira a la eficacia, el rendimiento y
la productividad. Cada vez parece interesar menos lo que pueda tener
relación con el sentido último de la existencia, el destino del ser
humano, el misterio del cosmos o lo sagrado. Todo queda descalificado
por el pragmatismo. Sólo parece interesar el bienestar, el éxito,
la seguridad. El hombre contemporáneo se encoge de hombros ante
cualquier planteamiento más profundo sobre el ser humano, el mundo o
Dios. ¿Para qué ocuparse de aquello que carece de respuestas claras y,
sobre todo, de utilidad práctica?
Sin embargo, el ser humano es demasiado grande para conformarse con
cualquier cosa. No pocos analistas toman nota del número creciente de
personas que, cansadas de vivir una vida tan "rebajada" buscan
algo diferente. Es difícil vivir una vida que no apunta a ninguna meta.
No basta tampoco con pasarlo bien. La existencia se hace insoportable
cuando todo se reduce a pragmatismo y frivolidad. El hombre está hecho
también para cultivar el espíritu, acoger al misterio y experimentar
el gozo interior.
•
Racionalismo reductor
Uno de los dogmas
fundamentales de la cultura moderna es la fe en el poder absoluto de
la razón. Se piensa que, con la fuerza de la razón, el hombre es
capaz de resolver los problemas de la existencia. En la raíz de esta
postura "racionalista" hay una convicción que ha ido
creciendo progresivamente: lo único que existe es lo que el hombre
puede verificar científicamente. Fuera de esto, no hay nada real.
Si esto es así, naturalmente ya no hay sitio para Dios ni para la
experiencia religiosa. El mundo se reduce sencillamente a un sistema
cerrado que el hombre puede dominar desarrollando la ciencia y la
tecnología. La fe en Dios queda, por tanto, descalificada de raíz como
una postura ingenua y primitiva. Por otra parte, desconectada de toda
relación con el Creador y privada de destino trascendente, la vida de
la persona se va convirtiendo en un episodio irrelevante que hay que
llenar de bienestar y de experiencias placenteras.
Sin embargo, hace tiempo que los científicos más prestigiosos afirman
que la razón no puede responder a todos los interrogantes y anhelos del
ser humano. Y son ellos mismos quienes hablan también de la necesidad
de que, junto a la ciencia, la humanidad siga cultivando la poesía, la
ética y la experiencia religiosa. Por otra parte, se va tomando
conciencia de que la pretensión "racionalista" de que no
existe nada más que lo que el hombre puede conocer científicamente, no
se basa en ningún análisis científico de la realidad. El hombre
moderno ha decidido que no hay nada fuera de lo que él mismo puede
verificar, pero esta tesis no se sustenta en ninguna verificación
científica anterior.
Por eso, son cada vez más los que piensan que ha llegado el momento de
revisar, por una parte, la naturaleza del conocimiento científico, y de
explorar, por otra, las verdaderas raíces de la experiencia religiosa. Ciencia
y religión no se excluyen.
•
Sin núcleo interior
Uno de los frutos más
lamentables del estilo de vida moderno es la degradación de la vida
interior. Hay quienes la consideran algo inútil y superfluo. Son
personas que se organizan la vida sólo desde lo exterior. Casi todo lo
que hacen tiene como objetivo alimentar su personalidad más externa y
superficial. Nunca ahondan en su interior. Muchos hombres y mujeres
no saben lo que es estar en contacto con "el fondo" de su
persona.
No pocos viven hoy ignorándose a sí mismos a pesar de que
constantemente se están ocupando de sí. Caminan por la vida sin
percibir a los otros, aunque sin cesar estén en relación con ellos.
Creen comunicarse, y no se comunican: hablan sin que nadie pueda
escuchar su interior, y sólo escuchan cuando son ellos quienes se
hablan a sí mismos. Sin relación viva ni consigo mismos ni con los
demás ni con Dios, poco a poco van cayendo en la trivialidad y el
empobrecimiento personal.
Por otra parte, la vida del espíritu está tan desprestigiada que se
califica de evasión cualquier deseo de superar esta mediocridad para
cultivar el mundo interior. Esta carencia de interioridad impide a
muchos construir su vida de forma digna y gozosa, desarrollando las
energías y posibilidades que en ellos se encierran. Unos construyen
solamente su fachada exterior, pero por dentro están inmensamente
vacíos; son personas que apenas dan ni reciben nada; simplemente se
mueven y giran por la vida. Otros construyen su identidad de manera
falsa; desarrollan un "yo" fuerte y poderoso, pero
inauténtico; ellos mismos saben en lo secreto de sí mismos que su vida
es apariencia y ficción. Hay también quienes construyen su persona de
manera parcial e incompleta; atentos sólo a un aspecto de su vida,
descuidan dimensiones importantes de la existencia; pueden ser buenos
profesionales, personas cultas y bien organizadas que, sin embargo,
corren el riesgo de fracasar como seres humanos.
Para crecer, el ser humano necesita adentrarse en su propio misterio y
llegar al corazón de su vida, allí donde es total y únicamente él
mismo. Por eso, las personas se sienten desguarnecidas y sin defensa
ante los ataques que sufren desde fuera y desde dentro de su ser;
necesitarían esa "fuente de luz y de vida" que ha
perdido el hombre contemporáneo... Son cada vez más los que comienzan
a sospechar que, sofocada o reprimida la vida interior, el hombre
contemporáneo podrá lograr que su existencia sea más agradable en un
aspecto u otro, pero su problema más hondo quedará sin resolver.
•
Sometimiento a la sociedad
La sociedad moderna
tiene hoy tal poder sobre sus miembros que termina por someter a casi
todos a su orden y servicio. Absorbe a las personas mediante
ocupaciones, proyectos y expectativas, pero no es para elevarlas a una
vida más noble y digna. Por lo general, el estilo de vida impuesto
por la sociedad moderna aparta de lo esencial, impide a las personas
descubrir y cultivar lo que son en potencia, no las deja llegar a ser
ellas mismas, bloquea la expansión libre y plena de su ser.
Los resultados son deplorables. El hombre contemporáneo es cada vez
más indiferente a "lo importante" de la vida. Apenas le
interesan las grandes cuestiones de la existencia. No tiene certezas
firmes ni convicciones profundas. Poco a poco se va convirtiendo en un
ser trivial y ligero, interesado por muchas cosas, pero incapaz de
elaborar una síntesis personal de cuanto vive.
Se trata, al mismo tiempo, de un hombre cada vez más hedonista. Sólo
busca organizarse de la manera más placentera posible. Aprovecharse,
disfrutar de la vida y sacarle el máximo jugo. La vida es placer, y si
no, no es vida. No hay prohibiciones ni terrenos vedados; es bueno lo
que me gusta, y malo lo que me disgusta; eso es todo. No hay tampoco
objetivos ni ideales mayores. Lo importante es pasarlo bien. Se va
promoviendo así un ser humano "radicalmente irresponsable",
perfectamente adaptado a los patrones de vida que se le imponen desde
fuera, pero incapaz de enfrentarse a su propia existencia desde sus
raíces. Aparentemente, siempre en incesante actividad, pero en realidad
un "hombre pasivo" que participa dócilmente en un plan de
vida que él no ha trazado. Un "robot" programado y dirigido
desde el exterior. Un "individuo-masa", productor, consumidor,
automovilista, espectador televisivo, que sobrevive en medio de la
sociedad sin saber lo que es vivir desde su raíz.
Mientras tanto, la vida se va vaciando de su verdadero contenido humano.
El individuo se queda sin metas ni referencias. Las personas tienen cada
vez más fachada y menos consistencia interior. Los valores humanos son
sustituidos por los intereses de cada cual. Al sexo se le llama amor; al
placer, felicidad; a la información televisiva, cultura. Pero este
hombre comienza a sentirse víctima de su propio vacío. Es un ser a la
deriva, que corre el riesgo de caer en el tedio y perder hasta el gusto
mismo de vivir.
•
Crisis de esperanza
La crisis de esperanza
en la sociedad contemporánea está marcada por la desmitificación del
progreso, la pérdida de horizonte, el crecimiento de la inseguridad y
la incertidumbre ante el futuro. Señalaremos algunos rasgos de la
desesperanza tal como se presenta en la vida concreta de no pocos
hombres y mujeres.
La falta de esperanza se manifiesta, a veces, en una pérdida de
confianza. Las personas no esperan ya gran cosa de la vida, de la
sociedad, de los demás. Sobre todo, no esperan ya mucho de sí mismas.
Poco a poco van rebajando sus aspiraciones. Se sienten mal consigo
mismas, pero no son capaces de reaccionar. No saben dónde hallar
fuerzas para vivir. Lo más fácil entonces es caer en la pasividad y el
escepticismo.
La desesperanza viene otras veces acompañada de la tristeza interior.
Desaparece la alegría de vivir. Las personas se ríen y divierten por
fuera, pero hay algo que ha muerto en su interior. El mal humor y la
amargura se hacen cada vez más presentes. Nada merece la pena. No hay
un "por qué" para vivir. Lo único que queda es dejarse
llevar por la vida.
A veces, la falta de esperanza se manifiesta sencillamente en cansancio.
La vida se convierte en carga pesada, difícil de llevar. Falta empuje y
entusiasmo. La persona se siente cansada de todo. No es la fatiga normal
después de un trabajo o actividad concreta. Es un cansancio vital, un
aburrimiento profundo que nace desde dentro y envuelve toda la
existencia del individuo. El problema de muchos no es "tener
problemas", sino no tener fuerza interior para enfrentarse a ellos.
Esta crisis de esperanza es, tal vez, el rasgo más preocupante y
sombrío del hombre contemporáneo, pues la esperanza es algo
constitutivo en el ser humano. El hombre no puede vivir sin esperanza;
dejaría de ser hombre. Necesita un aliento de esperanza que anime su
existencia. "El hombre no sólo tiene esperanza, sino que vive en
la medida en que está abierto a la esperanza y es movido por
ella". Si ésta desa-parece, la vida de la persona se apaga. Vivir
sin esperanza no es vivir. Por eso, las preguntas más inquietantes del
hombre contemporáneo giran en torno a la esperanza. ¿Dónde está la
raíz de esta crisis?, ¿qué le está pasando al hombre de hoy?,
¿dónde y cómo puede la humanidad recuperar la esperanza?
•
Necesidad de salvación
No es difícil detectar
en lo hondo de esta situación una necesidad de salvación. La
experiencia del hombre moderno está girando hoy en torno a estos dos
ejes. Por una parte, crece la expectativa y el anhelo de un futuro que
debería ser más humano, más digno, más justo y feliz para todos. Por
otra parte, se percibe cada vez más un miedo difuso a ese futuro porque
la experiencia diaria nos abruma con toda clase de sufrimientos
individuales y colectivos, injusticias absurdas, conflictos y
contradicciones. ¿Cómo puede llegar la humanidad a vivir en
condiciones dignas del ser humano?
El hombre contemporáneo conoce la posibilidad de eliminar ciertas
alienaciones de la existencia humana; la ciencia y la técnica moderna
le han permitido experimentar fragmentos de bienestar y autoliberación.
Pero, al mismo tiempo, el hombre de hoy sabe que hay alienaciones más
profundas, vinculadas a la finitud, a la soledad existencial, a la
imposibilidad de un amor total, a la necesidad de morir, a la
invisibilidad de Dios, al poder extraño del mal y del pecado, de las
cuales no se puede liberar a sí mismo.
El hombre moderno está conquistando logros muy positivos, pero
toma conciencia de que está errando en los objetivos finales.
Para muchos está cada vez más claro que el ser humano no puede darse a
sí mismo toda la salvación que anda buscando. Pero, ¿dónde encontrar
esta salvación? Consciente o inconscientemente los hombres y mujeres de
hoy reclaman algo que no es técnica, ni ciencia, ni doctrina religiosa,
sino experiencia viva del que es la Fuente del ser y el Salvador de
la criatura humana.
2. El hombre en busca de
sentido
El problema primero del
hombre no es Dios, no es la religión, sino la vida, el acertar a vivir
de una manera digna del ser humano. Y esto exige, al menos, atender a
tres aspectos de la existencia. El ser humano necesita, en primer lugar,
dar un sentido a su existencia; necesita, además, actuar de
manera responsable; por último, el ser humano no puede caminar
dignamente por la vida si no es alentado por una esperanza. De
mil formas y maneras, la existencia nos enfrenta al problema del
sentido, de la ética y de la esperanza.
•
Un ser lleno de contradicciones
La ciencia moderna se
basa fundamentalmente en la experimentación y la verificación. Su
extraordinario éxito se debe a que se observan y analizan cada vez más
datos, se llevan a cabo nuevos experimentos y se pueden de este modo
formular nuevas teorías. La misma tecnología no es solamente la
aplicación práctica de esta ciencia, sino que se ha convertido en su
mejor estímulo ya que abre nuevos horizontes, origina nuevos problemas
y obliga a desarrollar nuevos descubrimientos científicos.
Los logros alcanzados eran insospechados hace sólo unos años. Las
sociedades tecnológicas han logrado el mayor nivel de vida y bienestar
que se conoce en la historia. El ser humano tiene hoy capacidad
científico-técnica para resolver problemas como el hambre o
enfermedades antes incurables, para avanzar en el control genético de
la especie humana o en el dominio progresivo de la naturaleza. Se puede
afirmar que la ciencia y la tecnología modernas han inaugurado una
"nueva época en la historia". No resulta demasiado extraño
que la ciencia moderna haya pretendido extenderse a otros ámbitos
socio-culturales y antropológicos que hasta ahora parecían reservados
a la filosofía y a la religión. De manera precipitada y hasta ingenua
se ha llegado a pensar que la ciencia podría responder a todos los
interrogantes del ser humano y que la tecnología podría satisfacer los
anhelos del corazón humano. No es así.
El hombre de hoy como el de todos los tiempos sigue siendo un enigma
difícil de descifrar. La
pregunta elemental podría ser ésta: ¿Quién es este ser lleno de
contradicciones? Siempre en busca de seguridad, y siempre desamparado.
Llamado a la luz, y acosado de incertidumbres. Nacido para vivir, y
abocado a la muerte. Buscando remedio a todo, y sin capacidad para
encontrar un remedio para sí mismo. Capaz de las mayores grandezas y
también de las mayores miserias. Anhelando la verdad, y
autoengañándose constantemente. Buscando ardientemente libertad, y con
miedo para disfrutar de ella. Capaz de dominar el mundo, y sin acertar a
ser dueño de sí mismo.
•
La necesidad de sentido
El hombre de hoy día,
como el de todos los tiempos, no puede acallar del todo un interrogante
que envuelve en profundidad toda su existencia y se despierta una y otra
vez de manera callada pero inevitable: ¿Qué sentido tiene todo? ¿Qué
sentido tiene la existencia?
Son preguntas a las que la ciencia y la técnica no pueden
responder. No se trata aquí de acumular datos y sumar información. El
saber científico sólo estudia el funcionamiento de las cosas y de los
seres, pero no puede responder sobre el sentido de la existencia. El ser
humano busca, sin embargo, el sentido, el por qué, y el para
qué. Necesita incluso preguntarse por el sentido y el valor de este
desarrollo científico y tecnológico. El ser humano necesita
orientación, identidad, sentido, respuestas integrales al problema de
la existencia. Busca una respuesta a esta pregunta que gobierna a las
demás: ¿Quién soy yo? ¿Quién es el hombre?
Sólo una respuesta convincente a estos interrogantes puede permitirnos
vivir de manera digna. Necesitamos saber el desde dónde y el hacia
dónde de nuestra existencia, incluso para integrar de manera
adecuada el poder de la ciencia y el de la tecnología en la dinámica
de la historia humana. Hasta ahora las religiones han sido las
"grandes dadoras de sentido". Hoy la religión parece estar en
crisis. Sin embargo, no es previsible que el ser humano se acostumbre a
vivir su existencia como algo sin sentido.
Es cierto que desde una determinada filosofía posmoderna se nos está
invitando a aprender a vivir como quien camina sin saber a dónde va...
Sin embargo, el interrogante persiste: ¿Cuál es el sentido último
de todo? ¿Cómo situarse ante el misterio último que sostiene y da
sentido a toda esa realidad cada vez mejor conocida científicamente en
su funcionamiento? Podemos eludir las cuestiones más fundamentales de
la existencia, pero pretender vivir sin sentido, ¿no sería, en
definitiva, vivir una existencia "in-sensata"?
3. El hombre en busca de
proyecto
Sea cual fuere la
respuesta que se dé al sentido último de la existencia, hay algo que
parece imponerse de forma clara. El ser humano no se realiza si no es
haciendo el bien. Las distintas formas de entender la existencia
pueden llevarle a pensar de forma diversa acerca de lo que es bueno o es
malo, de lo que se debe hacer o se debe evitar, pero la llamada que
experimenta la conciencia humana a hacer el bien parece una constante
inherente al ser humano. El proyecto humano está inseparablemente unido
a la urgencia que siente el hombre a hacer el bien.
• La
necesidad de proyecto
La ciencia moderna
arranca del método matemático de conocimiento y se basa en una
racionalidad deductiva, lógica, objetiva, exacta. Por ello, se presenta
con unas pretensiones de objetividad, neutralidad e imparcialidad que
van más allá de las opciones subjetivas que están en el fondo de toda
religión o filosofía.
Sin embargo, en las últimas décadas del siglo XX, se ha puesto en
cuestión la racionalidad objetiva del trabajo científico-tecnológico.
No porque se discuta el carácter objetivo del método científico, sino
porque se ha tomado conciencia de que la misma investigación
científica forma parte de un proyecto político previo y está
condicionada y determinada por intereses de carácter económico, social
o cultural. De hecho, los grupos de investigación están organizados y
financiados en función de intereses concretos que son determinantes a
la hora de orientar el curso de la investigación.
Ya no es posible afirmar de manera ingenua la objetividad e
imparcialidad de la ciencia tecnológica. Hay algo previo que lo
determina todo: los fines que se pretenden, las decisiones que orientan
la investigación, las implicaciones y las consecuencias del desarrollo
científico y tecnológico. El potencial científico se puede
desarrollar para potenciar la industria militar o para acabar con el
hambre en el mundo. Surge de nuevo el problema de la ética, de la
legitimidad o no de ciertos experimentos. El progreso
científico-tecnológico no aporta, sin más, mayor humanidad. El
hombre necesita actuar en el horizonte de un proyecto capaz de
conducirlo hacia su propio bien, hacia su realización, hacia niveles de
existencia siempre más dignos del ser humano. Este proyecto es previo a
la ciencia. Sus metas y objetivos desbordan la racionalidad científica.
La configuración de un proyecto humano es de carácter ético. La
ciencia o la tecnología no pueden señalar los fines o el objetivo a
alcanzar en el desarrollo digno de la humanidad. Su naturaleza es de
orden funcional e instrumental, pues sólo se ocupan de los medios más
o menos aptos para mejorar el desarrollo y funcionamiento de las cosas.
• El
sistema de valores
No es suficiente contar
con un proyecto humano de carácter teórico. El hombre va alcanzando
niveles más elevados de humanidad de forma progresiva y a través de
múltiples decisiones que ha de tomar una y otra vez. La misma ciencia
tecnológica coloca al hombre ante múltiples posibilidades entre las
que ha de elegir para comprometerse en una dirección u otra. Ahora
bien, no es posible escoger si no es en función de unos valores
determinados. Surgen entonces en la conciencia humana interrogantes
decisivos. ¿Cuáles son aquellos valores auténticos que hemos de
perseguir si queremos avanzar hacia la liberación real y hacia la
realización más plena del ser humano? ¿Qué es lo que puede hacer al
hombre más digno de tal nombre? Las ciencias nos pueden enseñar mucho
acerca de los medios que podemos utilizar o los modos de funcionar en un
campo u otro, pero nada nos dicen sobre los valores que hemos de
promover. Sin embargo, el ser humano necesita valores desde los que
orientar su conducta; necesita actitudes con las que afrontar los
acontecimientos de la existencia; necesita medir el significado y las
consecuencias humanas; necesita evaluar, juzgar y corregir su
trayectoria. Sería un error dejar la cultura tecnológica vacía de
valores, ideales e impulsos que canalicen la conducta humana y ofrezcan
modelos de identidad siempre más digna.
Hay dos hechos significativos. El olvido de Dios y de la ética
cristiana está encubriendo el triunfo de una ideología global que
empieza a ser cada vez más determinante. Estamos asistiendo hoy al
triunfo
de la ideología neoliberal. La globalización actual del planeta se
identifica sin más con el modelo liberal y consumista. El sistema de
mercado imperante parece el único marco pensable y viable; el objetivo
primero y casi único parece ser el desarrollo eficaz de la sociedad de
consumo. ¿Dónde hallar una fuente vigorosa de la que extraer los
valores y el aliento ético necesarios para defender al ser humano de
las injusticias y abusos que tal sistema encierra?
Un segundo hecho. Es cada vez más evidente el agotamiento progresivo
del actual modelo de democracia parlamentaria, más virtual que real,
donde a veces casi todo se reduce a votar para elegir el cuerpo de
profesionales que tomarán luego las decisiones. Son cada vez más las
voces que piden un protagonismo más fuerte y eficaz de la sociedad
civil frente a un Estado más representativo y más subordinado a ella.
La pregunta parece inevitable: ¿Quién dotará a esa sociedad de
valores, ideales e impulsos éticos? ¿Dónde se puede alimentar el
aliento moral de las nuevas generaciones?
Es difícil negar la necesidad de un sistema de valores, coherente con
el auténtico ser y destino del ser humano. Olvidar la dimensión ética
traería consigo el riesgo de vaciar nuestra libertad de su verdadera
dignidad. No podemos, por otra parte, encerrarnos en un círculo de
valores totalmente subjetivos e imprecisos. Tampoco parece suficiente
una "moral de consenso" obtenida por acuerdos puntuales
logrados más de una vez en función de determinados intereses. Es
necesario contar con un patrimonio estable y fundamento de valores
morales, dignos del ser humano. ¿Es esto posible sin referencia a
algún Valor último y absoluto? ¿Es posible una moral digna del ser
humano sin Dios?
4. El hombre en busca de
ESPERANZA
El ser humano no sólo
se pregunta por el sentido de su existencia; no sólo se cuestiona sobre
la responsabilidad de orientar su conducta hacia el bien. Es, además,
un ser de deseos, carencias y expectativas, un ser de temores, proyectos
y esperanzas. Hay preguntas últimas que no hay más remedio que hacerse
y que desbordan el mero ámbito de lo científico e, incluso, de la
estricta racionalidad. Es, en definitiva, la pregunta suprema del ser
humano, la pregunta sobre el futuro: ¿Qué va a ser, al final, de todos
y de cada uno de nosotros? ¿Qué nos espera? ¿Podemos confiar en algo
o en alguien?
• La
fuerza del mal
La liberación del
hombre está siempre amenazada. Ningún movimiento renovador y
transformador ofrece garantías de no degradarse para caer en nuevos
doctrinarismos, totalitarismos y abusos contrarios a la dignidad humana.
Siempre resulta posible legitimar nuevas injusticias.
Por otra parte, a pesar de todos los cálculos y previsiones, los
procesos puestos en marcha por el hombre pueden volverse contra él
mismo, destruyendo incluso lo que antes había construido. De hecho, el
hombre contemporáneo comienza a preguntarse si no está poniendo en
peligro su propio hogar en el cosmos y, con ello, el futuro de la
especie humana y de la vida sobre el planeta Tierra.
Sería, por otra parte, una ingenuidad creer que las estructuras
políticas y socio-económicas que tenemos actualmente y las que se
pueden instaurar en un futuro, nos preservarán automáticamente del
egoísmo, de la voluntad de poder o de la explotación del más débil.
Las estructuras pueden facilitar una convivencia más justa, pero en la
mejor estructura, el hombre puede ser injusto y hacer el mal. Cada
individuo, cada grupo humano puede ser fuente inagotable de injusticias,
conflictos, divisiones y destrucción.
¿Qué hacer ante el misterio del mal?
¿Qué hacer con la culpabilidad? ¿Cómo liberarnos del pecado?
Estamos hoy muy lejos de las tesis que profetizan la curación
psicológica del individuo mediante el psicoanálisis impulsado por
Freud, o que auguraban la liberación y sanación de la sociedad
mediante el desarrollo del comunismo, predicado por Marx. Pero el ser
humano no se resigna. Sigue luchando contra el mal y busca liberación.
Pero, ¿qué decir de este esfuerzo? ¿No será, en definitiva, un
esfuerzo muy noble, pero tal vez inútil? ¿Hay alguna garantía de
éxito para esta obstinada confianza del corazón humano en su lucha
contra el mal?
• La
derrota de la muerte
Son muchos los males
que amenazan al ser humano: la enfermedad, la soledad, el accidente, la
vejez, la depresión... Pero la última amenaza que nos atenaza a todos
de manera inexorable es esa muerte inserta en la entraña misma de
nuestra existencia. Podemos ignorarla y no hablar de ella, pero la
muerte está ahí como la más drástica "antiutopía" de
todas nuestras aspiraciones, desafío final a todos nuestros logros.
Nunca ha sido fácil morir. Ante la muerte, el ser humano experimenta
casi inevitablemente un conjunto de sentimientos dominados por el
desconcierto, la impotencia, la rebelión o el miedo. Tampoco el hombre
actual sabe cómo enfrentarse a la muerte. Ya no acierta a morir de
forma religiosa como en otros tiempos, con la confianza puesta en Dios,
pero todavía no ha descubierto una manera nueva y más humana de morir.
Tal vez, es ante la muerte donde aparecen con más claridad la verdad y
los límites de la cultura actual, que no sabe qué hacer con ella si no
es ocultarla y retardar al máximo su inevitable llegada.
Pero la muerte llega, y con ella surgen de nuevo las preguntas. Frente a
la muerte, ¿qué sentido pueden tener todos nuestros esfuerzos, luchas
y penalidades? ¿Qué final le espera a la historia dolorosa pero
apasionante de la humanidad? Podemos decir que la vida tiene, a pesar de
todo, su grandeza y dignidad si vamos logrando niveles siempre mayores
de justicia y liberación. Pero, ¿qué decir del número incontable de
personas muertas sin haber alcanzado justicia alguna?
El hombre sigue luchando tenazmente contra el mal, el sufrimiento y la
muerte. ¿Por qué? ¿Qué espera en el fondo de su ser?, ¿una plenitud
final que cumpla nuestros anhelos y nos dé coraje para vivir y
esperanza para morir?
5. Dios en
el horizonte del hombre
No quiero terminar con
grandes afirmaciones. Prefiero sugerir preguntas.
• Luz
en nuestras contradicciones
El hombre no es sólo
un problema a descifrar científicamente. Es un misterio al que no
sabemos encontrar fácil respuesta. Una contradicción que no somos
capaces de iluminar científicamente. ¿No necesitaremos otra luz que
nos revele qué hay de verdad en nuestras ilusiones, qué hay de
victoria en nuestras derrotas, qué hay de sentido en nuestros absurdos?
¿No estaremos los humanos necesitados de Alguien que nos ilumine para
descubrir nuestra irrenunciable dignidad y nuestros límites?
Ciertamente, también en el futuro se podrá prescindir de Dios, pero,
¿no se convertirá entonces el hombre en una pregunta sin respuesta?
Expulsado Dios de nuestra existencia, encerrados en un mundo creado por
nosotros mismos y que no refleja sino nuestras propias contradicciones,
¿quién nos podrá decir quiénes somos y qué es lo que buscamos?
•
Orientación para nuestros esfuerzos
El hombre es tarea. Un
ser que se va haciendo humano a lo largo de los siglos. La experiencia,
sin embargo, nos dice, una y otra vez, que no acertamos a orientar la
historia hacia aquello que nos podría hacer más humanos. ¿No
necesitaremos que Alguien nos indique el verdadero camino a seguir,
más aún en estos tiempos en que el hombre, dotado de gran poder
tecnológico, ha de tomar decisiones cada vez más complejas y, al mismo
tiempo, más trascendentales para su porvenir?
En el futuro se podrá ignorar a Dios y acudir en cada momento a las
normas de comportamiento que parezcan más oportunas; pero, ¿no nos
iremos quedando cada vez más indefensos éticamente? ¿Quién podrá
legitimar un marco de valores intangibles e inviolables para garantizar
la dignidad de todo hombre o mujer?
Al hombre contemporáneo le resulta cautivador atribuirse a sí mismo el
protagonismo total y exclusivo de construir su historia. Pero, ¿no es
atribuirse un poder excesivo? ¿No es algo que desborda sus
posibilidades? ¿Puede el hombre alcanzar sólo con sus fuerzas la
libertad que busca, o ha de abrirse a una Libertad más plena que ha de
acoger como don?
•
Esperanza para nuestros fracasos
El ser humano está
clamando por un destino absoluto que, en su caducidad, puede alcanzar.
Desde el fondo de nuestro ser, anhelamos una plenitud total que
luego no hacemos sino rebajar y malograr en nuestras vidas concretas. No
somos capaces de darnos a nosotros mismos la plenitud que buscamos.
¿No está pidiendo toda la historia humana desembocar en una Plenitud
infinita? ¿Hemos de aceptar como lo más humano y normal una existencia
que sólo sea fluir desde la nada hacia la nada? ¿No será nuestra
existencia un fluir desde Dios hacia Dios?
Si se borra a Dios de la conciencia humana, ¿no quedará el ser
humano reducido a un proyecto imposible, un esbozo inacabado que se
desvanece en la muerte? Al final de todos los caminos, en el fondo de
todos nuestros anhelos, en el interior de nuestros interrogantes más
hondos, ¿no está Dios como único posible Salvador del hombre? Un Dios
del que hoy muchos dudan y al que no pocos han abandonado. Un Dios por
el que tantos siguen preguntando. Un Dios al que tantos creyentes siguen
invocando. El Dios revelado en Jesucristo. (Publicado en "Vida
Nueva" n. 2.294).
José A. Pagola