ARGENTINA

El "Diálogo Argentino" con altos y bajos

El "Diálogo Argentino" promovido por la Iglesia y el presidente Eduardo Duhalde tuvo sus éxitos y fracasos. En general, puede decirse que no consiguió que los distintos sectores cedieran en sus intereses particulares en pos de la gobernabilidad. La advertencia de Juan Pablo II desde Roma fue terminante; si los políticos no escuchan los reclamos populares, la anarquía está a la vuelta de la esquina.  

Desde que una comisión de obispos (Casaretto, Maccarone y Staffolani), de representantes del gobierno (Antonio y Juan Pablo Cafiero, José María Díaz Bancalari) y de la ONU (Carmelo Angulo) empezara a trabajar con los distintos sectores de la sociedad con un plazo determinado, muchas cosas se han logrado pero puede decirse que en general no se dieron los resultados esperados. Las declaraciones de Juan Carlos Maccarone, durante los meses de enero y febrero, han reflejado la preocupación de los obispos para que en medio de esta crisis única todos renuncien a intereses personales y sectoriales. "Se ha perdido el sentido del bien común -declaró Maccarone-. Nos duele constatar que en medio de una crisis inédita haya grupos que tienen tendencia a querer posiciones mejores. Esto significa claudicación moral, y si son dirigentes o somos dirigentes, claudicación moral de la dirigencia."

La Mesa de Diálogo tampoco logró que las empresas que más se han beneficiado en estos años se comprometieran a aportar una suma para ampliar el presupuesto social; se trataba de paliar las urgencias del momento, sin esperar ayuda de afuera. La preocupación mayor de la Mesa apuntó a las reformas políticas y a tomar medidas para combatir la desocupación (un 30%) y crear subsidios al desempleo para jefes y jefas de hogar. También propuso iniciativas para terminar con prebendas irritantes como las jubilaciones de privilegio y la negativa de los jueces a pagar el impuesto a las ganancias; se pidió además la inmediata reducción de los gastos burocráticos de la nación y las provincias. La idea de la Mesa de Diálogo, apoyada por la Conferencia Episcopal, era lograr unas bases mínimas de proyecto común de país con unas medidas concretas para la transición; éstas tendrían que convertirse en iniciativas parlamentarias para alcanzar la forma de leyes. Pero a fines de enero los tres obispos afirmaban en un comunicado: "Los sectores desconfían unos de otros y buscan en las culpas ajenas la responsabilidad total de lo que ocurre".

Todavía no puede medirse el alcance del trabajo hecho. Casi no existen antecedentes (quizás la intervención en la crisis del Beagle) sobre una injerencia tan directa de la Iglesia en medio de una crisis nacional como ésta. El Papa, por su parte, hablando con los obispos argentinos dijo que peligraba la estabilidad democrática en Argentina y alertó sobre las consecuencias que la crisis podría tener en la región.

Desde el inicio algunos obispos advirtieron acerca del riesgo de colaborar tan directamente con el gobierno. El arzobispo de Resistencia, Carmelo Giaquinta, puso en guardia sobre la "anacrónica" función de la Iglesia de "administrar planes sociales organizados y controlados por el Estado" y ser así "furgón de cola del Estado". El arzobispo de Buenos Aires, card. Jorge Bergoglio, reconoció que los obispos están cansados de "terrorismo económico" y de "sistemas que producen pobres para que luego la Iglesia los mantenga" y se refirió al modelo actual como de "salvajismo liberal, economicista y globalizante".

Muchas comunidades cristianas está presentes en las puebladas, cacerolazos, asambleas barriales e iniciativas de economía solidaria, desde donde se va gestando algo nuevo para el futuro. Los obispos tienen claro que el protagonismo en el Diálogo Argentino puede convertirlos en cómplices de un gobierno impotente e impopular; pero han apostado su prestigio para que el país salga de la crisis.