El Levítico: el libro de la pureza

El Levítico, como su nombre lo indica trata sobre asuntos que tienen que ver con la tribu de Leví, que era entre los antiguos israelitas la tribu sacerdotal, encargada del culto a Dios.

Forma parte de una colección de libros llamados "Toráh" o "Ley" por los judíos, y Pentateuco por los cristianos. Así en el Levítico encontramos leyes relativas a la forma en que se deben sacrificar animales y ofrendas a Dios, sobre las fiestas y ritos de consagración de los mismos sacerdotes. Este libro muestra que todas estas leyes tienen su origen en Dios y en la autoridad de Moisés.

En él hay muchas leyes que provienen de Moisés, y otras deben ser muy antiguas. Ciertamente, no hay que situar la fecha de composición de este libro en la época de Moisés sino mucho después, en el siglo V antes de Cristo, cuando los israelitas habían vuelto del exilio en Babilonia y se enfrentaban a la tarea de reconstruir el Templo y el culto. Los levitas o sacerdotes, se enfrentaron a la tarea de mantener vivas las tradiciones religiosas del Pueblo, para que éste no perdiera su identidad nacional ni su libertad religiosa. Pero para los israelitas la fe no tenía sólo que ver con los ritos religiosos, ni con el culto en el Templo que estaba recién reconstruyéndose, sino con su vida cotidiana.

Por eso vamos a encontrar leyes alimenticias como la prohibición de comer cerdo, que tienen que ver mucho más con la higiene que con la religión. En efecto, los arqueó-logos encontraron en momias egipcias, las señales de enfermedades infecciosas, como la triquinosis, contraída por comer carne de cerdo infectada por parásitos, y en malas condiciones higiénicas.

Hay leyes que nos escandalizan un poco, como esa que manda que la mujer que acaba de dar a luz, o que pasa por la menstruación debe purificarse. Esta ley es común a varios pueblos de la antigüedad que pensaban que la sangre era impura. El misterio de la vida había de ser preservado con una serie de rituales que garantizaran el respeto absoluto por la vida misma. Estas leyes reflejan el cuidado de un pueblo por la higiene y el aseo, que marcan su vida como pueblo consagrado al Señor. Y éste es el mensaje que hay que sacar, y que ciertamente es inspirado y es Palabra de Dios. El vivir con decoro e higiene, el lavarse y mantener la pureza ritual, no son ciertamente las leyes religiosas más importantes, pero nos hablan del respeto y veneración que el antiguo Israel sentía hacia Dios, que era alguien a quien no se podía manipular, como intentaban otras religiones antiguas, y que se sitúa como alguien distinto y más grande que su creación, y al que no se le puede confundir con la misma.

Por otra parte, constatamos cómo la Palabra de Dios se va revelando progresivamente al pueblo y lo hace dentro del marco de su cultura, y con un profundo respeto por su estilo de vida. Es así, con respeto y paciencia, como el único Dios se va dando a conocer.

En el Levítico se habla también de otro tipo de pureza, que es la de conducta, y que tiene que ver directamente con la bondad o la maldad. Hay algunas leyes que hablan del comportamiento en la familia, del respeto al prójimo y a los padres y hay otras que nos hablan de la sexualidad.

Dios ha sido el creador del sexo y del placer sexual, pero ha querido que lo vivamos con amor y no con actitudes de egoísmo y manipulación del prójimo. Estas leyes caen muy mal en nuestra sociedad materialista y egoísta, que usa al sexo como una mercancía que procura placer, olvidando que la sexualidad no tiene sentido sin la vivencia del amor. Están contenidas en una parte del libro que los estudiosos llaman "Código de Santidad".

Otras leyes se refieren a las fiestas religiosas y cómo deben celebrarse. Esto toca directamente los sentimientos y la identidad del pueblo, que celebra su historia y la descubre como presencia y lugar de la acción salvadora y liberadora del Señor.

Este libro también contiene leyes relativas al Jubileo y a la propiedad de la tierra, que es propiedad de Dios, y que no puede ser objeto de apropiación por parte de unos pocos, sino que es una riqueza que todos deben compartir.

Hay conceptos muy elevados y avanzados de moral y de respeto a la convivencia con los demás. Sobre todo esto y de fondo está la exigencia del libro: "Sean santos como yo el Señor soy Santo, y los he separado de todos los pueblos, para que sean un pueblo de mi propiedad" (Lev 20,26).

Eduardo Ojeda

Estructura del libro

Primera parte:

Leyes relativas a los sacrificios en honor a Dios: Capítulos 1-7
Leyes respecto a la consagración de los sacerdotes:
Capítulos 8-10.
Leyes sobre pureza ritual (alimentos y enfermedades):
Capítulos 11-16.

Segunda parte:

Código de Santidad: Capítulos 17-26.
Es la parte más importante y renovadora del libro. Trata sobre la conducta y el respeto personal y del pueblo hacia los demás.
Epílogo: Capítulo 27. Trata sobre las cosas y las personas consagradas a Dios.

 

La pureza del corazón

Como todo ser humano tú también anhelas la purificación interior que da claridad y sabor a toda tu vida de relación con los demás. Tu fe te sostiene en este camino de purificación interior. Tu Dios es un fuego devorador, no puedes acercarte a él sin ser quemado. Ya que la sabiduría divina es ante todo pureza, no puedes gustarla sin estar purificado.
Déjate, entonces, trabajar por aquel que te ha modelado. Sólo el Espíritu Santo, que quiere llegar a ser fuego y luz en ti, podrá llenarte de claridad y lavarte por dentro, donde se halla el secreto de toda pureza.

Si nada es de suyo impuro, nada llega a ser puro en ti sino a través de un fuego purificador.
La pureza interior es como una dura y gozosa travesía por el fuego de Dios. Igual que todo cristiano, estás llamado a vivir un amor puro.
En un mundo cuyo pecado ha roto la armonía y ha manchado la belleza primera, hasta en lo profundo de tu ser, donde tu corazón anda dividido, experimentas como todas las personas el antagonismo entre la carne y el espíritu, ¡no haces lo que quisieras hacer! (cfr. Rm 7,15).
Acepta entonces este combate, y serás purificado.
A este amor que se entrega podrás añadirle el valor de testimoniarlo, porque Jesucristo te ha llamado a vivir con vistas al Reino de los cielos. Tu entrega personal proclamará tu fe.

Que tu vida, consagrada a esta espera y a este amor, sea expresión humilde, gozosa y valiente de la esperanza que tú has puesto en el Dios vivo.
Que Cristo habite por la fe en sus corazones; que el amor sea para ustedes raíz y cimiento; y así, con todo el pueblo de Dios, lograrán abarcar lo ancho, lo largo, lo alto y lo profundo, comprendiendo lo que trasciende toda filosofía: el amor cristiano. Así llegarán a su plenitud, según la plenitud total de Dios (Ef 3,17-19).

Vivimos nuestra unión a Cristo con nuestra disponibilidad y nuestro amor a todos, especialmente a los humildes y a los que sufren. En efecto, ¿cómo comprender el amor que Cristo nos tiene, si no es amando como él, en obras y de verdad?
En este amor de Cristo, encontramos la certeza de que la fraternidad humana podrá ser alcanzada y obtenemos la fuerza para trabajar en su implantación.

Según su designio de amor, forjado antes de la creación del mundo (cf. Ef 1,3-14), el Padre envió a su Hijo: lo entregó a la muerte por nosotros (Rm 8,32). Resucitándolo, lo ha constituido Señor, Corazón de la humanidad y del mundo, esperanza de salvación para cuantos escuchan su voz.
Recuerda que tu esperanza sobrepasa las expectativas de este mundo. Tú esperas unos cielos nuevos y una tierra nueva donde habitará la justicia. Tu esperanza está apoyada en sus promesas. Un mundo futuro en el que, ya resucitados, no seremos más ni maridos ni esposas, sino como los ángeles del cielo, colmado todo nuestro ser de una dicha eterna.

Si tienes un corazón puro, verás a Dios.